Serie: Agustín para el Siglo XXI
He estado pensando en la Esperanza. Hoy en día, esa palabra se usa para todo: «espero que me suban el sueldo», «espero que este político no sea un desastre», «espero que no llueva el fin de semana». Se ha convertido en una especie de deseo difuso mezclado con optimismo ciego. Pero Agustín, en este bloque final (capítulos 114 al 116), dice algo que me ha dejado descolocado: dice que la esperanza es inseparable de la oración. Para el hombre moderno, orar suena a monólogo psicológico o a enviar una lista de deseos al universo. ¿Cómo conecta Agustín la capacidad de esperar con el acto de pedir? ¿No es un poco infantil que un genio de la lógica reduzca la esperanza a rezar el Padrenuestro?
Es que Agustín le da la vuelta a la tortilla. Él empieza aclarando una distinción técnica muy fina en el capítulo 114. Dice que la fe trata de todo: de lo pasado, lo presente y lo futuro; de lo bueno y de lo malo. Puedes tener fe en que el infierno existe, pero no «esperas» ir allí. La Esperanza, en cambio, solo trata de tres cosas: cosas buenas, cosas futuras y cosas que te afectan a ti mismo. Y aquí viene su golpe de maestro: dice que el vehículo de esa esperanza es la oración. No pedimos lo que no esperamos, ni esperamos de verdad lo que no somos capaces de pedir a quien puede dárnoslo.
Miremos las «peticiones» de hoy. Si hiciéramos un «Padrenuestro» moderno, pediríamos Wi-Fi rápido, salud eterna y que el algoritmo nos trate bien. Agustín analiza las siete peticiones del Padrenuestro según Mateo, y me ha sorprendido cómo las organiza. No las ve como una lista de la compra, sino como una jerarquía de prioridades.
Él divide el Padrenuestro en dos grandes bloques. Dice que las tres primeras peticiones son para la eternidad: «Santificado sea tu Nombre», «Venga a nosotros tu reino» y «Hágase tu voluntad». Agustín le explica a Lorenzo que estas cosas ya están empezando aquí, en el tiempo, pero que solo se poseerán perfectamente en la otra vida. Fíjate en la profundidad: no le pides a Dios que Su nombre «sea santo» (porque ya lo es), sino que sea santificado en nosotros, es decir, que nuestra vida esté a la altura de esa santidad. Es una esperanza que te obliga a transformarte ahora para lo que vendrá después.
Me gusta esa idea de «empezar aquí». Pero, ¿qué pasa con el resto? Porque los capítulos 115 y 116 hablan de las otras cuatro peticiones, las que él llama «temporales» o «necesarias para la vida presente».
Ahí es donde Agustín se vuelve práctico. El pan cotidiano, el perdón de las deudas, la lucha contra la tentación y la liberación del mal. Agustín advierte que el pan es necesario «hoy», en este estadio de indigencia. Pero lo más interesante es cómo conecta la esperanza con la fragilidad diaria. Pedimos perdón porque seguimos pecando; pedimos no caer en la tentación porque sabemos que nuestra voluntad es de papel. Un hombre inteligente, según Agustín, elige creer y esperar no porque se sienta fuerte, sino porque reconoce que necesita un suministro diario de gracia para no descarrilar.
Hay un detalle curioso en el capítulo 116. Menciona que Lucas solo pone cinco peticiones en su Evangelio, mientras que Mateo pone siete. Hoy, en la era de la «posverdad», cualquier discrepancia entre textos se usa para decir que todo es un invento. Pero Agustín usa una lógica de concordancia muy serena.
Sí, él dice que Lucas no contradice a Mateo, sino que simplemente es más breve. Lucas omite la petición de la «voluntad» porque entiende que ya está incluida en las dos primeras, y funde la «liberación del mal» con la «tentación». Agustín nos enseña que el lenguaje de la esperanza no es una fórmula mágica rígida, sino una sintonía del corazón. La esperanza es lo que mantiene al «corazón inquieto» caminando sin desesperar. Si dejas de pedir, es porque has dejado de esperar; y si has dejado de esperar, es porque tu fe se ha vuelto una idea fría en lugar de una relación viva.
Entonces, para Agustín, el Padrenuestro es como el GPS de la esperanza. Te dice dónde estás (en la necesidad, en la deuda, en la tentación) y hacia dónde vas (al Reino, a la Voluntad perfecta). Me resulta irónico que hoy busquemos «esperanza» en los gurús de la autoayuda que nos dicen que todo depende de nosotros, cuando Agustín nos dice que la esperanza nace precisamente de admitir que no todo depende de nosotros.
Esa es la paradoja del Enquiridión. La verdadera sabiduría, la piedad de la que hablamos al principio, es saber pedir. Agustín termina sugiriendo que la fe cree lo que la ley manda, pero la esperanza pide lo que la fe cree. Y todo esto es estéril si no aparece la tercera punta del triángulo: la Caridad. Porque puedes pedir con esperanza, pero si no amas lo que pides, eres un hipócrita.
Pues me has dejado preparado para el gran final. He visto que los capítulos 117 al 122 cierran el libro con el triunfo del Amor. Si la fe empieza el camino y la esperanza nos mantiene andando, quiero saber por qué Agustín dice que solo el amor llega a la meta.
En unas semanas cerramos el Tomo I, Álex. Hablaremos de por qué, para Agustín, después de haberlo pensado todo, la única palabra que queda escrita con letras de oro es Amar.
Hecho. Pero deja que hoy la última palabra la tenga el silencio de esa esperanza. Me voy a casa rumiando eso de que «solo se espera lo que se ama».
Vas por buen camino, «convaleciente». Nos vemos en el próximo episodio, Conversando con una Taza de Café.
Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino















