Un llamado urgente al discipulado
Esta tarde quiero detenerme en una expresión que no es común, ni ligera, ni fácil de asumir: “verdadero hijo en la fe”.
La encontramos en la carta de Pablo a Timoteo, y desde que la leí con atención me dejó pensando.
Porque no cualquiera recibe ese nombre.
Ni Pablo se lo dio a muchos.
La pregunta es inevitable:
¿cuántos de nosotros podríamos ser llamados verdaderos hijos en la fe? ¿Estamos siendo discipulados por alguien? ¿Estamos discipulando a alguien?
No es un título sencillo. Tampoco es automático.
Un saludo que dice más de lo que parece
En 1 Timoteo 1:1–2 leemos:
“Pablo, apóstol de Jesucristo por mandato de Dios nuestro Salvador, y del Señor Jesucristo nuestra esperanza. A Timoteo, verdadero hijo en la fe: gracia, misericordia y paz…”
Detengámonos un momento ahí.
Pablo no dice simplemente “a Timoteo”.
Dice: “verdadero hijo en la fe”.
Eso implica una relación profunda, un proceso, una formación real. No una simpatía, no una cercanía ocasional, no un saludo protocolar.
¿De dónde salen tantos apóstoles?
Pablo se presenta como apóstol por mandato de Dios.
Y eso abre otra pregunta incómoda para nuestros tiempos:
¿de dónde salen hoy tantos apóstoles?
La definición bíblica de apóstol es clara: alguien enviado para proclamar la doctrina de Cristo, su obra redentora, su vida, su muerte, su resurrección y toda la Palabra de Dios. Un propagador del evangelio, no un título honorífico.
Sin embargo, hoy parece que “evangelista” queda chico para muchos. El título de apóstol o profeta suena más rimbombante, más llamativo. Hay alfombras rojas, presentaciones, nombres grandes… pero cada vez menos formación.
Efesios 4 nos recuerda que Dios mismo constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, evangelistas, pastores y maestros. No se autoproclaman, no se compran, no se improvisan. Algo no está encajando bien cuando hay tantos títulos y tan pocos discípulos.
Timoteo: el fruto de una relación
Timoteo no apareció de la nada. Pasó cerca de quince años caminando con Pablo. Aprendió, acompañó, observó, fue corregido, enviado, probado. Pablo confió en él lo suficiente como para enviarlo a iglesias con problemas reales. Eso no se hace con alguien formado a medias.
Por eso lo llama verdadero hijo en la fe. La gracia no está en asistir a la iglesia. Eso es apenas el comienzo. La pregunta clave es otra:
¿Alguien te está formando? El discípulo no se hace en una hora dominical. Se forma caminando la vida junto a otro, día tras día.
Pablo solo llamó verdaderos hijos en la fe a dos personas: Tito y Timoteo. Dos, entre cientos de convertidos. Eso nos dice algo muy claro: formar discípulos es difícil, lento y exigente.
El ruego de Pablo: corregir lo que está mal
En 1 Timoteo 1:3, Pablo le ruega a Timoteo que se quede en Éfeso para corregir falsas doctrinas. No lo envía usando frases grandilocuentes ni manipulaciones espirituales. Le dice, con honestidad: “te ruego”.
Había cosas que se estaban enseñando mal.
Hoy, muchas veces, la respuesta ante el error es el silencio.
“No toques al ungido”, se dice.
Pero Pablo no actuó así. Dijo: anda y corrige.
No por opinión personal, sino porque así está escrito.
Para hacer eso, Timoteo tenía que estar formado. No podía decir “yo creo que…”. Tenía que decir: la Escritura dice.
Manda y enseña
Pablo le da una orden clara:
“Esto manda y enseña”.
Y le recuerda que nadie menosprecie su juventud, pero también le exige ejemplo: en palabra, conducta, amor, fe y pureza.
Aun siendo un discípulo avanzado, le dice: ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza.
El llamado no es solo a aprender, sino a transmitir. A corregir cuando sea necesario. A enseñar con responsabilidad.
La pregunta vuelve a aparecer, inevitable:
¿alguien te está enseñando? ¿y tú estás enseñando a alguien?
“Haced discípulos”
En 1 Corintios 4:17, Pablo dice que envía a Timoteo porque es su hijo amado y fiel en el Señor. Y entonces recordamos las palabras de Jesús en Mateo 28:19–20:
“Id y haced discípulos…”
No dijo: hagan creyentes. No dijo: hagan asistentes. Dijo: haced discípulos.
Personas que estudian la Palabra, que la viven, que la guardan, que la transmiten.
Eso es personal. Eso es profundo. Eso es exigente.
Una reflexión final
Martín Lutero dijo algo que sigue siendo actual:
“Las buenas obras no hacen a un hombre bueno;
pero un hombre bueno hace buenas obras”.
Fuimos llamados a hacer buenas obras, y una de las principales es esta: hacer discípulos.
Convertirnos, quizás algún día, en verdaderos hijos en la fe… o formar a uno.
La Palabra de Dios no vuelve vacía, pero la pregunta es:
¿qué tanto de lo que lees se queda en ti? ¿qué tanto transforma tu vida?
Antes de dormir, vale la pena preguntarnos:
¿quién me discípula? ¿a quién discípulo?
Si una de esas dos cosas falta, algo debemos corregir.
Y si no tienes un discípulo, comienza a buscar un Timoteo.
Alguien que, cuando tú no estés, pueda continuar la obra sin torcerla.
Vick
Conversando con una taza de café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com



