Serie: Educación en Quiebra: Café, Verdades y el Perú que Queremos Recuperar
Hola otra vez, hermano, qué gusto verte de vuelta en nuestra mesa de siempre. En la charla pasada nos metimos con eso de la pantalla como excusa perfecta, y quedamos en algo que me parece clave, que el verdadero problema no es la herramienta sino el músculo del pensamiento que nunca se entrenó antes de dársela al chico. Hoy quiero que hablemos precisamente de ese músculo, de ese protagonista central de toda esta historia que hasta ahora hemos rodeado pero no hemos mirado de frente: el alumno mismo, y ese momento tan particular en que sale del colegio y pisa por primera vez la educación superior.
Seamos sinceros, hermano, ¿cuántas veces has escuchado a algún chico o a algún papá orgulloso decir «en el colegio era el primer puesto, sacaba veinte en todo», y después, al año siguiente, te enteras que ese mismo chico está jalando en cadena los primeros ciclos de la universidad? O algo todavía más fuerte, ¿cuántas veces has visto a jóvenes que están a punto de graduarse, con la toga casi lista, pero que sufren horrores para redactar una carta formal, que no logran resumir un texto de tres páginas sin perderse en el camino, que se quedan mudos si les pides que defiendan una opinión propia con argumentos sólidos? Y sin embargo, esos mismos chicos están listos, dispuestos y hasta entusiasmados para salir a marchar apenas alguien les toca un derecho, aunque sea el más mínimo. A mí esto me rompe la cabeza, de verdad, y me hace preguntarme con toda honestidad qué estamos haciendo con nuestros estudiantes desde el principio.
Porque el gran drama del alumno peruano, y esto lo digo sin querer sonar duro pero con la franqueza que nos hemos prometido en este espacio, es que el colegio lo entrena, casi sin querer, para ser un espectador pasivo de su propio aprendizaje. Nos metieron a todos ese chip desde chiquitos, memoriza esta fecha, copia lo que está en la pizarra, suelta el dato exacto en el examen del viernes, y el lunes siguiente ya puedes olvidarte de todo porque no lo vas a volver a usar. El sistema entero, durante años, premió al que repetía como loro lo que el profesor decía, no al que se animaba a preguntar por qué, al que cuestionaba, al que se quedaba pensando en una idea incómoda hasta encontrarle una respuesta propia. Y claro, esa forma de aprender funciona, más o menos, mientras uno esté dentro de esa burbuja protegida del colegio, donde todo está masticado y ordenado para que el chico solamente tenga que memorizar y repetir.
Pero esa burbuja revienta, hermano, y revienta fuerte, el mismo día que ese alumno cruza la puerta de una universidad o de un instituto. Ahí la realidad no perdona ni pide permiso. En la universidad ya nadie te va a pedir que repitas lo que dijo el profesor, ahí te piden que analices, que compares, que saques tus propias conclusiones, y es justo en ese quiebre donde muchísimos chicos se ahogan, porque nunca nadie les enseñó a nadar en esas aguas. Si un joven no logra entender de verdad lo que está leyendo, si se le hace una montaña sacar la idea central de un texto, ¿cómo le vamos a pedir después que proponga soluciones para los problemas reales de este país? Ahí es donde uno entiende que el problema nunca fue solamente de la universidad, la universidad simplemente heredó, sin quererlo, todos los vacíos que se fueron acumulando silenciosamente durante once años de colegio.
Y hay algo más que me preocupa bastante, y es esa cultura del facilismo que se arrastra de una etapa a la otra sin ningún filtro. Esa costumbre de pedirle la tarea al compañero por WhatsApp a último minuto, ese plagio que ya se volvió casi un arte, y ahora, con la Inteligencia Artificial de por medio, ese hacer los trabajos en cinco minutos sin leer una sola línea de lo que la máquina te entregó. Esas mañas, hermano, no se quedan en el colegio, se mudan directo a las aulas universitarias, y ahí el problema se vuelve serio de verdad, porque un médico que se formó «así nomás», un ingeniero que calculó estructuras sin entender de fondo lo que estaba haciendo, un abogado que nunca aprendió a argumentar con solidez, tarde o temprano le va a costar carísimo a toda la sociedad que después confía en ese profesional para resolver problemas de vida o muerte, en el sentido más literal de la frase.
Y hay otra cosa que me toca una fibra particular, y es el trato que se ha ido instalando en las aulas superiores. ¿Te has fijado en cómo, a veces, algunos alumnos le exigen al catedrático casi como si estuvieran reclamando en un servicio de atención al cliente, sin ese respeto mínimo hacia la jerarquía académica que antes se daba casi por sentado? Queremos todos los derechos posibles, exigimos que se nos escuche, que se nos entienda, pero se nos olvida cargar con las responsabilidades que vienen de la mano con esos mismos derechos. Y aquí vuelvo a esa comparación que tanto nos gusta hacer con las décadas pasadas, no para idealizar el pasado como si todo hubiera sido perfecto, que no lo fue, pero sí para reconocer que antes existía una empatía básica hacia el que enseñaba, un reconocimiento de que esa persona, con sus errores y todo, estaba ahí para ayudarte a crecer, y ese reconocimiento se ha ido debilitando bastante con el paso de los años.
Ahora bien, hermano, y esto quiero dejarlo bien claro, yo no le voy a tirar toda la responsabilidad al joven, sería injusto y hasta cruel de mi parte. Ellos, en el fondo, son víctimas de un sistema que ya venía obsoleto desde antes de que ellos nacieran, un sistema que los formó para memorizar en lugar de pensar, y eso no es culpa del chico de dieciocho años que recién está aterrizando en la universidad. Pero también creo, con la misma fuerza, que hay que decirles la verdad de frente, sin anestesia, oye, despierta, ya no eres una criatura que necesita que le mastiquen todo. Si el colegio fue deficiente, el alumno universitario tiene que ser el primero en rebelarse contra su propia ignorancia, en agarrar los libros por su cuenta, en investigar más allá de lo que pide el sílabo, en dejar de esperar que todo se lo den servido en bandeja.
Porque al final del día, si como estudiantes no recuperamos esa hambre genuina por el conocimiento real, por el pensamiento crítico, por el respeto profundo hacia el espacio donde se construye el saber, entonces los títulos universitarios van a terminar siendo, como dice el dicho, puros cartones bonitos colgados en la pared, sin ningún contenido real detrás que los sostenga. Y ese es un lujo que un país como el nuestro, que tanto necesita profesionales sólidos y honestos, sencillamente no se puede dar.
Bueno, hermano, ya me extendí otra vez, como siempre me pasa cuando este tema me toca de cerca. Ahora te toca a ti, cuéntame algo, tú que has pasado por esto o que lo ves de cerca en tu entorno, ¿qué es lo que más te asusta o te sorprende del nivel con el que los chicos están saliendo hoy del colegio hacia la universidad? Y dime con franqueza, ¿tú crees que el problema de fondo es más de falta de cerebro, de capacidad, o más de falta de actitud, de esas ganas genuinas de aprender que antes parecían venir incluidas de fábrica? Aquí te espero, con el croissant a medio terminar y toda la curiosidad puesta en tu respuesta.
Vick
Conversando con una Taza de Café.
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