Viernes Santo
Jesús fue ejecutado.
No simbólicamente.
No espiritualmente.
No como metáfora.
Fue ejecutado de la manera más pública, más cruel y más humillante que el imperio sabía aplicar.
Murió como mueren los condenados.
A la vista de todos.
Y eso es lo primero que conviene no suavizar.
Gólgota no es un lugar sagrado
Gólgota no es un templo.
No es un espacio de oración.
No es un lugar elegido por su belleza.
Es un sitio de muerte.
Polvo.
Madera.
Clavos.
Gente mirando.
Roma utiliza la crucifixión como mensaje:
Así termina quien incomoda el orden.
Jesús camina hasta allí sin discursos.
Sin resistencia.
Sin defensa.
No porque no pueda, sino porque no huye.
La cruz antes de ser símbolo
La cruz todavía no significa nada.
No es un collar.
No es un emblema.
No es un objeto devocional.
Es un instrumento.
Los clavos no son rituales.
Son reales.
Manos atravesadas.
Pies fijados.
Un cuerpo suspendido.
Jesús queda colgado entre el cielo y la tierra, rechazado por ambos.
El ruido alrededor del dolor
Se burlan.
Soldados.
Transeúntes.
Líderes religiosos.
Las palabras son viejas, pero siguen siendo actuales:
— “Sálvate a ti mismo.”
— “Si eres Hijo de Dios…”
La tentación no es nueva.
Es siempre la misma: bajar, escapar, evitar.
Pero Jesús no baja.
Porque bajar salvaría su vida, pero perdería la de otros.
Las palabras que quedan
Jesús no habla mucho.
Cada palabra cuesta.
“Padre, perdónalos…”
No es ingenuidad.
Es decisión consciente.
“Hoy estarás conmigo…”
La salvación ocurre en el lugar menos esperado, en el último momento, con quien ya no tiene nada que ofrecer.
“Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Aquí no hay poesía.
Aquí no hay consuelo rápido.
Hay abandono real.
Y conviene no explicarlo demasiado.
El silencio de Dios
El cielo se oscurece.
La tierra tiembla.
Pero Dios no interviene.
No detiene los clavos.
No envía ángeles.
No interrumpe la escena.
El silencio no es ausencia.
Es cumplimiento.
Y eso incomoda.
La muerte
Jesús inclina la cabeza.
“Consumado es.”
No es derrota.
Es cierre.
Entrega el espíritu.
El cuerpo queda inmóvil.
Silencio.
No hay música.
No hay reacción inmediata.
No hay alivio.
Después
El velo se rasga.
Un centurión habla.
Algunos se golpean el pecho.
La multitud se dispersa.
La ciudad sigue funcionando.
Ese es uno de los aspectos más perturbadores del Viernes Santo: el mundo no se detiene.
La injusticia ocurre y luego la vida continúa.
Para permanecer
Jesús no murió para decorar calendarios.
No murió para justificar feriados.
No murió para ser un símbolo cultural.
Murió ejecutado.
Y esa muerte exige una respuesta.
No una celebración inmediata.
No una explicación rápida.
Solo una pregunta que no se puede esquivar:
¿Recordamos este día por fe… o solo por costumbre?
Aquí no termina
El Viernes Santo no consuela.
Interroga.
No explica.
Desnuda.
No cierra la historia.
La deja abierta.
Porque hay silencios que no se resuelven hablando, sino esperando.
Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
–MiVivencia.com

















































