Serie: Educación en Quiebra: Café, Verdades y el Perú que Queremos Recuperar
Hola de nuevo, hermano, qué bueno tenerte otra vez aquí en nuestra mesa de siempre. La vez pasada nos metimos de lleno en el hogar, en cómo esa es la primera cancha donde se juega el verdadero partido de la educación, y quedamos con una sensación un poco pesada, ¿no? De esas conversaciones que uno sigue masticando días después. Hoy quiero llevarte a un tema que ya rocé de pasada en nuestra primera charla, pero que merece su propio espacio para desmenuzarlo con calma, porque creo que es uno de los grandes malentendidos de esta época: esa costumbre tan nuestra de culpar a la pantalla, al celular, a la Inteligencia Artificial, como si fueran ellos los únicos responsables de que nuestros chicos hoy razonen menos y lean peor.
Fíjate cómo funciona esto, hermano. Salen los resultados de una prueba como PISA, o simplemente uno se sienta a conversar en una reunión familiar sobre lo mal que están los chicos hoy en día, y automáticamente, como un reflejo, aparece la misma frase: «es que ahora todo es celular, todo es TikTok, todo es que la máquina les hace la tarea». Y mira, no te voy a decir que eso sea mentira, porque sería absurdo negarlo, algo de responsabilidad carga la tecnología ahí, eso está clarísimo. Pero lo que a mí me inquieta, y por eso quería sentarme a hablarlo contigo con calma, es que esa explicación se ha convertido en la salida más cómoda que hemos encontrado como sociedad. Es un enemigo perfecto, hermano, porque no puede defenderse, no tiene rostro, no te va a contestar en una entrevista, y además nos permite lavarnos las manos sin tener que preguntarnos qué hicimos nosotros, como padres, como maestros, como país entero, para llegar hasta este punto.
Piensa un momento en esto conmigo. Cuando un padre le entrega a su hijo de tres años una tablet en el restaurante para que se quede callado mientras los adultos conversan, ¿de quién es esa decisión? Cuando un profesor deja de exigir lectura profunda porque sabe que la mayoría de sus alumnos van a copiar el resumen de internet de todas formas, ¿quién bajó los brazos primero, el alumno o el sistema que lo permitió? Cuando un chico universitario le pide a una Inteligencia Artificial que le redacte el ensayo completo sin leer una sola línea de lo que la máquina escribió, ¿la culpa es de la herramienta, o es de una cultura entera, empezando por la casa y siguiendo por el colegio, que nunca le enseñó a ese joven el valor de pensar por sí mismo, de sufrir un poco con una idea hasta parir la propia? La pantalla, hermano, es apenas el instrumento. El problema de fondo es que llevamos décadas sin construir en nuestros chicos el hábito de la concentración profunda, del aburrimiento productivo, de sentarse con un libro y no soltarlo hasta entenderlo.
Y aquí quiero conectarlo con lo que hablamos la primera vez que nos sentamos en este café, cuando mencionamos esa comparación entre cómo estudiábamos nosotros hace unas cuantas décadas y cómo se estudia ahora. Porque antes, cuando uno quería una información, tenía que ir a buscarla, hojear una enciclopedia entera, caminar hasta la biblioteca, pedirle prestado un libro a un amigo, y ese proceso, aunque hoy nos parezca lentísimo y hasta absurdo, tenía un efecto secundario buenísimo, y era que entrenaba la paciencia, la capacidad de sostener la atención en algo por un buen rato sin recibir una recompensa inmediata. Hoy la información te llega masticada, resumida, en quince segundos de video, con colores brillantes y una musiquita de fondo que te mantiene enganchado. El cerebro se va acostumbrando a esa velocidad, a esa recompensa instantánea, y después le pedimos que se siente treinta minutos a leer un texto denso sin distraerse, y claro que le cuesta un mundo, porque literalmente lo entrenamos para lo contrario durante años.
Pero aquí viene la parte que más me interesa conversar contigo, y es que yo creo firmemente que la tecnología en sí misma no es buena ni mala, es una herramienta, como lo fue en su momento la calculadora, o antes la imprenta, que por cierto también tuvo a sus críticos diciendo que iba a acabar con la memoria y la sabiduría de la gente. El problema no es que exista la Inteligencia Artificial, el problema es cómo la estamos usando y, sobre todo, qué no estamos haciendo antes de ponerla en manos de un chico. Si un estudiante ya tiene desarrollado el músculo del pensamiento crítico, la Inteligencia Artificial se convierte en un ayudante brutal, en un acelerador de su aprendizaje. Pero si ese músculo nunca se formó, si el chico llega a la herramienta sin haber entrenado antes su propia capacidad de razonar, entonces la tecnología no lo potencia, lo reemplaza, y ahí es donde empieza el verdadero problema, uno que no se resuelve prohibiendo el celular en el aula, porque eso es solamente tapar el síntoma sin tocar la causa.
Y esto me lleva a una reflexión que me parece importante compartir contigo, hermano. Cuando como sociedad decidimos que el problema completo es la pantalla, nos regalamos una excusa comodísima para no mirar las otras heridas, las que sí nos tocan de cerca y nos incomodan mucho más. Es más fácil decir «la culpa es del celular» que decir «la culpa es que en mi casa nunca leímos juntos un libro», o «la culpa es que en el colegio se dejó de exigir lectura porque daba flojera corregir tantos exámenes», o «la culpa es que como Gobierno nunca invertimos en formar mejores lectores desde primaria». La pantalla se volvió el villano perfecto porque señalarla no nos cuesta absolutamente nada, no nos exige cambiar ni un solo hábito propio, y mientras tanto los verdaderos huecos del sistema siguen ahí, intactos, esperando a que alguien finalmente los mire de frente.
No quiero que pienses que estoy minimizando el tema, ojo, porque sí hay estudios y evidencia real de que el uso descontrolado de redes sociales en la adolescencia afecta la atención, el sueño, hasta la salud mental de los chicos, eso es innegable y hay que tomarlo en serio. Pero una cosa es reconocer ese impacto real y ponerle límites sanos, con horarios, con acompañamiento de los padres, con un colegio que enseñe a usar la tecnología con criterio en lugar de solamente prohibirla, y otra cosa muy distinta es usar la pantalla como el gran comodín que explica absolutamente todo lo que anda mal en la educación peruana, porque ahí sí nos estamos mintiendo a nosotros mismos.
Yo creo que el verdadero remedio no pasa por declararle la guerra a la tecnología, sino por devolverle a nuestros chicos algo que se fue perdiendo con los años, que es el gusto genuino por pensar despacio. Eso empieza en la casa, leyendo juntos aunque sea diez minutos antes de dormir, eso continúa en el colegio, con profesores que se atrevan a exigir esfuerzo real y no solamente resúmenes de internet, y termina en la universidad, formando jóvenes que usen la Inteligencia Artificial como lo que es, una herramienta poderosísima, pero jamás como un reemplazo de su propio criterio. El día que logremos eso, la pantalla dejará de ser la excusa perfecta y se convertirá en lo que siempre debió ser, un aliado más en el camino del aprendizaje.
Bueno, hermano, ya me extendí bastante, como siempre me pasa cuando este tema me toca alguna fibra. Ahora te toca a ti: cuando escuchas a alguien echarle toda la culpa al celular o a la Inteligencia Artificial por el bajo nivel educativo de hoy, ¿sientes que tiene razón, o piensas, como yo, que es una manera fácil de no mirar el resto del problema? Y una pregunta más directa todavía, ¿tú en tu propia casa, o con la gente que conoces, sientes que la tecnología reemplazó algo que antes hacían juntos, como leer, conversar o simplemente aburrirse en buena compañía?.
Cuéntame, que el café todavía humea y aquí sigo, con toda la curiosidad del mundo por escucharte.
Vick
Conversando con una Taza de Café
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