Episodio 17: La «Revolución» Militar. El espejismo de la mano dura

Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»

Toma otro sorbo de café, porque ahora vamos a ver cómo una dictadura se disfraza de «moralizadora». El 3 de octubre de 1968, los tanques de Velasco Alvarado rodearon el Palacio, pero su primera misión fue ocupar el Congreso para confiscar y desaparecer toda la documentación de la comisión que investigaba el contrabando militar.

La «revolución» de Velasco se presentó como el fin de la «oligarquía corrupta», pero Quiroz nos revela que lo que realmente ocurrió fue una centralización brutal del poder que eliminó todos los contrapesos. Los militares tomaron el control de la justicia con decretos inconstitucionales que permitían al Ejecutivo nombrar a los jueces, destruyendo cualquier apariencia de imperio de la ley.

En este periodo aparece un personaje que luego sería nefasto: Vladimiro Montesinos. Siendo apenas un joven oficial, ya actuaba como espía de la CIA mientras trabajaba para generales izquierdistas, demostrando que la red de espionaje y desinformación era el nuevo lubricante del sistema. Pero más allá del espionaje, la corrupción se mudó a las nuevas empresas estatales.

¿Te acuerdas de EPSA y Pescaperú? Quiroz documenta cómo estas empresas, en lugar de servir al pueblo, se convirtieron en el botín de los militares en el poder. En EPSA hubo malversaciones monumentales en la venta de alimentos, afectando la comida de los más pobres. En Pescaperú, el general Tantaleán Vanini manejaba los fondos como si fueran su chequera personal, gastando en lujos y viajes en jet privados mientras la industria colapsaba por la ineficiencia.

Lo más irónico es que, bajo la excusa de la soberanía, el país se endeudó como nunca para financiar estas empresas ineficientes y compras de armas soviéticas que nadie supervisaba. La censura total de la prensa en 1974 terminó de cegar al público: ya no había periodistas que denunciaran los robos de los generales.

Velasco fue reemplazado por Morales Bermúdez en 1975 en un contexto de quiebra económica, pero el patrón no cambió: se persiguió a los «velasquistas» no por honestidad, sino por lucha de facciones, y se preparó una transición donde la corrupción se adaptaría a nuevas formas, como el narcotráfico que ya asomaba su cabeza en la selva.

¿Te das cuenta de la tragedia? Se destruyeron las instituciones democráticas bajo la promesa de limpiar el país, pero lo que nos dejaron fue un Estado elefantiásico, un Poder Judicial arrodillado y una deuda externa asfixiante.

Termina tu café, porque en la próxima charla hablaremos de cómo la democracia volvió en los 80 solo para encontrarse con una hiperinflación y un terrorismo que sirvieron de cortina de humo para que la corrupción llegara a niveles de película. ¡Nos vemos en el próximo episodio!

Vick
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Episodio 16: Promesas Rotas y Contrabando. El primer gobierno de Belaunde

Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»

Ponte cómodo. Estamos en 1963 y Fernando Belaunde Terry asume la presidencia con una imagen de integridad absoluta. Se sentía un aire de renovación, de reformas estructurales y de modernización tecnocrática. Sin embargo, Belaunde cargaba con un pecado original: su elección fue posible gracias al respaldo del alto mando militar, lo que lo obligó a una actitud acomodaticia hacia ellos, permitiéndoles autonomía total e incluso compras de armamento carísimas como los aviones Mirage franceses, a pesar de que el país no tenía recursos.

Lo que Quiroz nos muestra es que, tras bambalinas, la maquinaria de la «grava» seguía funcionando. Belaunde se rodeó de un círculo íntimo conocido como los «carlistas», amigos y parientes que parecían más interesados en sus negocios privados que en el servicio público. Pero el verdadero detonante de su caída no fue solo la crisis económica, sino el escándalo del contrabando.

Imagina abrir el periódico en 1968 y leer sobre el aterrizaje clandestino de aviones de carga en pistas del desierto, descargando mercadería ilegal con la complicidad de autoridades. Fue tan grave que se formó una comisión en el Congreso liderada por Héctor Vargas Haya. Lo que encontraron fue una red masiva que implicaba a oficiales de la Marina que usaban naves de guerra, como el BAP Callao y el BAP Chimbote, para traer mercadería sin pagar impuestos destinados a sus propios bazares militares, pero que terminaban en manos de civiles.

Aquí viene lo indignante: Quiroz calcula que este contrabando le costó al Perú cerca del 15% de todos sus ingresos anuales. Cuando la investigación empezó a apuntar a los más altos mandos del Ejército, incluyendo al general Juan Velasco Alvarado, los militares presionaron para enterrar el caso. Un pacto político entre el APRA y los militares intentó echarle tierra al asunto, pero ya era tarde para la moral pública.

Al final, apareció la famosa «página once» del contrato con la International Petroleum Company (IPC). Hoy sabemos que fue más un pretexto mediático que un robo real, pero en el clima de desconfianza generado por el contrabando, se convirtió en el arma perfecta para que los militares dieran el golpe de Estado. Belaunde, el presidente honesto, cayó víctima de la red de «amigos» y de una corrupción institucionalizada que no supo o no pudo frenar.

Nos volveremos a encontrar en el próximo episodio, el café estará servido.

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Episodio 15: El Ochenio de Odría. La «recompensa» militar y el control electoral

Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»

Termina ese café y pide otro, porque ahora entramos al Ochenio de Manuel Odría (1948-1956), una época donde la corrupción se vistió de uniforme y cemento. Odría llegó con un golpe de Estado contra Bustamante y Rivero, quien era un hombre honesto pero que no pudo contra la marea de intereses creados.

Quiroz define el régimen de Odría como una dictadura donde la «recompensa militar» fue la prioridad. Para mantener a los generales contentos y evitar golpes, Odría subió los salarios militares en un 25% y aumentó el presupuesto de defensa casi en un 50% en un solo año. Pero el gran negocio estaba en las compras de armas y equipos en el extranjero. Los oficiales viajaban a Washington a negociar submarinos y aviones, trayendo de vuelta jugosas «comisiones» ilegales.

En Lima, la corrupción se veía en las grandes obras públicas de cemento. Odría gastaba fortunas en estadios y hospitales «suntuosos», pero los contratos se daban a dedo a cambio de participaciones y regalos. El propio expresidente Bustamante denunció desde el exilio que Odría había recibido casas y joyas como «regalos» de contratistas agradecidos. Hay un dato que Quiroz resalta: un asistente cercano a Odría, el capitán Ipinza, compró propiedades en Washington D.C. por sumas astronómicas que superaban los 300,000 dólares de la época, actuando probablemente como el cajero secreto del dictador.

Pero lo más cínico del Ochenio fue el control electoral. En 1950, Odría organizó una farsa donde él era el único candidato con posibilidades, tras encarcelar y perseguir a cualquier opositor serio. Y cuando llegó 1956 y el régimen se agotaba, Odría hizo el pacto definitivo: el «Pacto de Monterrico».

Este fue un acuerdo secreto con Manuel Prado (quien regresaba para un segundo mandato) y el APRA. A cambio del apoyo electoral para Prado, este le prometió a Odría inmunidad total. Quiroz documenta con amargura cómo, una vez en el poder, la mayoría parlamentaria de Prado bloqueó todas las investigaciones contra Odría en el Senado y la Cámara de Diputados. Los políticos argumentaron que investigar el pasado era «falta de espíritu cristiano» y que era mejor el «borrón y cuenta nueva».

Incluso el historiador Jorge Basadre, que fue ministro de Educación en esa época, intentó limpiar su sector y terminó renunciando asqueado por las presiones de los políticos para favorecer a contratistas amigos en la construcción de escuelas.

¿Te das cuenta del patrón, amigo? Odría nos dejó grandes estadios, pero también institucionalizó la idea de que robar sale gratis si sabes con quién pactar. En nuestra próxima charla, veremos cómo estos «asaltos a la democracia» prepararon el camino para la explosión de la corrupción en los años 70 y 80. ¡Nos vemos en el próximo café!

Vick
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Episodio 14: Dictadores Venales. De Sánchez Cerro a los pactos secretos de Benavides

Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú» 

Siéntate, que esta historia arranca con un terremoto político. Imagínate el Perú de 1930: Leguía ha caído y el país está quebrado por la Gran Depresión. Aparece el comandante Luis Sánchez Cerro, un tipo con un magnetismo popular increíble que prometió «moralizar» el país y castigar a los «ladrones» del régimen anterior. Pero, como nos advierte Quiroz, su campaña de moralización fue más una venganza política y una fachada para sus propias redes.

Mientras Sánchez Cerro gritaba contra la corrupción en las plazas, su propio hermano, Pablo Ernesto, se convertía en el «chanchullero menor», manejando negocios de opio, juego y salud pública. Pero el verdadero escándalo fue su ministro de Hacienda, Francisco Lanatta. Quiroz documenta que Lanatta fue una verdadera «máquina de cobrar»: pidió sobornos a la Cerro de Pasco para las obras del puerto, extorsionó a comerciantes chinos y hasta se quedó con dinero destinado a la Universidad de San Marcos. Era tal el descaro que incluso las empresas extranjeras se quejaban de que no se podía mover un papel sin «aceitar» a Lanatta.

Tras el asesinato de Sánchez Cerro en 1933, sube al poder el general Óscar R. Benavides. Él era un tipo astuto y sagaz que impuso el lema «Paz, Orden y Trabajo». Pero su «paz» tenía un precio: Quiroz revela que Benavides inauguró la política de cooptación, es decir, «comprar» la tranquilidad de sus opositores, especialmente del APRA, ofreciéndoles puestos y cuotas de poder en las sombras.

Durante el régimen de Benavides, la corrupción se volvió «silenciosa» pero lucrativa. Hay un caso que me encanta porque parece sacado de una película: el escándalo de los muebles de lujo. Un agente estadounidense, Von Dreyhausen, intentó sobornar directamente al asesor financiero de Benavides para venderle muebles al Palacio de Justicia. Aunque ese trato falló, logró venderle al Estado miles de dólares en mobiliario pagando comisiones del 10% a los ingenieros a cargo de las obras.

Lo más triste de esta etapa fue cómo Benavides manipuló las elecciones de 1936 y 1939 para dejar a un sucesor «amigo», Manuel Prado, y asegurarse de que nadie investigara sus cuentas al salir. Se sembró así la semilla de los fraudes electorales que marcarían el resto del siglo. El mensaje para los políticos fue claro: no importa cuánto robes, siempre y cuando pactes tu impunidad antes de irte.

Y antes de irnos y con la promesa de vernos en el próximo episodio, no olvides un café, porque te aseguro que ya se te quito el sueño.

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Episodio 12: La nueva dependencia: De los galeones de Cádiz a las deudas de Londres.

Serie: «La Independencia en el Perú: Las Palabras y los Hechos»

—Toma el último sorbo de este café, hermano, porque hoy cerramos el círculo de nuestras charlas. Es casi poético que terminemos así, con el sol de julio bajando sobre Lima, mientras afuera siguen los ecos de la celebración. Pero lo que nos queda por desgranar, basándonos en el cierre magistral de Heraclio Bonilla, Karen Spalding y las reflexiones de Hobsbawm en el último capítulo de este libro, es quizás la verdad más amarga de todas. Hemos hablado de mitos, de miedos y de batallas, pero ahora nos toca hablar de la cuenta por pagar. Este episodio lo hemos titulado «La nueva dependencia: De los galeones de Cádiz a las deudas de Londres», porque lo que realmente ocurrió en 1824 no fue el fin de nuestra subordinación, sino un cambio de dueño.

—¿Sabes qué es lo que más me golpea de la conclusión de los autores? Es esa idea de que la independencia fue un «hecho militar y político» que dejó las bases de la sociedad colonial absolutamente intactas. Nos lo dicen sin anestesia: se rompió el lazo político con España, sí, pero la estructura económica y social que se había cristalizado durante trescientos años no se movió ni un milímetro. Fue, como dicen ellos, una «revolución inconclusa». Cambiamos la bandera y el himno, pero seguimos viviendo en una casa con los mismos cimientos coloniales: la jerarquía social estamental y una economía volcada hacia afuera para satisfacer a una nueva metrópoli.

—Y aquí es donde entra Inglaterra en escena. Es fascinante y cruel a la vez. Mientras nosotros nos dábamos de balazos en Junín y Ayacucho, Gran Bretaña estaba confirmando que necesitaba nuestro espacio como un mercado indispensable para su expansión industrial. Lo que cambió no fue nuestra libertad, sino la naturaleza de nuestra dependencia. España, en su decadencia, necesitaba gobernarnos políticamente para explotarnos; Inglaterra, en cambio, por su inmensa superioridad económica, no requería de un virrey ni de una ocupación formal. Le bastaba con la «fuerza propia de su dinámica económica» para controlarnos. Pasamos de la dominación política de una potencia débil a la dominación económica de una potencia hegemónica casi de forma automática.

—Mira estos números, porque aquí es donde la historia deja de ser retórica y se vuelve contabilidad fría. El libro nos muestra cómo crecieron las exportaciones británicas al Perú en esos años críticos. En 1818, apenas nos mandaban mercancías por valor de unas 3,000 libras esterlinas. Para 1821, ya eran 86,000. Pero en 1825, justo después de Ayacucho, ¡la cifra saltó a más de 602,000 libras!. Es impresionante. Mientras el nuevo Estado peruano nacía desprovisto de bancos y de capital, las casas comerciales británicas se instalaban con una fuerza arrolladora. Hacia 1824, ya había 20 casas británicas en Lima y 16 en Arequipa manejando el mercado.

—Pero no solo nos vendían telas; también nos prestaban el dinero para comprarlas y para sostener nuestras guerras. Los autores señalan que los préstamos británicos fueron los primeros eslabones de un encadenamiento financiero que nos perseguiría por décadas. El Perú independiente nació arruinado, con una élite criolla que se había debilitado por las guerras y que, en lugar de invertir en producir, se acomodó a la nueva situación. Fue esa debilidad de la élite civil la que permitió el surgimiento del caudillismo militar, ese «bandidismo medio institucionalizado» que dominó el siglo XIX y que usó el poder para expoliar a la población y pagar sus propios intereses.

—Y hablemos de lo social, porque es lo que más duele mientras vemos los desfiles afuera. Bonilla y Spalding son clarísimos: el concepto de «patria» que nació con la república era una exclusión disfrazada. Esa nueva patria se fundó sobre el modelo de la sociedad criolla, ligada a la cultura y lengua españolas, lo que automáticamente dejó fuera a la inmensa mayoría de la población: los indios. El indio, que en la colonia era al menos una «república» con sus leyes, en la nueva república pasó a ser simplemente ignorado o tratado como un obstáculo para el progreso de la élite. Se mantuvo esa visión medieval de estamentos jerarquizados donde la igualdad era considerada por los periódicos de la época como una «quimera de la ficción» que solo llevaría a la «anarquía homicida».

—Lo que nos dice este análisis final es que nuestra independencia no fue el resultado de una madurez nacional, sino de una «carambola» de intereses internacionales. La élite peruana no luchó por la independencia; se conformó con ella cuando ya no le quedó de otra. Y como no hubo una clase con conciencia de nación, no se planteó nunca la creación de un mercado interno o la inclusión de las masas. Nos quedamos con una independencia que acentuó nuestra desorganización interna y reforzó nuestra articulación asimétrica con las potencias del mundo.

—Así que aquí estamos, 200 años después de aquel 1821 que el libro analiza, preguntándonos cuántas de esas «palabras» de libertad siguen ocultando los «hechos» de nuestra dependencia. Seguimos siendo un país fragmentado, con una economía que a menudo parece seguir las mismas rutas de exportación primaria que dictaban Londres o Manchester en el siglo XIX. La independencia política fue un paso, claro, pero fue un paso que nos dejó con la tarea pendiente de construir una verdadera nación donde el silencio de las masas populares sea finalmente escuchado.

—¿No te parece, hermano, que la mejor manera de honrar este mes de julio es dejar de mirar los bustos de bronce y empezar a mirar esas estructuras coloniales que todavía cargamos en la espalda? Porque, como dicen los autores, discutir la independencia en los términos románticos de siempre solo sirve para impedirnos analizar críticamente las raíces de nuestra situación presente.

—Vámonos, que ya es tarde. Pero llévate esa idea: la libertad es mucho más que no tener un Rey; es tener la capacidad de decidir tu propio destino económico y de reconocer a todos tus compatriotas como iguales. Y esa es una batalla que todavía no terminamos de pelear en este café, ni en este país.

Nos encontramos en el siguiente episodio, el café viene en camino.

Vick
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Episodio 11: El vapor y las telas: El impacto invisible de la Revolución Industrial.

Serie: «La Independencia en el Perú: Las Palabras y los Hechos»

—Mira, hermano, pide otro café y que sea cargado, porque hoy nos toca hablar de lo que realmente movía el mundo mientras nuestros abuelos se daban de sables en las pampas de Junín. ¿Te has fijado en la ropa que lleva la gente por la calle en este mes de julio? Esa tela, ese algodón… parece algo cotidiano, ¿verdad? Pero si leemos el ensayo de E.J. Hobsbawm en el libro del IEP, descubrimos que detrás de cada metro de tela que llegaba al puerto del Callao en esa época, había una fuerza invisible y brutal que cambió nuestra historia mucho más que cualquier proclama de libertad: el vapor y el algodón de Manchester.

—Es fascinante y a la vez aterrador. Hobsbawm dice que decir «Revolución Industrial» es, básicamente, decir algodón. Manchester pasó de ser un pueblito a una ciudad monstruosa en unas pocas décadas, llena de chimeneas que escupían carbón negro y fábricas de cinco pisos. Pero lo que a nosotros nos toca de cerca es que esa industria textil no nació para vestir a los ingleses; nació como una industria de exportación colonial. El 90% de lo que fabricaban se iba fuera, y ahí es donde entramos nosotros en el juego.

—Fíjate en la ironía de la historia que plantea el autor. Mientras nosotros celebrábamos que rompíamos las cadenas con España, nos convertíamos en el «salvavidas» de la economía británica. Hobsbawm es muy claro: en la primera mitad del siglo XIX, Latinoamérica fue el mercado que salvó a la industria textil inglesa. Para 1840, el 35% de sus exportaciones venían hacia nuestras tierras. Es decir, mientras los libertadores discutían constituciones, los barcos británicos inundaban nuestras costas con telas baratas que ninguna industria local podía igualar.

—Y aquí viene lo que Hobsbawm llama el impacto invisible. Siempre pensamos en la Revolución Industrial como un gran salto científico, pero él nos dice que fue algo mucho más «primitivo» y práctico. No se necesitaban grandes científicos, sino hombres de negocios con energía y mecánicos hábiles. Fue una revolución basada en ideas simples que ya se conocían hacía siglos, pero aplicadas con una lógica de mercado masivo. El resultado fue que el algodón británico era tan barato que terminó por destruir las artesanías y los obrajes que habían sobrevivido en el interior del Perú durante siglos.

—Esa es la verdadera «conquista» que no vemos en los cuadros de las batallas, amigo. El sistema de fábricas creó una nueva forma de sociedad, el capitalismo industrial, donde la gente pasó de ser artesana o campesina a ser una «mano» o un «operario». Hobsbawm describe la fábrica como un «autómata» donde los seres humanos eran solo órganos mecánicos subordinados al ritmo del vapor. En Inglaterra, esto generó una miseria espantosa; los obreros vivían en condiciones infrahumanas. Pero esa misma miseria era la que permitía que el algodón llegara tan barato a Lima o a Buenos Aires, que nos resultaba imposible no comprarlo.

—Hay un punto que me dejó pensando mucho sobre nuestra «independencia concedida». Bonilla y Matos Mar mencionan que Inglaterra no necesitó un virrey ni una dominación política formal para controlarnos; le bastó con la fuerza propia de su dinámica económica. Y Hobsbawm lo confirma al explicar que el éxito británico no se basó en una superioridad técnica insuperable, sino en el monopolio de los mercados coloniales y subdesarrollados que su marina le aseguraba. Pasamos de depender de los decretos de Madrid a depender de las fluctuaciones del mercado de Manchester y de los préstamos de los bancos de Londres.

—Es una locura si lo piensas. El centro más moderno de explotación —la fábrica de algodón inglesa— dependía y amplió la forma más primitiva de explotación: la esclavitud en las plantaciones de Estados Unidos y las Indias Occidentales para obtener su materia prima. Y nosotros, al abrir nuestros puertos al libre comercio, nos metimos de cabeza en ese engranaje. El libro dice que hacia 1824, cuando se silenciaron las armas en Ayacucho, ya había 20 casas comerciales británicas en Lima y 16 en Arequipa. La dominación económica fue casi automática e inmediata, sin necesidad de disparar un solo cañón británico.

—Por eso este mes de julio, cuando veamos los desfiles, deberíamos reflexionar sobre lo que dice Hobsbawm acerca de la inestabilidad de esa fase inicial del capitalismo. Entre 1780 y 1840, Inglaterra vivió una crisis social y económica profunda; había hambre, revueltas de ludistas que rompían máquinas y cartistas que pedían derechos. Pero ellos resolvieron su crisis expandiéndose hacia nosotros. Nosotros fuimos la válvula de escape de sus tensiones internas.

—Al final, hermano, el vapor y las telas fueron los verdaderos hilos que tejieron nuestra nueva forma de dependencia. Como dicen los autores en la presentación, la estructura colonial social se quedó intacta, pero nuestra economía se acondicionó a las exigencias de la nueva metrópoli inglesa. Cambiamos la plata de Potosí, que ya estaba en decadencia, por la necesidad de importar todo lo que el vapor producía allá lejos.

—¿Me sigues? Porque la próxima vez que hablemos, tenemos que ver cómo esa nueva dependencia se consolidó y por qué, a pesar de tener bandera e himno, nuestra economía siguió siendo tan colonial como en tiempos del Virrey, pero ahora bajo el mando de los caballeros de Londres. Pero por ahora, terminemos este café, que ya se siente el frío de julio y, curiosamente, este saco que llevo puesto probablemente tiene una historia que empieza en una hilandería de Lancashire.

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Episodio 13: El Oncenio de Leguía. La modernización de la “grava»

Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»

Toma un sorbo largo, porque ahora vamos a saltar a 1919. Aquí entra en escena Augusto B. Leguía, un hombre que prometió la «Patria Nueva» y terminó quedándose once años en el poder. Leguía era el prototipo del modernizador: hablaba inglés fluido, tenía experiencia en seguros y era un admirador de los métodos de los grandes magnates estadounidenses. Pero bajo su fachada de eficiencia tecnocrática, montó el régimen más corrupto que el Perú había visto hasta ese entonces.

¿Cómo lo hizo? Primero, destruyó todo contrapeso. Leguía llegó al poder mediante un golpe de Estado en 1919 para asegurar su victoria electoral, cambió la Constitución, amordazó a la prensa, encarceló a sus opositores en la isla San Lorenzo y creó un sistema de espionaje telefónico que nada envidiaría a las dictaduras modernas. Con el control total, se lanzó a un festín de endeudamiento externo masivo con bancos de Estados Unidos para financiar obras públicas espectaculares: avenidas, irrigaciones y palacios.

Aquí es donde entra la parte indignante. Quiroz nos cuenta que en este periodo la corrupción se volvió institucionalizada. El costo de la corrupción durante el Oncenio alcanzó un nivel asombroso: representó el 72% del gasto gubernamental. Es decir, de cada sol que gastaba el Estado, la mayor parte se perdía en manejos turbios o ineficiencias.

El símbolo máximo de esta era fue Juan Leguía, el hijo del presidente. Juan no tenía un cargo oficial que justificara su fortuna, pero actuaba como el gran intermediario. Solo por facilitar préstamos de bancos de Nueva York como el J. & W. Seligman, Juan recibió «comisiones» que sumaron más de un millón de dólares de la época. Llevaba una vida de lujos en hoteles de Nueva York gastando hasta 300,000 dólares anuales mientras el Perú se hipotecaba de nuevo.

Pero no solo eran préstamos. Quiroz documenta que empresas como la Electric Boat Company pagaban sobornos directos para vendernos submarinos, y esas «comisiones» terminaban en los bolsillos de Juan Leguía y otros oficiales. Lo más triste es que Leguía justificaba todo este desvío de fondos como parte del progreso nacional.

Al final, cuando llegó la Gran Depresión en 1930, el castillo de naipes se derrumbó. Leguía terminó sus días en una celda, y aunque se creó un tribunal especial para castigar su enriquecimiento ilícito, la mayoría de los cómplices salieron libres o con penas mínimas.

¿Te das cuenta del patrón? Leguía nos modernizó, sí, pero lo hizo inyectando tanta «grava» de corrupción en los engranajes del Estado que, cuando la bonanza acabó, nos quedamos con monumentos de cemento y una moral pública totalmente resquebrajada.

En nuestro próximo encuentro, veremos qué pasó cuando los militares decidieron que ellos eran los únicos que podían «limpiar» este desastre. ¡No te lo pierdas!, y el café, ahora mejor en una jarra.

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Episodio 10: Guerra civil, no nacional: La lucha de americanos contra americanos.

Serie: «La Independencia en el Perú: Las Palabras y los Hechos»

—Quédate para un café más, hermano, porque lo que vamos a desgranar hoy es, quizás, la mayor de las «verdades incómodas» que este libro de Bonilla y Spalding nos lanza a la cara. ¿Ves a esos soldados que desfilan en las paradas militares, siempre con esa imagen de los peruanos unidos contra el invasor español? Bueno, si nos ceñimos a los hechos —a los de verdad, no a los del mito—, esa imagen es una ficción total. El Episodio de nuestra charla tiene que titularse así: Guerra civil, no nacional, porque lo que ocurrió aquí fue una lucha sangrienta de americanos contra americanos, y de peruanos contra peruanos.

—Toma un sorbo de café y piénsalo: la historia oficial nos vende que 1821 fue el choque de dos naciones. Pero los autores son tajantes: en ese momento no había una «nación peruana» con una conciencia colectiva. Lo que había era un territorio fracturado donde la mayor parte de las tropas que defendían la bandera del Rey de España no eran españoles venidos de la península, sino gente nacida aquí.

—Mira este dato que es demoledor y que el libro subraya para que no queden dudas: en la Batalla de Ayacucho, que es el altar de nuestra libertad, el ejército realista tenía unos 9,000 hombres. ¿Sabes cuántos de ellos eran españoles oriundos de la metrópoli? ¡Apenas 500!. El resto, la inmensa mayoría de esos soldados que peleaban por mantener el virreinato, eran americanos y, en gran parte, peruanos reclutados en la sierra. Entonces, ¿qué clase de «guerra de independencia contra el extranjero» es esa donde el 95% de los «enemigos» son tus propios vecinos o gente de tu misma tierra?.

—Es aquí donde la conversación se pone profunda, porque nos obliga a preguntarnos: ¿por qué tantos peruanos pelearon por el Rey? La respuesta de Bonilla y Spalding es que el «fidelismo» no era una cuestión de amor a España, sino una lógica de supervivencia de las élites locales y de una estructura social que no quería cambiar. La élite criolla de Lima, por ejemplo, fue el bastión más sólido de la defensa del orden colonial. Preferían la seguridad de la corona española antes que el salto al vacío de una república que no sabían quién iba a controlar.

—Y del otro lado, en el bando patriota, la cosa no era más «nacional». Ya hemos hablado de que la independencia fue concedida y traída desde afuera por San Martín y Bolívar. En 1823, el ejército libertador estaba formado por 3,000 colombianos, 1,000 argentinos y solo 1,000 peruanos. Es decir, mientras los «extranjeros» venían a darnos la libertad porque la necesitaban para asegurar la suya propia, la mayoría de los cuadros militares que defendían al Rey eran locales. Fue una guerra de América contra ella misma, un conflicto civil donde los criollos daban las órdenes en ambos bandos y las clases populares ponían los muertos.

—Pero hablemos del «gran silencio» de las masas, que es lo que más me duele de este análisis. Los autores explican que los indios, los negros y los mestizos no tenían un proyecto nacional por el cual luchar. No se sentían identificados con la «patria» de los criollos porque esa patria no incluía sus intereses. Por eso, cuando los veías en los ejércitos, era porque habían sido reclutados por la fuerza, por el engaño o con promesas vacías de libertad o tierras que casi nunca se cumplían. Los indios desertaban por miles, huían a las montañas para evitar ser carne de cañón en una guerra que no entendían y que sentían que no les pertenecía.

—Lo que nos dice el capítulo es que la independencia fue un hecho militar y político que ocurrió por encima de la cabeza del pueblo. Las masas populares no fueron el actor de la historia; fueron el espectador pasivo o la víctima forzada. No hubo una «toma de conciencia» que uniera a los peruanos contra España; lo que hubo fue una élite criolla temerosa que se acomodó al resultado final solo cuando vio que el ejército español ya no podía proteger sus privilegios.

—Entonces, hermano, cuando celebramos las batallas, en realidad estamos celebrando el final de una guerra civil. Una guerra donde el virrey Abascal y luego La Serna usaron a peruanos para reprimir los intentos rebeldes de otros americanos en La Paz o Quito. Es una paradoja brutal: el Perú fue el centro de la contrarrevolución en Sudamérica, y su independencia tuvo que ser impuesta por la fuerza de ejércitos vecinos porque nuestra propia clase dirigente estaba amarrada a la metrópoli por intereses económicos y por un miedo atroz a una rebelión social.

—Al final, la ruptura con España dejó intactas las bases de la sociedad colonial. Cambiamos los nombres, cambiamos los uniformes, pero el abismo entre los que mandaban y las masas populares siguió ahí, igual de profundo. El surgimiento del caudillismo militar después de la guerra no fue otra cosa que el resultado de esa debilidad de la élite civil y de la falta de una nación real que respaldara al nuevo Estado. Los militares, que habían aprendido a mandar en esta guerra civil, se quedaron con el poder porque eran los únicos que tenían la fuerza en una sociedad que no había logrado ponerse de acuerdo sobre qué significaba ser «peruano».

—¿No te parece que eso explica por qué, incluso hoy, nos cuesta tanto sentirnos una unidad? Nacimos de una pelea entre nosotros mismos, impulsada por generales extranjeros, mientras las mayorías guardaban un silencio que todavía hoy, en muchos sentidos, no hemos sabido escuchar. Pero bueno, pide otro café, que ya nos pusimos muy serios, y todavía nos queda hablar de cómo el vapor y las telas de Inglaterra terminaron de conquistar lo que los sables no pudieron.

Nos vemos en el siguiente episodio, no olvide el café.

Vick
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Episodio 9: Las masas en silencio: ¿Dónde estaban los indios y los negros?

Serie: «La Independencia en el Perú: Las Palabras y los Hechos»

—Acércate un poco más, hermano, que el ruido de la calle está fuerte hoy. ¿Te has fijado cómo en los discursos oficiales siempre se llena la boca hablando del «pueblo» que se alzó contra el yugo español? Es la épica que nos gusta: la nación entera, unida, rompiendo cadenas. Pero hoy quiero que hablemos de lo que Pierre Vilar plantea en su ensayo sobre la participación de las clases populares. Es un texto que te revuelve el estómago porque pone el dedo en la llaga de una pregunta que la historia oficial prefiere ignorar: si la independencia era para «los peruanos», ¿por qué las grandes mayorías de este país, los indios y los negros, se quedaron mayoritariamente en silencio o, peor aún, pelearon por el Rey?.

—Vilar comienza con una distinción que es pura dinamita intelectual. Él dice que no podemos meter a todos en el mismo saco. Por un lado, tienes la «revolución de la prosperidad», que es la de los criollos que querían el poder político para redondear su poder económico; y por otro, la «revolución de la miseria», que es la que las masas habrían necesitado para cambiar su realidad de explotación. El drama del Perú en 1821 es que estas dos revoluciones nunca se encontraron.

—Hablemos de la masa india, que era el corazón del país. Vilar nos recuerda que para el indio, el «Estado» era una abstracción lejana, pero el explotador era una realidad diaria y con cara conocida. ¿Quién era el que le quitaba la tierra? ¿Quién lo mandaba a la mita en las minas o lo encerraba en los obrajes?. Generalmente era el hacendado criollo, el mismo que ahora le hablaba de «libertad» y «patria». Hay una contradicción social fundamental aquí: la lucha por la tierra y contra el trabajo forzado ponía a los indios frente a los criollos, no necesariamente frente a España.

—Piénsalo un segundo. Para un comunero indígena, el Rey de España era una figura casi mítica, un protector lejano que a veces enviaba leyes —que nadie cumplía, claro— para «protegerlo» de los abusos de los autoridades locales. En cambio, el criollo que lideraba la junta patriota era el mismo que lo tenía bajo el sistema del repartimiento de mercancías, obligándolo a comprar cosas que no necesitaba a precios de usura. ¿Cómo podías pedirle a ese indio que se sintiera parte de la misma «patria» que su verdugo inmediato?. Por eso, cuando los indios se rebelaban, como en 1780 con Túpac Amaru, los criollos y los españoles olvidaban sus peleas y se unían para masacrarlos. El miedo a la masa era el pegamento de la élite blanca.

—Y luego están los negros, los olvidados entre los olvidados. En la costa, la esclavitud era el corte de clase por excelencia. Vilar menciona algo que es clave para entender el pánico de la época: el impacto de la Revolución de Haití. Imagina el terror de los hacendados limeños al enterarse de que en una isla del Caribe los esclavos se habían levantado y habían pasado por cuchillo a sus amos. Ese miedo hizo que la burguesía criolla fuera extremadamente conservadora; preferían seguir siendo colonia antes que arriesgarse a una liberación que terminara en una «guerra de castas».

—Por eso, hermano, ese «gran silencio» del que hablan Bonilla y Matos Mar es tan elocuente. No es que los indios y negros fueran apáticos; es que no fueron convocados. O, si lo fueron, fue como «carne de cañón», reclutados por la fuerza, el engaño o con promesas de manumisión que rara vez se cumplían. Vilar es muy agudo al señalar que los instrumentos de toma de conciencia de la época —los cabildos, las universidades, las sociedades de amantes del país— eran organismos exclusivamente minoritarios y aristocráticos. Eran clubes de blancos discutiendo cómo administrar una casa donde los sirvientes no tenían voz.

—Incluso el lenguaje de los «precursores» era un poco tramposo. Usaban figuras de incas en sus símbolos para diferenciarse de los españoles, pero en la práctica despreciaban al indio vivo. La «patria» que ellos inventaron estaba ligada a la cultura y lengua españolas; automáticamente excluía a la mayoría que hablaba quechua o que traía sus tradiciones de África. Por eso, el indio, definido en la colonia como una «república aparte», pasó a ser simplemente ignorado en la nueva república criolla.

—Al final, lo que nos dice este capítulo es que la Independencia fue un conflicto de minorías para minorías. Mientras los ejércitos de San Martín y Bolívar cruzaban los Andes, las masas populares asistían al espectáculo en silencio, con miedo y desconfianza. Sabían, con esa sabiduría amarga de los oprimidos, que cambiaban los amos pero no la casa. El ordenamiento económico y social colonial se mantuvo intacto, y esa estructura es la que, según los autores, sigue configurando el Perú de hoy.

—Tómate el café, que se enfría. En el próximo episodio tenemos que hablar de cómo este silencio se rompió en una guerra que no fue nacional, sino civil. Pero quédate con esto: la libertad peruana nació con una deuda de sangre y de inclusión que, si miras las noticias de hoy, parece que todavía no terminamos de pagar. ¿No te parece que ese silencio de 1821 sigue resonando en los márgenes de nuestra sociedad actual?

Nos encontramos en unos dias en el próximo episodio, por lo que no te olvides de llegar con café.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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Episodio 8: El triunfo del contrabando: Cómo Inglaterra ganó la guerra sin disparar. 

Serie: «La Independencia en el Perú: Las Palabras y los Hechos»

—Pide otra ronda de café, hermano, que hoy vamos a hablar de cómo se mueven realmente los hilos del mundo. Ya hemos desarmado varios mitos en nuestras charlas anteriores, pero lo que Pierre Chaunu plantea en este capítulo es, sencillamente, una genialidad que te vuela la cabeza. En el colegio siempre nos pintaron a Inglaterra como esa «hermana mayor» que, por puro amor a la libertad, nos mandaba legiones y barcos para ayudarnos a echar a los españoles. Pero la realidad es mucho más cínica… y fascinante. Inglaterra no ganó la guerra con fusiles; la ganó con fardos de tela y cajas de herramientas mucho antes de que sonara el primer cañonazo en Junín o Ayacucho.

—Mira, Chaunu nos suelta una verdad incómoda: el famoso «monopolio español» del que tanto nos quejamos en las actuaciones escolares era, para el siglo XVIII, poco más que un fantasma. Él dice algo muy lógico: si la Independencia hubiera sido una reacción contra los abusos del monopolio, nos habríamos rebelado en 1580, que es cuando España sí ejercía un control de hierro desde Sevilla. Pero para 1810, el sistema era tan poroso que hablar de «exclusividad» era casi una broma. Lo que había en realidad era un condominio de hecho.

—¿Qué significa eso del «condominio»? Es simple: España ponía el nombre, ponía a los virreyes y cargaba con el peso de la administración, pero las que realmente mandaban en la economía eran las potencias marítimas, sobre todo Inglaterra y Francia. Entre 1700 y 1770, América fue española solo en la superficie; por debajo, el flujo de mercancías y de capital era británico a través de una red de contrabando tan eficiente que dejaba a los galeones de Cádiz como reliquias de museo.

—Imagina la escena en el Caribe, hermano. Jamaica no era solo una isla de azúcar; era el gran almacén del contrabando británico para todo el continente. Chaunu explica cómo funcionaba la trampa del «navío de permiso» que Inglaterra consiguió con el Tratado de Utrecht. Se suponía que era un solo barco al año con 500 toneladas, pero los ingleses eran maestros del ingenio: inventaron el «navío tienda». Mientras el barco principal estaba en puerto, otros barcos más pequeños lo reabastecían de noche desde Jamaica. El navío nunca se vaciaba. Era una fuente inagotable de productos más baratos y mejores que los que traía España.

—Y aquí viene lo que te va a dejar pensando: ¿quiénes crees que eran los principales socios de este contrabando? Pues los mismos ricos capitalistas criollos, los famosos «peruleros» de Lima. Chaunu desmiente que el comercio estuviera en manos de los españoles de la península; en realidad, eran los criollos quienes manejaban el dinero y se beneficiaban de esa apertura comercial encubierta. Por eso, esa idea de que «estábamos oprimidos por el monopolio» es una construcción ideológica posterior. A los criollos les iba bastante bien con ese sistema donde España fingía que prohibía e Inglaterra fingía que no vendía.

—Entonces, ¿por qué se rompe todo? No fue por un deseo heroico de libertad, sino por un error estratégico monumental de España. Chaunu menciona la máxima que, según dicen, venía desde Felipe II: «Paz con los ingleses y guerra contra todos». España sabía que para conservar América políticamente, tenía que dejar que los ingleses se llevaran una tajada del comercio. Pero Godoy, ese ministro nefasto, rompió la regla y se alió con la Francia revolucionaria y napoleónica. Eso fue el suicidio del Imperio.

—Al declararle la guerra a Inglaterra, España perdió el mar. Trafalgar en 1805 fue el certificado de defunción del Imperio Español en América. Durante casi quince años, de 1796 a 1808, las comunicaciones entre España y sus colonias se cortaron casi por completo. América se quedó sola. Y en esa soledad, ¿quién estaba ahí para llenar el vacío? Los comerciantes británicos. Cuando llegaron las noticias de que España había sido invadida por Napoleón en 1808, América ya se había acostumbrado a vivir sin Madrid, pero no podía vivir sin las manufacturas de Manchester.

—Lo que celebramos como una gesta de independencia política fue, en términos de Chaunu, la «catastrófica independencia de España». España no perdió sus colonias porque nosotros fuéramos invencibles, sino porque ella misma colapsó en Europa y dejó de ser útil para las élites americanas. Inglaterra no tuvo que conquistar América políticamente; simplemente dejó que la estructura española se desmoronara para entrar ella con su inmensa superioridad económica.

—Pero hay un detalle final que es casi poético en su ironía. Chaunu cita documentos de un agente inglés, James Paroissien, que muestran algo increíble: al final, los comerciantes británicos terminaron decepcionados con la Independencia. Se dieron cuenta de que la América colonial, bajo ese pacto implícito con España, era más próspera y rendía más beneficios que la América independiente, que nació arruinada por las guerras civiles y fragmentada por los caudillos. Resulta que «ganar la guerra» les salió más caro que simplemente dominar el contrabando.

—Así que, hermano, mientras el resto del país aplaude las batallas de caballería, nosotros aquí, café de por medio, podemos ver que la verdadera victoria se decidió en las aduanas y en los puertos, por hombres que usaban libros contables en lugar de sables. La independencia fue ese breve episodio que nos trasladó de una potencia decadente que ya no podía mandarnos ni una carta, a una potencia industrial que nos controló sin necesidad de un solo virrey.

—¿Qué tal el sabor del café ahora? Sabe un poco más a realidad, ¿no? En el próximo episodio vamos a hablar de los que no están en los cuadros de las batallas: las masas en silencio. Pero por hoy, ya tenemos bastante con este triunfo del contrabando.

Nos encontramos en un par de días. No te olvides del café.

Vick
Conversando con una Taza de Café
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