Serie: “El Príncipe de Maquiavelo”.
Qué bueno que llegaste. Hoy el café está un poco más fuerte, y creo que lo vamos a necesitar, porque el tema de hoy nos lleva a los callejones más oscuros de la naturaleza humana y del ejercicio del poder. AHace una semana, nos quedamos en ese dilema entre el talento y la suerte, pero hoy, abriendo el Capítulo VIII, Machiavelo nos pone frente a un espejo que muchos prefieren no mirar: los que llegan al poder no por mérito ni por azar, sino por crímenes y perversidades.
Ponte cómodo. Lo que vamos a desgranar hoy no es solo una lección de historia; es un análisis de cómo la ética se dobla ante la ambición y por qué, en el mundo de hoy —en las empresas, en la política y hasta en los círculos sociales—, todavía vemos ejecutarse el «manual» de Nicolás con una precisión aterradora.
Mira este pasaje. Machiavelo nos presenta a Agátocles, un siciliano que no solo era de origen humilde, sino «baja y abierta» condición. Era hijo de un alfarero. Pero fíjate en lo que dice Nicolás: siempre acompañó sus maldades con tanto «ánimo y vigor físico» que logró ascender en la milicia hasta ser pretor de Siracusa.
Aquí hay una primera lección para nuestra vida actual. A veces nos encontramos con personas que, sin tener «pedigrí» ni suerte, escalan a base de una energía inagotable, pero que en el camino no tienen reparos en usar la violencia o la traición. Agátocles decidió que no quería deberle nada a nadie. Se puso de acuerdo con Amílcar el cartaginés, reunió al Senado de Siracusa bajo el pretexto de deliberar y, a una señal, sus soldados mataron a todos los senadores y a los ciudadanos más ricos. Ocupó el trono sin guerra civil.
Pero aquí es donde Machiavelo se pone profundo y hace una distinción que nos sirve de brújula moral. Él dice que no se puede llamar «virtud» al matar a los conciudadanos, traicionar a los amigos o carecer de fe y religión. Con esos medios puedes adquirir poder, pero no gloria.
¡Qué potente es eso! En el mundo del networking agresivo y de las corporaciones tiburón, muchos confunden el éxito con la gloria. Puedes llegar a ser CEO traicionando a tus mentores, pero Machiavelo te diría al oído: «Felicidades, tienes el puesto, pero nadie te recordará como alguien ilustre; solo eres un hombre con mando». La gloria requiere una altura moral que el crimen no puede comprar.
Luego tenemos a Oliverotto da Fermo, un ejemplo más cercano a la época de Nicolás. Huérfano, criado por su tío Juan Fogliani, y formado por los mejores capitanes de la época. Oliverotto era brillante, pero impaciente. Usó la misma táctica que Agátocles: un banquete solemne, una conversación sobre temas peligrosos para llevar a los invitados a un lugar apartado, y luego… el exterminio. Mató a su propio tío, el hombre que lo educó.
¿Cuál fue su error? Machiavelo nos cuenta que Oliverotto se hizo fuerte en su ciudad, Fermo, y fue temido por sus vecinos. Pero un año después, cometió el pecado capital de un criminal: dejarse engañar por alguien más astuto y despiadado que él. César Borgia (de quien hablamos hace 7 días, ¿recuerdas?) lo atrapó en Sinigaglia y lo hizo estrangular junto a su maestro de crímenes.
La lección para hoy es clara: el que vive por el «atajo» del crimen, muere por él. En la vida profesional, el que usa la intriga para subir suele terminar siendo víctima de una intriga superior. No hay cimientos sólidos en la perversidad.
Aquí es donde Machiavelo suelta la bomba analítica que ha hecho que muchos lo tachen de cínico, pero que es pura observación de la realidad. Él se pregunta: ¿Cómo es que tipos como Agátocles pudieron vivir tanto tiempo tranquilos después de tantas traiciones, mientras que otros no duran nada?.
Su respuesta es la teoría del buen o mal uso de la crueldad.
- Crueldades bien empleadas: Son aquellas que se aplican de una sola vez, por absoluta necesidad de asegurarse, y que luego no se repiten, sino que se transforman en beneficios para los súbditos.
- Crueldades mal empleadas: Son las que, siendo pocas al principio, van creciendo con el tiempo en lugar de extinguirse.
Hablemos de tu vida hoy. Imagina que entras a dirigir un equipo que es un caos, lleno de personas tóxicas que boicotean todo. Si sigues a Machiavelo, tendrías que hacer una reestructuración drástica, dolorosa, pero única. Despides a quien tienes que despedir, cambias las reglas de un plumazo y, a partir del día siguiente, empiezas a dar beneficios, seguridad y estabilidad. Las «heridas se curan pronto» si no se reabren cada día.
El error que cometen muchos líderes hoy es la «crueldad por goteo»: una amenaza hoy, un despido el mes que viene, un cambio de reglas el trimestre siguiente. Eso mantiene a la gente en un estado de terror constante, y Machiavelo advierte que quien hace esto tiene que estar siempre «con el cuchillo en la mano», porque nunca podrá confiar en sus súbditos.
Hay una regla de oro en el cierre de este capítulo que deberíamos imprimir y pegar en cada oficina: «Las ofensas deben infligirse de una sola vez… mientras que los beneficios deben proporcionarse poco a poco, a fin de que se saboreen mejor».
Piénsalo bien. Si vas a dar una noticia mala a tu pareja o a tu equipo, dala toda. No estires el sufrimiento. Pero si vas a dar alegrías, dosifícalas. Un aumento hoy, un reconocimiento público mañana, una tarde libre el mes que viene. La psicología humana, según Nicolás, aprecia la duración del bienestar y la brevedad del dolor.
Aquí es donde nos ponemos profundos tú y yo. ¿Es aceptable lo que dice? Desde una ética kantiana o cristiana, por supuesto que no. Pero Machiavelo no es un moralista, es un realista político. Él nos dice que en un mundo donde no todos son buenos, el que quiere ser bueno todo el tiempo va a la ruina.
Lo que él escribió tiene cabida hoy porque nos quita la ingenuidad. Nos sirve para identificar a los «Agátocles» que nos rodean. Nos sirve para entender que si tenemos que tomar una decisión difícil y dolorosa en nuestra empresa o vida personal, la debemos ejecutar con firmeza y de una vez, para poder dedicar el resto del tiempo a construir y a sanar.
El texto nos advierte que no debemos ser «usurpadores» por capricho, sino por necesidad, y que el fin último debe ser siempre el bienestar de los que lideramos. Porque si haces el bien «a la fuerza» cuando las cosas se ponen feas, nadie te lo agradecerá; pensarán que es por miedo.
Se nos enfrió un poco el café con tanta crudeza, ¿verdad?. Pero así es Machiavelo: un trago amargo que te despeja la vista.
En el próximo episodio, vamos a dejar atrás los crímenes para hablar de algo más «civilizado»: el Principado Civil. ¿Cómo se llega al poder cuando son tus propios conciudadanos los que te ponen ahí? ¿Es más fácil lidiar con el pueblo o con los nobles? Prepárate, porque ahí vamos a ver las raíces de la democracia y del liderazgo carismático moderno.
¿Te queda un hueco para otro café o dejamos que estas ideas reposen primero?.
Vick
Conversando con una Taza de Café
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