Serie: Agustín para el Siglo XXI
Acepté el reto. He empezado a leer la introducción de este tipo, Agustín de Hipona. Pero tengo que serte sincero: me cuesta. En un mundo donde tenemos satélites, inteligencia artificial y explicaciones para casi todo, la idea de «fe» me suena a una retirada. Me suena a tirar la toalla intelectual. Sin embargo, en las primeras páginas de Ropero, se dice que Agustín es «el primer hombre moderno». ¿Cómo puede ser moderno alguien que vivió hace 1600 años y se pasaba el día hablando de Dios?
Es una excelente pregunta para empezar. Y te diré por qué: porque Agustín no nació con la aureola puesta. No es un «santo de vitrina» que vivió en una burbuja de incienso. Lo que lo hace moderno es que su vida fue una tragedia de búsqueda personal. No te habla desde un pedestal de certezas heredadas; te habla desde sus errores. Agustín se pasó años buscando la felicidad donde todos nosotros la buscamos hoy: en el éxito profesional, en el placer, en el prestigio y en grupos intelectuales que prometían la «verdad absoluta» sin necesidad de creer en nada por autoridad.
Al menos tenía buen gusto. Pero fijémonos en su lema: “Creer para entender”. Para mi cerebro del siglo XXI, eso suena a trampa. Es como si un inversor te dijera: «Dame primero todo tu dinero y luego ya te explicaré en qué consiste el negocio». ¿No debería ser al revés? ¿No debería uno entender primero para luego, si acaso, creer?
Esa es precisamente la tensión que Agustín resuelve y que sigue siendo la más precisa 1600 años después. Verás, Agustín descubrió algo que hoy solemos olvidar: la razón no es una herramienta pura y perfecta; está «herida» por el orgullo y el desorden de nuestros afectos. Él explica en La utilidad de creer que todos, incluso los más cínicos, empezamos creyendo algo por autoridad. ¿Cómo sabes quién es tu padre o tu madre? No llevas un kit de ADN en el bolsillo cada vez que les das un abrazo; confías en el testimonio de tu madre y en la tradición familiar. Si decidiéramos no creer en nada que no hubiéramos probado científicamente por nosotros mismos, la sociedad colapsaría mañana mismo.
Te compro el argumento para la vida social. Pero la religión se supone que es algo más profundo, algo sobre la «Verdad» con mayúscula.
Y ahí es donde entra su genialidad. Agustín le dice a su amigo Honorato que la fe no es un salto al vacío, sino un «punto de partida honesto». Él pasó nueve años con los maniqueos precisamente porque ellos le prometían que no tendría que «creer» nada, que todo se lo explicarían mediante la pura razón. ¿Te suena familiar? Es lo que hoy te prometen muchos gurús de redes sociales o movimientos pseudocientíficos: «Aquí no hay dogmas, solo lógica». Agustín se dio cuenta de que esos tipos eran geniales destruyendo las ideas de los demás, pero no tenían nada sólido que ofrecer. Eran charlatanes que te quitaban el sueño pero no te daban la medicina.
O sea, que Agustín fue el primer «escéptico de los escépticos».
Se dio cuenta de que para llegar a la Sabiduría —esa que el libro de Job define como la verdadera piedad o culto a Dios—, uno debe primero reconocer su propia enfermedad. Si intentas entender los misterios del universo con un corazón lleno de soberbia o distraído por mil «fantasmas» —como él llama a las imágenes de los sentidos que nos esclavizan—, nunca verás la luz. La fe, para Agustín, son las «alas del alma». No apagan la luz de la inteligencia, sino que limpian el cristal para que la luz pueda entrar.
Me llama la atención que mencione lo de la «enfermedad». Hoy en día nadie quiere sentirse un «enfermo intelectual».
Pero todos nos sentimos «inquietos». Ropero destaca esa frase que es el eje de todo Agustín: «Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti». Esa inquietud no es falta de inteligencia; es la prueba de que somos seres proyectivos, que buscamos algo que este mundo temporal no puede darnos. Un hombre inteligente como Agustín elige creer porque reconoce que su razón, por sí sola, lo había dejado a las puertas del escepticismo más amargo. Eligió creer para que su inteligencia pudiera, finalmente, descansar en una roca firme y no en la arena movediza de sus propias opiniones cambiantes.
Agustín no dejó de pensar para creer, sino que empezó a creer para poder pensar de verdad.
Es el círculo virtuoso: «Entiende para creer, cree para entender». En los próximos días, si te parece, podemos sentarnos de nuevo y te cuento cómo le explicó esto a su amigo Romaniano, un tipo que, como muchos hoy, estaba atrapado en una secta intelectual buscando respuestas en el lugar equivocado.
Como diría Agustín: «Nada se conquista sino por la verdad, y la victoria verdadera es el amor». Nos vemos en la próxima para seguir conversando con una taza de café.
Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
















