Domingo de Resurrección
El viernes terminó en silencio.
No hubo respuestas.
No hubo consuelo inmediato.
No hubo cierre.
Solo una cruz… y un cuerpo que dejó de respirar.
Muchos se fueron pensando que todo había terminado.
Otros se quedaron con miedo.
Algunos, simplemente, volvieron a su rutina.
Porque cuando la esperanza muere, la vida suele continuar como si nada hubiera pasado.
El día que nadie recuerda
El sábado fue un día extraño.
No aparece en los discursos.
No se predica demasiado sobre él.
No tiene liturgia propia.
Es el día entre la promesa y el cumplimiento.
Entre la fe y la duda.
Entre lo que se esperaba y lo que ya no se entiende.
No hay milagros.
No hay palabras.
No hay señales.
Solo espera.
Y la espera, cuando no hay garantías, es una de las formas más duras de fe.
La fe cuando Dios calla
La fe no se pone a prueba cuando todo sale bien.
Se pone a prueba cuando Dios guarda silencio y aun así decides no irte.
Cuando no hay respuestas claras.
Cuando no hay señales visibles.
Cuando no hay certezas que sostener.
Ahí, muchos se van.
Otros se endurecen.
Algunos aprenden a esperar.
El domingo no empieza con multitudes
La resurrección no ocurre frente a multitudes.
No hay discursos públicos.
No hay demostraciones de poder.
No comienza en el templo.
No comienza en el palacio.
No comienza ante los que mandan.
Comienza en la intimidad.
En una tumba.
Con personas que no esperaban nada.
Eso también dice algo.
Dios no irrumpe gritando.
A veces… simplemente está.
La resurrección no borra la cruz
La resurrección no elimina el Viernes Santo.
No lo niega.
No lo suaviza.
La cruz no desaparece.
El dolor no se borra.
Las heridas no se fingen inexistentes.
La resurrección no dice
“no pasó nada”.
Dice algo mucho más profundo:
que el mal no tuvo la última palabra, que la injusticia no fue el final, que el silencio no fue abandono.
¿Y ahora qué?
Después de recorrer esta historia —
la conspiración,
la mesa,
la oración sin respuesta,
el juicio injusto,
las traiciones,
la cobardía colectiva,
la cruz—
la pregunta ya no es qué pasó con Jesús.
La pregunta es otra, mucho más incómoda:
¿qué hacemos nosotros ahora con Él?
Un final que no cierra
La tumba vacía no grita.
No exige aplausos.
No obliga a creer.
Solo abre una posibilidad.
Y cada uno decide qué hacer con ella.
Porque la fe no siempre empieza con certezas.
A veces empieza con una ausencia.
Con una tumba vacía.
Y con una vida que debe ser replanteada.
Para terminar
Gracias por caminar esta semana.
No fue una historia para consumir.
Fue un camino para atravesar.
Quizá la fe no comienza cuando todo se entiende, sino cuando, después del silencio, decidimos seguir caminando.
Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
–MiVivencia.com



















































