Serie: Agustín para el Siglo XXI
He estado rumiando lo que empezamos a hablar sobre el Enquiridión. Pero hoy vengo con ganas de pelear un poco. He leído el capítulo 30, y Agustín suelta una frase que me ha dejado helado. Dice que el hombre, al usar mal su libre albedrío, se perdió a sí mismo y también a su libre albedrío. A ver, en pleno siglo XXI, donde nos venden que somos los «arquitectos de nuestro propio destino» y que «el límite es el cielo» si te esfuerzas lo suficiente, esto suena a un pesimismo antropológico insoportable. ¿Me estás diciendo que este genio de la inteligencia terminó creyendo que básicamente somos esclavos sin remedio?
Suena demoledor. Pero fijémonos bien en la comparación que usa Agustín, porque es una de las más potentes de toda su obra. Él utiliza la analogía del suicidio. Dice que mientras una persona vive, tiene la libertad de matarse; pero una vez que se ha quitado la vida, ya no tiene la libertad de volver a vivir por su cuenta. Para Agustín, el pecado original no fue solo un error de cálculo; fue un acto de soberbia que rompió nuestra brújula interna. Al elegir apartarnos del Bien Supremo, nuestra voluntad quedó «muerta» para el bien, aunque sigamos siendo muy «libres» para seguir equivocándonos.
O sea, que somos libres para tirarnos al pozo, pero no para salir de él. Es una imagen bastante gráfica, lo reconozco. Pero entonces, ¿qué queda de la dignidad humana? Si no puedo elegir el bien, ¿soy solo un autómata del mal?
No, y ahí es donde Agustín es más fino de lo que parece. Él distingue entre lo que llama el «libre albedrío» y la «libertad». El libre albedrío es la capacidad de elegir, y esa, aunque herida, sigue ahí; de hecho, dice irónicamente que somos «libres para pecar» porque lo hacemos con gusto. Pero la verdadera libertad, para el Agustín maduro, no es simplemente «tener opciones», sino tener la capacidad y la alegría de obrar el bien. Él sostiene que esa capacidad se perdió. Somos como un esclavo que ha sido vencido en combate: el vencedor (el pecado) es ahora nuestro dueño. Agustín cita aquí a Pedro: «cada cual es esclavo de quien triunfó de él».
Eso me recuerda mucho a lo que vemos hoy con las adicciones o los patrones de conducta tóxicos. Todo el mundo te dice «deja de hacerlo, eres libre», pero por dentro sientes que hay una fuerza que te arrastra y que tu voluntad es de papel. Agustín está siendo un psicólogo realista, ¿no?
Totalmente. Agustín es el antídoto contra el voluntarismo barato de los libros de autoayuda. Él te diría que no puedes levantarte tirando de los cordones de tus propios zapatos. Por eso, un hombre inteligente como él elige creer en la Gracia. Si estamos en un pozo y no podemos resucitarnos a nosotros mismos, necesitamos a alguien que nos eche una cuerda desde fuera. Es lo que él llama el rescate del Hijo: «Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres». Agustín no desprecia la inteligencia; lo que hace es reconocer que la inteligencia sola no puede sanar la voluntad. Puedes saber qué es lo correcto y, aun así, no tener la fuerza para amarlo y hacerlo.
Me llama la atención que en el capítulo 32 diga que incluso la voluntad misma es preparada por Dios. ¿Significa que ni siquiera el deseo de ser bueno es nuestro?
Es el punto más profundo de su teología de la gracia. Agustín cita a Pablo para decir que es Dios quien obra en nosotros tanto el querer como el obrar. Y remata con esa frase famosa de Romanos 9: «No es del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia». Para un intelectual orgulloso como era el joven Agustín, esto debió ser una bofetada. Admitir que hasta tu deseo de buscar a Dios es un regalo previo de Dios. Pero, piénsalo bien: ¿no es eso un descanso inmenso? Significa que la salvación no es una carrera de obstáculos donde el más fuerte o el más inteligente gana, sino que es un abrazo que te alcanza cuando admites que estás perdido.
O sea, que para ser verdaderamente inteligente hay que admitir que uno es un inválido espiritual.
Es la humildad de la que hablábamos en los primeros episodios. Agustín dice que la misericordia de Dios nos «previene» para que queramos, y luego nos «acompaña» para que no queramos en vano. Es un sistema de apoyo constante. Rogamos incluso por nuestros enemigos, que no quieren vivir piadosamente, precisamente para que Dios obre en ellos ese «querer» que les falta. Agustín nos está diciendo que la fe es el reconocimiento honesto de nuestra limitación. No es que dejes de pensar; es que usas tu pensamiento para reconocer dónde termina tu poder y dónde empieza el de Dios.
Me quedo con la idea del suicidio y la resurrección. Es fuerte, pero muy lógica. Si rompimos nuestra capacidad de amar lo bueno, solo quien nos creó puede reconstruirla. Me gustaría que bajáramos esto a la tierra. He visto que el libro habla de Cristo como el «Mediador» y de por qué tuvo que nacer de una virgen y morir en una cruz. Si ya admitimos que necesitamos ayuda, ¿por qué esa ayuda tuvo que ser tan dramática y sangrienta?
Es el siguiente paso lógico. Una vez que aceptas que estás muerto, necesitas entender cómo funciona la medicina. Y en Agustín, la medicina tiene forma humana. En el próximo episodio hablamos del «Mediador divino» y de por qué Dios no nos salvó simplemente con un chasquido de dedos desde su nube.
Pero esta vez, no dejes que el café se enfríe. Después de enterarme de que soy un «esclavo redimido», lo menos que puedo hacer es ejercer mi libertad para invitarte.
«Ama y haz lo que quieras». Nos vemos, en el siguiente episodio de nuestra serie, y no olvides el café.
Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino













