Serie: “Café en la Catedral
Tómate otro sorbo de ese café, que para hablar de Santiago Zavala, nuestro eterno «Zavalita», hay que tener el alma un poco blindada contra la melancolía. En este Episodio 5, nos toca diseccionar al personaje que es el espejo donde todos nos hemos mirado alguna vez con un poco de asco: Zavalita y el conformismo. Es el retrato de la «promesa malograda», del joven que lo tenía todo para ser feliz y prefirió el refugio de una derrota voluntaria.
Zavalita es un tipo fascinante porque su conformismo no nace de la pereza, sino de una asfixia moral. Imagínatelo ahí, a sus treinta años, caminando por una Avenida Tacna gris y descolorida, sintiéndose tan «jodido» como el mismo país. Lo irónico es que Santiago viene de una familia acomodada; su padre, Don Fermín, es un empresario exitoso que hace fortuna a la sombra del dictador Odría construyendo carreteras y vendiendo medicinas. Santiago desprecia ese mundo de privilegios manchado de corrupción y decide romper con todo. Se convierte en un «desclasado» voluntario: se va a vivir a una pensión modesta, se casa con Ana (una enfermera que su familia considera «una cholita») y termina escribiendo editoriales mediocres en La Crónica por un sueldo que apenas le alcanza para llegar a fin de mes.
Pero, ¿sabes dónde está la verdadera tragedia de su conformismo? En sus años en la Universidad de San Marcos. Ahí, Santiago fue el «sartresillo valiente», el activista que se unió a la célula comunista «Cahuide» buscando la «pureza» y la revolución. Pero el sistema es perverso, hermano. Cuando la policía lo atrapa, su padre mueve sus influencias para protegerlo, mientras a sus compañeros —los que no tenían apellido— les caía todo el peso de la represión. Ese fue el golpe de gracia: Santiago descubre que no puede escapar del poder de su padre, que incluso su rebelión está «patrocinada» por la argolla que odia. Ahí es donde se quiebra, donde decide que ser un perdedor es su única forma de no ser un cómplice.
La comparación con el Perú de hoy es casi una parodia. Zavalita representa a esa clase media ilustrada que hoy se queja en Twitter o en cafés como este, pero que vive en un estado de apatía crónica. Hoy tenemos muchos «Zavalitas» que se indignan con los escándalos de corrupción en el Congreso o en las licitaciones públicas —que no han cambiado mucho desde las carreteras de Don Fermín—, pero que al final prefieren el conformismo de su burbuja de comodidad. Santiago se decía a sí mismo: «a lo mejor te había jodido la falta de fe para creer en cualquier cosa». Esa es nuestra enfermedad actual: un escepticismo tan grande que ya nada nos moviliza, una «sociedad embotellada» donde el cinismo es el aire que respiramos.
Lo más irónico es que Zavalita es un antihéroe que renunció incluso al amor. No fue capaz de jugársela por Aída, su camarada, por pura timidez y falta de valor, y esa inautenticidad lo persigue toda la vida. ¿No nos pasa lo mismo? A veces, por miedo a ensuciarnos las manos o por no arriesgar lo poco que tenemos, aceptamos una democracia «payasa» o líderes mediocres con tal de que no nos molesten mucho.
¿Qué pasaría si esto se repitiera hoy? Bueno, ya lo estamos viendo. Si el conformismo de Zavalita se generaliza en una generación, el resultado es lo que tenemos: un país que funciona por inercia, donde el éxito se mide en cuánto dinero puedes sacar bajo la mesa y la ética es vista como una «huachafería» de gente anticuada. Si despertáramos otra vez en el Perú de los 50, Zavalita no sería un revolucionario; sería un profesional que se queda callado para no perder su contrato con el Estado, buscando la «limpieza» de su conciencia en el silencio, mientras otros —los Ambrosios de la vida— hacen el trabajo sucio.
Zavalita termina su charla en la Catedral con la certeza de que nadie vendrá a sacarlo nunca de la «perrera». Es el conformismo del que sabe que el sistema está podrido pero se siente demasiado pequeño para cambiarlo. Al final, hermano, el conformismo de Santiago es nuestro propio reflejo: preferimos ser «pobres mierdecitas» con la conciencia tranquila antes que arriesgarnos a fallar de verdad intentando cambiar las cosas.
Pero bueno, no dejes que se te enfríe el café. En el próximo episodio, vamos a hablar de la doble vida de Don Fermín. Porque detrás de ese conformismo de Santiago, hay una verdad sobre su padre —»Bola de Oro»— que es mucho más oscura y sórdida de lo que el «sartresillo valiente» se atrevió a imaginar.
¿Otra ronda o ya te sientes muy «jodido» por hoy?. Mejor toma otro café, porque esta noche no duermes, la conciencia te mantiene despierto.
Vick
Conversando con una Taza de Café
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