Carta #15: Los pasquines del virreinato y los stickers de WhatsApp

Tema: Propaganda, sátira y poder

Peruano sin tiempo,

Cuando el virrey hacía algo que Lima odiaba, amanecían pasquines en la Catedral. Papeles anónimos, en verso, burlándose del poder. “Amat y Juniet, por un par de tetas, pierde el Perú”. Literatura y dinamita.

Hoy no pegas papeles. Mandas stickers. El virrey es tu alcalde. La Catedral es el grupo “Vecinos Unidos SMP”. “La tía de las 5am” es tu pasquin. Literatura y dinamita, pero en 512×512.

El pasquin era peligroso: si te chapaban, azote. El sticker es seguro: si te chapan, “era broma ps”. Por eso el pasquin tumbó virreyes. El sticker solo tumba el tiempo.

Natán fue el pasquín de David: “Tú eres ese hombre”. Una frase y tumbó al rey de Israel. Sin meme, sin anónimo. Con nombre y con verdad.

Hoy, si vas a quejarte del poder, que tu sticker tenga nombre. Si no, es solo ruido. Y Lima ya tiene bastante ruido.

Nos leemos sin anonimato, esconde tu taza de café.

Tu compatriota

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

El mendigo que compraba en Versace: ¿de qué color es tu pobreza?

Toma asiento. Si tienes una taza de café cerca, mejor todavía, porque hoy quiero conversar contigo sobre algo que rara vez aparece en las fotografías de éxito que vemos todos los días. No será una clase de teología ni una conferencia motivacional de esas que prometen convertirte en millonario antes del próximo viernes. Será una charla tranquila entre amigos, de esas que nacen cuando uno se detiene unos minutos a observar la vida con sinceridad.

¿Te has dado cuenta de cuánto esfuerzo hacemos para parecer exitosos? Nos rodeamos de títulos, marcas, reconocimientos y apariencias cuidadosamente construidas. Sin embargo, muchas veces basta rascar un poco la superficie para descubrir inseguridades, soledad, miedos y una tristeza que nadie publica en redes sociales. Vivimos en una época donde parecer próspero parece más importante que ser pleno.

A veces me resulta curioso que existan miles de libros enseñándonos cómo convertirnos en líderes exitosos, empresarios admirados o personas influyentes. No digo que el esfuerzo o el progreso sean malos. Lo que me pregunto es si, en medio de esa carrera, no hemos olvidado que Dios suele mirar aquello que nosotros escondemos. Mientras nosotros medimos el éxito por lo que se ve, Él parece mucho más interesado en aquello que ocurre dentro del corazón.

El vino que no se acaba

Pensemos por un momento en aquella boda de Caná. Entre la música, los invitados y la celebración, ocurre algo que podría parecer un problema menor: el vino se termina. Sin embargo, María no entra en pánico ni organiza una reunión de emergencia. Simplemente se acerca a Jesús y le dice: “No tienen vino”.

Siempre me ha llamado la atención la tranquilidad con la que lo hace. Ella sabía quién era su hijo. No necesitaba explicaciones largas ni discursos elaborados. Sabía que la solución estaba allí mismo.

Y cuando Jesús interviene, no lo hace a medias. No produce un vino cualquiera para salir del apuro. Produce el mejor vino. Esa característica aparece una y otra vez en las Escrituras. Dios no trabaja improvisando ni corrigiendo errores sobre la marcha. Cuando creó el universo, lo hizo con precisión. Cuando sostiene la creación, lo hace con sabiduría. Cuando actúa según su voluntad, actúa perfectamente.

El problema es que nosotros vivimos en una cultura de resultados instantáneos. Queremos respuestas rápidas, milagros inmediatos y soluciones de microondas. Nos cuesta aceptar que Dios tiene sus tiempos y sus propósitos, aun cuando no siempre coinciden con nuestra agenda.

La pobreza que no aparece en los estados de cuenta

Cuando escuchamos la palabra “pobre”, solemos pensar en alguien que carece de dinero, vivienda o alimento. Sin embargo, existe una pobreza mucho más profunda y peligrosa: la pobreza espiritual. Basta observar nuestro entorno. Vivimos rodeados de personas que aparentemente lo tienen todo y, sin embargo, se sienten vacías. Algunos poseen fortunas, prestigio y reconocimiento, pero siguen luchando contra la desesperanza, la ansiedad o una sensación permanente de insatisfacción.

La historia moderna está llena de personas exitosas que terminaron destruidas por dentro. Actores, músicos, empresarios, deportistas y celebridades que alcanzaron aquello que millones soñaban tener y descubrieron que no era suficiente.

Son mendigos espirituales vestidos con ropa de diseñador. Pueden comprar en Versace, usar el último teléfono o conducir vehículos que la mayoría jamás tendrá, pero siguen cargando una pobreza que ningún dinero puede resolver.

Por eso el libro de Apocalipsis describe a ciertas personas como “desventuradas, miserables, pobres, ciegas y desnudas”, aun cuando ellas se consideraban ricas. La verdadera pobreza no siempre se refleja en la cuenta bancaria. Muchas veces se esconde detrás de una sonrisa impecable y una vida aparentemente perfecta.

El circo del avivamiento

También hemos confundido con frecuencia el concepto de avivamiento. A veces creemos que avivamiento significa llenar estadios, organizar grandes eventos o producir espectáculos religiosos cada vez más impresionantes. Pero la historia bíblica muestra algo diferente.

El verdadero avivamiento comienza dentro del corazón y luego se expande hacia afuera. Pentecostés no empezó con multitudes incontables. Comenzó con un grupo pequeño de creyentes transformados por la presencia de Dios. Después vino el impacto sobre el mundo.

Cuando las personas se acercan únicamente por los beneficios externos, la emoción suele durar poco. Mientras hay pan y pescado, la multitud permanece. Cuando llega el momento del compromiso, muchos desaparecen. Por eso la transformación genuina nunca puede depender solamente de emociones pasajeras. Tiene que echar raíces más profundas.

Cautivos con traje y corbata

Jesús también habló de libertad para los cautivos. Y quizás alguien piense inmediatamente en cárceles, rejas o cadenas visibles. Pero las prisiones más difíciles de romper suelen ser invisibles.

Hay personas cautivas del orgullo, de la necesidad constante de aprobación, de la envidia o del resentimiento. Otras viven esclavizadas por el dinero, el trabajo o la imagen que proyectan ante los demás. Incluso dentro de nuestras familias podemos convertirnos en prisioneros de relaciones desordenadas, de temores antiguos o de hábitos que nunca enfrentamos.

Lo curioso es que muchas veces nos sentimos libres porque nadie controla nuestros movimientos, mientras seguimos obedeciendo silenciosamente a nuestros propios miedos. Decimos que Dios ocupa el primer lugar, pero basta que aparezca una oportunidad económica o un reconocimiento social para descubrir quién está realmente gobernando nuestro corazón.

La ceguera del olvido

Otra de las cosas que más me sorprende del ser humano es su capacidad para olvidar. Hace apenas unos días estábamos agradeciendo porque Dios respondió una oración, abrió una puerta o nos sostuvo en medio de una dificultad. Sin embargo, aparece un nuevo problema y volvemos a actuar como si nunca hubiera hecho nada por nosotros.

Es una forma de ceguera espiritual. No porque no podamos ver, sino porque elegimos olvidar. Miramos la preocupación presente y perdemos de vista todas las ocasiones en que Dios ya nos sostuvo antes. Cerramos los ojos ante las evidencias y terminamos convencidos de que estamos solos precisamente cuando más acompañados hemos estado.

Cristianos agentes secretos

Permíteme ahora una pequeña dosis de ironía. Cuando vemos a los Testigos de Jehová recorriendo las calles con sus publicaciones y sus Biblias, los reconocemos inmediatamente. No tienen ningún problema en que la gente sepa quiénes son o qué creen.

¿Y nosotros? Muchas veces escondemos nuestra fe como si estuviéramos participando en una operación encubierta. Sacamos el teléfono para evitar sacar la Biblia. Nos preocupa más la opinión de los demás que la coherencia de nuestras convicciones.

Tememos que nos llamen fanáticos, religiosos o aleluyas. Y sin darnos cuenta terminamos siendo cautivos del qué dirán. Es curioso cómo podemos hablar durante horas de política, deportes o negocios, pero nos quedamos en silencio cuando llega el momento de hablar de aquello que afirmamos creer.

Una palabra para los quebrantados

La buena noticia es que Jesús no vino para los perfectos. Vino para los quebrantados, para quienes reconocen sus heridas, para los que se sienten solos aun cuando están rodeados de gente. Porque seamos sinceros: a veces uno puede sentirse más aislado dentro de una multitud que caminando completamente solo.

También es cierto que dentro de las comunidades de fe abundan quienes señalan los errores ajenos, pero escasean quienes están dispuestos a acompañar, escuchar y amar. Sin embargo, la misericordia de Dios sigue siendo mayor que nuestras contradicciones. Cada mañana vuelve a ofrecernos una oportunidad para comenzar de nuevo.

Por eso el mensaje de Jesús sigue siendo actual. No vino simplemente a fundar una religión ni a crear un sistema de normas. Vino a anunciar libertad para quienes viven cautivos y esperanza para quienes se sienten espiritualmente pobres.

¿De qué color es tu pobreza?

Y aquí llegamos a la pregunta con la que empezamos esta conversación.

¿De qué color es tu pobreza?

Quizá no sea económica. Tal vez tengas una vida estable, una familia que te quiere y un trabajo digno. Pero puede que exista alguna otra pobreza escondida: falta de esperanza, de propósito, de paz, de gratitud o de fe. A veces somos expertos identificando las carencias de los demás mientras ignoramos las nuestras.

Por eso vale la pena detenerse frente al espejo y preguntarse honestamente qué está faltando en el interior. Porque la verdadera riqueza nunca ha dependido de lo que guardamos en la billetera, sino de aquello que habita en el corazón.

Al final del día, lo único verdaderamente importante no será la marca de la ropa que usamos, el tamaño de la cuenta bancaria o la cantidad de aplausos que recibimos. Lo que permanecerá será nuestra relación con Dios y la manera en que vivimos aquello que decíamos creer.

Gracias por compartir este café y esta conversación conmigo. No siempre es agradable descubrir nuestras carencias, pero muchas veces es precisamente por esas grietas por donde entra la luz.

Nos encontramos en la próxima charla. Y hasta entonces, recuerda algo: la verdadera riqueza no se exhibe, se vive.

Vick
Conversando con una Taza de Cfé
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Episodio 1: ¿En qué momento se jodió el Perú? (La pregunta que cada generación hereda).

Serie: «Café en la Catedral”

Toma asiento, hermano. Quédate tranquilo, que este café está caliente y la tarde en Lima, como siempre, nos regala ese gris panza de burro que parece sacado de las primeras páginas de la novela. Vamos a hablar de lo que nos convoca: esa pregunta que Santiago Zavala se hace frente a la Avenida Tacna y que, más de cincuenta años después de que Mario Vargas Llosa publicara Conversación en La Catedral en 1969, nos sigue quemando la lengua como este primer sorbo de café: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”.

Fíjate en el cuadro: Santiago, o «Zavalita» para los amigos, tiene treinta años, trabaja en un diario de poca monta como La Crónica y camina con las manos en los bolsillos, cabizbajo, escoltado por una ciudad que parece un esqueleto de avisos luminosos flotando en la neblina. Esa imagen es demoledora porque Zavalita no solo mira la avenida sin amor, sino que se mira a sí mismo y se da cuenta de que él es como el Perú: se había jodido en algún momento. En las fuentes se menciona que la novela es un retrato del desmoronamiento moral y social durante la dictadura de Manuel A. Odría, el famoso «Ochenio». Pero, ¿sabes qué es lo más irónico? Que hoy, en pleno siglo XXI, nos hacemos la misma pregunta desde un celular de alta gama o atrapados en el tráfico de la Vía Expresa,.

Hablemos de ese «momento». En la novela, el Perú se siente como una «sociedad embotellada», un clima de cinismo, apatía y resignación donde la podredumbre moral era la materia prima de la vida diaria. Zavalita, este «héroe degradado», intentó rebelarse ingresando a la Universidad de San Marcos —esa «cueva de resentidos», como diría su padre— y metiéndose en la célula comunista «Cahuide», pero al final terminó convertido en un periodista escéptico que solo quiere que no le molesten mucho. Es la tragedia de la inautenticidad: renunciar a tus ideales porque el sistema es más fuerte que tú,.

La comparación con la realidad actual es, francamente, para reírse por no llorar. En la época de Odría, la corrupción se movía entre decretos leyes y la Ley de Seguridad Interior que ponía fuera de la ley a apristas y comunistas. Hoy no necesitamos una ley así; nos jodemos solitos con una inestabilidad que nos ha dado ocho presidentes en diez años. Si Zavalita viera nuestro Congreso actual, probablemente pensaría que Cayo Bermúdez —ese siniestro brazo ejecutor de Odría basado en el real Alejandro Esparza Zañartu— era un aprendiz de primaria frente a las «argollas» y los intereses que hoy manejan el país bajo la mesa. Antes el miedo era al «rocha-bús» o a terminar en El Frontón; hoy el miedo es a que el país simplemente deje de funcionar mientras los que mandan se reparten la torta, tal como hacían el Buitre y sus secuaces en Chincha.

Lo que Vargas Llosa nos muestra es que el poder corrompe todos los estratos, desde la élite hasta los más humildes. En la novela, el Perú se «jode» cuando permite que la corrupción política y moral coarte la libertad para dibujar un destino propio. Zavalita se siente jodido porque no fue capaz de arriesgarse por lo que amaba —como su camarada Aída— y prefirió el refugio de una vida gris. ¿No nos pasa lo mismo hoy? Somos un país que vive en el escepticismo, donde la pregunta de Zavalita ya no es una búsqueda de respuesta, sino un suspiro de derrota,.

¿Qué pasaría si se repitiera? Si mañana despertáramos en 1948 con un nuevo golpe militar, la única diferencia sería tecnológica. En lugar de la «Policía Secreta» de Esparza Zañartu operando en las sombras de Lima, tendríamos servicios de inteligencia monitoreando nuestras redes sociales y bots atacando a cualquier «Zavalita» que se atreviera a cuestionar el orden. Si el Ochenio regresara, veríamos de nuevo esa bonanza económica artificial —como la que hubo por la Guerra de Corea— que sirve para tapar la falta de libertades con obras públicas monumentales. Veríamos otra vez pactos como el de Monterrico, donde los que salen se aseguran de que los que entran no investiguen sus delitos.

La mala noticia, amigo, es que el Perú no se jodió en un solo momento épico y lejano. Se jode cada vez que aceptamos que «el poder da lo que a otros la cama», como dice la novela, o que la única forma de hacer negocios es mediante la corrupción. Zavalita es el espejo de nuestra clase media: culta pero paralizada, consciente de la mugre pero con miedo de ensuciarse las manos para limpiarla.

Santiago Zavala termina su conversación con Ambrosio en ese bar de mala muerte con más dudas que antes. Al final, lo único cierto es el fracaso que los acompaña a ambos. Y nosotros, aquí sentados, nos damos cuenta de que la pregunta «¿En qué momento se había jodido el Perú?» sigue vigente porque el Perú no es un lugar, sino una circunstancia que se repite en bucle. Es una «enfermedad nacional» hecha de resentimientos y complejos sociales que infestan todos los estratos.

Pero bueno, no dejemos que se nos enfríe el café del todo. En el próximo episodio, te contaré sobre ese encuentro en la perrera, donde el olor a perro muerto se mezcla con el olor a derrota de un hijo que se encuentra con el fantasma de su padre en el rostro de un chofer envejecido.

¿Te pido otro café o ya sientes que te estás «jodiendo» un poco tú también?.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino
-Mivivencia.com

Episodio 8: La Consolidación de la Deuda. El festín de los «mazorqueros»

Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»

Ponte cómodo. Imagínate que estamos en la Lima de 1850. Hay dinero por todas partes gracias al guano, pero el Estado es un desorden. Entonces, al gobierno de José Rufino Echenique se le ocurre una «brillante» idea: la Consolidación de la Deuda Interna. La lógica era noble en papel: pagarle a los ciudadanos y familias que prestaron dinero o perdieron bienes durante las guerras de independencia para, con ese capital, crear una clase empresaria nacional que sacara al país adelante.

Pero, amigo, en el Perú de Quiroz, las buenas intenciones suelen ser la fachada de grandes faenas. Como la ley de consolidación era vaga y no tenía controles, se convirtió en una invitación abierta al fraude. Empezó a aparecer gente con documentos falsificados, firmas inventadas y reclamos inflados. Los «agiotistas» (especuladores) compraban estos papeles viejos por una miseria a familias necesitadas y luego, mediante sobornos a funcionarios, lograban que el Estado se los reconociera por diez o veinte veces su valor real.

Hay un caso que Quiroz detalla que te va a indignar: el de doña Ignacia Novoa. Ella tenía un reclamo legítimo, pero el ministro Juan Crisóstomo Torrico (recuerda este nombre, era el cerebro de la red) le dijo que su expediente estaba fuera de plazo. Sin embargo, a los pocos días, mágicamente se aprobó por casi un millón de pesos, una suma astronómica, porque Torrico y sus socios se quedaron con la tajada león. La deuda, que originalmente era de unos 5 millones de pesos, se infló hasta los 24 millones en solo un par de años.

A estos beneficiarios se les llamó los «mazorqueros» o «consolidados». Eran una red de generales, ministros y parientes que vivían como reyes. Incluso el suegro de Echenique, Pío Tristán, recibió beneficios jugosos. Quiroz calcula que el 16% de la deuda fue directamente a manos de funcionarios venales y otro 30% a comisiones ilegales. Casi la mitad del pastel se lo comieron los amigos del poder.

Lo peor es el «lavado». Para que nadie pudiera investigar el origen sucio de estos vales, el gobierno contrató su conversión a deuda externa en Londres. Básicamente, cambiaron los papeles manchados por bonos internacionales garantizados por el guano, volviéndolos intocables. Esto no solo arruinó la moral pública, sino que nos costó el equivalente al 63% de los gastos gubernamentales de la década.

Domingo Elías, que era un empresario rico pero harto de que los militares se repartieran el país, denunció esto en sus famosas cartas de 1853. Decía que la consolidación era una «gangrena». Al final, estalló una guerra civil y Echenique cayó, pero ¿sabes qué fue lo más triste? Que cuando Castilla volvió al poder, bajo presión de los bancos y países extranjeros, terminó dando una ley de «tabla rasa» que perdonó a casi todos los especuladores. El mensaje fue claro: robarle al Estado en el Perú sale gratis. (hasta el día de hoy).

Nos volveremos a encontrar en otro Episodio, no olvides el café, y algo para evitar el coraje.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

El manual que nadie lee en la fiesta de la postverdad

Imagina por un momento que estás en una boda. El salón es elegante, el aire huele a flores frescas y al inevitable pastel que todos esperan con una mezcla de entusiasmo y culpa. A tu alrededor la gente ríe, conversa, se toma fotografías y celebra. Sin embargo, tú y yo hemos decidido escaparnos unos minutos del bullicio. Mientras los novios se prometen amor eterno y yo grabo estas palabras desde un salón en una calle llamada Monte Sión, me parece inevitable sonreír ante la ironía de la situación: en medio de un compromiso humano que muchas veces puede ser frágil, vamos a hablar de algo que afirma ser eterno e inmutable.

Ponte cómodo. Si tienes una taza de café cerca, mejor todavía. No quiero abordar la Biblia como si estuviéramos atrapados en una clase de teología donde el sueño empieza a ganar terreno. Prefiero que conversemos como dos amigos que intentan entender por qué un libro tan antiguo sigue provocando debates, divisiones, esperanza, consuelo y, en algunos casos, hasta rechazo.

La paradoja de muchos autores y un solo Autor

Con frecuencia escucho decir que la Biblia no es más que una colección de escritos elaborados por personas comunes y corrientes. Y, en cierto sentido, es verdad. Allí encontramos pescadores, profetas, reyes, médicos y hombres de distintas épocas que escribieron bajo circunstancias muy diferentes. Pero la afirmación central de las Escrituras va mucho más allá de eso.

La Biblia se presenta como un solo libro escrito a través de muchos autores humanos, pero bajo una única inspiración divina. Es como una gran orquesta donde cada instrumento tiene un sonido distinto. El violín no suena como la trompeta, ni la trompeta como el tambor. Sin embargo, detrás de todos ellos existe un director que logra que cada nota forme parte de una misma composición.

Por eso, cuando Pablo escribe que toda la Escritura es inspirada por Dios, no está hablando simplemente de escritores talentosos o especialmente iluminados. Está afirmando que el mensaje mismo proviene de Dios. Y aquí aparece una de las grandes ironías de nuestro tiempo: vivimos confiando en algoritmos que nos dicen qué comprar, qué mirar y hasta qué pensar, mientras ignoramos un libro que afirma contener las palabras que dan sentido a la existencia humana.

Nos creemos más libres que nunca, pero muchas veces terminamos dependiendo de una pantalla para formar nuestras opiniones. Mientras tanto, el manual que asegura señalar el camino hacia la verdadera libertad permanece cerrado sobre una mesa acumulando polvo.

El Dios que no puede mentir

Déjame hacerte una pregunta que parece sencilla, pero que tiene una respuesta interesante. ¿Hay algo que Dios no pueda hacer?

La mayoría respondería inmediatamente que no, porque Dios es todopoderoso. Sin embargo, la propia Biblia establece ciertos límites que no provienen de una falta de poder, sino de Su propia naturaleza. Dios no puede pecar, no puede negarse a sí mismo y tampoco puede mentir.

En una cultura donde cada persona parece tener su propia versión de la verdad, donde los hechos se moldean según intereses, emociones o conveniencias, esta afirmación resulta incómoda. Si Dios no puede mentir, entonces lo que procede de Él posee una autoridad distinta a cualquier opinión humana.

Hebreos nos recuerda que es imposible que Dios mienta. Y eso nos coloca frente a una realidad interesante. Pasamos buena parte de nuestra vida buscando personas en quienes confiar completamente: políticos, líderes, celebridades, amigos, parejas o referentes espirituales. Tarde o temprano descubrimos sus limitaciones y contradicciones. Sin embargo, la Biblia se presenta como una roca firme en medio de un océano de opiniones cambiantes.

La ley, el semáforo y la mordida espiritual

Muchas personas ven la Biblia como una lista interminable de reglas, pero en realidad el asunto es mucho más profundo. La Escritura habla de la autoridad de Dios y de Su estándar moral para la vida humana.

Piensa por un momento en algo cotidiano. Te pasas una luz roja y lo primero que haces es mirar hacia los lados para comprobar si hay un policía observando. Si nadie te vio, continúas tu camino como si nada hubiera ocurrido. Y si alguien te detiene, en algunos lugares todavía existe la tentación de intentar arreglar el problema por debajo de la mesa.

Con Dios las cosas funcionan de manera diferente.

No existe soborno posible, ni influencias, ni contactos privilegiados. La ley del Señor es perfecta porque no cambia según la conveniencia de quien la aplica. Muchas veces creemos que nadie ha visto nuestras decisiones, pero siempre existe esa voz interior que nos recuerda cuándo estamos actuando correctamente y cuándo no.

Las leyes humanas cambian constantemente. Los gobiernos llegan y se van, las normas se modifican y las interpretaciones evolucionan. Pero la Palabra de Dios afirma permanecer para siempre. Y eso significa que el criterio del Juez no dependerá de las tendencias de moda ni de las presiones sociales del momento.

No es un amuleto, es una espada

Hay algo que siempre me ha llamado la atención. Algunas personas utilizan los símbolos religiosos como si fueran objetos mágicos. He escuchado historias de quienes colocan una Biblia abierta sobre su cabeza esperando que desaparezca un dolor o una enfermedad.

Pero la Biblia no fue diseñada para funcionar como un amuleto. La Escritura es poderosa cuando se lee, se comprende, se cree y se aplica. Por eso Hebreos la describe como una espada de dos filos capaz de penetrar hasta lo más profundo del corazón humano.

Y aquí aparece una realidad que no siempre nos gusta admitir. Nos encanta la parte donde Dios consuela, fortalece y anima. Sin embargo, cuando la Palabra nos corrige, nos confronta o nos señala áreas que necesitan cambiar, la situación se vuelve mucho menos cómoda.

La transformación espiritual rara vez es un proceso agradable. A veces implica abandonar hábitos, reconocer errores o desprendernos de ideas que llevamos años defendiendo. Algunas cosas caen fácilmente; otras parecen pegadas al alma y cuesta soltarlas.

Claridad en medio de las sombras

Vivimos en una época donde prácticamente todo se debate. Se cuestionan conceptos, se redefinen valores y se revisan ideas que durante siglos parecían evidentes. En medio de esa discusión permanente, la Biblia mantiene afirmaciones que resultan sorprendentemente directas.

Eso no significa que todos los pasajes sean simples o que no existan temas complejos de interpretar. Pero sí significa que los principios fundamentales aparecen expresados con claridad.

Por esa misma razón, me preocupa cuando alguien afirma haber recibido una revelación completamente nueva que contradice lo que ya está escrito. La Escritura no necesita actualizaciones periódicas ni suplementos que corrijan su contenido.

Vivimos en la época de las novedades constantes, donde cada día aparece alguien con una nueva teoría, una nueva interpretación o una nueva revelación para ganar atención en redes sociales. La Biblia, en cambio, nos invita a mirar hacia aquello que ya fue establecido y permanece firme a través del tiempo.

Un libro que sigue hablando

Tal vez una de las características más sorprendentes de la Biblia sea precisamente esta: sigue siendo relevante. No funciona como un manual técnico que se consulta una vez y luego se guarda para siempre. Puedes leer un mismo pasaje varias veces a lo largo de tu vida y descubrir aspectos distintos según las circunstancias que estés atravesando.

Cuando enfrentas dolor, enfermedad o incertidumbre, encuentras consuelo. Cuando atraviesas momentos de prosperidad y alegría, encuentras dirección para no perder el rumbo. Quizá una de nuestras contradicciones más frecuentes consiste en buscar a Dios únicamente cuando las cosas van mal, olvidando que también necesitamos sabiduría cuando todo parece marchar bien.

La Palabra no cambia, pero nosotros sí. Y por eso, cada vez que volvemos a ella, encontramos algo que dialoga con nuestra realidad presente.

El compromiso de aprender y enseñar

El crecimiento espiritual no ocurre por accidente. Tampoco basta con asistir a una reunión semanal y pensar que eso será suficiente para sostener toda nuestra vida interior. Sería como intentar alimentarse durante siete días después de haber comido una sola galleta.

Necesitamos profundizar. Necesitamos estudiar, preguntar, investigar y dedicar tiempo a comprender aquello que decimos creer. No podemos conformarnos con conocer fragmentos aislados mientras ignoramos el resto del mensaje.

Y hay algo más. A medida que aprendemos, también adquirimos la responsabilidad de ayudar a otros. Existe mucha gente que está dando sus primeros pasos, tratando de entender conceptos básicos, luchando con preguntas que nosotros mismos tuvimos alguna vez. Ellos necesitan personas dispuestas a acompañarlos con paciencia y honestidad.

No siempre hacen falta grandes títulos ni bibliotecas impresionantes. Muchas veces basta alguien dispuesto a sentarse, abrir la Biblia y caminar junto al que recién empieza.

De la fiesta al banquete eterno

Mientras terminamos esta conversación, el olor del banquete sigue llegando desde el salón y confieso que mi atención empieza a desviarse peligrosamente hacia el bistec que me espera.

Pero antes de volver a la fiesta quiero dejarte una última reflexión.

La vida se parece bastante a esta boda. Está llena de ruido, compromisos, distracciones, conversaciones urgentes y asuntos que reclaman nuestra atención. Es fácil pasar los días enteros ocupados con lo inmediato y olvidar aquello que realmente importa.

La Biblia no va a modificarse para adaptarse a nuestros gustos, nuestras preferencias o nuestras modas. Los que estamos en constante proceso de cambio somos nosotros.

Por eso no te conformes con lo que sabes hoy. Mañana busca un poco más. Lee un poco más. Pregunta un poco más. Profundiza un poco más. Y si alguna vez atraviesas momentos difíciles, recuerda que la Palabra tiene el poder de sostenerte. La salud, la familia, la paz interior y la relación con Dios siempre serán más importantes que aquello que solemos perseguir con tanta ansiedad.

Gracias por acompañarme en este pequeño escape de la fiesta. Ahora sí, debo volver antes de que alguien se coma mi bistec. Pero recuerda algo: el manual sigue ahí, esperando ser abierto.

Y créeme, vale mucho más la pena leerlo que dejarlo acumulando polvo en una repisa.

Nos volvemos a encontrar en la próxima conversación. Como siempre, trae tu taza de café.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Carta #14: El Real Felipe y tu departamento de 40m²

Tema: Vivienda, defensa y hogar

Peruano sin tiempo,

Después del terremoto y el maremoto de 1746, el virrey mandó construir el Real Felipe. Murallas de 4 metros, cañones al mar. “Si viene otra ola, que nos encuentre armados”. El Callao se encerró para sobrevivir.

Tú hiciste lo mismo. Te encerraste en 40m² en Lince, piso 14. Tres chapas, cámara en la puerta, reja en la ventana. “Si viene el ladrón, que me encuentre armado”. Lima se encierra para sobrevivir.

El Real Felipe nunca disparó un cañón contra el mar. Tus tres chapas no te defienden de la soledad. La muralla más cara no tapa la gotera del techo.

Israel tenía murallas en Jericó. Cayó con trompetas. Tienes murallas en tu depa. Caen con una notificación del banco.

La casa no es el lugar donde no entra nadie. Es el lugar donde alguien siempre puede entrar. Hoy, invita a comer a uno. Baja una muralla. El mar y el ladrón igual van a venir. Mejor que te encuentren acompañado.

Nos leemos con la puerta sin llave, y café con Chancay.

Tu compatriota

Vick
Conversando con una Taza de Café 
-Vick-yoopino 

Más allá del amuleto: el arte de no ser un “Cassius Clay” de la fe

Toma asiento. Sí, tú, que acabas de llegar por aquí mientras esperabas que cargara un video, revisabas una notificación o simplemente buscabas algo interesante para leer. No pretendo darte una clase magistral; para eso ya existen los institutos y seminarios que, en ocasiones, parecen asumir que uno ya domina la materia antes de cruzar la puerta.

Lo que me gustaría es que conversemos un momento, como dos amigos compartiendo una taza de café. Porque hay un tema que nos toca a muchos, aunque no siempre nos guste reconocerlo cuando nos miramos al espejo.

¿Alguna vez te has sentido como un analfabeto funcional frente a la Biblia?

No te preocupes, no eres el único. Es una experiencia bastante democrática. Le ocurre al recién convertido que hizo su oración de fe la semana pasada y también al creyente que lleva veinte años ocupando el mismo asiento en la iglesia y cuyo currículum espiritual parece impecable.

El entusiasmo del café con pan dulce

Imagina la escena. Alguien llega a una iglesia buscando respuestas. Tal vez carga problemas familiares, dudas, miedos o simplemente una sensación de vacío que no sabe cómo explicar. Lo reciben con sonrisas, un café, un pan dulce, una tarjeta de bienvenida y varios abrazos. Sale feliz, con esperanza renovada y, muchas veces, con una Biblia nueva bajo el brazo, como quien acaba de comprar el mapa de un tesoro.

Pero llega el lunes. Abre el libro con entusiasmo y descubre que aquello no es tan sencillo como imaginaba. Lee unas páginas, no entiende mucho, busca respuestas rápidas y termina en Apocalipsis porque quiere saber qué va a pasar con el mundo. Entre bestias, trompetas, copas y dragones, termina más confundido que cuando empezó.

Entonces toma una decisión bastante común: esperar hasta el próximo domingo para que alguien más le explique lo que no entiende. Y así, poco a poco, hemos construido una generación de lo que podríamos llamar “bibliófilos domingueros”. Personas que aman la idea de la Biblia, que la llevan al culto con orgullo, pero que durante la semana permanece descansando en una mesa, una repisa o debajo del asiento del automóvil.

Casi como un amuleto. La tenemos cerca porque nos hace sentir bien, pero si alguien nos pregunta qué enseña Romanos, Hebreos o Santiago, es probable que cambiemos de tema con la misma rapidez con la que hablamos del clima o de la última serie que vimos.

El síndrome de Cassius Clay

Aquí aparece una comparación que siempre me ha parecido curiosa. ¿Recuerdas a Cassius Clay, más conocido como Muhammad Ali? Decían que flotaba como mariposa y picaba como avispa. Bueno, muchos cristianos, tanto nuevos como veteranos, nos hemos convertido en verdaderos Cassius Clay de la lectura bíblica.

Volamos de un versículo a otro. Saltamos de un Salmo a una frase motivacional en redes sociales, de ahí a un video corto, luego a una predicación aislada y finalmente aterrizamos en un texto sacado completamente de contexto. Picamos un versículo. Solo uno. Lo colocamos sobre una fotografía de un amanecer, añadimos una frase inspiradora y sentimos que ya estudiamos la Biblia.

Lo irónico es que vivimos en la época con más recursos disponibles en toda la historia. Tenemos aplicaciones, diccionarios, comentarios bíblicos, concordancias y decenas de traducciones al alcance de un teléfono. Sin embargo, nos cuesta enormemente mantener la concentración durante quince minutos seguidos.

Intentas leer sobre la justicia de Dios y, de repente, aparece una notificación de WhatsApp. Luego Facebook. Después un video sugerido. Y cuando vuelves a mirar la Biblia, ya pasó media hora y no recuerdas lo que estabas leyendo.

El mito de la mamá de los pollitos

Existe otro fenómeno curioso. A medida que pasan los años, algunos terminamos creyéndonos “la mamá de los pollitos”. Acumulamos cargos, títulos, reconocimientos y cierto lenguaje religioso que suena impresionante. Hablamos con seguridad delante de los demás y exigimos ser tratados como reyes y sacerdotes.

Pero basta que un recién convertido haga una pregunta fuera del libreto para que empecemos a sudar. Hay una contradicción que aparece con frecuencia en nuestra manera de hablar. Repetimos frases como: “Tengo que menguar para que Cristo crezca”, citando a Juan el Bautista. Sin embargo, muchas veces lo decimos desde un ego tan grande que, en el fondo, seguimos buscando protagonismo.

Juan el Bautista era una figura reconocida cuando pronunció esas palabras. Nosotros, en ocasiones, queremos parecer humildes para recibir más atención, como si la humildad pudiera convertirse en otra forma de promoción personal.

La realidad es más simple y más incómoda. Si no somos lectores constantes, mucho menos somos estudiantes de la Palabra. Un estudiante dedica tiempo, investiga, compara, pregunta y vuelve sobre el mismo tema una y otra vez. Nosotros, en cambio, a veces pretendemos comprender la mente del Creador del universo dedicándole apenas una hora semanal durante el servicio dominical.

Es una expectativa bastante optimista.

Un método para quienes no quieren “ensuciar” la Biblia

Conozco personas que cuidan tanto su Biblia que parece recién salida de la imprenta. Las páginas permanecen impecables, sin marcas, sin notas y sin señales de uso. Pero la Biblia no fue hecha para lucir nueva. Fue hecha para ser abierta, leída, subrayada, consultada y comprendida.

Si te sientes perdido, ya seas un recién convertido o alguien que lleva años saltando de texto en texto, quiero proponerte algo sencillo: la repetición. No una fórmula mágica de veinte pasos para alcanzar el éxito espiritual, ni uno de esos libros que prometen convertirte en líder, empresario y experto en todo antes de fin de mes.

Simplemente repetición.

Toma un libro corto, por ejemplo la Primera Epístola de Juan. Son apenas cinco capítulos. Léelos hoy. Luego mañana. Después vuelve a leerlos la próxima semana. La primera vez leerás por compromiso. La segunda empezarás a notar detalles. La tercera aparecerán preguntas. Y cuando surjan preguntas, comenzará el verdadero aprendizaje.

De pronto querrás saber qué significa una expresión determinada, por qué el autor escribió ciertas palabras o cuál era el contexto de aquella enseñanza. Es allí donde nace el estudio genuino. No porque alguien te obligó, sino porque apareció la curiosidad. Ese pequeño “gusanito” que te impulsa a querer saber más.

La responsabilidad de no dejar a nadie solo

Y ahora quiero hablar con quienes tienen alguna responsabilidad dentro de una iglesia. Permíteme decirlo con cariño y con un poco de ironía. Ser espiritual no reemplaza el conocimiento.

No podemos esperar que los nuevos creyentes aprendan por ósmosis o que avancen a trompicones simplemente porque así nos tocó a nosotros. El discipulado no consiste únicamente en recomendar un instituto bíblico. Muchas veces comienza con algo mucho más sencillo: sentarse a conversar.

Tomar un café. Abrir una Biblia. Escuchar una pregunta.

Y responder con honestidad:

—No lo sé todo, pero vamos a buscar juntos.

Eso implica acudir a herramientas serias, consultar una buena concordancia, revisar comentarios confiables y aprender a estudiar con profundidad. Necesitamos volver a valorar los recursos que ayudan a comprender las Escrituras, no solamente aquellos que prometen éxito personal envuelto en lenguaje religioso.

Una reflexión final

Vivimos tiempos extraños. La información aumenta cada día, pero la sabiduría parece disminuir. El ruido es constante, las teorías abundan y muchas personas viven atrapadas entre temores, conspiraciones y anuncios permanentes del fin del mundo.

Sin embargo, la verdadera firmeza nunca ha estado en adivinar el futuro. La verdadera firmeza está en conocer aquello en lo que decimos creer.

La Biblia habla de la armadura espiritual y menciona la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios. Pero una espada guardada en una vitrina no sirve para nada. Puede verse hermosa, puede impresionar a quienes la observan, pero jamás cumplirá su propósito.

Quizás ese sea el desafío para muchos de nosotros. Dejar de tratar la Biblia como un amuleto y comenzar a verla como una herramienta viva. Pasar de ser simples coleccionistas de versículos a verdaderos estudiantes de aquello que afirmamos creer.

Porque al final, la fe madura no se construye con frases bonitas compartidas en redes sociales. Se construye leyendo, preguntando, dudando, investigando y regresando una y otra vez al texto.

Y eso, aunque no sea espectacular, suele ser donde comienzan los cambios más profundos.

Nos vemos pronto, no te olvides del café.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

El ingreso a la Universidad de Teología de San “Marcos”

Un amigo mío, el doctor Perico de los Palotes, que trabaja en la muy respetable Universidad Teológica de San “Marcos”, tuvo la gentileza —o quizás la maldad— de mostrarme algunos exámenes rendidos por los futuros pastores, apóstoles, profetas y demás iluminados que aspiran a dirigir espiritualmente a este sufrido país.

Y debo confesar algo:

Después de leerlos, comprendí por qué el Apocalipsis empieza con trompetas.

Ahora los exámenes son modernos. Todo electrónico. Todo reducido a marcar “Sí” o “No”, como si el conocimiento humano fuese una apuesta entre cara o sello. El postulante ya no necesita pensar demasiado; solamente debe adivinar correctamente antes de que la computadora decida si es un futuro ministro… o vendedor de raspadilla y tacos de moronga.

Aunque, siendo sinceros, todavía existen especímenes irrepetibles.

Uno de los exámenes preguntaba:

—¿El concepto “Sí” constituye una idea afirmativa?

Responda: Sí o No.

Y un muchacho respondió:

—No.

Incurable.

Pero los verdaderos tiempos gloriosos fueron los antiguos, cuando los exámenes eran orales y cada postulante tenía libertad absoluta para demostrar hasta dónde podía llegar la ignorancia humana sin necesidad de ayuda tecnológica.

Allí aparecían las auténticas leyendas. Cuentan que un profesor de Historia estuvo varios días sin dormir después de escuchar a un postulante afirmar con absoluta seguridad que Julio César había sido asesinado… “por estúpido”.

—¿Y Bruto? —preguntó el profesor, ya temblando.

—También —respondió el animalito.

La ignorancia de aquellos años era más pura, más honesta. Hoy los brutos se esconden detrás de términos modernos, gráficos de colores y palabras como “liderazgo ministerial”. Antes no. Antes el burro rebuznaba de frente y sin vergüenza académica.

Quizás por eso mi generación salió perjudicada. Nos llenaron la cabeza de literatura, filosofía, historia y valores humanos, cuando debieron enseñarnos algo verdaderamente útil, como vender emoliente, preparar hot dogs o administrar una pollería evangélica con visión apostólica y revelación financiera.

Pero ya es tarde. Nos desasnaron demasiado. Y ahora nos toca sufrir viendo cómo ciertos iluminados llegan a las universidades teológicas empujados no por talento, sino por recomendaciones familiares capaces de resucitar hasta un diploma.

Todavía resuena en los pasillos de San “Marcos” aquella legendaria escena del examen oral:

—A ver, alumno Imbecilio Brutález… dígame, ¿qué sabe sobre los catorce Incas del Imperio?

El muchacho pensó unos segundos y respondió muy seguro:

—Que fueron ocho, doctor.

Cuentan que tuvieron que sostener al jurado entre varios porteros para evitar que estrangularan al postulante con el cable del micrófono. Al profesor más anciano hubo que darle agua de azahar porque casi entrega el alma allí mismo.

Pero el caso más memorable fue el de cierto postulante recomendado por dos ministros, un apóstol, un profeta y medio directorio eclesiástico. El muchacho era tan intelectualmente hermético que parecía haber sido ensamblado sin materia gris.

Lo tuvieron cuatro horas sentado esperando una respuesta remotamente emparentada con la inteligencia.

Nada. Ni una chispa. Ni siquiera humo.

Finalmente, el presidente del jurado se puso de pie lentamente y habló con la solemnidad de quien sabe que está firmando su sentencia laboral:

—Señores… soy padre de familia. Tengo mujer, seis hijos y me faltan pocos años para jubilarme. Sé perfectamente que si no apruebo a este postulante mañana mismo me botan de la Universidad Teológica, porque su padre es presbítero, su tío es ministro, profeta, evangelista y hasta dueño del estacionamiento de la iglesia…

Hizo una pausa. Respiró profundamente. Y luego golpeó la mesa.

—¡Pero señores… yo no puedo aprobar a este animal! ¡Es la bestia más bestia que he visto en veintidós años enseñando en San “Marcos”! ¡Que me boten si quieren, pero este engendro no entra… y no entra! ¡He dicho!

La sala quedó en silencio. Algunos lloraron. Otros aplaudieron. Y varios comenzaron discretamente a buscar trabajo.

Al día siguiente, efectivamente, expulsaron al profesor.

Pero respecto al postulante… el hombre se equivocó.

Porque el resto del jurado sí aprobó su ingreso por mayoría de votos.

Y, siendo justos, hicieron bien.

Hoy aquel muchacho es un distinguido ministro que anda por el mundo predicando prosperidad, pidiendo diezmos y hablando de revelaciones divinas cada domingo desde un púlpito cualquiera.

¡Qué país!

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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Carta #13: La Perricholi y la influencer que te vende rutina de 5am

Tema: Favoritismo, poder y meritocracia

Peruano sin tiempo,

Micaela Villegas vendía verduras en el mercado. El virrey Amat la vio y la hizo su favorita. Pasó de la plaza al palco. Lima la odió y la imitó. “Perricholi” era insulto y aspiración.

2026: Vendías maquillaje en TikTok. El algoritmo te vio y te hizo su favorita. Pasaste de los 200 views a canje en el Westin. Lima te odia y te imita. “Influencer” es insulto y aspiración.

El virreinato tenía una Perricholi. Nosotros tenemos mil. Todas te dicen que a las 5am te cambian la vida. No te dicen que ellas no toman combi, ni marcan tarjeta, ni cuidan a su abuela con Alzheimer.

No estoy contra la Perricholi. Estoy contra creer que su camino es el tuyo. Ella tuvo un virrey. Tú tienes a tu jefe que te dice “puedes salir temprano” y luego te manda un mail a las 9pm.

José fue favorito de Faraón. Pero antes fue esclavo y preso. Si te toca el palacio, bien. Si te toca el pozo, también. Tu valor no está en cuántos te ven desde el palco.

Hoy, no te compares con la del story. Compárate con el de ayer. ¿Ese eres tú? Entonces ya ganaste.

Nos leemos sin envidia, pero con un café.

Tu compatriota

Vick
Conversando con una Taza de Café 
-Vick-yoopino

Presentación: ¿En qué momento se jodió el Perú? (O el arte de girar en círculos)

Serie: Conversación en la Catedral, con una Taza de Café.

Tómate un sorbo de ese café, hermano, porque hablar de esto siempre deja un sabor amargo. La fuente nos dice que el libro tiene ya más de medio siglo, pero si sales ahorita al Jirón de la Unión y le preguntas a cualquiera: «¿En qué momento se jodió el Perú?», te van a dar una lista que empieza en el Virreinato y termina en el último «flash» de noticias de esta mañana.

En la novela, Santiago Zavala —»Zavalita»— se hace esa pregunta mirando la ciudad gris, derrotado. Lo irónico es que hoy, en el 2026, nos hacemos la misma pregunta desde un Starbucks o mientras scrolleamos TikTok. Si Zavalita viera que hemos tenido ocho presidentes en los últimos diez años, probablemente pediría otra ronda de cervezas en ‘La Catedral’ y no se levantaría nunca.

La comparación con hoy es casi un chiste de mal gusto. En la obra, el Perú se «jode» por una dictadura militar que se mete en las casas y en las conciencias; hoy, parece que nos «jodemos» por una democracia que no sabe qué hacer consigo misma. Santiago era un periodista frustrado porque no podía decir la verdad; hoy tenemos tanta «verdad» en redes sociales que ya nadie cree en nada. Es la misma parálisis, pero con mejor conexión a internet.

¿Qué pasaría si se repitiera? Bueno, la mala noticia es que ya se está repitiendo. El Perú de Vargas Llosa era un país de «argollas», de favores bajo la mesa y de una élite que despreciaba al resto mientras se llenaba los bolsillos. Si volviéramos exactamente a ese esquema de los años 50, creo que la única diferencia sería que Cayo Bermúdez tendría una cuenta de Twitter para filtrar sus audios y Ambrosio sería un chofer de aplicativo tratando de sobrevivir a la inflación. No hemos salido de la Catedral; solo le hemos cambiado la decoración.

Si te gustó está introducción, prepárate, porque venimos con un paquete de episodios que solo tienes que buscar una buena taza de café para pasar un buen tiempo.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino