Un solo mandamiento: El camino de creer y el desafío de amar

En el caminar cotidiano, a veces es necesario detenerse. Apagar un poco el ruido, servirse una taza de café y pensar en lo esencial. La vida nos golpea con circunstancias difíciles, pero aun en medio de ellas, Dios pone una paz que no siempre entendemos, pero que nos permite seguir adelante.

Hoy quiero invitarte a reflexionar sobre un versículo breve, pero profundo, que resume gran parte de nuestra fe. Se encuentra en 1 Juan 3:23 y dice así:

“Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado”.

En una sola frase, el apóstol Juan nos presenta dos pilares que definen lo que significa ser discípulo. No son sugerencias, no son opciones. Son un solo mandamiento con dos dimensiones inseparables: creer y amar.

1. ¿Qué significa realmente “creer”?

Si salimos a la calle y preguntamos cuántas personas creen en Dios, la mayoría responderá que sí. Pero en el contexto cristiano, creer no es solo aceptar una idea ni tener una emoción pasajera en un momento de oración.

Creer es el inicio de un caminar.

No se trata de repetir una oración y desaparecer, sino de entrar en un proceso de transformación que nos conduce a convertirnos en verdaderos discípulos de Jesucristo. Creer implica varias cosas profundas:

Conocimiento

No podemos decir que conocemos a alguien si no sabemos quién es, cómo vive o qué piensa. De la misma manera, no podemos decir que conocemos a Dios si no escudriñamos su Palabra. La fe no se sostiene solo con frases; se afirma con conocimiento.

Respuesta a Dios

Creer es responder a lo que Dios dice. Es escucharle y contestarle con nuestra vida. Esa respuesta se cultiva en la oración, en el estudio diario y en una relación constante, no ocasional.

Relación personal

La fe no se hereda ni se delega. Nadie puede estudiar la Biblia por ti, ni tener una conversación con Dios en tu lugar. Es una relación personal, íntima, entre tú y Él.
Aquí surge una pregunta necesaria:

¿Mi fe es una costumbre… o una relación viva?

2. El verdadero desafío: amarnos unos a otros

Si creer parece la parte más sencilla —porque es una decisión personal— el mandamiento de amarnos unos a otros es donde empieza el verdadero desafío.

En muchas congregaciones, ante la pregunta “¿cómo estás?”, la respuesta automática es: “bendecido”. Pero detrás de esa palabra muchas veces se esconde dolor, cansancio o soledad. Nos cuesta confiar, nos cuesta abrir el corazón, y así se vuelve difícil construir relaciones profundas.

Para cumplir este mandamiento del amor, primero debemos enfrentar aquello que históricamente ha dividido a la Iglesia.

La lucha por la preeminencia

En Mateo 20 vemos cómo la madre de los hijos de Zebedeo pidió puestos de honor para sus hijos. No es un relato lejano; es un reflejo constante del corazón humano.

Hoy la lucha no siempre es por sentarse a la derecha o a la izquierda, sino por el aplauso, el reconocimiento, la visibilidad. Cuando el ego entra en escena, la obra se paraliza. El deseo de sobresalir termina apagando el espíritu de servicio.

Juntos, pero no unánimes

No es lo mismo estar juntos que estar unánimes. Podemos compartir un mismo espacio físico y, aun así, caminar en direcciones distintas.

La unanimidad exige algo costoso: dejar de lado los intereses personales, renunciar a la envidia y al egoísmo, y levantar la obra del Señor con un mismo sentir. Sin eso, solo somos un grupo… no un cuerpo.

3. Un solo rebaño y un solo Pastor

La Escritura es clara: todos somos ovejas de su prado. No hay jerarquías basadas en el orgullo humano. No hay creyentes de primera y de segunda categoría. Somos parte de un mismo cuerpo.

El cuerpo y la cabeza

Así como una mano no se mueve si el cerebro no lo ordena, la Iglesia no puede actuar sin Cristo, que es la cabeza. Cuando cada parte quiere decidir por sí misma, el cuerpo deja de funcionar.

El llamado al servicio

No fuimos llamados para ocupar un lugar de honor, sino para servir. El trabajo para Dios no es para que nos miren a nosotros, sino para que el mundo vea al Señor reflejado en nuestras acciones.
Aquí vale la pena detenernos y preguntarnos:

¿Estoy buscando un lugar… o estoy dispuesto a servir?

Conclusión: buscad primero el Reino

Nuestro propósito final no es destacar, sino estar preparados para servir. Salomón lo entendió cuando no pidió riquezas ni poder, sino sabiduría para gobernar bien al pueblo que le había sido confiado.

Cuando decidimos ser simplemente ovejas guiadas por el único Pastor, los conflictos pierden fuerza y el amor comienza a florecer. Entonces nuestra oración deja de ser “Señor, dame” y se transforma en algo más profundo:

“Señor, aquí estoy para servirte”.

Para recordar

La Iglesia es como un cuerpo humano. Cada parte —mano, pie, oído— tiene una función distinta, pero todas son necesarias. Ninguna es superior a otra, y todas quedan inmóviles si no obedecen las señales que envía la cabeza.

Y la cabeza… es Cristo.
La pregunta queda sobre la mesa, mientras el café se enfría lentamente:

¿Estamos cumpliendo el mandamiento completo… o solo la parte que nos resulta más cómoda?

Vick
Conversando con una taza de café
Vick-yoopino
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Los dones y los ministerios

Equipados para servir

Cuando conversamos sobre la vida cristiana, hay un tema que suele despertar curiosidad, confusión e incluso rivalidades: los dones y los ministerios. Sin embargo, la Biblia los presenta con una claridad que muchas veces pasamos por alto.

En la Primera Epístola a los Corintios, capítulo 12, el apóstol Pablo nos recuerda algo esencial: hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo; hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; y hay diversidad de operaciones, pero es Dios quien hace todas las cosas en todos.

Esta distinción no es menor. El Espíritu Santo reparte los dones, el Señor establece los ministerios, y Dios opera el resultado. Nada nace del capricho humano ni del deseo de destacar. Todo tiene un origen, un propósito y un orden.

Los dones: capacidades para servir

La Escritura menciona distintos dones que el Espíritu otorga según su voluntad. No como trofeos espirituales, sino como herramientas para edificar.

La palabra de sabiduría es la capacidad de aconsejar y dirigir con discernimiento. No todos los líderes saben cuándo hablar y cuándo callar; la sabiduría enseña ambas cosas.

La palabra de ciencia está relacionada con la comprensión profunda de la revelación ya escrita. No es información nueva, sino entendimiento de lo que Dios ya dijo.

El don de fe no es la fe cotidiana que todos ejercemos, sino una confianza extraordinaria en que Dios tiene el control incluso cuando todo parece ir en contra.

Las sanidades y los milagros existen y son reales, pero siempre deben ser examinados con cuidado, sin caer en el sensacionalismo ni en la exageración.

La profecía, según la Palabra, no es espectáculo ni adivinación; su propósito es edificar, exhortar y consolar a la iglesia.

El discernimiento de espíritus se vuelve imprescindible en tiempos donde abundan voces, títulos y “revelaciones”. Este don permite distinguir lo verdadero de lo falso.

Y sobre los dones de lenguas y su interpretación, mucho se habla del primero y muy poco del segundo. Un lenguaje sin interpretación no edifica. Repetir frases sin entendimiento, muchas veces por presión o temor, no cumple el propósito bíblico.

El verdadero propósito: servir, no exhibirse

Los dones no fueron dados para uso personal ni para alimentar el ego espiritual. Fueron entregados para servir al cuerpo. La sabiduría ayuda a resolver conflictos. La enseñanza forma a otros. La fe impulsa a confiar cuando ya no hay fuerzas.

Tener un don no nos hace superiores; nos hace responsables. El don no es una medalla, es una carga de servicio. Cantar, enseñar, predicar o liderar no es motivo de jactancia, sino de entrega. Cuando el don se convierte en motivo de orgullo, deja de edificar.

Los ministerios: un llamado, no un título

En Efesios 4, Pablo nos recuerda que fue Jesucristo mismo quien constituyó a unos como apóstoles, a otros como profetas, evangelistas, pastores y maestros. El objetivo no es jerarquía ni prestigio, sino uno muy claro: perfeccionar a los santos para la obra del ministerio.

Hoy vemos con preocupación cómo se ofrecen cursos exprés para “graduarse” de apóstol o profeta, previo pago y certificado incluido. Pero los ministerios no se compran ni se aceleran. Ni siquiera porque fuiste al Instituto. Son un llamado de Dios y un caminar diario con Cristo.

El evangelista anuncia las buenas nuevas a quienes no conocen a Dios. Y como hispanos, tenemos un campo enorme entre nuestra propia gente.

El pastor necesita carácter, paciencia y amor genuino. Su tarea no es dominar al rebaño, sino cuidarlo, sanarlo y alimentarlo con la Palabra.

El maestro debe ser un estudiante incansable. No se conforma con lo básico; lee, estudia, compara, profundiza. Enseña no desde la improvisación, sino desde la preparación.

Perfeccionar a los santos

La función de estos ministerios es llevar a la iglesia a la madurez. No a una fe infantil sostenida solo con emociones, sino a una fe firme, con fundamento.

No se trata de métodos humanos que prometen crecimiento rápido sin raíz. La estrategia sigue siendo la misma que Dios estableció desde el principio: predicar la verdad, y el Señor se encarga de añadir a los que han de ser salvos.

Una imagen para recordar

Podemos imaginar a la iglesia como un equipo de rescate. Cada miembro lleva una herramienta distinta: uno la linterna, otro la cuerda, otro los primeros auxilios. Ninguno guarda su herramienta para admirarla; la lleva para usarla cuando la vida de otro lo necesita.

Así son los dones y los ministerios: no para exhibirse, sino para salvar, edificar y servir.

Para terminar

Necesitamos recuperar el lugar de la iglesia como espacio de sana doctrina y servicio genuino. La unidad de la fe se construye cuando todos buscamos conocer al Hijo de Dios, no para beneficio personal, sino para reflejar Su amor en un mundo que lo necesita urgentemente.

La pregunta queda abierta, como siempre, mientras el café se enfría un poco:

¿estamos usando lo que Dios nos dio… o solo nos estamos mostrando?

Vick
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«Tupac Yupanqui, El Resplandeciente»

Reseña de la Serie de dos libros: «Tupac Yupanqui, El Resplandeciente» de José Antonio del Busto Duthurburu

«Tupac Yupanqui, El Resplandeciente» es una obra maestra que narra la vida y hazañas de Túpac Yupanqui, uno de los incas más destacados de la historia peruana. La obra, dividida en dos tomos, «El Conquistador» y «El Gobernante», es un estudio exhaustivo y detallado de la vida y el legado de Túpac Yupanqui.

Tomo I: El Conquistador

El primer tomo, «El Conquistador», se centra en la vida de Túpac Yupanqui desde su nacimiento hasta su ascenso al trono inca. La obra describe su infancia, su educación, su participación en las campañas militares de su padre, Pachacuti, y su conquista de nuevos territorios. Del Busto Duthurburu narra con detalle la expansión del Imperio Inca bajo el liderazgo de Túpac Yupanqui, destacando su habilidad militar y su capacidad para unificar a los pueblos conquistados.

Tomo II: El Gobernante

El segundo tomo, «El Gobernante», se centra en la vida de Túpac Yupanqui como gobernante del Imperio Inca. La obra describe su política de gobierno, su administración, su economía y su relación con los pueblos conquistados. Del Busto Duthurburu analiza la personalidad de Túpac Yupanqui, destacando su sabiduría, su justicia y su capacidad para mantener la unidad del imperio.

Aspectos Destacados

– Investigación rigurosa: La obra se basa en una minuciosa selección de fuentes históricas, lo que garantiza la veracidad y precisión de los hechos narrados.

– Narrativa apasionante: Del Busto Duthurburu logra transmitir la pasión y la emoción de la conquista y la expansión del Imperio Inca.

– Análisis profundo: La obra ofrece un análisis profundo de la personalidad y el liderazgo de Túpac Yupanqui, lo que permite al lector comprender mejor su importancia en la historia peruana.

– Estilo literario: El estilo literario de Del Busto Duthurburu es claro, conciso y elegante, lo que hace que la lectura sea amena y placentera.

Recomendación

«Tupac Yupanqui, El Resplandeciente» es una obra imprescindible para cualquier persona interesada en la historia del Perú y la cultura inca. La investigación rigurosa, la narrativa apasionante y el análisis profundo hacen de esta obra una lectura obligatoria para historiadores, estudiantes y cualquier persona que desee conocer más sobre la vida y el legado de Túpac Yupanqui.

La obra es una contribución valiosa a la historiografía peruana y un ejemplo de la excelencia en la investigación y la narrativa histórica.

Vick
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Después serás una anécdota

El día que te vayas, aunque ahora cueste creerlo, la vida de los demás seguirá igual.
Habrá un funeral. Algunos rostros serios.
Palabras que se repiten como fórmulas gastadas.
Abrazos torpes. Silencios que no saben qué decir.

Unos días después, todo se acomoda. El trabajo continúa.
Las conversaciones vuelven a lo trivial.
El mundo no se detiene por nadie.
Poco a poco, tu nombre aparecerá solo de vez en cuando.
Alguien recordará algo que dijiste. Alguna torpeza tuya hará reír a la mesa.
Luego, quizá, un reproche. Un recuerdo incómodo.

Y después… nada.
Una lápida.
Una urna.
Un objeto que nadie sabe dónde poner.

Tus cosas se repartirán o se amontonarán en algún rincón. Fotos que ya nadie mira con atención.
Ropa que deja de oler a ti. Papeles que ya no importan.

El tiempo hace su trabajo sin pedir permiso.
Y tú quedas reducido a un par de imágenes borrosas
y a una historia contada cada vez peor.
La vida sigue.

Y entonces aparece la pregunta, esa que no te deja dormir, cuando el ruido se apaga y solo quedas tú con tus pensamientos.
Tú, que aún caminas en esta procesión inevitable hacia el campo santo,
¿vas a vivir para quienes, una semana después, ya no te recuerden?

¿O vas a vivir haciendo aquello que, al menos, te hace sentir vivo?

Porque la verdad es incómoda, pero clara:
los recuerdos familiares duran menos que nuestro primer coito.

Se diluyen. Se deforman. Se olvidan. Después serás una anécdota.
Nada más.

Así que vive.
No pidas permiso.
No postergues por miedo.
No negocies tu alegría para encajar.

Vive.
Haz lo que te haga feliz.
Porque cuando ya no estés,
nadie vendrá a reclamarte
lo que no hiciste.

Vick
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¿Somos realmente discípulos?

Una reflexión sobre nuestro llamado

Buenas noches.

Como cada miércoles, nos sentamos a conversar con una taza de café en la mano, sin prisa y sin ruido, dejando que las preguntas importantes aparezcan solas.

La de hoy no es nueva, pero sigue siendo incómoda:
¿somos realmente discípulos de Jesucristo?
Usamos con facilidad palabras como cristianos o creyentes, pero el mandato bíblico va más allá de un nombre o una afiliación. Jesús nunca habló de formar simpatizantes ni asistentes ocasionales. Habló de discípulos.

El mandato que no admite atajos

En el Evangelio de Mateo, Jesús comienza con una declaración contundente:
“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”
Desde esa autoridad, da una orden clara:
“Id y haced discípulos a todas las naciones.”

No dijo “haced creyentes”, ni “llenad lugares”, ni “sumad seguidores”. Dijo haced discípulos: personas bautizadas, instruidas y dispuestas a guardar todo lo que Él mandó.
Y junto a ese mandato hay una promesa que solemos repetir mucho:
“Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”

Pero pocas veces recordamos que esta promesa camina junto a la obediencia. Dios está con nosotros en la medida en que asumimos la tarea de enseñar, aprender y vivir Su Palabra. No como espectadores, sino como participantes.

El arrepentimiento: un paso que hemos debilitado

En algunos lugares del mundo, a los nuevos creyentes se les llama simplemente los arrepentidos. No como un título menor, sino como una descripción profunda. Porque antes de seguir, primero reconocen que algo debe cambiar.

En cambio, en muchas iglesias occidentales, el énfasis se ha reducido a una oración rápida, sin proceso ni transformación. Y surge una pregunta honesta:
Si no hay un quiebre con el ayer, ¿cómo sabremos hacia dónde caminar mañana?
El arrepentimiento no es culpa constante, es cambio de dirección. Sin ese punto de partida, es difícil que alguien se convierta en discípulo, alguien que aprende, camina y se deja formar por el Maestro.

El discipulado siempre se reproduce

Un discípulo no es solo quien aprende, sino quien reproduce lo aprendido. Jesús invirtió tres años y medio formando a doce hombres. No concentró Su esfuerzo en las multitudes, sino en aquellos que se quedarían cuando Él ya no estuviera.
Ese mismo patrón lo vemos en Pablo con Timoteo y Tito, a quienes llamó hijos en la fe. Pablo se reprodujo en ellos para que la obra continuara.
Y aquí la pregunta vuelve a nosotros, sin acusar:

¿A quién estamos formando hoy?

¿Estamos levantando “Timoteos”, o estamos guardando todo por temor, comodidad o falta de preparación?

El sistema que nos absorbe

En muchos contextos de necesidad, la dependencia de Dios es diaria y real. Pero cuando el sistema se vuelve más estable, el trabajo, las metas y el deseo de “tener más” comienzan a ocupar todo el espacio.
El discipulado queda relegado a un servicio dominical breve. Pero el discipulado no se construye en treinta minutos. Se construye en convivencia, en tiempo compartido, en observar cómo vive el otro.
Los discípulos de Jesús no le pidieron aprender a hacer milagros. Le dijeron algo más profundo:

“Enséñanos a orar.”

Entendieron que ahí estaba la raíz.

Discernir la voz del Maestro

Ser discípulo implica conocer la Palabra. No leerla por compromiso, sino amarla, estudiarla y dejarse confrontar por ella.
Jesús dijo:
“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen.”
Si no conocemos la Escritura, seguiremos cualquier voz fuerte, cualquier discurso bien armado, cualquier “iluminado” que aparezca. El conocimiento no es orgullo; es protección.

Un solo rebaño, un solo Pastor

No existen rebaños fragmentados por denominaciones o nombres humanos. Existe un solo rebaño y un solo Pastor: Jesucristo.
A veces levantamos muros por orgullo o miedo, olvidando que todos fuimos rescatados alguna vez. Hay una vieja historia de náufragos que, tras ser salvados, construyeron un faro hermoso. Con el tiempo, no querían dejar entrar a otros para no ensuciarlo. Olvidaron que ellos también estuvieron perdidos.
El discipulado no crea clubes exclusivos; crea familia.

Nuestra responsabilidad

Un día rendiremos cuentas. No por lo que poseímos, sino por lo que sembramos. No por los bienes acumulados, sino por las vidas que tocamos.
Por eso vale la pena prepararse, estudiar, leer, profundizar en la Biblia y buscar a alguien a quien enseñar lo aprendido. No para exhibirse, sino para servir.
El discipulado no es una opción para unos pocos.
Es el llamado de todo aquel que decide seguir a Cristo.
Y mientras el café se termina, queda la invitación, sencilla y directa:

¿estamos solo creyendo…
o estamos aprendiendo a ser discípulos?

Vick
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2025 – El año en que no me rendí

Hubo un año en que no pedí aplausos ni multitudes.
No pedí que el mundo me mirara.
Solo pedí no traicionarme.


Sabía que el camino sería lento.
Que nadie vendría a decirme que iba bien.
Que habría días en que el optimismo se escondería
y el cansancio se sentaría a mi lado como un viejo conocido.

Ese año entendí algo importante:
no estaba construyendo para el ruido,
sino para la permanencia.

No medí mi avance por números,

sino por constancia.
No por victorias espectaculares,
sino por no abandonar cuando el peso era mayor.

Aprendí que terminar es más valioso que empezar,
y que cerrar bien una historia
es un acto de respeto hacia uno mismo.

Hubo semanas en que quise bajar los brazos.
Momentos en que dudé si valía la pena seguir hablando,
escribiendo, grabando, recordando.
Pero seguí.
No por fuerza, sino por fidelidad.

Seguí porque este camino habla de lo que soy.
Porque no vine a agradar,
vine a decir lo que pesa, lo que duele, lo que permanece.
Porque no todo lo valioso es rápido
ni todo lo verdadero es popular.

Al final del año, quizá pocos lo notaron.
Pero yo sí.

Pude decir, sin mentirme:
no me rendí.
no me traicioné.
no me vacié para encajar.

Y eso —aunque nadie lo celebre—
es una victoria real.

Este es el motivo por el que sigo.
No para llegar primero,
sino para llegar entero.

Vick
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Sentándose, vinieron a Él

La diferencia entre la multitud y el discípulo

En nuestro caminar espiritual, tarde o temprano aparece una pregunta incómoda. No surge en medio del ruido, sino cuando uno se sienta, cuando el café ya no quema y el silencio empieza a decir cosas. Es una pregunta sencilla, pero profunda:

¿Hasta dónde llega realmente nuestra fe?

El tema de hoy podría resumirse así: “Sentándose, vinieron a Él”. Una frase breve que encierra una gran diferencia. No todos los que siguen a Jesús lo hacen por las mismas razones. Y quizá ahí encontremos la respuesta a otra pregunta que muchos se hacen, pero pocos se atreven a sostener.

¿Por qué no suceden cosas mayores?

En el Evangelio de Juan, Jesús dice algo que siempre nos confronta:
“De cierto, de cierto os digo: el que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre.” (Juan 14:12)
Leemos esto y, casi sin querer, nos preguntamos:

¿Por qué no vemos hoy esas obras mayores como Él las describió?

No se trata de negar que Dios siga obrando. Vemos sanidades, respuestas, pequeños milagros cotidianos. Pero si somos honestos, muchas veces parecen lejanos a lo que Jesús hacía cuando caminaba entre la gente. Y la pregunta no apunta a la capacidad de Dios, sino a algo más cercano: nuestra disposición.

La multitud frente a los discípulos

Para entenderlo, basta mirar un detalle que a veces pasamos por alto. En los evangelios se repite una escena: Jesús sana, libera, responde, y la multitud lo sigue. Pero hay un momento clave que marca una separación.

Mateo lo describe así:

“Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a Él sus discípulos.”
La multitud estaba allí. Los milagros también. Pero cuando Jesús se sienta para enseñar, no todos se acercan. Solo lo hacen los discípulos.

La multitud busca el pan, el pescado, la solución inmediata. El discípulo busca al Maestro. La multitud quiere el resultado; el discípulo quiere la relación. Por eso Jesús se aparta, sube al monte y se sienta. No para alejarse, sino para enseñar a quienes realmente desean aprender.

Hoy ocurre algo parecido. Las iglesias se llenan cuando se promete un milagro, una prosperidad rápida, una respuesta urgente. Pero cuando se trata de sentarse a escuchar, estudiar y aprender, el lugar se vacía un poco. Y ahí aparece la diferencia.

Pobres de espíritu: una puerta estrecha

La primera bienaventuranza no es casual:
“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.”
Ser pobre de espíritu no es falsa humildad. Es reconocer que, sin Dios, no sabemos entrar ni salir. Que necesitamos dirección, corrección y enseñanza.
Salomón entendió esto cuando Dios le ofreció pedir lo que quisiera. No pidió riquezas ni larga vida. Dijo algo que revela su corazón:

“Soy joven, no sé cómo gobernar… dame sabiduría.”

Se reconoció siervo. Y esa actitud agradó a Dios. No solo recibió sabiduría, sino también aquello que no había pedido. Porque cuando el orden es correcto, lo demás viene por añadidura.

El costo de ser discípulo

Quizá no vemos obras mayores porque preferimos ser multitud antes que discípulos. Ser discípulo implica cosas que no siempre gustan:

– Humillarse y reconocer que dependemos totalmente de Dios.
– Guardar Sus caminos y no los nuestros.
– Sentarse a aprender, aunque la Palabra confronte.
– Aceptar que no somos dueños del mensaje, sino siervos de Él.

La Palabra no admite añadiduras nacidas del orgullo. No se adapta al gusto personal. Se recibe, se estudia y se vive.

Una pregunta que queda abierta

El reino de los cielos pertenece a quienes saben que se pierden sin el Maestro. A quienes dejan de buscar solo el milagro y se acercan a Sus pies para aprender.

Ser discípulo no es fácil. Exige renunciar a intereses propios y aceptar un camino que no siempre es cómodo. Pero es el único que lleva a una fe madura, profunda y verdadera.

Y mientras termino este café, la pregunta queda flotando, sin prisa, sin respuesta inmediata:

¿Soy parte de la multitud que busca el milagro…
o un discípulo que se sienta a aprender?

Vick
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Mijaíl Shólojov (1905-1984)

En una de mis caminatas, entre librerías y calles oscuras, encontré un nuevo escritor, por lo que comenzamos a averiguar algo más de:

Mijaíl Shólojov fue un escritor ruso ganador del Premio Nobel de Literatura en 1965. Nació el 24 de mayo de 1905 en el pueblo de Kruzhilín, en la región de Rostov, Rusia, en una familia de campesinos cosacos. Su infancia y juventud estuvieron marcadas por la pobreza y la lucha por la supervivencia, lo que más tarde influiría en su obra literaria.

Shólojov se unió al Partido Comunista en 1932 y se convirtió en uno de los escritores más destacados de la Unión Soviética. Durante la Segunda Guerra Mundial, trabajó como corresponsal de guerra y escribió artículos y ensayos sobre la lucha contra el nazismo. Su experiencia en la guerra y su compromiso con la ideología comunista se reflejan en su obra, que a menudo explora temas como la lucha de clases, la revolución y la construcción del socialismo.

A lo largo de su carrera, Shólojov recibió numerosos premios y reconocimientos, incluyendo el Premio Nobel de Literatura en 1965, el Premio Lenin en 1960 y el Premio Stalin en 1941. Murió el 21 de febrero de 1984 en Vióshenskaya, Rusia, a los 78 años.

Reseña de «El Don apacible»

«El Don apacible» es una novela monumental que te sumerge en la vida de los cosacos del Don durante la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa. La novela sigue la vida de Grigori Mélejov, un cosaco que se ve envuelto en la turbulencia de la guerra y la revolución. A través de la historia de Grigori, Shólojov explora temas como la lealtad, el amor, la guerra y la búsqueda de la identidad.

La prosa de Shólojov es poderosa y emotiva, y su descripción de la vida en el Don es vívida y auténtica. La novela es un fresco de la vida rural rusa, con sus tradiciones, costumbres y paisajes. Shólojov describe la vida de los cosacos con un realismo crudo y sin sentimentalismo, lo que da a la novela una sensación de autenticidad y veracidad.

La estructura de la novela es épica, con una narrativa que abarca varios años y sigue a Grigori a través de la guerra, la revolución y la lucha por la supervivencia. La novela es un viaje emocional y psicológico, que explora las complejidades de la naturaleza humana y la lucha por encontrar sentido en un mundo en caos.

Uno de los aspectos más destacados de la novela es la caracterización de Grigori Mélejov, un personaje complejo y multifacético que se debate entre la lealtad a su familia y su tierra, y su deseo de encontrar su propio camino en el mundo. Grigori es un personaje con defectos y virtudes, que comete errores y aprende de ellos, lo que lo hace creíble y humano.

«El Don apacible» es una novela que te deja con una sensación de asombro y admiración por la habilidad de Shólojov para crear un mundo tan vívido y real. Es una obra maestra de la literatura rusa, que explora temas universales como la guerra, la paz, el amor y la búsqueda de la identidad.

Su obra es una ventana a la historia y la cultura rusa, y «El Don apacible» es una de las novelas más importantes del siglo XX. Te recomiendo explorar más de su obra, como «Campos roturados» o «Siete cuentos del Don».

Vick
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¿Simpatizantes o discípulos?

A veces, mientras converso con una taza de café, me hago una pregunta que no incomoda al principio, pero que no se va fácil después:

¿Por qué sigo a Jesús?

No es una pregunta teológica.
Es personal.
Vivimos tiempos en los que desde muchos púlpitos se repite lo mismo: que Dios tiene el control, que Dios va a bendecir, que Dios va a proveer, que Dios nos va a sacar adelante. Y sí, todo eso es cierto. Lo sabemos. Lo hemos escuchado una y otra vez.

Pero el café se enfría cuando la pregunta es otra:

¿Lo seguimos por eso… o por quien Él es?

Porque seguir a alguien solo mientras todo resulta cómodo no es seguir; es acompañar de lejos. Y cuando el seguimiento empieza a pedir algo más —tiempo, estudio, compromiso, renuncia— muchos descubren que no estaban tan interesados como pensaban.

En el Evangelio de Juan hay una escena que siempre me deja pensando. Después de escuchar palabras difíciles, no dirigidas a la multitud sino a quienes ya caminaban con Él, el texto dice algo seco, sin adornos:

“Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con Él.”
No se fueron extraños.
Se fueron discípulos.
Dijeron, sin decirlo: “Esto se complicó. Yo pensé que esto era solo bendición tras bendición.”
Y se retiraron en silencio, como quien no quiere que lo noten.

Eso me obliga a preguntarme:

¿Qué esperaba yo cuando decidí seguirlo?

Hay gente que ama escuchar testimonios, pero casi todos suenan igual: que me sanó, que me dio trabajo, que me protegió, que me permitió comprar mi casa, mi iPhone. No digo que eso esté mal. Pero cuando la relación se reduce a pedir, deja de ser relación.

Si la única razón para arrodillarnos es cubrir necesidades, quizás no estamos buscando a Jesús, sino una versión espiritual de la lámpara maravillosa.

En Marcos se hace una distinción que suele pasarnos desapercibida. El texto habla de Jesús, de sus discípulos y de una gran multitud. No los mezcla. Los separa. Porque no todos los que caminan cerca son discípulos. Algunos solo están ahí por lo que pueden recibir.

La multitud busca resultados.
El discípulo busca relación.
Y esa diferencia se nota cuando el pan se acaba.

En Juan 6, después del milagro de los panes y los peces, la gente cruza el mar buscando a Jesús. No por las señales, sino porque habían comido y se habían saciado. Y Jesús, sin rodeos, les dice la verdad: “Me buscáis no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan.”

Eso duele, porque nos incluye.
¿Cuántas veces lo buscamos solo cuando necesitamos algo?
¿Cuántas veces dejamos de buscarlo cuando la Palabra empieza a confrontar y no a consentir?

Seguir a Jesús por lo que da, es fácil.

Seguirlo por lo que es, no tanto.

La relación pide tiempo. Pide estudio. Pide permanecer incluso cuando no hay milagro inmediato. Pide sentarse a escuchar cuando la Palabra no acaricia, sino que corrige.

Buscar primero el Reino no es una frase bonita. Es una decisión diaria. Significa que lo material deja de ser el centro. Que la prioridad no es el carro, la casa o el éxito, sino la relación. Y curiosamente, cuando eso se ordena, muchas cosas encuentran su lugar.

He visto personas con cheques pequeños, con semanas difíciles, dar gracias antes de saber cómo terminarían el mes. No porque fueran ingenuas, sino porque habían decidido una prioridad. Y esa prioridad sostuvo todo lo demás.

Podemos llenar iglesias, auditorios y estadios. Pero llenar un lugar no significa formar discípulos. El discípulo no es el que aplaude más fuerte, ni que salta ni brinca, sino el que está dispuesto a aprender, a ir, a levantarse cuando cae, a decir “heme aquí” sin garantías.

La Palabra no siempre es fácil. A veces es dura. A veces incomoda. Pero también es un gozo cuando uno decide no quedarse en la superficie.
Por eso la pregunta vuelve, tranquila pero insistente, mientras el café se termina:

¿Soy discípulo… o solo simpatizante?

¿Busco a Jesús por quien Él es, o solo por lo que puede darme?
No es una pregunta para responder en público.
Es una pregunta para responder a solas.

Y quizás ahí, en esa honestidad silenciosa, empiece de verdad el discipulado.

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Guía de Año Nuevo para Optimistas Cínicos

Pasó la Navidad. Se terminó el recalentado —esa metáfora culinaria de revivir lo ya consumido— y los regalos revelaron su verdadera naturaleza: objetos que ocuparán un estante hasta convertirse en polvo y promesa incumplida. Papá Noel, ese cómplice burgués del consumismo, ha vuelto prudentemente a su Polo Norte ficticio, a descansar de su papel de anciano trepador de balcones. El arbolito, despojado de su fugaz gloria, cumple ahora su destino verdadero y humilde: ser el rascador preferido del gato. La ironía es perfecta: lo que fue símbolo de vida y luz, ahora sirve para afilar las uñas de un felino indiferente.

Hoy, en el gran teatro de las supersticiones, los calzones amarillos son el producto más codiciado. Hay una lógica perversa en ello: entre más pequeño el tamaño, más suerte promete. Como si la fortuna premiara la incomodidad y la fe cupiera en una talla extra-small. Salgo al mercado, entre el gentío, a comprar las doce uvas. Las sostengo con una esperanza que se repite, cíclica y vergonzante: la de que este año, por fin, sea mejor. Mis propósitos son los mismos de siempre —los del año pasado y el antepasado—, escritos con tinta invisible en un contrato que solo yo firmo y solo yo incumplo. Pero la esperanza es ese músculo que nunca se atrofia del todo, aunque solo sirva para cargar bolsas de fruta simbólica.

Llegará el nuevo año y, con él, la gran tradición nacional: las elecciones. Nos prepararemos para el solemne ritual de elegir a los nuevos ladrones —perdón, quise decir al Presidente y a los honorables congresistas; ¿acaso no es lo mismo?—. Depositaré mi voto con la mano temblorosa del que compra un billete de lotería, sabiendo que el premio mayor probablemente ya está arreglado. Mientras tanto, nosotros, los ilusos profesionales, seguiremos aferrados a los ideales. Libraremos la batalla cultural desde el sillón, creyendo que un meme bien puesto puede más que una mordida. Soñaremos con hacer realidad algunos proyectos, aunque el principal sueño —aquél de creer que todo podría cambiar de verdad— ya se perdió en algún diciembre anterior, entre uvas atragantadas y discursos de unidad.

Así que brindemos. Con uvas, con Inka Kola, con lo que haya. Porque el verdadero propósito de Año Nuevo no es cambiar, sino sobrevivir con elegancia al desplome de nuestras propias expectativas. Y tener, al menos, un calzón amarillo de recambio, en el bolsillo, por eso de no encontrar luego del que le quitaste —talla pequeña, por si acaso la suerte decide ser literal—.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
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