Serie: «Café, Croissants y Padres de la Iglesia» – Desenterrando la fe viva de los antiguos antes de nuestras divisiones.
Pásame la jarra de leche, por favor, y toma otro de esos croissants antes de que vuelen de la bandeja, porque hoy nos vamos a sumergir en un relato que es pura intriga histórica y que, te lo advierto de entrada, va a sacudir con fuerza nuestras suposiciones protestantes sobre cómo se gobernaba la iglesia primitiva. La semana pasada nos quedamos maravillados con la Didajé, pero hoy quiero que deslices tu mirada en el libro de Quasten hacia la siguiente joya del siglo primero, concretamente hacia la figura de Clemente de Roma y su célebre Epístola a los Corintios. Mientras bebes tu café, imagínate la escena: estamos en el año noventa y seis de nuestra era. Sí, has oído bien, el año noventa y seis d.C., una fecha tan temprana que lo más probable es que el mismísimo Apóstol Juan todavía estuviera con vida, quizás exiliado en la isla de Patmos o enseñando en las calles de Éfeso. Y en ese preciso instante de la historia, la iglesia de Roma toma una pluma y redacta un extensísimo documento dirigido a la iglesia de Corinto. Pero lo asombroso, lo que a cualquier cristiano de trasfondo evangélico le produce un cortocircuito mental, es que no es una carta de sugerencias amables ni un saludo informal entre congregaciones independientes, sino la primera intervención autoritaria, jerárquica y disciplinar de una iglesia sobre otra fuera de las Escrituras.
Para entender el impacto de esto, primero tenemos que descubrir quién era este Clemente. Quasten, apoyándose en la lista de obispos más antigua que nos legó san Ireneo de Lyon, nos revela que Clemente fue el tercer sucesor del Apóstol Pedro en la dirección de la comunidad cristiana de Roma. El historiador Eusebio sitúa su liderazgo de forma muy exacta entre los años noventa y dos y ciento uno d.C.. Tertuliano, por su parte, asegura de manera categórica que Clemente fue consagrado obispo por el mismísimo Pedro, e Ireneo añade un detalle que me hace suspirar de envidia teológica: Clemente conoció personalmente tanto a Pedro como a Pablo y todavía tenía sus voces resonando en sus oídos. Imagínate lo que significa eso; este hombre no estaba teorizando sobre el Evangelio desde un escritorio del siglo quinto; era un testigo directo, un puente de carne y hueso entre la era de la revelación apostólica y la era de la tradición viva de la iglesia.
Pero, ¿qué fue lo que obligó a Clemente a escribirle a Corinto? Ay, Corinto, la eterna iglesia problemática del Nuevo Testamento. Parece que las severas amonestaciones que el Apóstol Pablo les había enviado décadas atrás no habían calado lo suficientemente hondo, porque la vieja discordia y la envidia volvieron a estallar con una violencia inusitada. Quasten nos relata que un grupo de hombres arrogantes, insolentes y carentes de todo temor de Dios organizaron una rebelión en toda regla contra el liderazgo establecido de la iglesia local, deponiendo de sus cargos a los presbíteros que habían sido legítimamente nombrados. Solo una pequeña minoría permaneció fiel a los pastores depuestos, mientras la asamblea caía en un caos absoluto que, para colmo de males, estaba siendo el hazmerreír y el escándalo de los paganos de la ciudad. Cuando me enteré de esto, no pude evitar sonreír con cierta amargura y pensar en nuestras iglesias evangélicas modernas. Si hoy en día un grupo de miembros se pelea con el pastor, simplemente se dividen, alquilan un local al otro lado de la calle, fundan una nueva denominación y aquí no ha pasado nada, justificándolo todo bajo el manto del libre examen y la autonomía congregacional. Pero para la iglesia del siglo primero, romper la unidad del cuerpo local y deponer a los líderes legítimos no era un ejercicio de libertad cristiana; era un pecado gravísimo, un acto de rebelión espiritual que amenazaba la transmisión misma de la fe.
Lo que me conmovió profundamente al leer a Quasten es el contexto histórico en el que se redacta esta carta. Clemente comienza la epístola pidiendo disculpas a los corintios por no haber podido prestar atención antes a sus discordias, justificándose en las repentinas y sucesivas calamidades y tribulaciones que habían caído sobre la comunidad de Roma. ¿A qué se refiere con esas «calamidades»? Se refiere a la sangrienta y brutal persecución del emperador Domiciano, que estaba arreciando con furia en los años noventa y cinco y noventa y seis de nuestra era. Piensa en la escala de prioridades de estos gigantes de la fe: la iglesia de Roma está siendo perseguida, sus miembros están siendo arrestados, confiscados sus bienes y ejecutados en la arena pública, y sin embargo, en medio del terror y la clandestinidad, Clemente escribe: «Nosotros hemos bajado a la misma arena y tenemos delante el mismo combate». A pesar de tener la espada del imperio sobre sus propios cuellos, los cristianos de Roma no están sumidos en el pánico individualista de la supervivencia; su mayor preocupación es que la iglesia de Corinto, al otro lado del mar Adriático, mantenga la unidad, el orden y la obediencia apostólica. ¡Qué bofetada para nuestro cristianismo contemporáneo, tan obsesionado con su propio bienestar y tan desconectado del dolor de la iglesia universal!
Y aquí es donde el libro de Quasten nos introduce en el núcleo dogmático de la epístola, un pasaje que se ha ganado el título histórico de ser el auténtico «manifiesto de la jurisdicción eclesiástica». Clemente, para atajar la rebelión de Corinto, formula por primera vez en la literatura cristiana de manera clara y explícita la doctrina de la sucesión apostólica. Nos explica que el derecho de gobernar la iglesia no proviene de una decisión democrática de la asamblea de fieles, porque la comunidad no tiene el poder de conferir una autoridad que ella misma no posee. La autoridad eclesial fluye estrictamente desde arriba hacia abajo, en un orden divino perfectamente trazado. Clemente lo resume con una precisión geométrica: Jesucristo fue enviado por Dios, los Apóstoles fueron enviados por Cristo, y ambos sucesos ocurrieron ordenadamente por voluntad divina. Habiendo recibido este mandato, los Apóstoles salieron a predicar llenos de la certidumbre del Espíritu Santo, y a medida que establecían comunidades en lugares y ciudades, iban nombrando a sus primeros conversos —después de haberlos probado espiritualmente— como inspectores, que es la palabra griega para obispos (episkopoi), y ministros o diáconos (diakonoi), de aquellos que habían de creer.
Pero Clemente va todavía más allá y revela un detalle profético asombroso: nos dice que los Apóstoles, sabiendo por inspiración de nuestro Señor Jesucristo que habría contienda y disputas sobre la dignidad del episcopado, impusieron para el futuro la norma de que, cuando estos líderes originales murieran, otros varones aprobados y eximios les sucedieran en su sagrado ministerio. Por lo tanto, concluye el obispo de Roma, expulsar a hombres que han sido establecidos legítimamente por los Apóstoles o por otros varones aprobados con el consentimiento de toda la iglesia, y que han servido irreprochablemente al rebaño de Cristo con humildad y desinterés, es una injusticia inaceptable que constituye un pecado grave. Te confieso, mi amigo, mientras muerdo este croissant, que leer esto me produjo un shock teológico tremendo. A nosotros nos han enseñado que la jerarquía y la sucesión ordenada fueron inventos posteriores de una iglesia corrupta que quería imitar la estructura del Imperio Romano. Pero aquí lo tenemos, en el año noventa y seis, formulado por un discípulo directo de Pedro y Pablo. La iglesia primitiva no era una confederación libre de buscadores espirituales con interpretaciones privadas; era una estructura visible, un cuerpo místico ordenado donde la autoridad se transmitía por imposición de manos en una línea ininterrumpida que conectaba directamente con el mismísimo Cristo.
El impacto de este orden se vuelve aún más explícito cuando Clemente introduce una distinción que para mí fue el golpe de gracia a mi ingenuidad eclesial: la diferencia clara entre la jerarquía y el laicado. Escucha bien esto, porque es historia pura documentada por Quasten: Clemente escribe textualmente en el capítulo cuarenta de su epístola que «el hombre laico por preceptos laicos está ligado». ¡Es la primera vez en toda la historia de la literatura universal que aparece la palabra «laico» (laikos) para diferenciar al creyente común de los ministros consagrados! Clemente argumenta que, así como en el Antiguo Testamento el sumo sacerdote tiene asignadas sus funciones litúrgicas particulares, los sacerdotes tienen su propio puesto de honor, los Levites tienen sus ministerios específicos, y el laico está ligado a sus deberes laicos, en la iglesia del Nuevo Pacto cada uno debe agradar a Dios en su propio orden y puesto, con reverencia, buena conciencia y sin transgredir la regla de su respectivo ministerio o liturgia (leitourgia). En nuestros púlpitos modernos se nos dice a menudo que la distinción entre clero y laicado fue una perversión medieval que destruyó el sacerdocio de todos los creyentes. Pero Clemente nos demuestra que desde el siglo primero la iglesia entendía que la igualdad espiritual ante Dios no anula la diversidad de funciones, de orden y de autoridad dentro del cuerpo visible de Cristo.
Esto nos lleva directamente a analizar la liturgia de esa iglesia primitiva. Quasten resalta que la función más importante de la jerarquía cristiana de aquel tiempo, a la que Clemente llama colectivamente presbíteros, era de carácter eminentemente sacramental: «ofrecer los dones o presentar las ofrendas». No eran meros administradores de una ONG piadosa ni conferencistas motivacionales; eran sacerdotes de la Nueva Alianza encargados de presidir la mesa del Señor. Y para colmo de asombros, la epístola, justo antes de concluir, incorpora una hermosísima y larguísima plegaria que los eruditos han identificado, sin lugar a dudas, como una oración litúrgica habitual de la iglesia de Roma. Es una pieza poética de una solemnidad majestuosa que canta las alabanzas de la creación, invoca la misericordia de Dios sobre los enfermos y los prisioneros, confiesa la divinidad de Jesús llamándolo «el Hijo bienamado de Dios», y termina con una petición verdaderamente estremecedora en favor del poder temporal, es decir, de los mismísimos gobernantes paganos que en ese momento los perseguían. Pedían a Dios que les diera salud, paz, concordia y estabilidad para que ejercieran sin tropiezo la potestad que Él les había confiado. Imagínate la escena de esos cristianos, reuniéndose de noche en casas privadas o cementerios subterráneos bajo el terror de Domiciano, levantando las manos al cielo para orar litúrgicamente por la salud del emperador que ordenaba sus ejecuciones. Qué distancia tan abismal entre esa reverencia litúrgica cósmica y la ligereza informal con la que a menudo tratamos el culto en nuestras comunidades de hoy.
No puedo dejar de mencionarte, además, un detalle fascinante que revela la mentalidad cultural y teológica de Clemente: su recurso a la famosa leyenda del ave Fénix para ilustrar la certeza de la resurrección de los muertos. Sí, la mítica criatura de Oriente que, al cumplir quinientos años, entra en un nido de incienso y mirra para morir, y de cuya descomposición nace una larva que, tras alimentarse, desarrolla plumas y vuela de regreso llevando los huesos de su progenitor al altar del Sol en Heliópolis. Clemente relata esta historia con una seriedad científica absoluta, presentándola como un signo maravilloso de la providencia de Dios para recordarnos que el Creador utiliza incluso a la naturaleza pagana para prefigurar la resurrección de su Hijo y de sus santos. Es la alusión más antigua a esta leyenda en toda la literatura cristiana, y nos demuestra que los Padres no tenían miedo de utilizar los mitos más bellos de la antigüedad para revestirlos de verdad evangélica y usarlos como herramientas pedagógicas de fe.
Pero volvamos a la pregunta que ha estado flotando sobre nuestra mesa desde que empezamos a charlar: ¿qué nos dice esta carta sobre el primado de la Sede Romana? Aquí Quasten hace un análisis sumamente honesto y equilibrado que desarma tanto el triunfalismo católico romano extremo como la negación protestante sistemática. Es innegable que la carta no contiene una afirmación dogmática explícita de que el obispo de Roma tenga una jurisdicción legal sobre el resto de las iglesias particulares, y de hecho Clemente escribe en nombre de «La Iglesia de Dios que mora en Roma» utilizando siempre el pronombre plural «nosotros». Sin embargo, la sola existencia de este documento es un testimonio histórico inequívoco del prestigio y la autoridad moral única de la Sede Romana desde los albores de la cristiandad. Roma habla a Corinto con el tono autoritario de un superior a un súbdito. No es una carta de consejos fraternales; Clemente declara sin rodeos que si los rebeldes desobedecen las amonestaciones que Dios les dirige por medio de Roma, se harán reos de un pecado gravísimo y se expondrán a un peligro inmenso, mientras que Roma quedará libre de toda culpa. Además, se despide expresando el ardiente deseo de que los emisarios romanos que llevan la carta puedan volver pronto con la feliz noticia de que la paz y la concordia han sido restauradas en Corinto. Este tono de vigilancia soberana no se explica por meras relaciones comerciales; revela que Roma, ya en el año noventa y seis, se sentía investida de una solicitud y una responsabilidad pastoral de carácter universal. De hecho, el obispo Dionisio de Corinto nos relata que, casi ochenta años después, la carta de Clemente se seguía leyendo públicamente en la liturgia dominical de su iglesia como una advertencia sagrada para el aprovechamiento de las almas.
Termina tu croissant, mi amigo, y contempla las tazas vacías sobre la mesa. Cuando cerramos este capítulo de Quasten, es imposible no sentir una profunda punzada de melancolía y confrontación. Nos han enseñado a mirar con sospecha la liturgia, la sucesión ordenada, la autoridad visible y la distinción entre los ministerios, prefiriendo un cristianismo informal y atomizado donde cada uno es su propio papa, su propio obispo y su propio exégeta. Pero la historia real, documentada de forma inexpugnable en manuscritos tan venerables como el Codex Hierosolymitanus del año 1056 descubierto por Bryennios en el siglo diecinueve, nos demuestra que la fe de los que conocieron a los Apóstoles era de una densidad jerárquica, moral y comunitaria que desafía por completo nuestro individualismo moderno. Volver a los Padres de la Iglesia no es una traición a las Escrituras; es descubrir la comunidad que recibió, interpretó y guardó esas mismas Escrituras en la noche de las persecuciones.
Pide la cuenta, porque la tarde está cayendo y la cafetería se está llenando de gente. En nuestra próxima charla te prometo que el viaje se pondrá todavía más intenso. Nos adentraremos en el corazón de un místico radical que revolucionó el imperio mientras iba encadenado camino a los leones de Roma. Te voy a contar la historia de Ignacio de Antioquía, el obispo que nos enseñó lo que realmente significa ser «trigo de Dios molido por los dientes de las fieras». Prepárate, porque si Clemente nos confrontó con el orden de la iglesia, Ignacio nos va a incendiar el alma con el fuego de un discipulado absoluto y apasionado. Nos vemos la próxima semana en esta misma mesa de madera.
¿Te das cuenta de cómo la historia de Clemente y la rebelión de Corinto destruye ese mito de que la iglesia primitiva era un movimiento desorganizado y sin jerarquía? Si tienes el corazón listo para ver cómo esa misma jerarquía se preparaba para morir cantando en el coliseo, dime y la próxima semana desenterramos juntos las apasionadas cartas de Ignacio de Antioquía.
Vick
Conversando con una Taza de Café
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