Hola… qué bueno que estés aquí.
Si puedes, siéntate un momento.
Toma tu café… y deja que bajemos un poco el ritmo.
Hace calor afuera… el día pesa…
pero a veces, justamente en esos momentos, es cuando más falta nos hace detenernos… y mirar hacia adentro.
Hoy quiero hablar contigo de algo que me ha estado dando vueltas… no como respuesta… sino como inquietud:
¿Cómo nos acercamos realmente a Dios?
Porque una cosa es decir que creemos…
y otra muy distinta es cómo nos acercamos cuando necesitamos algo.
¿En qué momento empezamos a dar órdenes?
Hace poco escuché una oración que me dejó pensando.
Alguien decía, con mucha seguridad:
“Dios, no vamos a aceptar un ‘no’ por respuesta”.
Y me quedé en silencio…
No por la intención…
sino por la forma.
Porque… ¿en qué momento empezamos a hablarle así?
¿En qué momento dejamos de pedir… para empezar a exigir?
A veces tratamos a Dios como si fuera una especie de recurso de emergencia.
Como si bastara con decir las palabras correctas… en el momento justo… para que todo se acomode.
Como si Él tuviera que responder… porque nosotros lo necesitamos.
Y quizás la pregunta no es si Dios responde o no… sino algo más incómodo:
¿Lo estamos buscando por quien es… o por lo que esperamos que haga?
La piedra… y lo que creemos ser
Hay un texto que siempre me ha incomodado un poco.
Habla de acercarnos a Él como a una piedra viva… rechazada por los hombres… pero escogida por Dios.
Una piedra. No algo brillante. No algo que destaque.
Una piedra.
Y sin embargo… perfecta en su propósito.
A veces nosotros nos sentimos… indispensables.
Pensamos —aunque no lo digamos en voz alta— que si no estamos… algo se detiene.
Que si no hablamos… si no participamos… si no hacemos… el plan pierde fuerza.
Pero si somos honestos… si mañana no estuviéramos… todo seguiría.
Dios no depende de nosotros.
Y quizás por eso cuesta tanto acercarse de verdad… porque implica soltar algo que no siempre se ve:
el orgullo…
la necesidad de tener razón…
la idea de que somos más importantes de lo que realmente somos.
Las sandalias que no queremos dejar
Hay cosas que uno sabe que debería soltar… pero no quiere.
No porque no entienda… sino porque le pertenecen demasiado.
No son los grandes errores los que más cuestan.
Son esos pequeños… los que se esconden bien:
la falta de perdón…
la envidia silenciosa…
el ego que no hace ruido… pero dirige todo.
Y uno sigue caminando así… con peso… intentando acercarse a Dios… sin darse cuenta de que no avanza.
Quizás hoy la pregunta no es qué deberías hacer… sino algo más simple:
¿Qué te está costando soltar… aunque sabes que deberías?
No basta con repetir
Hay algo que se ha vuelto muy común.
Eventos grandes…
manos levantadas…
oraciones repetidas…
momentos intensos.
Y sí… algo se siente.
Pero luego… al día siguiente…
todo sigue igual.
Como si hubiera sido suficiente decir unas palabras… para cerrar un trato.
Como si la fe fuera eso.
Pero no lo es.
La fe no es un momento.
Es un proceso.
Y a veces… uno largo.
Un proceso donde no siempre se ve cambio afuera…
pero adentro… algo empieza a incomodar.
A moverse.
A romper.
Multitud… o permanencia
Jesús nunca estuvo solo.
Siempre había gente alrededor.
Pero no todos estaban por lo mismo.
Algunos buscaban respuestas.
Otros… buscaban soluciones.
Y la mayoría… solo quería lo inmediato.
Nada ha cambiado mucho.
Hoy también es fácil estar cerca…
escuchar…
asentir…
y seguir igual.
Lo difícil…
es quedarse.
Permanecer.
Seguir… incluso cuando no hay respuesta inmediata.
Antes de irte…
No te voy a decir qué hacer.
No es la idea.
Pero sí te dejo algo dando vueltas:
¿Estás viviendo tu fe… o simplemente la estás usando cuando la necesitas?
Y otra más…
¿eres parte de la multitud…
o realmente estás dispuesto a permanecer?
Gracias por quedarte este rato.
A veces no se trata de entender todo…
sino de empezar a hacerse las preguntas correctas.
Nos vemos en la próxima charla.
Quizás… con más dudas que respuestas.
Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com















































