Carta #18: Santa Rosa y la chica que no duerme por la tesis

Tema: Santidad, exigencia y descanso

Peruano sin tiempo,

Rosa de Lima se ponía coronas de espinas y no dormía para orar. Lima la hizo santa porque se castigó más que todas. Su celda olía a cilicio.
Tú conoces a una Rosa 2026. No duerme por la tesis, por el informe, por los dos trabajos. Su cuarto huele a Red Bull y ansiedad. Lima la va a hacer gerente porque se castiga más que todas.

El virreinato canonizó el sacrificio. Nosotros canonizamos la productividad. Ambos le prendemos velas al agotamiento.
Jesús le dijo a Marta: “Te afanas por muchas cosas. Una sola es necesaria”. No le dijo “sé como tu hermana”. Le dijo “siéntate”.

Rosa es santa. Pero quizás hoy te haría más bien una cerveza con amigos que otra noche sin dormir. La tesis no te va a salvar. El descanso sí te va a resucitar.

Hoy, duerme 8 horas como acto de fe. A ver si el Perú no se cae porque descansaste.

Nos leemos con ojeras menos hondas, pero con tu taza de café.

Tu compatriota

Vick
Conversando con una taza de Café
-Vick-yoopino

Episodio 3: Odría y el Ochenio: Cómo las dictaduras nos venden «orden» a cambio de libertad.

Serie: «Café en la Catedral».

Pide otra ronda de café, hermano, porque entrar en el Episodio 3: Odría y el Ochenio es como meterse en el corazón de las tinieblas de nuestra historia republicana. Si ya hablamos de la pregunta de Zavalita y del encuentro en la perrera, ahora toca hablar del «aire» que respiraban esos personajes: esa mezcla de asfalto fresco de las obras públicas y el olor a rancio de los calabozos.

Fíjate en lo curioso: Manuel A. Odría, el Generalísimo, es el «Destinador» de toda la tragedia en la novela, pero Mario Vargas Llosa lo mantiene como una sombra. Aparece solo una vez físicamente, pero su presencia es omnímoda; es como un dios padre autoritario que no necesita estar en la sala para que todos en la casa caminen de puntitas por miedo a que se despierte de mal humor. Ese periodo, que va de 1948 a 1956, es lo que llamamos el Ochenio, y en la novela es la «materia prima» de la podredumbre moral que Santiago Zavala tanto desprecia.

Hablemos de cómo empezó todo, porque la historia se repite como un disco rayado en este país. Odría dio el golpe en 1948 contra Bustamante y Rivero bajo la excusa de «salvar a la democracia» y «restablecer el imperio de la Constitución». ¿Te suena familiar? Es la clásica movida peruana: romper la mesa para decir que la vas a arreglar. Detrás de él no solo estaban los tanques, sino la Alianza Nacional, la oligarquía de exportadores que quería orden para hacer sus negocios sin que los apristas o los comunistas les «malograran el almuerzo». En la novela, el padre de Santiago, Don Fermín, representa perfectamente a esa élite que se arrima al dictador por intereses económicos, buscando contratos de carreteras o productos farmacéuticos.

Lo más irónico del Ochenio fue la famosa «bajada al llano» de 1950. Como la Constitución prohibía que el presidente en funciones postulara, Odría renunció tres meses antes, dejó a un general de confianza cuidando el asiento y se lanzó como candidato único. ¡Candidato único! Metió preso al rival, el general Montagne, lo acusó de conspirar con el APRA y listo: ganó con una cédula que solo tenía su nombre. Es el arte peruano de la «sacada de vuelta» a la ley, algo que hoy vemos en el Congreso cada vez que interpretan la Constitución como si fuera un manual de instrucciones de un mueble barato.

Pero, ¿por qué la gente lo quería? Aquí entra el lema de Odría: «Hechos y no palabras». Gracias a la Guerra de Corea, las exportaciones peruanas subieron como espuma y entró plata como cancha. Odría llenó Lima de cemento: el Estadio Nacional, las Grandes Unidades Escolares, el Hospital del Empleado (hoy el Rebagliati). Fue un populismo astuto, muy parecido al de Perón en Argentina, donde incluso su esposa, María Delgado, jugaba un papel asistencialista con los más pobres.

Aquí viene la comparación ácida con el Perú de hoy. Seguimos siendo el país que perdona la corrupción si ve «obras». Hoy no tenemos un Ochenio, pero tenemos una clase política que intenta vendernos la misma idea: «no importa que el sistema esté podrido, mira este puente o este bono». En la novela, ese cemento servía para tapar la boca de la gente. Mientras Odría inauguraba colegios, en las calles patrullaba el «rocha-bús» (el carro rompe-manifestaciones bautizado por el ministro Temístocles Rocha) y la Ley de Seguridad Interior suspendía todas las garantías individuales. Si eras aprista o comunista, tu destino era El Frontón o el destierro.

En el libro, esta atmósfera crea lo que Vargas Llosa llama una «sociedad embotellada». La gente se volvió cínica, apática. Los intelectuales como Zavalita se sentían asfixiados porque sabían que el «progreso» era una farsa moral. Mientras la economía brillaba, los lazos humanos se corrompían. Cayo Bermúdez —la mano derecha de Odría basada en el real Alejandro Esparza Zañartu— era el encargado de meter las manos en la basura para que el General siguiera pareciendo un abuelito bonachón.

¿Qué pasaría si se repitiera hoy? Bueno, ya vivimos en una especie de «Ochenio fragmentado». Tenemos la corrupción generalizada, pero sin el liderazgo fuerte ni el Estadio Nacional nuevo para compensar. Si un Odría despertara hoy, no necesitaría la Ley de Seguridad Interior; le bastaría con un ejército de trolls en redes sociales y un par de decretos legislativos para declarar «terrorista» a cualquiera que le estorbe el negocio. El «Pacto de Monterrico» que Odría hizo con su sucesor para que no investigaran sus delitos sigue siendo el manual de funciones de nuestra clase política actual: «tú no me tocas, yo no te toco y todos nos vamos felices con la plata de las obras públicas».

Lo trágico de este episodio de nuestra historia, tanto en el libro como en la realidad, es que nos acostumbró a la idea de que la libertad es un lujo y el orden es una imposición militar. Santiago Zavala odiaba a Odría no solo por la represión, sino porque el dictador le robó la autenticidad a su generación. Los convirtió en seres inauténticos que tenían que vivir una doble vida, como su propio padre Don Fermín.

Así que, hermano, la próxima vez que pases por el Hospital Rebagliati, míralo bien. Es un monumento al Ochenio: sólido por fuera, pero construido sobre los escombros de la moral de un país que aprendió a «joderse» aceptando el pan a cambio del silencio.

¿Vamos por el cuarto café? En el próximo episodio te voy a hablar de Cayo Bermúdez, el tipo que de verdad hacía el trabajo sucio, el «Siniestro» que nos enseñó que en el Perú, a veces, la sombra es más poderosa que el que lleva la banda presidencial.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Cuando el café se enfría y el cielo se oscurece: una charla sobre el temblor que se avecina

Ponte cómodo, amigo. Si tienes una taza de café a mano, mejor todavía. Hoy no quiero llenarte de fechas, gráficos ni discusiones interminables sobre profecías. Tampoco pretendo darte una clase magistral de esas que terminan acumulando más apuntes que cambios reales en la vida. Lo que quiero es que conversemos, como lo hemos hecho tantas veces, sobre un tema que suele incomodarnos: el futuro, el temor y nuestra manera de enfrentarlo.

Hay personas fascinadas con los acontecimientos finales. Hablan de ellos con el mismo entusiasmo con el que otros comentan un partido de fútbol. También están quienes convierten cada noticia en una nueva teoría conspirativa y anuncian el fin del mundo cada vez que escuchan un ruido extraño o ven una crisis internacional. Confieso que, en ocasiones, me dan ganas de recordarles que la Biblia está para ser estudiada, no para utilizarla como un martillo con el que golpear cualquier noticia de actualidad hasta que encaje en nuestras teorías.

Sin embargo, entre la indiferencia de unos y el alarmismo de otros, existe una realidad que merece ser considerada con seriedad.

El mundo que se nos fue quedando atrás

¿Te has detenido alguna vez a pensar cuánto ha cambiado nuestra sociedad en apenas unas décadas?

Yo recuerdo los años noventa y muchas cosas que hoy parecen imposibles. Los niños dejaban bicicletas, pelotas y juguetes en los jardines de sus casas. Había una confianza básica entre vecinos y un respeto por la propiedad ajena que ahora parece pertenecer a otro tiempo. No estoy diciendo que el pasado fuera perfecto, porque nunca lo fue, pero sí había valores que parecían más sólidos.

Hoy la realidad es distinta. En muchos lugares la inseguridad se ha vuelto parte del paisaje cotidiano. Las calles lucen más descuidadas, el respeto parece escasear y la desconfianza se ha convertido en una compañera permanente. Lo más preocupante no es solo el deterioro, sino la rapidez con la que nos acostumbramos a él.

Y aquí surge una reflexión incómoda. No vamos a recuperar esos valores simplemente porque un nuevo gobernante llegue al poder o porque coloquemos una Biblia en una repisa. Si fuera tan sencillo, nuestras bibliotecas serían santuarios y nuestras mochilas tendrían asegurada la entrada al cielo.

Los valores no transforman una sociedad por proximidad física. Transforman cuando son comprendidos, vividos y transmitidos. Y las Escrituras, lejos de prometer una mejora progresiva de la humanidad, advierten que el deterioro moral seguirá avanzando hasta ciertos acontecimientos futuros descritos por los profetas y por el propio Jesús.

La tribulación no será un mal día

Cuando leemos Mateo 24, muchas veces lo hacemos como quien observa una película lejana. Jesús habla de acontecimientos extraordinarios, menciona la abominación desoladora anunciada por Daniel y describe una gran tribulación como jamás ha existido desde el principio del mundo.

Detente un momento a pensar en la magnitud de esa afirmación. Nosotros solemos llamar crisis a los problemas económicos, a la inseguridad o a los conflictos sociales que enfrentamos. Pero Jesús habla de algo incomparable, una angustia tan profunda que superará cualquier experiencia colectiva conocida por la humanidad.

Jeremías ofrece una imagen impactante. Describe a hombres fuertes doblados por el miedo, con las manos sobre la cintura como mujeres en trabajo de parto, con el rostro desencajado por el terror. Es una escena que rompe nuestras ideas de autosuficiencia. Aquellos que se consideraban invencibles descubren de repente que existen circunstancias que superan completamente el control humano.

Y quizá eso sea precisamente lo que más nos incomoda: aceptar que no tenemos el control. Vivimos convencidos de que la tecnología, la ciencia, la economía o la política siempre encontrarán una solución. Pero las Escrituras presentan un escenario donde la humanidad descubrirá los límites de su propio poder.

Cuando las falsas seguridades se derrumban

Isaías habla de un momento en que muchos comprenderán que aquello en lo que confiaron no podía salvarlos. Personas, sistemas, ideologías o estructuras que prometían estabilidad terminarán revelando sus limitaciones.

Algo parecido ocurre en nuestra vida cotidiana. Depositamos nuestra confianza en el dinero, en el prestigio profesional, en las relaciones o incluso en instituciones que creemos permanentes. Sin embargo, basta una crisis para descubrir cuán frágiles son muchas de nuestras seguridades.

Zacarías añade una imagen todavía más dura al describir un proceso de purificación comparable al refinamiento de los metales preciosos. El oro y la plata no se purifican mediante palabras bonitas. Pasan por el fuego.

Y aquí aparece una pregunta incómoda para quienes hemos construido una fe basada únicamente en la comodidad.

¿Qué ocurriría si Dios utilizara las dificultades para transformarnos?

Nos gustan las promesas de prosperidad, los mensajes motivacionales y las historias con finales felices. Pero las Escrituras muestran una y otra vez que el crecimiento espiritual suele desarrollarse en medio de pruebas, desafíos y momentos donde la fe deja de ser teoría para convertirse en convicción.

El verdadero significado del remanente

La palabra “remanente” suele sonar inspiradora. Aparece en canciones, sermones y estudios bíblicos. Sin embargo, pocas veces pensamos en lo que realmente implica. Un remanente no es simplemente un grupo selecto. Es aquello que permanece después de que todo lo demás ha sido sacudido. Ser parte del remanente significa perseverar cuando otros abandonan el camino. Significa mantenerse firme cuando resulta más fácil rendirse. Significa continuar creyendo cuando las circunstancias parecen contradecir aquello que esperamos.

Por eso el mensaje bíblico nunca ha sido sentarse a esperar el fin del mundo mirando el calendario. El llamado siempre ha sido vivir con propósito mientras el tiempo de gracia permanece abierto. No se trata de acumular teorías sobre los últimos tiempos. Se trata de discipular, enseñar, servir y preparar a quienes vienen detrás de nosotros. Porque si realmente nos preocupa el futuro de nuestros hijos y nietos, quizá la herencia más importante no sea material, sino espiritual.

Podemos dejarles propiedades, ahorros o estudios, pero llegará un momento en que necesitarán algo mucho más valioso: saber en quién confiar cuando todo lo demás parezca derrumbarse.

Aprovechar el tiempo que todavía tenemos

Si hoy seguimos aquí, si todavía podemos conversar tranquilamente mientras tomamos una taza de café, es porque Dios continúa concediéndonos tiempo. Tiempo para aprender. Tiempo para corregir errores. Tiempo para fortalecer nuestra fe. Tiempo para ayudar a otros.

Con demasiada frecuencia vivimos como si siempre hubiera una segunda oportunidad garantizada. Posponemos decisiones importantes, dejamos para mañana aquello que sabemos que deberíamos hacer hoy y actuamos como si el reloj nunca fuera a detenerse.

Pero el tiempo es uno de los regalos más valiosos y más limitados que poseemos. Por eso vale la pena utilizarlo para conocer a Dios de una manera más profunda, no solo a través de lo que otros dicen, sino mediante una relación personal y constante con Él.

Una invitación antes de que el café se termine

Quiero dejarte una última reflexión antes de que nuestra taza se vacíe.

El miedo nunca ha sido un buen consejero. Si permitimos que gobierne nuestras decisiones, terminará paralizándonos mucho antes de que llegue cualquier dificultad real. La fe no consiste en negar los problemas ni en fingir que todo estará bien. Consiste en avanzar aun cuando reconocemos que existen razones para preocuparnos.

Por eso la pregunta no es si vendrán tiempos difíciles. La historia demuestra que siempre llegan. La verdadera pregunta es esta: ¿Seremos de los que corren a esconderse ante el primer ruido o de los que permanecen firmes porque conocen en quién han puesto su confianza?

La Palabra de Dios no fue dada para decorar estanterías ni para alimentar especulaciones interminables. Fue dada para enseñarnos a vivir, para fortalecer nuestro carácter y para prepararnos para cualquier circunstancia que el futuro pueda traer.

Gracias por compartir este café y esta conversación conmigo. Espero que volvamos a encontrarnos pronto para seguir reflexionando juntos sobre estas cosas que, aunque a veces incomodan, también nos ayudan a mirar más allá de lo inmediato.

Y mientras llega esa próxima charla, procura no vivir solamente mirando el cielo que se oscurece. Mira también la luz que sigue brillando, porque es ella la que nos permite avanzar cuando todo lo demás parece temblar.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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Episodio 9: El Infame Contrato Dreyfus. El salto al vacío de Piérola 

Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»

Toma otro sorbo de café, porque ahora vamos a 1869. El guano sigue siendo el motor, pero el gasto militar y las obras públicas tienen al país al borde del abismo. Aquí aparece en escena un joven de 30 años, inteligente y muy ambicioso: Nicolás de Piérola. El presidente José Balta lo nombra ministro de Hacienda por recomendación de —adivina quién— el mismísimo Echenique.

Piérola decidió que la única forma de salvar al fisco era quitarles el negocio del guano a los «consignatarios nacionales» (la élite limeña) y dárselo a un solo postor extranjero que nos diera dinero rápido para pagar deudas y construir ferrocarriles. Así nació el Contrato Dreyfus con la casa francesa Dreyfus Frères et Cie.

Quiroz nos revela que la licitación fue una farsa total. Piérola ya estaba negociando con Auguste Dreyfus meses antes de abrir el concurso público. Para asegurar que nadie se opusiera, Dreyfus hizo algo «maestro»: repartió acciones del negocio entre gente influyente en Lima y París. Periodistas, abogados como Fernando Casós, diplomáticos como Francisco de Rivero y hasta el hijo de Echenique recibieron participaciones. Era una red de intereses que hacía que, si criticabas el contrato, estabas yendo contra el bolsillo de media Lima «respetable».

Lo que siguió fue un frenesí de préstamos. Dreyfus nos prestó millones, pero a cambio de comisiones leoninas y el control total de nuestra riqueza. Con ese dinero, Balta y Piérola se lanzaron a la «avalancha de obras públicas». Entró en escena Henry Meiggs, el «Pizarro yanqui», quien construyó ferrocarriles «hacia la luna», vías carísimas que cruzaban los Andes pero que no tenían ni carga ni pasajeros suficientes para ser rentables.

¿Cómo lograba Meiggs que le aprobaran todo? Quiroz cuenta que Meiggs tenía unos «cuadernos verdes» donde anotaba los sobornos. Gastó más de 11 millones de soles en coimas, que representaban el 10% del costo de las obras. Simplemente añadía el soborno al presupuesto final y el Estado peruano terminaba pagando el pato.

La Corte Suprema y el Congreso intentaron declarar ilegal el contrato Dreyfus. Dijeron que Piérola se había saltado todas las reglas. Pero el Ejecutivo simplemente los ignoró y usó el dinero de Dreyfus para comprar voluntades. Fue el inicio de una «sociedad de mercaderes» donde todo tenía precio.

Al final, este festín nos llevó a la bancarrota de 1876. Cuando se acabó el crédito, el Perú se quedó sin dinero, con deudas impagables y una defensa militar debilitada porque todo el dinero del guano se había ido en corrupción y obras inútiles. Quiroz es enfático: la década de 1870 tuvo los costos de corrupción más altos de todo el siglo XIX. Y lo peor es que esa debilidad fue la que nos dejó expuestos y desarmados cuando Chile nos declaró la guerra en 1879.

¿Te das cuenta de la tragedia? Tuvimos la riqueza para ser una potencia, pero preferimos el festín de los vales y los cuadernos de Meiggs. La próxima vez hablaremos de cómo, después de la guerra, tuvimos que hipotecar lo poco que nos quedaba para volver a empezar. ¡Nos vemos en el próximo café!

Vick
Conversando con una Taza de café
-Vick-yoopino

Episodio 1: El mito en la mesa: Desmontando la versión oficial de julio

Serie: «La Independencia en el Perú: Las Palabras y los Hechos»

—Pide otro café, hermano, que hoy no tenemos prisa. ¿Te has fijado en las calles? Ya es Julio y todo es rojo y blanco. Las escarapelas, los desfiles escolares, esa sensación de que, porque es julio, todos somos «más peruanos». Pero, ¿sabes? He estado releyendo un texto que el Instituto de Estudios Peruanos publicó hace tiempo, uno que sacudió los cimientos de nuestra historia oficial: «La Independencia en el Perú: las palabras y los hechos». Y mientras veía las banderas por la ventana, no podía dejar de pensar en lo mucho que nos han mentido, o mejor dicho, en lo mucho que nos han «contado el cuento»,.

—Es que la historia que nos enseñaron en el colegio, esa que repetimos cada 28 de julio, es casi una hagiografía, una vida de santos patriotas. La historiografía tradicional, tanto la de antes como la de ahora, insiste en que nuestra independencia fue el resultado de un deseo unánime, de un enfrentamiento heroico del «pueblo peruano» contra una España opresora. Nos venden esa línea de tiempo perfecta: desde la rebelión de Túpac Amaru hasta la llegada de San Martín, como si hubiera una «toma de conciencia nacional» que iba creciendo en el corazón de cada criollo e indio. Pero Bonilla y Matos Mar nos dicen algo que duele: esa versión es un mito montado sobre bases muy débiles.

—Fíjate bien en la profundidad de la crítica. Ellos argumentan que este relato oficial tiene una función ideológica. No está ahí para decirnos la verdad, sino para legitimar el presente, para inventar una «nacionalidad» que en ese momento no existía y para ocultar que, en realidad, los intereses de las clases sociales en el Perú eran totalmente antagónicos,. Nos dicen que la independencia no fue un triunfo de la «peruanidad», sino una consecuencia de las guerras en Europa, una pugna entre metrópolis que se peleaban el dominio del mundo,.

—¿Y qué pasa con nuestros héroes? Pues que, según los hechos, la independencia en el Perú fue «concedida» antes que conquistada,. Fue traída desde afuera por los ejércitos de San Martín y de Bolívar. Y esto no es un insulto a la patria, es un dato histórico: las grandes mayorías de este territorio —los indios, los negros, los mestizos— estuvieron ausentes del proceso o, peor aún, lucharon indistintamente en ambos bandos, en el patriota y en el realista. No había una «unión nacional». Lo que había era una sociedad profundamente estratificada donde el criterio de raza, economía y leyes nos separaba de manera brutal.

—Es irónico, ¿no? Celebramos la «libertad» en un mes donde la mayoría de los peruanos de 1821 ni siquiera sabían que estaban siendo «liberados» o, si lo sabían, no sentían que esa libertad fuera para ellos. Los autores sugieren que para entender lo que realmente pasó, tenemos que dejar de mirar solo los bustos de bronce y empezar a mirar el contexto universal y los intereses concretos de los grupos locales. San Martín y Bolívar no vinieron por un amor romántico al Perú; vinieron porque el Perú era el bastión colonial más sólido, y si no caía el virreinato peruano, la independencia de Argentina o Colombia nunca estaría segura. Fue una necesidad estratégica de otros países la que terminó decidiendo nuestro destino.

—Así que aquí estamos, tomando café en julio, rodeados de una retórica que, según el libro, solo sirve para impedir que analicemos críticamente las raíces de nuestra situación actual. Nos quedamos en las «palabras» y olvidamos los «hechos». Y los hechos nos dicen que el 28 de julio de 1821 se rompió el lazo político con España, sí, pero el orden económico y social colonial se quedó sentado en la mesa con nosotros, y parece que todavía no se ha ido.

Nos encontraremos nuevamente en un par de días, y que nos encuentre conversando con una Taza de Café.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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Carta #16: Las mulas de Potosí y los riders de PedidosYa

Tema: Extractivismo, trabajo y cuerpo

Peruano sin tiempo,

Para sacar la plata de Potosí a Lima, usaban recuas de mulas. Miles de animales reventados en el camino de 40 días. Llegaban con la lengua afuera, cargando metal que no era para ellas.

Para que te llegue el chifa en 30 min, usan recuas de motos. Miles de chicos reventados en la Javier Prado. Llegan con la lengua afuera, cargando comida que no es para ellos.

Potosí se hizo rico. Lima comió. La mula murió. El app se hace rico. Lima come. El rider se accidenta.

El virreinato decía “es el progreso”. Tú dices “es la modernidad”. Ambos miran a otro lado cuando pasa la mula cojeando.

El buen samaritano paró su mula por un herido. No le tomó foto. No le dio like. Paró, se ensució, pagó. Eso es progreso.

Hoy, si te trae el pedido un chico con lluvia, no le digas “apúrate”. Dile “gracias”. Dale propina. Mira si tiene casco. A ver si por una vez la mula llega viva.

Nos leemos cuando pare la lluvia. Eso si pide tu café que te llegue rápido o no pagas.

Tu compatriota

Vick
Conversando con una taza de Café
-Vick-yoopino

Episodio 2: El encuentro en la perrera

Serie: «Café en la Catedral».

Acomódate, hermano, que este segundo café viene con un aroma más denso, casi como el aire de aquel depósito municipal de perros donde todo vuelve a empezar. Si en el primer episodio nos preguntábamos en qué momento se jodió este país, El encuentro en la perrera, es donde esa pregunta deja de ser una abstracción para oler a barro y a derrota. Santiago Zavala, nuestro «Zavalita», camina hacia ese canchón cerca del río Rímac no por una gran causa política, sino por algo tan doméstico como recuperar a Batuque, el perro de su esposa. Y ahí, entre el ladrido de los animales condenados y ese muro de adobes «color caca» que Santiago identifica como el color de Lima y del Perú entero, se produce el choque con el pasado: la figura encorvada de Ambrosio.

Fíjate en la ironía de la escena, que es profunda y dolorosa. Santiago ve a un hombre envejecido, embrutecido, con unos zapatones enormes y «jodidos por el tiempo». Es Ambrosio, el antiguo chofer de su padre, el hombre que alguna vez manejó los autos lujosos de Don Fermín y que ahora se gana la vida matando perros a palos. Es un encuentro de dos náufragos: un periodista escéptico que escribe editoriales que nadie recuerda y un exchofer que ha terminado en el escalón más bajo de la escala social. Santiago lo mira y piensa que Ambrosio está «mil veces más jodido» que él, y en ese reconocimiento hay una mezcla de asco, piedad y un terror existencial por verse reflejado en esa ruina humana.

Lo que hace este episodio realmente potente para una charla de café es la alegoría de la perrera. En la novela, se menciona que Ambrosio está ahí matando perros precisamente como resultado de una campaña periodística contra la rabia en la que Santiago participó. ¿Ves el nivel de perversión? El intelectual (Santiago) da la orden desde su escritorio y el brazo ejecutor (Ambrosio) es quien se ensucia las manos con la sangre y los aullidos. Es la representación perfecta de cómo funciona el poder: los de arriba diseñan la represión y los de abajo se canibalizan entre ellos.

Si comparamos esto con el Perú actual, la figura de la perrera es casi un meme trágico. Hoy no tenemos perreras municipales matando perros a palos con la misma frecuencia, pero tenemos un sistema que «perreriza» a los ciudadanos. Mira nuestras instituciones, hermano; ese muro ruin de adobes color excremento del que habla Vargas Llosa sigue rodeando nuestras oficinas públicas y nuestros hospitales. Si Zavalita fuera a un hospital del Estado hoy, encontraría el mismo «olor a derrota» que sintió en la perrera. Lo irónico es que hoy los «Ambrosios» modernos no manejan autos de ministros, sino que quizás son conductores de aplicaciones o repartidores explotados por un sistema que los prefiere invisibles y serviles.

¿Qué pasaría si este encuentro se repitiera hoy? Imagina a un joven profesional de clase media, desencantado del sistema, encontrándose con el chofer que trabajó para su padre (quien quizás estuvo metido en algún escándalo de corrupción de los últimos años) en una fila del seguro social o en un paradero informal. Sería la misma incomodidad. El Perú actual sigue siendo ese lugar donde el «desclasamiento» es una forma de protesta silenciosa, pero que al final te deja igual de solo. Santiago rechaza el dinero de su padre para no ser cómplice, pero termina siendo cómplice de la mugre de la ciudad al no tener la fuerza para cambiar nada.

Esa perrera ubicada cerca del Puente del Ejército no es casualidad en la geografía de la novela. Ese puente simboliza la entrada de los militares a la vida civil, el «puente» que llevó al país a la degradación moral del Ochenio. Hoy, aunque no tengamos tanques en cada esquina, el «puente» sigue ahí en forma de leyes que favorecen la impunidad y pactos bajo la mesa que nos hacen sentir a todos que estamos atrapados en ese canchón municipal, esperando que alguien venga a sacarnos, aunque sepamos que, como dice Santiago, «a ti nadie vendrá a sacarte nunca de la perrera, Zavalita».

Toma otro sorbo, que esto se pone más amargo. Santiago, al ver a Ambrosio, no solo ve a un viejo conocido; ve el fantasma de su padre, Don Fermín, y todos los secretos sucios que ese hombre custodia. El encuentro en la perrera es el chispazo que obliga a Santiago a buscar la verdad, aunque esa verdad sea un «hueco en el hueco», un infierno que preferiría no haber abierto. Es el momento en que el olor a perro muerto se mezcla con el olor a pasado que Santiago ha intentado evitar, pero que lo persigue por toda la Avenida Tacna.

Al final, este episodio nos dice que nadie escapa de su origen. Puedes irte a vivir a una pensión miserable para no oler el perfume de la burguesía, pero el sistema te encontrará y te pondrá frente a frente con tus demonios. Santiago y Ambrosio deciden salir de ese lugar infecto para irse a beber a la Catedral, pensando que el alcohol podrá lavar el barro de los zapatones de Ambrosio, pero en el Perú, hermano, el barro nunca se quita del todo; solo se seca y se vuelve polvo que todos respiramos.

¿Vamos por la siguiente ronda? Porque en el próximo episodio entraremos de lleno en Odría y el Ochenio, para ver cómo el «orden» que nos prometen los dictadores siempre termina oliendo a la misma perrera de la que acabamos de salir.

Nos encontramos en el siguiente episodio, no en la Catedral, pero si en cualquier cafetín de mala muerte.

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¿Dios o tu asistente virtual? El arte de orar sin tratar al Creador como un repartidor de pizza

Toma asiento. Sírvete una taza de café o, si te toca como a mí algunas veces, un vaso de agua por recomendación médica y no precisamente por gusto. Hoy quiero conversar contigo sobre algo que nos está ocurriendo a muchos sin que apenas nos demos cuenta. No será una clase de teología ni una conferencia llena de términos complicados. Será una charla sencilla entre amigos que, en algún momento del camino, descubren que su comunicación con Dios ya no funciona como antes.

¿Alguna vez te has detenido a escuchar realmente lo que dices cuando oras? Vivimos en la época de la inmediatez. Los algoritmos saben qué música nos gusta, las aplicaciones nos traen comida a la puerta y los buscadores intentan adivinar lo que vamos a escribir antes de que terminemos la frase. Sin darnos cuenta, hemos intentado trasladar esa misma lógica a nuestra vida espiritual. Hemos convertido la oración en una especie de formulario de solicitudes, una lista de encargos que presentamos esperando una respuesta rápida y eficiente.

El Dios Papá Noel y la lista de Amazon

Existe una imagen que siempre vuelve a mi mente. Es la de un Dios convertido en una especie de Papá Noel celestial, sentado en algún lugar del universo esperando que lleguemos con nuestra lista de pedidos.

Nos acercamos a Él y comenzamos: “Señor, necesito un mejor trabajo, un automóvil nuevo, que desaparezcan mis problemas económicos, que la salud mejore y, si es posible, que todo ocurra antes del viernes”. A veces pareciera que hemos reducido la oración a un catálogo de deseos, como si Dios fuera un asistente virtual diseñado para cumplir nuestras expectativas.

Lo curioso es que muchas de nuestras oraciones terminan convirtiéndose en frases repetidas una y otra vez. Repetimos palabras conocidas mientras nuestra mente ya está pensando en el trabajo pendiente, en el partido del domingo o en la serie que veremos por la noche. Las palabras salen de nuestra boca, pero el corazón está en otro lugar.

Y quizá allí esté parte del problema. No hemos dejado de hablar con Dios; hemos dejado de prestarle atención.

El mito del lugar sagrado

Otro error frecuente consiste en pensar que Dios tiene una especie de oficina espiritual con horarios de atención y ubicación específica. Algunos creen que solo pueden acercarse realmente a Él dentro de un templo o en determinados lugares considerados especiales.

La mujer samaritana hizo una pregunta parecida hace más de dos mil años cuando quiso saber cuál era el lugar correcto para adorar. Y, curiosamente, seguimos atrapados en la misma discusión.

Hay personas que sienten que, si no están dentro de un edificio religioso, su oración pierde valor. Como si el Dios que creó galaxias enteras necesitara una dirección física para escuchar a sus hijos.

La realidad es mucho más sencilla y mucho más profunda. Puedes hablar con Dios mientras caminas por una calle ruidosa, mientras conduces en medio del tráfico, sentado en una oficina o acostado en tu habitación durante una noche difícil. No es el lugar lo que determina la calidad de la oración, sino la sinceridad con la que te acercas a Él.

Orar en el Espíritu

Cuando Pablo habla de orar en todo tiempo y en el Espíritu, solemos imaginar cosas misteriosas o difíciles de comprender. Sin embargo, el concepto es mucho más práctico de lo que parece.

Orar en el Espíritu significa reconocer que muchas veces ni siquiera sabemos qué necesitamos realmente. Nosotros vemos una pequeña parte de la historia; Dios ve el cuadro completo.

Pedimos que desaparezcan ciertos problemas sin comprender que algunas dificultades están formando nuestro carácter. Pedimos cambios inmediatos cuando quizá lo que necesitamos es paciencia. Rogamos por puertas abiertas cuando tal vez Dios está protegiéndonos precisamente al mantenerlas cerradas.

Orar en el Espíritu implica permitir que nuestra voluntad se alinee con la de Dios. Significa dejar de buscar solamente las cosas que Él puede darnos para comenzar a buscarlo a Él. Y esa diferencia cambia por completo la conversación.

La guerra que casi nadie ve

Vivimos en medio de una batalla constante, aunque rara vez la reconocemos. No es una guerra de espadas, ni de discursos políticos, ni de discusiones interminables en redes sociales. Es una lucha que ocurre dentro de nosotros mismos. Mientras estamos preocupados por mantener una imagen impecable frente a los demás, descuidamos aquello que ocurre en nuestro interior. Nos obsesionamos con parecer fuertes, exitosos y seguros, mientras ignoramos nuestras debilidades más profundas.

A veces incluso desarrollamos una visión triunfalista de la fe. Creemos que seguir a Dios significa vivir una sucesión ininterrumpida de victorias, prosperidad y finales felices. Pero la Biblia cuenta una historia distinta. Está llena de hombres y mujeres que atravesaron pérdidas, dudas, persecuciones y sufrimientos.

La verdadera victoria no consiste en evitar todas las dificultades. Consiste en permanecer firmes en medio de ellas. Y esa fortaleza no nace de la autosuficiencia, sino de una relación genuina con Dios cultivada en la oración.

Recuperando el santo temor

Hay una palabra que parece haberse vuelto incómoda para nuestra generación: reverencia.

No hablo de miedo irracional ni de imaginar a Dios como un juez furioso esperando castigarnos por cualquier error. Hablo de recordar quién es Aquel con quien estamos hablando.

Cuando oramos, nos dirigimos al mismo Dios que sostiene el universo, al que conoce nuestros pensamientos antes de que los formulemos y nuestras palabras antes de pronunciarlas. Es el Dios eterno, santo y omnipotente.

Si realmente comprendiéramos esa realidad, nuestra forma de orar cambiaría radicalmente. Probablemente hablaríamos menos deprisa. Escucharíamos más. Pediríamos menos caprichos y buscaríamos más dirección.

Dejaríamos de acercarnos a Él como clientes insatisfechos y comenzaríamos a hacerlo como hijos agradecidos.

El desafío de hoy

Por eso quiero proponerte algo sencillo.

La próxima vez que ores, intenta dejar a un lado tu lista de pedidos durante unos minutos. No hables primero de tus problemas, de tus cuentas pendientes ni de aquello que te preocupa. Comienza reconociendo quién es Dios y quién eres tú. Dedica unos momentos a agradecer. A contemplar. A recordar que la oración no es únicamente una herramienta para conseguir cosas, sino una oportunidad para cultivar una relación.

Acércate a Dios no como quien llega a una ventanilla de reclamos, sino como quien finalmente comprende que el mayor regalo no está en las manos del Padre, sino en la presencia del Padre mismo. Porque cuando el Reino de Dios ocupa el lugar central, todo lo demás encuentra su posición correcta. El pan de cada día sigue siendo importante, por supuesto, pero deja de ser el centro del universo.

Al final, lo que transforma una vida no son las oraciones repetidas mecánicamente ni las listas interminables de peticiones. Lo que realmente cambia el corazón es una relación auténtica con el Dios que busca adoradores que le adoren en espíritu y en verdad.

Gracias por compartir este café conmigo. Ojalá estas palabras te animen a revisar la manera en que conversas con el cielo. Nos volveremos a encontrar en el camino y, mientras tanto, que nunca perdamos ese santo temor que no esclaviza, sino que nos recuerda quién es Dios y quiénes somos nosotros delante de Él.

Nos volveremos a encontrar y como hoy, busca primero una taza grande de café, porque estaba verdaderamente interesante.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Carta #15: Los pasquines del virreinato y los stickers de WhatsApp

Tema: Propaganda, sátira y poder

Peruano sin tiempo,

Cuando el virrey hacía algo que Lima odiaba, amanecían pasquines en la Catedral. Papeles anónimos, en verso, burlándose del poder. “Amat y Juniet, por un par de tetas, pierde el Perú”. Literatura y dinamita.

Hoy no pegas papeles. Mandas stickers. El virrey es tu alcalde. La Catedral es el grupo “Vecinos Unidos SMP”. “La tía de las 5am” es tu pasquin. Literatura y dinamita, pero en 512×512.

El pasquin era peligroso: si te chapaban, azote. El sticker es seguro: si te chapan, “era broma ps”. Por eso el pasquin tumbó virreyes. El sticker solo tumba el tiempo.

Natán fue el pasquín de David: “Tú eres ese hombre”. Una frase y tumbó al rey de Israel. Sin meme, sin anónimo. Con nombre y con verdad.

Hoy, si vas a quejarte del poder, que tu sticker tenga nombre. Si no, es solo ruido. Y Lima ya tiene bastante ruido.

Nos leemos sin anonimato, esconde tu taza de café.

Tu compatriota

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

El mendigo que compraba en Versace: ¿de qué color es tu pobreza?

Toma asiento. Si tienes una taza de café cerca, mejor todavía, porque hoy quiero conversar contigo sobre algo que rara vez aparece en las fotografías de éxito que vemos todos los días. No será una clase de teología ni una conferencia motivacional de esas que prometen convertirte en millonario antes del próximo viernes. Será una charla tranquila entre amigos, de esas que nacen cuando uno se detiene unos minutos a observar la vida con sinceridad.

¿Te has dado cuenta de cuánto esfuerzo hacemos para parecer exitosos? Nos rodeamos de títulos, marcas, reconocimientos y apariencias cuidadosamente construidas. Sin embargo, muchas veces basta rascar un poco la superficie para descubrir inseguridades, soledad, miedos y una tristeza que nadie publica en redes sociales. Vivimos en una época donde parecer próspero parece más importante que ser pleno.

A veces me resulta curioso que existan miles de libros enseñándonos cómo convertirnos en líderes exitosos, empresarios admirados o personas influyentes. No digo que el esfuerzo o el progreso sean malos. Lo que me pregunto es si, en medio de esa carrera, no hemos olvidado que Dios suele mirar aquello que nosotros escondemos. Mientras nosotros medimos el éxito por lo que se ve, Él parece mucho más interesado en aquello que ocurre dentro del corazón.

El vino que no se acaba

Pensemos por un momento en aquella boda de Caná. Entre la música, los invitados y la celebración, ocurre algo que podría parecer un problema menor: el vino se termina. Sin embargo, María no entra en pánico ni organiza una reunión de emergencia. Simplemente se acerca a Jesús y le dice: “No tienen vino”.

Siempre me ha llamado la atención la tranquilidad con la que lo hace. Ella sabía quién era su hijo. No necesitaba explicaciones largas ni discursos elaborados. Sabía que la solución estaba allí mismo.

Y cuando Jesús interviene, no lo hace a medias. No produce un vino cualquiera para salir del apuro. Produce el mejor vino. Esa característica aparece una y otra vez en las Escrituras. Dios no trabaja improvisando ni corrigiendo errores sobre la marcha. Cuando creó el universo, lo hizo con precisión. Cuando sostiene la creación, lo hace con sabiduría. Cuando actúa según su voluntad, actúa perfectamente.

El problema es que nosotros vivimos en una cultura de resultados instantáneos. Queremos respuestas rápidas, milagros inmediatos y soluciones de microondas. Nos cuesta aceptar que Dios tiene sus tiempos y sus propósitos, aun cuando no siempre coinciden con nuestra agenda.

La pobreza que no aparece en los estados de cuenta

Cuando escuchamos la palabra “pobre”, solemos pensar en alguien que carece de dinero, vivienda o alimento. Sin embargo, existe una pobreza mucho más profunda y peligrosa: la pobreza espiritual. Basta observar nuestro entorno. Vivimos rodeados de personas que aparentemente lo tienen todo y, sin embargo, se sienten vacías. Algunos poseen fortunas, prestigio y reconocimiento, pero siguen luchando contra la desesperanza, la ansiedad o una sensación permanente de insatisfacción.

La historia moderna está llena de personas exitosas que terminaron destruidas por dentro. Actores, músicos, empresarios, deportistas y celebridades que alcanzaron aquello que millones soñaban tener y descubrieron que no era suficiente.

Son mendigos espirituales vestidos con ropa de diseñador. Pueden comprar en Versace, usar el último teléfono o conducir vehículos que la mayoría jamás tendrá, pero siguen cargando una pobreza que ningún dinero puede resolver.

Por eso el libro de Apocalipsis describe a ciertas personas como “desventuradas, miserables, pobres, ciegas y desnudas”, aun cuando ellas se consideraban ricas. La verdadera pobreza no siempre se refleja en la cuenta bancaria. Muchas veces se esconde detrás de una sonrisa impecable y una vida aparentemente perfecta.

El circo del avivamiento

También hemos confundido con frecuencia el concepto de avivamiento. A veces creemos que avivamiento significa llenar estadios, organizar grandes eventos o producir espectáculos religiosos cada vez más impresionantes. Pero la historia bíblica muestra algo diferente.

El verdadero avivamiento comienza dentro del corazón y luego se expande hacia afuera. Pentecostés no empezó con multitudes incontables. Comenzó con un grupo pequeño de creyentes transformados por la presencia de Dios. Después vino el impacto sobre el mundo.

Cuando las personas se acercan únicamente por los beneficios externos, la emoción suele durar poco. Mientras hay pan y pescado, la multitud permanece. Cuando llega el momento del compromiso, muchos desaparecen. Por eso la transformación genuina nunca puede depender solamente de emociones pasajeras. Tiene que echar raíces más profundas.

Cautivos con traje y corbata

Jesús también habló de libertad para los cautivos. Y quizás alguien piense inmediatamente en cárceles, rejas o cadenas visibles. Pero las prisiones más difíciles de romper suelen ser invisibles.

Hay personas cautivas del orgullo, de la necesidad constante de aprobación, de la envidia o del resentimiento. Otras viven esclavizadas por el dinero, el trabajo o la imagen que proyectan ante los demás. Incluso dentro de nuestras familias podemos convertirnos en prisioneros de relaciones desordenadas, de temores antiguos o de hábitos que nunca enfrentamos.

Lo curioso es que muchas veces nos sentimos libres porque nadie controla nuestros movimientos, mientras seguimos obedeciendo silenciosamente a nuestros propios miedos. Decimos que Dios ocupa el primer lugar, pero basta que aparezca una oportunidad económica o un reconocimiento social para descubrir quién está realmente gobernando nuestro corazón.

La ceguera del olvido

Otra de las cosas que más me sorprende del ser humano es su capacidad para olvidar. Hace apenas unos días estábamos agradeciendo porque Dios respondió una oración, abrió una puerta o nos sostuvo en medio de una dificultad. Sin embargo, aparece un nuevo problema y volvemos a actuar como si nunca hubiera hecho nada por nosotros.

Es una forma de ceguera espiritual. No porque no podamos ver, sino porque elegimos olvidar. Miramos la preocupación presente y perdemos de vista todas las ocasiones en que Dios ya nos sostuvo antes. Cerramos los ojos ante las evidencias y terminamos convencidos de que estamos solos precisamente cuando más acompañados hemos estado.

Cristianos agentes secretos

Permíteme ahora una pequeña dosis de ironía. Cuando vemos a los Testigos de Jehová recorriendo las calles con sus publicaciones y sus Biblias, los reconocemos inmediatamente. No tienen ningún problema en que la gente sepa quiénes son o qué creen.

¿Y nosotros? Muchas veces escondemos nuestra fe como si estuviéramos participando en una operación encubierta. Sacamos el teléfono para evitar sacar la Biblia. Nos preocupa más la opinión de los demás que la coherencia de nuestras convicciones.

Tememos que nos llamen fanáticos, religiosos o aleluyas. Y sin darnos cuenta terminamos siendo cautivos del qué dirán. Es curioso cómo podemos hablar durante horas de política, deportes o negocios, pero nos quedamos en silencio cuando llega el momento de hablar de aquello que afirmamos creer.

Una palabra para los quebrantados

La buena noticia es que Jesús no vino para los perfectos. Vino para los quebrantados, para quienes reconocen sus heridas, para los que se sienten solos aun cuando están rodeados de gente. Porque seamos sinceros: a veces uno puede sentirse más aislado dentro de una multitud que caminando completamente solo.

También es cierto que dentro de las comunidades de fe abundan quienes señalan los errores ajenos, pero escasean quienes están dispuestos a acompañar, escuchar y amar. Sin embargo, la misericordia de Dios sigue siendo mayor que nuestras contradicciones. Cada mañana vuelve a ofrecernos una oportunidad para comenzar de nuevo.

Por eso el mensaje de Jesús sigue siendo actual. No vino simplemente a fundar una religión ni a crear un sistema de normas. Vino a anunciar libertad para quienes viven cautivos y esperanza para quienes se sienten espiritualmente pobres.

¿De qué color es tu pobreza?

Y aquí llegamos a la pregunta con la que empezamos esta conversación.

¿De qué color es tu pobreza?

Quizá no sea económica. Tal vez tengas una vida estable, una familia que te quiere y un trabajo digno. Pero puede que exista alguna otra pobreza escondida: falta de esperanza, de propósito, de paz, de gratitud o de fe. A veces somos expertos identificando las carencias de los demás mientras ignoramos las nuestras.

Por eso vale la pena detenerse frente al espejo y preguntarse honestamente qué está faltando en el interior. Porque la verdadera riqueza nunca ha dependido de lo que guardamos en la billetera, sino de aquello que habita en el corazón.

Al final del día, lo único verdaderamente importante no será la marca de la ropa que usamos, el tamaño de la cuenta bancaria o la cantidad de aplausos que recibimos. Lo que permanecerá será nuestra relación con Dios y la manera en que vivimos aquello que decíamos creer.

Gracias por compartir este café y esta conversación conmigo. No siempre es agradable descubrir nuestras carencias, pero muchas veces es precisamente por esas grietas por donde entra la luz.

Nos encontramos en la próxima charla. Y hasta entonces, recuerda algo: la verdadera riqueza no se exhibe, se vive.

Vick
Conversando con una Taza de Cfé
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