Episodio 12: La «limpieza» social: De los perros callejeros a la estigmatización del otro.

Serie: «Café en la Catedral«

Tómate un respiro, hermano, y deja que este café asiente un poco, porque este Episodio 12 nos lleva a las zonas más pantanosas de la novela: la «limpieza» social. Vamos a hablar de cómo el sistema intenta esconder su propia podredumbre eliminando aquello que le estorba, ya sean perros callejeros o seres humanos considerados «desechables», como si el jabón de La Tina pudiera realmente lavar la sangre de las manos del poder.

Para entender este episodio de nuestra charla, hay que volver al punto de partida de la novela: la perrera municipal cerca del río Rímac. Fíjate en la imagen que nos da Vargas Llosa: un canchón rodeado de un muro ruin de adobes «color caca» que Santiago identifica como el color de Lima y del Perú entero. Es ahí donde Santiago Zavala se encuentra con un Ambrosio envejecido y embrutecido que se gana la vida matando perros a palos. Lo que parece una labor sanitaria de rutina es, en realidad, la alegoría más cruda de la represión en el Perú.

Lo irónico y doloroso, como te comenté antes, es que Ambrosio está matando esos perros como consecuencia directa de una campaña periodística en la que Santiago participó escribiendo editoriales contra la rabia. Es el retrato perfecto de la complicidad del intelectual con el brazo ejecutor: el de arriba da la orden higiénica desde su escritorio y el de abajo se ensucia las manos con la sangre y los aullidos. En la novela, esta «limpieza» animal es solo el preludio de una limpieza mucho más profunda y sistemática: la de los opositores políticos.

Durante el Ochenio de Odría, la «limpieza» social se llamó Ley de Seguridad Interior. Bajo el pretexto de poner «orden» y asegurar el «progreso», el régimen se dedicó a limpiar el país de lo que llamaban «pillos»: apristas y comunistas. El instrumento para esta higiene política era Cayo Bermúdez, quien montó una red de delatores en universidades y sindicatos para que nadie «sacara los pies del plato». Si no encajabas en el orden del General, el sistema te «limpiaba» enviándote al destierro o al calabozo de la cárcel «La Cuarenta», donde el olor a excremento y orines te recordaba que, para el Estado, ya no eras un ciudadano, sino un desperdicio.

La comparación con el Perú de hoy es para que se nos caiga la taza de la mano, hermano. ¿No te suena familiar ese afán de «limpieza»? Hoy ya no tenemos campañas contra perros rabiosos con la misma saña, pero tenemos una sociedad que busca «limpiar» las calles de vendedores ambulantes, de inmigrantes o de manifestantes, tratándolos con el mismo desprecio con el que Ambrosio trataba a los perros en el canchón. En nuestra política actual, el «terruqueo» es la versión moderna de la Ley de Seguridad Interior: una etiqueta que sirve para deshumanizar al otro y justificar cualquier atropello en nombre de la «limpieza» de la democracia. Seguimos siendo un país que prefiere esconder la basura debajo de la alfombra —o enviarla a los márgenes de la ciudad— antes que enfrentar las causas de nuestra propia rabia social.

¿Qué pasaría si esto se repitiera hoy? Bueno, amigo, es que nunca dejó de pasar, solo se ha vuelto más sofisticado. Si despertáramos hoy en un régimen calcado al de Odría, la «limpieza» social ya no necesitaría solo del «rocha-bús» o de los golpes en la perrera. Tendríamos algoritmos «limpiando» nuestras redes sociales de disidencias y una justicia que, bajo el mando de nuevos «esbirros de Cayo Bermúdez», usaría la burocracia para asfixiar a cualquiera que estorbe los negocios de la élite. Sería una «limpieza» higiénica, digital y silenciosa, pero con el mismo resultado: convertir al ciudadano en un paria que, como Zavalita, siente que nadie vendrá a sacarlo nunca de la perrera.

Lo más triste de este concepto de «limpieza» en la novela es que también se aplica a las personas más cercanas. Don Fermín —el «gran señor»— trata de «limpiar» su reputación y su doble vida a costa de Ambrosio, convirtiéndolo en su matón y su secreto. El poder en el Perú, nos dice Vargas Llosa, funciona como un sistema de alcantarillado moral: los de arriba descargan sus desperdicios en los de abajo. El asesinato de Hortensia, «La Musa», fue la «limpieza» definitiva de una mancha que amenazaba el honor de una familia burguesa.

Al final de este episodio, nos damos cuenta de que el Perú se ha pasado décadas intentando «limpiarse» de su diversidad, de su informalidad y de sus contradicciones, tratándolas como una enfermedad que hay que erradicar. Pero, como bien sabe Santiago frente a la Avenida Tacna, la mancha no está afuera, sino en la mirada de quien cree que puede joder a los demás para mantenerse puro. La «limpieza» social en nuestra historia ha sido, la mayoría de las veces, solo una forma elegante de llamar a la exclusión y al desprecio por el otro.

Sirve un poco más de azúcar, hermano, que este tema de la perrera siempre me deja un regusto amargo en la garganta. En el próximo episodio, te voy a contar sobre el bar ‘La Catedral’, ese lugar donde los secretos se ahogan en alcohol y donde Santiago y Ambrosio intentaron, inútilmente, lavar sus conciencias con cerveza barata.

¿Te queda aliento para otro sorbo o ya sientes que el «olor a derrota» de la perrera te está mareando?.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Episodio 18: Los Años de Alan García. Hiperinflación y la Corrupción en Crisis

Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»

Siéntate, porque recordar los años 80 en el Perú es hablar de una montaña rusa que terminó en un abismo. Alan García asumió la presidencia en 1985 con apenas 36 años y una energía arrolladora que hizo que muchos, incluso sus críticos, tuvieran esperanzas de cambio. Pero Quiroz nos muestra que, tras el discurso carismático, se montó un sistema de intervencionismo estatal que fue el caldo de cultivo perfecto para el favoritismo.

Durante los primeros dos años, García implementó políticas «heterodoxas»: congeló precios y creó el famoso dólar MUC, un tipo de cambio subsidiado. ¿Sabes quiénes fueron los grandes beneficiados? Un grupo de empresarios cercanos al poder conocidos como los «doce apóstoles», quienes recibían dólares baratos mientras el resto del país veía cómo sus ahorros se esfumaban. Sin embargo, el romance terminó en 1987, cuando García intentó nacionalizar la banca, un error que le costó el apoyo de la élite y de la clase media.

Pero lo más grave que documenta Quiroz no es solo la ineficiencia económica, sino los escándalos de corrupción de alto vuelo. Uno de los más sonados fue el del BCCI (Bank of Credit and Commerce International). Se descubrió que altos funcionarios del Banco Central de Reserva, como Leonel Figueroa y Héctor Neyra, recibieron sobornos por tres millones de dólares para depositar las reservas del país en ese banco, que luego colapsó en un escándalo global de lavado de dinero. El fiscal de Nueva York, Robert Morgenthau, incluso sostuvo que García estaba al tanto de estas operaciones.

También estuvo el caso de los aviones Mirage. García decidió reducir una compra de 26 aviones pactada anteriormente a solo 12, argumentando ahorro nacional. Pero la investigación posterior reveló que el Perú perdió cerca de 300 millones de dólares en la operación y que intermediarios como Abderraman El Assir habrían pagado sobornos para beneficiarse con la reventa de las aeronaves canceladas. A esto súmale los sobornos pagados por empresas italianas para la construcción del Tren Eléctrico, donde Sergio Siragusa confesó haber entregado millones de dólares para García y sus allegados.

Quiroz resalta cómo el narcotráfico también asomó con fuerza. Personajes como Carlos Langberg fueron vinculados con la cúpula del APRA, financiando campañas a cambio de protección. Al final de su gobierno en 1990, García dejó un país con una inflación de cuatro dígitos y una moral pública por los suelos. Aunque fue procesado, logró evadir la justicia por años gracias a tecnicismos y al asilo político, demostrando una vez más que en el Perú, el poder suele comprar impunidad.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Episodio 8: El Bautismo o el botón de «reset» del alma

Serie: Agustín para el Siglo XXI

El agua limpia las calles, pero hoy nos hemos vuelto muy sofisticados. Si alguien quiere «limpiarse» por dentro, se va a un retiro de silencio, hace una dieta «detox» de jugos verdes o borra su historial de búsqueda en Google. Pero Agustín, en este manual para su amigo Lorenzo, insiste en que el ritual del agua, el bautismo, es la clave de todo. Para un intelectual actual, esto suena a superstición antigua. ¿Realmente un genio como él creía que echarse un poco de agua encima borraba el pasado? ¿No es eso una forma muy barata de eludir la responsabilidad personal?

Es una objeción muy razonable, pero Agustín te diría que estás mirando solo la superficie del charco. Para él, el bautismo no es un truco de magia, sino el sacramento de la regeneración. Verás, él explica en el capítulo 42 que el bautismo es, en esencia, una representación real de la muerte y la vida nueva. No es que «te bañes»; es que «mueres» al pecado tal como Cristo murió a la carne. Agustín usa una lógica de «ingeniería espiritual»: si admitimos que estamos en un pozo de donde no podemos salir solos —como vimos con lo del libre albedrío—, necesitamos una intervención que marque un antes y un después definitivo.

Pero fíjate en lo que dice en el capítulo 43. Dice que todos los hombres, desde los párvulos hasta el anciano decrépito, mueren al pecado en el bautismo. Entiendo que un tipo de ochenta años que ha sido un desastre tenga mucho que lavar, pero ¿un recién nacido? ¿De qué tiene que «morir» un bebé que no ha hecho nada más que llorar y dormir? Aquí es donde el espectador moderno se baja del tren agustiniano.

Ese es el «escándalo» del pecado original. Agustín es muy fino aquí. Él explica que en ese primer pecado de Adán —esa decisión de la humanidad de ser su propio dios— había «muchos contenidos»: soberbia, sacrilegio, homicidio espiritual y avaricia. El niño no es culpable de haber «hecho» algo malo, sino de haber «nacido» en una naturaleza que ya está herida y separada de la fuente. Es como heredar una deuda inmensa: tú no firmaste el préstamo, pero el banco te la cobra igual porque tu familia está en quiebra. Agustín sostiene que solo Cristo, el Único que nació sin esa deuda, puede cancelarla.

O sea, que el bautismo es como una ley de segunda oportunidad para el alma. Pero Agustín dice algo muy curioso en el capítulo 44: que el número plural se significa a veces por el singular. Me ha recordado a cuando hoy decimos «la gente es así», metiendo a ocho mil millones de personas en un solo saco. Él dice que llamamos «pecado» al conjunto de todos los desórdenes.

Y fíjate en la profundidad de su análisis. Él nos está diciendo que para ser verdaderamente inteligentes debemos reconocer que somos seres históricos. No empezamos de cero cada mañana. Arrastramos la herencia de nuestros padres y antepasados. Agustín no quiere que Lorenzo se pierda en especulaciones sobre si cargamos con los pecados de la cuarta generación o de la centésima, pero sí que entienda que la regeneración es una necesidad vital. El bautismo es el momento en que Dios dice: «Basta de pasado; aquí empieza una historia nueva».

Me gusta esa idea de «basta de pasado». Hoy vivimos obsesionados con el trauma, con lo que nos hicieron de pequeños, con las «heridas de la infancia». Agustín parece coincidir con la psicología moderna en que el pasado nos condiciona, pero su solución es mucho más radical: propone una «muerte» al viejo yo para que el «nuevo hombre» pueda nacer por la gracia.

Es que ese es el punto central. Agustín insiste en que el bautismo de Juan el Bautista era solo una preparación, pero el de Cristo es en el Espíritu Santo. ¿Por qué? Porque el Espíritu es el que da la vida nueva que nosotros no podemos fabricar. Un hombre inteligente elige creer en esto porque se da cuenta de que el esfuerzo propio por ser «bueno» tiene un límite muy bajo. Puedes mejorar tus hábitos, pero no puedes cambiar tu naturaleza. El bautismo es el reconocimiento de que necesitamos una «transfusión de sangre espiritual» para que nuestro corazón empiece a latir al ritmo de la eternidad.

Hay una trampa. Si el bautismo borra todo, ¿por qué los bautizados seguimos siendo tan propensos a meter la pata? Parece que el «reset» no funciona muy bien en la práctica.

Agustín es el primer realista de la historia, Álex. Él aclara que el bautismo celebra la muerte al pecado, pero no elimina la guerra interior. Seguimos en este «cuerpo de muerte». El bautismo nos da la justificación —nos pone a bien con Dios—, pero la santificación —el que dejes de ser un egoísta— es una carrera de fondo. Por eso, un hombre inteligente elige la fe no porque crea que va a ser perfecto de la noche a la mañana, sino porque sabe que ahora tiene un Aliado en la batalla.

Me quedo con esa imagen: el bautismo no como un baño relajante, sino como una muerte necesaria para que lo que realmente vale la pena en nosotros empiece a respirar. En el próximo episodio me tendrás que explicar cómo sigue este drama, porque he visto que el siguiente bloque habla del Espíritu Santo y de la Iglesia. Si ya estamos «limpios», ¿para qué necesitamos una institución?

Esa es la gran pregunta de la modernidad: «Dios sí, Iglesia no». Agustín tiene una respuesta que te va a sorprender, porque para él la Iglesia no es una oficina de aduanas, sino un Cuerpo vivo. Mañana hablamos de ello.

Pero deja que deje de llover, que tanto hablar de agua y bautismo me está dando ganas de quedarme en casa bajo la manta.

Como diría Agustín: «Camina mientras tengas luz». Nos vemos en el siguiente episodio, doble cafe, y quizás un poco mas de tiempo. Nos vemos.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

Carta #25: El nuevo extirpador de idolatrías

Tema: Redes → Funación

Peruano sin tiempo,

1609: El cura Arriaga viajaba con un látigo quemando huacas. “Por tu alma”, decía.  
2026: El tuitero viaja con un hilo cancelando gente. “Por la sociedad”, dice.  

Arriaga quemaba ídolos de piedra. Tú quemas ídolos de carne. La plaza y la hoguera son las mismas. Solo cambió el hashtags.  
El cura te hacía confesar para salvarte. El internet te hace pedir perdón para entretenerte. Y después igual te quema.

Antes de compartir la funa, pregunta: ¿esto es justicia o es auto de fe con wifi?  

Si dudas, no prendas el fósforo. Si prendes, que sea para leer, no para arder.

Nos vemos en la plaza,  

Tu compatriota que ya no tira piedras.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

Episodio 11 – Corrupción en las venas: ¿Se nace corrupto o el sistema te bautiza?

Serie: “Café en la Catedral

Tómate un respiro, hermano, y deja que este café asiente un poco, porque este Episodio nos mete de lleno en la verdadera «materia prima» que Vargas Llosa usó para construir su catedral de palabras: la corrupción en las venas. Ya no estamos hablando solo de un ministro siniestro o de un empresario con doble vida; estamos hablando de ese aire viciado que lo impregna todo y que nos hace preguntarnos si en este país se nace corrupto o si es el sistema el que te bautiza con agua sucia apenas asomas la cabeza al mundo.

Fíjate en lo que nos dicen las fuentes sobre el ambiente del Ochenio de Odría: era una «sociedad embotellada», un clima de cinismo, apatía y podredumbre moral que no dejaba rincón sin manchar. En la novela, la corrupción no es un accidente, es el eje sobre el cual giran las vidas de Santiago, Ambrosio y Don Fermín. Santiago Zavala se da cuenta de que su propio padre, Don Fermín, se vinculó al régimen no por una convicción patriótica, sino por intereses económicos, buscando asegurar contratos millonarios para sus constructoras y laboratorios. Para Don Fermín, la moral era un traje que se ponía para ir al Club Nacional, pero en los negocios y en la política, se movía bajo la lógica de la «viveza criolla», esa flexibilidad amoral para defraudar al prójimo si el beneficio propio lo justifica.

La comparación con el Perú de hoy es, francamente, un chiste que se cuenta solo. Si en la novela vemos a la oligarquía de los años 50 rindiéndose ante Odría para que los «pillos» (apristas y comunistas) no les malogren el almuerzo, hoy vemos a grupos de interés que operan de la misma forma. El «Pacto de Monterrico» que se menciona en los documentos —ese acuerdo entre Odría y su sucesor para no investigar la corrupción del régimen saliente— es el abuelo de todos los «blindajes» que vemos hoy en nuestro Congreso. La historia nos enseña que en el Perú la justicia no es una balanza, sino una mesa de negociación donde los que salen y los que entran se aseguran de que «la cuestión de la corrupción» nunca sea realmente abierta.

Pero volvamos a la pregunta: ¿se nace o te hacen? Vargas Llosa parece sugerir que hay una «enfermedad nacional» hecha de resentimiento y complejos sociales que infestan todos los estratos. Don Fermín era un «buen padre» en casa, pero un tipo inmoral en los negocios; esa es nuestra gran tragedia: la fragmentación del ser. El sistema te «bautiza» porque, como dice la novela, para sobrevivir y mantenerse en el poder hay que «meter las manos en la mierda», tal como hacía Cayo Bermúdez. El poder en el Perú se ejerce de forma «fisiológica y escatológica», donde el que manda humilla al que obedece, y el que obedece espera su turno para humillar al que está más abajo.

¿Qué pasaría si esto se repitiera hoy? Bueno, amigo, es que no ha dejado de repetirse; solo hemos cambiado los uniformes por ternos de marca y las actas de papel por audios de WhatsApp. Si despertáramos hoy en el Perú del Ochenio, veríamos que la «institucionalización de la traición» sigue siendo nuestra única política de Estado. Si se repitiera ese esquema de poder absoluto, veríamos de nuevo a empresarios como Don Fermín aplaudiendo el «orden» mientras por debajo se reparten la torta con los nuevos «esbirros» del turno. La corrupción en el Perú no es un virus externo, es una condición genética de un sistema que prefiere que todos estemos «jodidos» para que nadie tenga la autoridad moral de señalar al otro.

Lo más irónico de este episodio de nuestra charla es que Santiago Zavala intentó ser «puro», intentó no ser cómplice, pero terminó reconociendo que él también estaba «jodido». Al final, el sistema te bautiza con la resignación; te enseña que no hay solución y que el éxito se mide por cuánto puedes robar sin que te atrapen, o por lo menos, por cuánto puedes ocultar. La corrupción en las venas es, en realidad, el miedo a ser el único «tonto» que respeta las reglas en un país diseñado para los vivos.

¿Te sirvo otro café o ya sientes que la amargura te está llegando al alma? Porque en el próximo episodio vamos a hablar de la «limpieza» social, de cómo el sistema trata de esconder su suciedad matando perros o eliminando a las personas que ya no le sirven, como si el jabón de La Tina pudiera realmente lavar la sangre.

¿Todavía tienes fe en que nos podemos «des-joder» o ya pedimos la cuenta de una vez?. Aunque la charla nos invita a un café más cargado.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Episodio 17: La «Revolución» Militar. El espejismo de la mano dura

Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»

Toma otro sorbo de café, porque ahora vamos a ver cómo una dictadura se disfraza de «moralizadora». El 3 de octubre de 1968, los tanques de Velasco Alvarado rodearon el Palacio, pero su primera misión fue ocupar el Congreso para confiscar y desaparecer toda la documentación de la comisión que investigaba el contrabando militar.

La «revolución» de Velasco se presentó como el fin de la «oligarquía corrupta», pero Quiroz nos revela que lo que realmente ocurrió fue una centralización brutal del poder que eliminó todos los contrapesos. Los militares tomaron el control de la justicia con decretos inconstitucionales que permitían al Ejecutivo nombrar a los jueces, destruyendo cualquier apariencia de imperio de la ley.

En este periodo aparece un personaje que luego sería nefasto: Vladimiro Montesinos. Siendo apenas un joven oficial, ya actuaba como espía de la CIA mientras trabajaba para generales izquierdistas, demostrando que la red de espionaje y desinformación era el nuevo lubricante del sistema. Pero más allá del espionaje, la corrupción se mudó a las nuevas empresas estatales.

¿Te acuerdas de EPSA y Pescaperú? Quiroz documenta cómo estas empresas, en lugar de servir al pueblo, se convirtieron en el botín de los militares en el poder. En EPSA hubo malversaciones monumentales en la venta de alimentos, afectando la comida de los más pobres. En Pescaperú, el general Tantaleán Vanini manejaba los fondos como si fueran su chequera personal, gastando en lujos y viajes en jet privados mientras la industria colapsaba por la ineficiencia.

Lo más irónico es que, bajo la excusa de la soberanía, el país se endeudó como nunca para financiar estas empresas ineficientes y compras de armas soviéticas que nadie supervisaba. La censura total de la prensa en 1974 terminó de cegar al público: ya no había periodistas que denunciaran los robos de los generales.

Velasco fue reemplazado por Morales Bermúdez en 1975 en un contexto de quiebra económica, pero el patrón no cambió: se persiguió a los «velasquistas» no por honestidad, sino por lucha de facciones, y se preparó una transición donde la corrupción se adaptaría a nuevas formas, como el narcotráfico que ya asomaba su cabeza en la selva.

¿Te das cuenta de la tragedia? Se destruyeron las instituciones democráticas bajo la promesa de limpiar el país, pero lo que nos dejaron fue un Estado elefantiásico, un Poder Judicial arrodillado y una deuda externa asfixiante.

Termina tu café, porque en la próxima charla hablaremos de cómo la democracia volvió en los 80 solo para encontrarse con una hiperinflación y un terrorismo que sirvieron de cortina de humo para que la corrupción llegara a niveles de película. ¡Nos vemos en el próximo episodio!

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Episodio 7: El Mediador (O por qué Dios no nos gritó desde una nube)

Serie: Agustín para el Siglo XXI

En el último episodio nos quedamoscon la imagen del pozo y la cuerda de la Gracia. Pero hoy, leyendo los capítulos 33 al 40, me ha saltado una duda muy de «consumidor moderno». Si Dios es el dueño de las reglas, el Todopoderoso, el CEO del universo, ¿para qué tanto drama? Si quería perdonarnos, ¿por qué no simplemente chasqueó los dedos o nos gritó un «estáis perdonados» desde una nube? ¿Para qué todo el lío de que el Verbo se haga carne, nazca de una virgen y se meta en este fango humano?. Me suena a un guion con demasiadas complicaciones técnicas.

Es la pregunta del millón. Y Agustín se la toma muy en serio. Verás, él empieza explicando algo que hoy nos suena políticamente incorrecto: la ira de Dios. Pero no pienses en un Dios que pierde los papeles o que tiene un ataque de nervios. Agustín aclara que la «ira» es una metáfora de la justicia divina. Estábamos, según él, en un estado de degeneración tal, tan alejados de la fuente de la vida, que nos habíamos convertido en «hijos de la ira» por naturaleza. No es que Dios nos odiara, sino que nuestra propia desorientación nos hacía incompatibles con Su santidad. Estábamos en un abismo legal y existencial.

Pero sigo sin entender por qué la solución tiene que ser un «Mediador». Hoy en día buscamos mediadores para todo: abogados, terapeutas, incluso algoritmos que medien entre nuestros gustos y las películas que vemos. Pero, ¿un Mediador entre Dios y el hombre?.

Y fíjate en la «ingeniería» que plantea Agustín. Él dice que necesitábamos a alguien que pudiera tocar ambos lados del abismo. Si el Mediador fuera solo Dios, no podríamos imitarlo ni entenderlo; si fuera solo hombre, no tendría el poder de rescatarnos de la muerte. Por eso, el Verbo se hizo carne. Agustín es muy enfático en esto: Cristo no es un híbrido raro, ni un semidiós de leyenda griega. Es Dios y hombre juntamente. Es una sola persona que une dos naturalezas de forma inefable. En cuanto Verbo, es igual al Padre; en cuanto hombre, es menor que el Padre. Es el puente perfecto porque tiene los pies en nuestra tierra y la cabeza en la eternidad.

Me hace gracia lo que dice en el capítulo 34 sobre que «carne» significa «todo el hombre». Es como cuando hoy decimos «no hay ni un alma en la calle» y no nos referimos a fantasmas, sino a personas completas. Pero hay algo que me ha volado la cabeza: la idea de que incluso el hecho de que Cristo sea Dios-hombre es un acto de Gracia.

¡Ese es el punto clave! Agustín lanza una bomba contra el orgullo intelectual. Dice: ¿qué hizo la naturaleza humana de ese hombre llamado Jesús para merecer ser unida al Hijo de Dios en una sola persona?. La respuesta es: nada. No hubo méritos previos, ni una oposición que Jesús tuviera que ganar para ser el Cristo. Fue pura y absoluta Gracia desde el primer instante de su concepción. Agustín usa esto para decirnos: «Mira, si hasta el Capitán de vuestra salvación es un producto de la Gracia, ¿cómo pretendes tú, que eres un soldado raso y herido, ganar el cielo por tus propias fuerzas?». La humildad de Dios al hacerse hombre es la única medicina capaz de curar la soberbia humana.

Es un argumento psicológico brutal. Nos está diciendo que el problema no es que Dios no «quisiera» perdonar, sino que nosotros no «podíamos» ser perdonados sin que nuestra soberbia fuera aplastada por un ejemplo de humildad extrema. Pero, el capítulo 37 habla de que nació del Espíritu Santo y de María Virgen. Para un escéptico actual, esto es el punto donde la historia se convierte en mitología. ¿Cómo lo defiende Agustín?

Agustín no lo ve como un truco de magia, sino como una necesidad teológica. Dice que Cristo nació de una virgen porque convenía que naciera alguien a quien hubiera concebido la fe de su madre y no la concupiscencia carnal. El Espíritu Santo interviene no como un «padre biológico», sino como el símbolo de la Gracia. El Espíritu es el Don de Dios. Al nacer del Espíritu, se nos está gritando que nuestra salvación es un regalo, no algo que nosotros fabricamos biológicamente. Es el «intercambio más desigual de la historia»: el Hijo de Dios se hace hijo del hombre por gracia, para que nosotros, hijos del hombre por naturaleza, seamos hijos de Dios por gracia.

Me gusta esa definición de «regalo». Hoy vivimos en la cultura del mérito, de «te lo has ganado», del «esfuérzate y lo conseguirás». Agustín nos está bajando los humos. Nos dice que el Mediador es el puente que nosotros no supimos construir y que, además, ni siquiera merecíamos que se construyera.

Es el realismo agustiniano. Él sabe que somos «convalecientes». Y un convaleciente no necesita que le expliquen la teoría de la salud, necesita que el médico baje a su habitación y le dé la medicina en la mano. Cristo es el Médico que se hace paciente para que los pacientes pierdan el miedo al tratamiento.

Me quedo con esa frase: «la soberbia humana solo podía sanarse con la humildad divina». Mañana me tendrás que explicar cómo ese Mediador nos limpia de verdad. He visto que el siguiente bloque habla del bautismo, del pecado original y de cómo Cristo borra lo que Adán estropeó. Si ya tenemos el puente, quiero saber cómo se cruza.

En el próximo episodio entramos en las aguas. Hablaremos de por qué el bautismo no es solo un rito social, sino una «muerte necesaria».

Pero esta vez, que el Mediador nos prepare otro café, porque mi cocina hoy está en estado de «ira divina».

Próximo episodio, prepárese y nos vemos.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

Episodio 10 : La lealtad de Ambrosio: El peligro de seguir ciegamente a un «líder». 

Serie: «Café en la Catedral».

Tómate otro café, hermano, y pide una porción de picarones, porque este Episodio 10 es de los que dejan un nudo en la garganta y una indignación que solo se pasa con azúcar. Vamos a hablar de la lealtad de Ambrosio, pero no de esa lealtad noble de las películas, sino de esa lealtad perruna, ciega y trágica que nos enseña lo peligroso que es seguir a un «líder» —ya sea un dictador o un padre autoritario— hasta las últimas consecuencias,.

Míralo a Ambrosio. Santiago lo encuentra en la perrera municipal, envejecido, embrutecido, con unos zapatones enormes «jodidos por el tiempo». Es el hombre que pasó de manejar los autos más lujosos de la Lima de los 50 a matar perros a palos por un sueldo de miseria. Santiago lo mira y piensa que Ambrosio está «mil veces más jodido» que él. Pero, ¿por qué terminó así? Por la lealtad. Esa es la palabra maldita de este episodio.

Ambrosio es el producto de un sistema que lo animaliza. Las fuentes lo describen como un «no-sujeto», un ser instintivo y pasivo que es agente y paciente de su propio estado de derrota. Su lealtad hacia Don Fermín Zavala —el famoso «Bola de Oro»— no nace de un contrato justo, sino de una relación de poder y de un secreto sucio: esa relación homosexual clandestina que mantenían. Ambrosio ve en Don Fermín a un «gran señor», casi a un dios, a pesar de que Don Fermín solo lo ve como un instrumento.

Aquí viene la comparación ácida con nuestro Perú actual. ¿No te suena familiar esa lealtad ciega? Hoy ya no tenemos choferes que matan por sus patrones, pero tenemos cuadros políticos, asesores de confianza y «portátiles» que defienden lo indefendible en el Congreso o en la televisión. Son los «Ambrosios» modernos: gente que, por una cuota de poder o por simple servilismo, se ensucian las manos para proteger a su «líder», aunque ese líder los desprecie en privado. Es el «robo pero hace obra» o el «blindaje» por argolla. La lealtad de Ambrosio es el tatarabuelo de ese fanatismo que hoy nos impide ver que el sistema está podrido.

Lo más trágico, hermano, es el crimen de Hortensia, «La Musa». Ambrosio la mata a puñaladas para proteger el secreto de Don Fermín. No lo hace por dinero, lo hace porque ha interiorizado tanto el poder de su patrón que cree que el honor de Don Fermín es más importante que la vida de una mujer. Es la representación perfecta de lo que pasa cuando un ciudadano renuncia a su conciencia para dársela a un caudillo. Ambrosio se vuelve un asesino por «lealtad», y Don Fermín, con un cinismo espantoso, luego lo niega todo, llamándolo «pobre negro» incapaz de matar a una mosca.

¿Qué pasaría si esto se repitiera hoy? Bueno, amigo, ya se repite en cada escándalo de corrupción donde el hilo se rompe por lo más delgado. Si despertáramos hoy en el Perú de la novela, veríamos a los Ambrosios modernos en las redes sociales, haciendo el trabajo sucio de demoler reputaciones para proteger a un jefe que, en cuanto las papas quemen, los va a lanzar a la «perrera» de la historia sin asco. Seguir ciegamente a un líder en el Perú es comprar un boleto directo a la derrota personal, tal como le pasó a este chofer de Chincha.

Ambrosio nos enseña que el poder corrompe hasta la lealtad. Él cree que está siendo fiel, pero en realidad está siendo un «trapo», como le dice Queta con asco: «tienes miedo porque eres un servil… porque él es blanco y tú no, porque él es rico y tú no». Es una radiografía dolorosa de nuestro racismo y clasismo estructural que sigue ahí, vivito y coleando, setenta años después.

Santiago Zavala termina su charla dándose cuenta de que Ambrosio es el reflejo de un país que se dejó «joder» por no tener la fuerza de ser auténtico. Ambrosio es el Perú que obedece sin preguntar, el Perú que se conforma con las sobras de la mesa del poder mientras otros —los Don Fermín o los Cayo Bermúdez— se reparten la torta.

¿Vamos por otra ronda? Porque en el próximo episodio hablaremos de la corrupción en las venas. Vamos a ver si se nace corrupto o si el sistema peruano es el que te bautiza con agua sucia apenas abres los ojos.

¿Todavía tienes espacio para otro picarón o ya te amargaste con la historia de Ambrosio?, o seguimos con otro café.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Episodio 16: Promesas Rotas y Contrabando. El primer gobierno de Belaunde

Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»

Ponte cómodo. Estamos en 1963 y Fernando Belaunde Terry asume la presidencia con una imagen de integridad absoluta. Se sentía un aire de renovación, de reformas estructurales y de modernización tecnocrática. Sin embargo, Belaunde cargaba con un pecado original: su elección fue posible gracias al respaldo del alto mando militar, lo que lo obligó a una actitud acomodaticia hacia ellos, permitiéndoles autonomía total e incluso compras de armamento carísimas como los aviones Mirage franceses, a pesar de que el país no tenía recursos.

Lo que Quiroz nos muestra es que, tras bambalinas, la maquinaria de la «grava» seguía funcionando. Belaunde se rodeó de un círculo íntimo conocido como los «carlistas», amigos y parientes que parecían más interesados en sus negocios privados que en el servicio público. Pero el verdadero detonante de su caída no fue solo la crisis económica, sino el escándalo del contrabando.

Imagina abrir el periódico en 1968 y leer sobre el aterrizaje clandestino de aviones de carga en pistas del desierto, descargando mercadería ilegal con la complicidad de autoridades. Fue tan grave que se formó una comisión en el Congreso liderada por Héctor Vargas Haya. Lo que encontraron fue una red masiva que implicaba a oficiales de la Marina que usaban naves de guerra, como el BAP Callao y el BAP Chimbote, para traer mercadería sin pagar impuestos destinados a sus propios bazares militares, pero que terminaban en manos de civiles.

Aquí viene lo indignante: Quiroz calcula que este contrabando le costó al Perú cerca del 15% de todos sus ingresos anuales. Cuando la investigación empezó a apuntar a los más altos mandos del Ejército, incluyendo al general Juan Velasco Alvarado, los militares presionaron para enterrar el caso. Un pacto político entre el APRA y los militares intentó echarle tierra al asunto, pero ya era tarde para la moral pública.

Al final, apareció la famosa «página once» del contrato con la International Petroleum Company (IPC). Hoy sabemos que fue más un pretexto mediático que un robo real, pero en el clima de desconfianza generado por el contrabando, se convirtió en el arma perfecta para que los militares dieran el golpe de Estado. Belaunde, el presidente honesto, cayó víctima de la red de «amigos» y de una corrupción institucionalizada que no supo o no pudo frenar.

Nos volveremos a encontrar en el próximo episodio, el café estará servido.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Episodio 6: El suicidio de la libertad (O por qué no puedes levantarte solo)

Serie: Agustín para el Siglo XXI

He estado rumiando lo que empezamos a hablar sobre el Enquiridión. Pero hoy vengo con ganas de pelear un poco. He leído el capítulo 30, y Agustín suelta una frase que me ha dejado helado. Dice que el hombre, al usar mal su libre albedrío, se perdió a sí mismo y también a su libre albedrío. A ver, en pleno siglo XXI, donde nos venden que somos los «arquitectos de nuestro propio destino» y que «el límite es el cielo» si te esfuerzas lo suficiente, esto suena a un pesimismo antropológico insoportable. ¿Me estás diciendo que este genio de la inteligencia terminó creyendo que básicamente somos esclavos sin remedio?

Suena demoledor. Pero fijémonos bien en la comparación que usa Agustín, porque es una de las más potentes de toda su obra. Él utiliza la analogía del suicidio. Dice que mientras una persona vive, tiene la libertad de matarse; pero una vez que se ha quitado la vida, ya no tiene la libertad de volver a vivir por su cuenta. Para Agustín, el pecado original no fue solo un error de cálculo; fue un acto de soberbia que rompió nuestra brújula interna. Al elegir apartarnos del Bien Supremo, nuestra voluntad quedó «muerta» para el bien, aunque sigamos siendo muy «libres» para seguir equivocándonos.

O sea, que somos libres para tirarnos al pozo, pero no para salir de él. Es una imagen bastante gráfica, lo reconozco. Pero entonces, ¿qué queda de la dignidad humana? Si no puedo elegir el bien, ¿soy solo un autómata del mal?

No, y ahí es donde Agustín es más fino de lo que parece. Él distingue entre lo que llama el «libre albedrío» y la «libertad». El libre albedrío es la capacidad de elegir, y esa, aunque herida, sigue ahí; de hecho, dice irónicamente que somos «libres para pecar» porque lo hacemos con gusto. Pero la verdadera libertad, para el Agustín maduro, no es simplemente «tener opciones», sino tener la capacidad y la alegría de obrar el bien. Él sostiene que esa capacidad se perdió. Somos como un esclavo que ha sido vencido en combate: el vencedor (el pecado) es ahora nuestro dueño. Agustín cita aquí a Pedro: «cada cual es esclavo de quien triunfó de él».

Eso me recuerda mucho a lo que vemos hoy con las adicciones o los patrones de conducta tóxicos. Todo el mundo te dice «deja de hacerlo, eres libre», pero por dentro sientes que hay una fuerza que te arrastra y que tu voluntad es de papel. Agustín está siendo un psicólogo realista, ¿no?

Totalmente. Agustín es el antídoto contra el voluntarismo barato de los libros de autoayuda. Él te diría que no puedes levantarte tirando de los cordones de tus propios zapatos. Por eso, un hombre inteligente como él elige creer en la Gracia. Si estamos en un pozo y no podemos resucitarnos a nosotros mismos, necesitamos a alguien que nos eche una cuerda desde fuera. Es lo que él llama el rescate del Hijo: «Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres». Agustín no desprecia la inteligencia; lo que hace es reconocer que la inteligencia sola no puede sanar la voluntad. Puedes saber qué es lo correcto y, aun así, no tener la fuerza para amarlo y hacerlo.

Me llama la atención que en el capítulo 32 diga que incluso la voluntad misma es preparada por Dios. ¿Significa que ni siquiera el deseo de ser bueno es nuestro?

Es el punto más profundo de su teología de la gracia. Agustín cita a Pablo para decir que es Dios quien obra en nosotros tanto el querer como el obrar. Y remata con esa frase famosa de Romanos 9: «No es del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia». Para un intelectual orgulloso como era el joven Agustín, esto debió ser una bofetada. Admitir que hasta tu deseo de buscar a Dios es un regalo previo de Dios. Pero, piénsalo bien: ¿no es eso un descanso inmenso? Significa que la salvación no es una carrera de obstáculos donde el más fuerte o el más inteligente gana, sino que es un abrazo que te alcanza cuando admites que estás perdido.

O sea, que para ser verdaderamente inteligente hay que admitir que uno es un inválido espiritual.

Es la humildad de la que hablábamos en los primeros episodios. Agustín dice que la misericordia de Dios nos «previene» para que queramos, y luego nos «acompaña» para que no queramos en vano. Es un sistema de apoyo constante. Rogamos incluso por nuestros enemigos, que no quieren vivir piadosamente, precisamente para que Dios obre en ellos ese «querer» que les falta. Agustín nos está diciendo que la fe es el reconocimiento honesto de nuestra limitación. No es que dejes de pensar; es que usas tu pensamiento para reconocer dónde termina tu poder y dónde empieza el de Dios.

Me quedo con la idea del suicidio y la resurrección. Es fuerte, pero muy lógica. Si rompimos nuestra capacidad de amar lo bueno, solo quien nos creó puede reconstruirla. Me gustaría que bajáramos esto a la tierra. He visto que el libro habla de Cristo como el «Mediador» y de por qué tuvo que nacer de una virgen y morir en una cruz. Si ya admitimos que necesitamos ayuda, ¿por qué esa ayuda tuvo que ser tan dramática y sangrienta?

Es el siguiente paso lógico. Una vez que aceptas que estás muerto, necesitas entender cómo funciona la medicina. Y en Agustín, la medicina tiene forma humana. En el próximo episodio hablamos del «Mediador divino» y de por qué Dios no nos salvó simplemente con un chasquido de dedos desde su nube.

Pero esta vez, no dejes que el café se enfríe. Después de enterarme de que soy un «esclavo redimido», lo menos que puedo hacer es ejercer mi libertad para invitarte.

«Ama y haz lo que quieras». Nos vemos, en el siguiente episodio de nuestra serie, y no olvides el café.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino