¡Qué tal, amigos! Qué gusto volver a sentarnos un momento a conversar, como tantas otras veces, con una taza de café en la mano y el corazón un poco más abierto que de costumbre. A veces la vida corre demasiado rápido entre el calor de estos días, las noticias que no dejan de aparecer y las preocupaciones de todos los días, y terminamos olvidando algo muy importante: detenernos a pensar cómo está realmente nuestra relación con Dios.
Últimamente he estado reflexionando mucho sobre cómo reaccionamos frente a las dificultades. Veo en las noticias pueblos enteros consumidos por incendios, familias que no solamente perdieron una casa, sino recuerdos, fotografías, historias y años enteros de vida. Y aun así, en medio de tanta tragedia, siempre aparece alguien diciendo: “Hay que seguir adelante, hay que reconstruir”. Eso me impresiona profundamente. El ser humano tiene una capacidad increíble para acostumbrarse incluso al dolor.
Pero allí también aparece un peligro silencioso: convertirnos en “animales de costumbre”. Nos acostumbramos a las malas noticias, al humo, a la violencia, a la incertidumbre… y también nos estamos acostumbrando a una distancia espiritual que poco a poco empezamos a llamar comodidad. Hoy resulta demasiado fácil decir: “El servicio luego lo veo por Facebook”, o pensar que el domingo puede dedicarse a cualquier otra cosa porque “Dios entiende”. Y sí, Dios entiende muchas cosas, pero a veces nosotros dejamos de entender la urgencia de buscarlo.
Eso me lleva a una pregunta incómoda: ¿Estamos perdiendo el sentido de la necesidad espiritual? ¿Se ha convertido nuestra fe en algo que acomodamos solamente en los espacios libres que nos quedan después del trabajo, el cansancio y el entretenimiento? Porque muchas veces pareciera que Dios quedó relegado al último lugar de la agenda, justo después de Netflix, el celular y las preocupaciones cotidianas.
Hace poco estaba leyendo Jeremías y hubo un pasaje que me golpeó muchísimo. En el capítulo 2, versículo 12, Dios dice algo tan fuerte que hasta los cielos se horrorizan. Imaginen eso: el universo estremeciéndose por una decisión humana. Y el motivo era este: “Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua”.
Piénsenlo por un momento mientras toman un sorbo de café. Dios se presenta como una fuente de agua viva, limpia, constante e inagotable. Pero el ser humano, en su terquedad, prefiere agarrar una pala y cavar su propio pozo. Y no cualquier pozo: uno roto, vacío, incapaz de retener aquello que tanto necesita.
¿Y cuáles son esas cisternas hoy? A veces son ideologías. Otras veces son orgullos disfrazados de independencia espiritual. También pueden ser trabajos, metas personales o esa idea moderna de que uno puede “tener fe” sin necesidad de congregarse ni crecer espiritualmente. Muchas personas buscan a Dios únicamente por lo que esperan recibir de Él, no por quien Él es realmente. Queremos palabras bonitas, promesas de prosperidad y mensajes que nos hagan sentir cómodos, pero evitamos aquellas verdades que confrontan el corazón y exponen lo que está mal dentro de nosotros.
Preferimos escuchar que seremos “grandes naciones” antes que reconocer que quizá estamos espiritualmente secos. Nos gustan más las profecías emocionantes que el arrepentimiento silencioso. Y así seguimos cavando cisternas rotas mientras la fuente de agua viva sigue esperando.
Hay otra historia en Jeremías que siempre me ha parecido impresionante: la del cinto de lino. Dios le ordena al profeta que compre un cinto, se lo coloque y no lo lave. Jeremías obedece. El tiempo pasa, el sudor y el polvo lo ensucian, y entonces Dios le da una instrucción todavía más extraña: “Ve al río Éufrates y escóndelo en una peña”.
Imaginen lo absurdo de aquello desde un punto de vista humano. Cientos de kilómetros de viaje bajo el sol solamente para esconder un pedazo de tela sucia. Y sin embargo Jeremías no pregunta “¿por qué?”. No exige explicaciones ni negocia con Dios. Simplemente obedece.
Tiempo después, el Señor le dice que vuelva a recoger el cinto. Y cuando lo saca de la roca, el cinto está podrido, completamente inútil. Entonces Dios usa esa imagen para mostrar cómo el orgullo y la soberbia terminan destruyendo al ser humano cuando se aleja de Él.
Y aquí aparece otra pregunta importante para nosotros: después de tantos años caminando en el Evangelio, ¿seguimos siendo obedientes en las cosas pequeñas o ya nos creemos demasiado maduros como para escuchar instrucciones sencillas? Porque a veces la supuesta “madurez espiritual” termina convirtiéndose en resistencia al Espíritu Santo. Ya no obedecemos con sencillez; ahora todo lo analizamos, lo cuestionamos y lo negociamos según nuestra comodidad.
También pensé mucho en cómo las bendiciones pueden transformarse en trampas espirituales. Cuántas veces alguien ora diciendo: “Señor, dame un mejor trabajo para servirte mejor”, y Dios, en Su misericordia, se lo concede. Pero luego ese nuevo trabajo exige más tiempo, más horas extras y más sacrificios. Entonces el ministerio empieza a quedar de lado, la congregación se vuelve secundaria y la oración termina reducida a unos cuantos minutos antes de dormir.
Y allí uno se pregunta: ¿No será también una cisterna rota? Pedimos bendiciones para acercarnos más a Dios y terminamos usándolas como excusa para alejarnos. Al final tenemos más dinero, más cosas y más comodidad… pero menos presencia de Dios. Exactamente igual que el cinto podrido de Jeremías: aparentemente útil, pero espiritualmente arruinado.
Por eso también es importante revisar cómo estamos orando. Cuando uno mira el Padre Nuestro, encuentra un orden muy distinto al que solemos usar hoy. Primero viene la adoración, luego la voluntad de Dios y recién después el pan de cada día. Pero muchas veces nuestras oraciones modernas parecen listas de pedidos urgentes: “Señor, dame esto, sáname, resuélveme aquello, ábreme puertas”.
Y no está mal pedir por salud, trabajo o necesidades; el problema aparece cuando buscamos más los regalos que al Dador. Nos volvemos expertos en buscar milagros, pero principiantes en buscar la presencia de Dios.
Eso me recuerda a Marta y María. Marta estaba afanada, preocupada y ocupada en mil cosas, mientras María estaba simplemente a los pies de Jesús. Y el Señor dijo que María había escogido la mejor parte. Qué difícil resulta eso hoy. Vivimos tan acelerados que hasta nuestra espiritualidad quiere correr rápido. Queremos soluciones inmediatas, respuestas instantáneas y cargas ligeras, mientras olvidamos que nadie puede beber el agua viva por nosotros. La relación con Dios sigue siendo profundamente personal.
Por eso, amigos, no podemos darnos el lujo de convertirnos en cristianos “buenos para nada”, como aquel cinto enterrado junto al Éufrates. Si llevamos años caminando con el Señor, deberíamos conocer mejor Su Palabra, discernir más claramente y depender menos de las emociones pasajeras. No permitamos que la costumbre, el cansancio o la comodidad nos roben la pasión por buscar Su rostro.
Y mientras terminamos este café, quisiera dejarles algunas preguntas dando vueltas en el corazón: ¿Estoy cavando mi propia cisterna de seguridad emocional o financiera en lugar de confiar verdaderamente en la Fuente de Agua Viva? ¿Mi obediencia depende de que yo entienda el “por qué”, o todavía soy capaz de ir al “Éufrates” simplemente porque Dios lo pidió? ¿Estoy buscando Su presencia… o solamente Sus beneficios?
Sigamos adelante, amigos. Que nuestras luchas contra el orgullo, la comodidad y la autosuficiencia nos lleven a depender más de Él. No busquen al Señor solamente por el milagro; búsquenlo porque Su presencia sigue siendo lo más importante que tenemos en esta vida.
Nos vemos pronto para otro café y otra conversación. Muchas bendiciones para todos.
Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com













