Ponte cómodo, amigo. Imagina que estamos sentados frente a frente, con una taza de café humeante entre las manos mientras el día comienza a apagarse lentamente. No quiero darte una clase de teología ni llenar estas líneas de conceptos complicados. Lo que me gustaría es que observáramos juntos algo que me ronda la cabeza desde hace tiempo: la enorme distancia que parece existir entre la fe de aquellos que nos precedieron y la forma en que muchas veces vivimos nuestra fe hoy.
A veces miro hacia atrás, leo las historias de hombres y mujeres que caminaron antes que nosotros, y luego observo el cristianismo contemporáneo. La diferencia es tan grande que no puedo evitar preguntarme si estamos leyendo el mismo libro o si, en algún momento, decidimos quedarnos únicamente con las páginas que nos resultaban cómodas.
La armadura de papel y el triunfalismo moderno
Nos encanta hablar de victoria. Entramos en nuestras reuniones proclamando que somos más que vencedores, declaramos conquistas espirituales y hablamos de la armadura de Dios con una convicción admirable. Sin embargo, cuando llegan los problemas reales, muchas veces descubrimos que nuestra armadura se parece más al cartón que al acero.
Nos ofendemos por una crítica, nos desanimamos por un comentario en redes sociales o nos sentimos profundamente heridos porque alguien no nos saludó con el entusiasmo que esperábamos. A veces basta una pequeña incomodidad para tambalear nuestra estabilidad emocional.
Lo curioso es que solemos llamar persecución a situaciones que nuestros hermanos de otras épocas habrían considerado simples molestias. Si mañana nos cortaran el acceso a internet por causa de nuestra fe, algunos pensarían que ha comenzado la gran tribulación. Mientras tanto, las Escrituras nos hablan de hombres y mujeres que caminaron por desiertos, vivieron en cavernas, sufrieron hambre, rechazo y violencia, y aun así permanecieron firmes.
Cuando la fe tenía filo
Piensa por un momento en los personajes que menciona la carta a los Hebreos. Gedeón, Barac, Sansón, David y tantos otros. Personas imperfectas, llenas de debilidades, pero capaces de confiar en Dios cuando las circunstancias parecían imposibles.
La Biblia dice que por fe conquistaron reinos, hicieron justicia y cerraron bocas de leones. Pero solemos detenernos allí y olvidar lo que viene después.
También nos dice que muchos fueron azotados, encarcelados, perseguidos y asesinados. Algunos fueron apedreados, otros murieron al filo de la espada y otros vagaron sin hogar, vestidos con pieles de animales. Y quizá lo más sorprendente es que muchos de ellos nunca vieron cumplidas en esta vida las promesas que esperaban.
Imagínate predicar eso en ciertos ambientes actuales. Imagina decirle a alguien que la fidelidad a Dios no garantiza riqueza, prestigio ni comodidad, sino que en ocasiones puede implicar sacrificio, pérdida o sufrimiento. No sería precisamente el mensaje más popular de la semana.
El negocio de la bendición
Y aquí llegamos a uno de los fenómenos más curiosos de nuestro tiempo. Sin darnos cuenta, hemos transformado la fe en una especie de transacción espiritual. Nos acercamos a Dios con listas detalladas de deseos y expectativas. Queremos que la fe nos ayude a conseguir un mejor empleo, una casa más grande, un automóvil nuevo o una vida más cómoda.
No estoy diciendo que Dios no bendiga materialmente a las personas. Lo hace. El problema aparece cuando convertimos esas bendiciones en el centro del mensaje. Parece que hemos olvidado que ser hijos de Dios implica mucho más que recibir beneficios. Nos encanta recordar que somos reyes y sacerdotes, aunque, si somos honestos, solemos sentir más entusiasmo por la idea de ser reyes que por la responsabilidad de ser sacerdotes.
La fe ya no siempre se presenta como una invitación a conocer más profundamente a Dios, sino como una herramienta para alcanzar nuestras metas personales.
Y entonces aparecen esas oraciones tan específicas que a veces rozan lo cómico: “Señor, quiero un automóvil de esta marca, de este color y en tal concesionario”. Lo curioso es que rara vez escuchamos oraciones igualmente apasionadas pidiendo sabiduría, humildad o un corazón más parecido al de Cristo.
Juntos, pero no necesariamente unidos
Cuando uno lee el libro de los Hechos encuentra una expresión que aparece repetidamente: estaban unánimes. No significa simplemente que estaban reunidos en el mismo lugar. Significa que compartían una misma visión, un mismo propósito y una misma preocupación por el bienestar de los demás.
Hoy, en cambio, muchas veces confundimos proximidad con unidad.
Podemos sentarnos en la misma congregación, cantar las mismas canciones y escuchar el mismo sermón, mientras cada uno sigue concentrado exclusivamente en sus propios intereses. Queremos nuestra bendición, nuestro milagro y nuestra solución personal. El problema del hermano suele parecernos importante mientras no interfiera con nuestros planes.
Decimos que somos un solo cuerpo, pero en ocasiones funcionamos más como individuos que coinciden temporalmente bajo el mismo techo.
La iglesia primitiva compartía recursos, cargas y responsabilidades. Nosotros, a veces, compartimos únicamente el espacio físico.
Nerón y nuestros pequeños martirios
Piensa por un momento en los tiempos de Nerón. Los historiadores relatan escenas difíciles de imaginar. Cristianos perseguidos, torturados y utilizados como espectáculo público. Personas que sabían perfectamente que seguir a Cristo podía costarles la vida.
Y aun así el cristianismo continuó creciendo. No creció porque ofreciera comodidad. Creció porque ofrecía esperanza. Porque quienes observaban la forma en que aquellos creyentes enfrentaban el sufrimiento descubrían algo que el Imperio Romano no podía ofrecer.
Ahora compara eso con nosotros. A veces sentimos que estamos soportando una gran prueba porque el servicio duró quince minutos más de lo previsto o porque el aire acondicionado dejó de funcionar. Nos cuesta permanecer atentos durante una reunión de dos horas, mientras aquellos hombres y mujeres arriesgaban todo por reunirse para orar.
No digo esto para avergonzarnos, sino para invitarnos a reflexionar. Quizá hemos confundido comodidad con madurez espiritual.
Discípulos o multitud
Hay una escena que siempre me parece reveladora. Jesús caminaba acompañado por sus discípulos y también por una multitud. Ambos grupos estaban cerca de Él, pero no por las mismas razones. Los discípulos lo seguían porque habían entendido quién era. La multitud, en cambio, muchas veces lo seguía por los milagros, por el pan o por los beneficios inmediatos que podía recibir.
Y aquí aparece una pregunta incómoda que cada uno debe responder en silencio. ¿Por qué seguimos a Cristo? ¿Lo buscamos por quien es Él o por aquello que esperamos recibir de Él? Porque esa diferencia termina definiendo toda nuestra vida espiritual. Cuando llegan los tiempos difíciles, la multitud suele dispersarse. Los discípulos también tienen dudas, tropiezan y se equivocan, pero permanecen.
Menos Mercedes, más convicción
Quizá estamos viviendo un tiempo en el que necesitamos volver a escuchar el mensaje completo de las Escrituras y no solamente aquellas partes que nos hacen sentir cómodos. Necesitamos menos obsesión por las bendiciones materiales y más hambre de conocer a Dios. Menos preocupación por el éxito visible y más interés por la fidelidad silenciosa. Menos discursos triunfalistas y más convicción profunda.
Porque cuando la vida realmente nos ponga a prueba, no serán los eslóganes religiosos los que nos sostendrán. Tampoco lo harán los automóviles, las cuentas bancarias ni las promesas de prosperidad. Lo que permanecerá será una fe auténtica, una de esas que no depende de las circunstancias para mantenerse firme.
Al final del día, amigo, la pregunta sigue siendo la misma: ¿queremos seguir siendo parte de la multitud que busca beneficios o queremos convertirnos en discípulos que buscan al Maestro? Quizá la respuesta empiece con algo tan sencillo como esta conversación y una taza de café. Y quizá también empiece cuando dejamos de perseguir tantos Mercedes espirituales y comenzamos a buscar, con la misma intensidad, al León de la tribu de Judá.
Porque la fe que transformó el mundo nunca nació en la comodidad. Nació en corazones convencidos de que Cristo valía más que cualquier otra cosa.
Por lo tanto, nos volvemos a encontrar una vez más Conversando con una Taza de Café.
Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com


















