Serie: «Café en la Catedral».
Tómate un respiro, hermano, y deja que este café asiente un poco, porque el Episodio 8 nos lleva directamente al lugar donde Santiago Zavala intentó, por única vez, dejar de ser un espectador para ser un protagonista: la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En la novela, San Marcos no es solo una institución; es el termómetro que marca la fiebre de un país que se debate entre la dictadura y el deseo de libertad, entre tirar piedras en las calles y esconderse en los libros.
Fíjate en la movida de Santiago. Él venía de una familia acomodada y su destino «natural» era la Universidad Católica, el refugio de la burguesía miraflorina. Pero Zavalita, en un acto de rebelión pura contra su padre, decide meterse en «la boca del lobo»: San Marcos. Don Fermín, con ese clasismo tan peruano que aún hoy nos suena familiar, llamaba a San Marcos una «cueva de resentidos», un lugar donde no se estudiaba nada y solo se hacía política. Para Santiago, en cambio, era el lugar donde estaban los «cholos», los que sufrían el país de verdad, y donde él esperaba encontrar esa «pureza» que sentía perdida en los salones de su casa.
Durante sus años universitarios, Santiago se convierte en el «camarada Julián» dentro de la célula comunista «Cahuide». Es la época del Ochenio, y las fuentes nos dicen que ser opositor era un deporte de alto riesgo: Cayo Bermúdez —el «Vladimiro Montesinos» de Odría— tenía ojos y oídos en todas partes para perseguir a los «pillos», como el régimen llamaba despectivamente a apristas y comunistas. San Marcos era el epicentro de la resistencia, un lugar que, como dice el libro, era un «reflejo del país», con sus marchas, sus contramarchas y ese caos que a veces parecía un «burdel» político.
Aquí viene la comparación irónica con el Perú del siglo XXI que te va a volar la cabeza. ¿Te acuerdas de enero de 2023, cuando la policía entró a San Marcos con tanques y detuvo a cientos de estudiantes y manifestantes? Si Zavalita hubiera estado ahí con su celular, habría sentido un déjà vu histórico. En los años 50, el miedo era al «rocha-bús» (ese carro rompe-manifestaciones bautizado por el ministro Temístocles Rocha) y a terminar en el calabozo o desterrado. Hoy, setenta años después, seguimos usando el «terruqueo» como arma política, tal como Odría usaba la Ley de Seguridad Interior para declarar enemigos de la patria a cualquiera que protestara. Tirar piedras en la Avenida Tacna en los 50 o marchar por la Plaza San Martín hoy parece ser parte de un mismo guion que no terminamos de cerrar.
Pero lo más doloroso de este episodio es el choque de realidad de Santiago. Él juega a ser revolucionario, pero cuando la represión cae con todo su peso sobre el grupo «Cahuide», ocurre la gran traición moral: Santiago es liberado gracias a las influencias de su padre, Don Fermín, mientras que sus compañeros —los que no tenían apellido ni «argolla»— terminan sufriendo la tortura y el encierro. Esa es la tragedia del «sartresillo valiente», como se apodaba Vargas Llosa: descubrir que incluso su rebelión era un lujo que el sistema le permitía mientras otros pagaban el precio con sangre.
¿Qué pasaría si se repitiera hoy este escenario de San Marcos como foco de rebelión? Bueno, ya lo estamos viendo. San Marcos sigue siendo el termómetro: cuando la universidad se mueve, el país tiembla. Si despertáramos otra vez en una dictadura calcada a la de Odría, el poder volvería a ver a San Marcos no como un centro de saber, sino como una amenaza que hay que «limpiar». Veríamos de nuevo a los «esbirros de Cayo Bermúdez» infiltrados en las asambleas y a los hijos de la élite intentando ser radicales un fin de semana para luego regresar a la comodidad de sus privilegios protegidos por el «papi», tal como le pasó a Zavalita.
Lo trágico es que San Marcos, tanto en la novela como en la realidad, es el lugar de las promesas malogradas. Santiago entra buscando la revolución y sale convertido en un escéptico que escribe sobre perros rabiosos en La Crónica. Es la derrota de una generación que vio cómo el «orden» del Ochenio asfixiaba cualquier intento de autenticidad. Hoy, cuando vemos a los jóvenes sanmarquinos en las noticias, nos preguntamos si ellos también terminarán haciéndose la pregunta de Santiago frente a una avenida gris.
Sirve un poco más de azúcar, hermano, que hablar de San Marcos siempre deja un sabor a asfalto y gas lacrimógeno. En el próximo episodio, te voy a contar sobre Hortensia, «La Musa», y cómo el poder usa a las personas como objetos de desecho. Vamos a pasar de las asambleas universitarias a los dormitorios donde se decidían los destinos del Perú entre sábanas de seda y secretos de estado.
¿Te queda café o ya sientes que te están pidiendo el carné de identidad en la puerta?.
Vick
Conversando con una Taza de Café
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