La silla de atrás: el arte de romper el orgullo con un café helado

Ponte cómodo. Si hace falta, busca una manta porque hoy el frío parece haberse instalado con ganas. Yo tengo una taza de café frente a mí, aunque, para ser sincero, se está enfriando más rápido de lo que quisiera mientras intento ordenar algunas ideas que llevan días dando vueltas en mi cabeza. Y quizás todo comenzó con una observación sencilla: nunca estamos completamente satisfechos. Cuando hace calor queremos frío; cuando llega el frío extrañamos el sol. Siempre parece faltarnos algo.

Pero mientras perseguimos lo que no tenemos, muchas veces ignoramos aquello que realmente nos roba la paz: el orgullo.

Hoy no quiero darte una enseñanza ni presentarme como alguien que tiene todas las respuestas. Más bien imagina que estamos sentados frente a frente, compartiendo este café y conversando con honestidad. Quiero proponerte un pequeño ejercicio. Mira mentalmente a tu alrededor. Piensa en tu comunidad, en tu iglesia, en tu grupo de amigos, en aquellas personas con las que compartes la vida y la fe.

Y ahora pregúntate algo incómodo: ¿cuánto de la unidad que proclamamos es real y cuánto es simplemente convivencia?

El inventario silencioso del corazón

Si somos sinceros, todos clasificamos a las personas, aunque rara vez lo admitamos. Está ese primer grupo formado por quienes apreciamos de manera natural. Son los amigos cercanos, aquellos con quienes compartimos conversaciones, risas y momentos importantes. Amar a esas personas resulta sencillo porque existe afinidad, historia y afecto mutuo.

Luego aparece un segundo grupo: los conocidos cordiales. Los saludamos, intercambiamos algunas palabras y mantenemos una relación respetuosa, pero fuera de determinados espacios sabemos muy poco de sus vidas. Después viene el grupo más peligroso, precisamente porque pasa desapercibido. Son aquellas personas cuya presencia o ausencia apenas notamos. Están ahí, forman parte de la comunidad, pero emocionalmente ocupan un lugar neutro en nuestro corazón.

Y finalmente está el grupo que preferiríamos evitar. Aquellos con quienes hemos tenido desacuerdos, heridas, malentendidos o simples diferencias de personalidad. Personas que, sin saber muy bien por qué, nos incomodan.

Lo curioso es que hablamos constantemente de amor, unidad e inclusión, pero muchas veces vivimos rodeados de pequeñas fronteras invisibles. Construimos bandos, alimentamos comentarios innecesarios y permitimos que la indiferencia haga un trabajo que ningún enemigo externo podría lograr tan fácilmente.

La historia del trípode

Déjame contarte algo personal. Hubo una época en la que me alejé de la iglesia. No porque hubiera dejado de creer, sino porque existía un conflicto importante entre un pastor y yo. Era una de esas situaciones donde el orgullo encuentra argumentos para justificarse y donde cada parte está convencida de tener razón. Allá por el 2012 si mal no recuerdo.

Después de mucha insistencia, de alguien muy querido por mi, decidí regresar un día. Pero lo hice a mi manera. Llegué con mi cámara, mi trípode y me instalé en la última fila. Quería estar presente sin involucrarme demasiado. Estaba allí físicamente, pero había construido una barrera emocional que me mantenía a distancia. Era mi forma de protegerme.

Durante la reunión observé todo desde atrás. Pensé que pasaría desapercibido. Sin embargo, en un momento determinado ocurrió algo que no esperaba. Llegó la celebración de la Santa Cena. Todos conocemos aquellas palabras que hablan de reconciliación, de dejar la ofrenda y buscar primero al hermano con quien existe algún conflicto. Son versículos que solemos leer con facilidad, aunque a veces nos cuesta mucho más ponerlos en práctica.

Entonces sucedió algo que todavía recuerdo con claridad. El pastor dejó su lugar, descendió del púlpito y caminó hasta donde yo estaba. No vino a reclamar, ni a justificar posiciones, ni a demostrar quién tenía razón. Simplemente vino como un hermano. Y en ese momento comprendí algo importante: alguien había decidido que la unidad valía más que el orgullo. Aquella caminata desde el frente hasta la última fila hizo más por restaurar una relación que cientos de argumentos. Aquel 2014.

Los títulos que alimentan el ego

Vivimos en una época fascinada por los títulos. Parece que ya nadie quiere ser simplemente un servidor. Necesitamos nombres más grandes, cargos más importantes y posiciones que suenen impresionantes. Es como cuando al encargado de limpiar el edificio lo rebautizan con un nombre sofisticado para que parezca algo distinto.

Dentro de muchos ambientes cristianos ocurre algo parecido. Buscamos reconocimiento, influencia y visibilidad. Nos preocupamos por quién ocupa determinada posición o quién tiene mayor autoridad. Sin embargo, olvidamos que la palabra “ministro” originalmente hablaba de servicio, no de prestigio.

Jesús nunca presentó el liderazgo como una escalera para subir por encima de los demás, sino como una oportunidad para descender y servir. Pero nuestro ego suele preferir los reflectores antes que la toalla y el lavatorio.

Papitas con salsa y alimento verdadero

Quizás parte del problema es que nos hemos acostumbrado a consumir mensajes que entretienen más de lo que transforman. Nos gustan las enseñanzas rápidas, fáciles de digerir y llenas de frases motivadoras. Son como esas papitas con salsa que saben muy bien pero no alimentan demasiado.

La Palabra de Dios, en cambio, muchas veces funciona como un alimento más sólido. Nos confronta, nos corrige y nos obliga a revisar aspectos de nuestra vida que preferiríamos mantener ocultos. Por eso tantas personas buscan métodos, fórmulas o estrategias para crecer espiritualmente sin pasar por el incómodo proceso de morir al ego.

Queremos crecer sin descender. Queremos autoridad sin servicio. Queremos prosperidad sin transformación. Y la realidad es que el camino del evangelio suele recorrer la dirección opuesta.

El café amargo de la reconciliación

Hay una verdad que cuesta aceptar: amar no siempre se siente bien. Nos gusta hablar del amor como una emoción agradable, una sensación cálida que experimentamos cuando todo marcha correctamente. Pero el amor bíblico suele ser mucho más exigente.

Amar es decidir acercarse cuando sería más fácil alejarse. Amar es perdonar cuando todavía duele. Amar es escuchar cuando preferiríamos responder. Amar es buscar la reconciliación aun cuando creemos tener la razón.

Y ahí aparece el verdadero enemigo: el orgullo. Ese orgullo que nos convence de que el otro debería dar el primer paso. Que nos hace creer que ciertas personas no merecen nuestra atención. Que nos susurra que proteger nuestro prestigio es más importante que restaurar una relación.

Mientras ese orgullo gobierne nuestras decisiones, seguiremos siendo un grupo de personas compartiendo espacios, pero no necesariamente una comunidad unida.

La silla de atrás

Mi café ya está frío. Quizás incluso un poco amargo. Pero tal vez esa sea una buena imagen para terminar esta conversación. Porque el corazón también puede enfriarse. Lo hace lentamente, casi sin que lo notemos. Se enfría por la indiferencia, por los resentimientos acumulados, por los conflictos nunca resueltos y por la costumbre de pensar siempre primero en nosotros mismos.

La unidad no aparece por accidente. No desciende mágicamente sobre una comunidad mientras cada persona sigue defendiendo su territorio. La unidad comienza cuando alguien decide dar el primer paso.

Cuando alguien abandona el orgullo. Cuando alguien camina desde el púlpito hasta la última fila. Cuando alguien deja de preguntarse quién tiene razón y empieza a preguntarse qué necesita el amor. Por eso, la próxima vez que estés en una reunión, abre bien los ojos. Mira a las personas que te rodean. Observa especialmente a quienes suelen pasar desapercibidos. Aquel que siempre se sienta atrás. Aquel con quien has tenido diferencias. Aquel que evitas saludar porque la historia entre ustedes todavía no está resuelta.

Y entonces pregúntate algo sencillo: ¿Vale realmente más mi orgullo que el amor que digo defender? Espero que esta conversación te haya incomodado un poco. Las mejores tazas de café suelen hacerlo. Nos obligan a detenernos, a pensar y a revisar aquello que normalmente dejamos pasar.

Nos veremos en la próxima charla. Y mientras tanto, abrígate del frío que viene de afuera, pero cuida aún más el que puede instalarse dentro del corazón.

Porque cuando el orgullo ocupa demasiado espacio, incluso la fe termina sentándose sola en la última fila. Y al encontrar a la persona, invítale un café y vuelvan a sonreír de nuevo.

Vick
Conversando con una Taza de café
-Vick-yoopino
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Episodio 2: La trampa de las sectas y el espejismo de la «Pura Razón”

Serie: Agustín para el Siglo XXI

He estado dándole vueltas a lo que conversamos en el anterior episodio. Me quedé con la espina clavada de esos nueve años que Agustín pasó con los maniqueos. Nueve años es una barbaridad para alguien con su capacidad intelectual. ¿Cómo un tipo que luego escribiría cosas tan profundas pudo «comprar» una teoría que hoy suena a guion de ciencia ficción de bajo presupuesto? Ya sabes: dos dioses luchando, la luz atrapada en la materia…. Me suena a esos cultos modernos que te prometen el secreto del universo si compras sus suplementos o sigues su algoritmo.

La comparación no es nada descabellada. Verás, lo que atrajo a Agustín de los maniqueos no fue la parte mística extravagante, sino la promesa metodológica. Ellos se presentaban como los «librepensadores» de la época. Su gancho era brutal: atacaban a la Iglesia católica diciendo que era una religión para gente miedosa y supersticiosa, que obligaba a creer antes de reflexionar.

Lo que muchos dicen hoy: «Yo no necesito fe, yo tengo la ciencia y la lógica».

Justo ese era el eslogan maniqueo. Le decían al joven Agustín: «Nosotros no obligamos a nadie a creer sin haber puesto en claro previamente la verdad». Imagínate a un Agustín de veinte años, brillante, con un ego del tamaño del Coliseo y con una sed de verdad que le quemaba por dentro. Ese discurso de «pura y simple razón» fue su perdición. Se sentía superior por no ser uno de esos cristianos «crédulos» que aceptaban las Escrituras por autoridad.

Pero, ¿qué fue lo que finalmente le abrió los ojos? Porque nueve años después, algo tuvo que romperse.

Agustín descubrió que los maniqueos eran unos maestros del ataque pero unos analfabetos de la construcción. Él mismo lo dice en La utilidad de creer: eran mucho más hábiles destruyendo las ideas de los demás que firmes y seguros en las suyas propias. Se pasaban el día criticando el Antiguo Testamento, buscando contradicciones, diciendo que las Escrituras estaban falsificadas por la Iglesia. Eran expertos en «quitarte el sueño con dudas», pero cuando les pedías la medicina, lo que te daban eran fábulas aún más raras que las que criticaban.

Es el síndrome del crítico de YouTube: muy bueno destruyendo la película, pero incapaz de escribir un guion decente.

Agustín usa una metáfora increíble en el libro. Dice que los maniqueos eran como cazadores de pájaros que ponían trampas cerca de pozos de agua secos. Como el alma de Agustín tenía una sed desesperada de verdad, y ellos habían «secado» el agua de la Iglesia católica con sus críticas, no le quedaba más remedio que caer en las redes de sus doctrinas. Se quedó atrapado en el grado de «oyente» porque, aunque no estaba convencido del todo, no veía otra alternativa.

Aquí es donde entra la pregunta central: si la razón sola lo llevó a un callejón sin salida, ¿por qué elegir creer es la opción inteligente?

Porque Agustín se dio cuenta de que la «Pura Razón» es una ilusión de autosuficiencia. Descubrió que todos operamos bajo una autoridad, nos guste o no. El problema de los maniqueos es que prometían una salud intelectual que ellos mismos no tenían. Agustín empezó a entender que para conocer las cosas divinas, que son superiores a nuestra mente, es necesario un «ayo» o maestro, una autoridad que nos lleve de la mano mientras nuestra inteligencia está «enferma» por el orgullo.

O sea, que creer es admitir que uno es un «convaleciente» intelectual.

Agustín le explica a su amigo Honorato que si no podemos contemplar la verdad directamente es porque nuestro «ojo interior» está sucio por las pasiones y los «fantasmas» de los sentidos. Elegir creer es el acto de humildad de quien acepta un tratamiento médico. No es que dejes de pensar; es que confías en la autoridad de Cristo y de la Iglesia como el escalón necesario para que tu mente se purifique y algún día pueda ver la Verdad cara a cara.

Me resulta fascinante esa idea de que «la razón está herida». Agustín nos está diciendo que un hombre inteligente elige creer no porque sea tonto, sino porque es lo suficientemente inteligente como para reconocer sus propios límites.

Es la diferencia entre el «crédulo», que cree cualquier cosa a la ligera, y el «creyente», que comprende que la fe es una necesidad pedagógica. Agustín pasó de la arrogancia de querer entenderlo todo por su cuenta al realismo de aceptar que la Verdad es un don que se encuentra, no algo que se fabrica. Al final de su etapa maniquea, estaba seco y agotado. Volvió a la Iglesia católica no por una emoción barata, sino porque entendió que sólo una autoridad con raíces históricas y morales podía sostener su intelecto.

Me quedo pensando. En nuestro próximo episodio hablaremos de ese «hombre interior». Eso de que «la verdad habita dentro» suena muy bien, pero quiero saber cómo Agustín evita que eso se convierta en puro subjetivismo.

Prepárense, porque ahí es donde Agustín se adelanta mil años a la psicología moderna. Pero eso será en nuestro próximo episodio. Hoy, deja que la idea de que «la fe es la medicina de la razón» repose un poco.

Nos vemos, eso si, que nos encuentre nuevamente Conversando con una taza de café.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

Un amigo de soledad

Hoy quiero contarles una historia que desde hace tiempo viene caminando conmigo.

Es de esas historias que aparecen mientras uno mira por la ventana de un café, entre hojas secas arrastradas por el viento y mesas donde la gente conversa sin escucharse realmente. Historias pequeñas, silenciosas, que viven escondidas entre el ruido de la ciudad y que casi nadie mira… porque todos estamos demasiado ocupados tratando de sobrevivir nuestras propias tristezas.

Lo conocí en el mismo Starbucks de siempre. Siempre llegaba a la misma hora, arrastrando lentamente los pies, como si cada paso le costara una discusión con la vida. Se sentaba en el rincón más oscuro del local, aquel donde el sol apenas llegaba por las tardes, y pedía el café más barato del menú. Traía su propio vaso.

Un vaso viejo de cartón, doblado por el tiempo y remendado como quien intenta darle unos días más de vida a algo que ya está vencido. Diez centavos de diferencia podían significar mucho para alguien que ya vivía contando monedas. Yo lo veía casi todos los días. Y poco a poco uno aprende a reconocer las tristezas ajenas, porque las propias terminan enseñándonos el idioma del cansancio.

Aquella tarde me acerqué por mi capuchino y mientras esperaba vi cómo echaba azúcar lentamente en su café, como si quisiera endulzar algo mucho más profundo que la bebida. Entonces hice algo simple. Le compré un vaso plástico reutilizable.

Me acerqué a su mesa y le dije:

—Le cambio el vaso, amigo.

Me miró sorprendido. Sus ojos estaban húmedos, aunque no supe nunca si era llanto, sueño o simplemente demasiadas noches sin descansar bien. Sonrió. Y me dio las gracias con una educación que ya casi no existe. Después le ofrecí mi croissant. Lo aceptó como quien acepta compañía más que comida.

Y así empezó nuestra conversación. Me contó que alguna vez tuvo una vida normal. Trabajo, esposa, hijos, cuentas por pagar y fines de semana familiares viendo fútbol o novelas. Nada extraordinario. La vida común de millones de personas que creen que la estabilidad durará para siempre. Hasta que un día llegó a su trabajo y encontró las puertas cerradas. Quiebra. Todo terminado.

Un policía afuera repitiendo que nadie podía entrar ni sacar nada.

—Y pensé… tengo sesenta años, ¿ahora qué hago? —me dijo mirando su café.

Después vino el derrumbe lento. Primero perdió el trabajo. Luego el carro. Después la casa. De tres habitaciones pasó a dormir en un garaje. Su esposa comenzó a trabajar en dos empleos mientras él buscaba trabajo sin encontrar nada. Hasta que un día ella se fue con los hijos a vivir con sus padres.

Y él se quedó solo.

—Allí entendí algo —me dijo—. La pobreza empieza mucho antes de quedarse sin dinero.

Guardó silencio unos segundos.

—Empieza cuando uno deja de sentirse parte del mundo.

Aquella frase se quedó sentada conmigo incluso después de que terminó el café. Me contó que ahora vivía entre cartones, botellas y pequeños refugios improvisados junto a otros hombres que también lo habían perdido todo. Algunos habían tenido familia. Otros jamás tuvieron nada. Pero todos compartían el mismo miedo silencioso de no despertar al día siguiente.

O peor aún… De seguir despertando.

—Ya no odio a nadie —me confesó—. Ni al gobierno, ni al sistema, ni a la vida. Uno se cansa hasta de odiar.

Y mientras hablaba entendí algo terrible: Mi amigo ya no estaba viviendo. Estaba esperando terminar. Su rutina era siempre igual. Caminar, conseguir unas monedas, tomar café, buscar algo para comer y seguir caminando por un mundo que cada vez se hacía más pequeño.

—A veces siento que mi vida cabe en cuatro calles —me dijo sonriendo con tristeza.

Pero todavía había algo humano dentro de él. Extrañaba a sus hijos. No hablaba de ellos con rencor, sino con esa nostalgia silenciosa de quien entiende que el amor también puede perderse por agotamiento.

—Conmigo solo habrían tenido medio café —susurró.

Nos despedimos aquella tarde como tantas otras. Él levantó la mano lentamente detrás de la puerta de vidrio y me dio las gracias otra vez por el vaso y el croissant. Después se alejó caminando despacio, como si la ciudad entera le pesara sobre los hombros. Y yo me quedé mirando cómo desaparecía entre la gente. Como desaparecen las personas que la sociedad deja de mirar.

Pasaron semanas sin verlo. Una tarde pregunté por él a la misma barista de siempre. Ella bajó la mirada antes de responderme.

—Murió hace dos semanas.

Dicen que cruzó la calle sin mirar. O quizás el conductor nunca lo vio. Porque hay personas que poco a poco se vuelven invisibles mucho antes de morir. Aquella noche salí del café con el capuchino enfriándose entre mis manos y miré hacia el cielo.

Pensé en mi amigo. En su pequeño mundo. En sus periódicos usados como abrigo. En las estrellas que todavía miraba por las noches mientras muchos de nosotros ya ni levantamos la cabeza para verlas.

Y entendí algo doloroso:

La peor pobreza no siempre es dormir en la calle. A veces la peor pobreza es sentirse completamente solo… incluso rodeado de gente. Mi amigo finalmente se fue.

Quizás ahora camina por un lugar más grande que aquellas cuatro calles donde sobrevivía. Quizás ya no siente hambre, frío ni cansancio.

O quizás simplemente encontró, por fin, un rincón donde la soledad ya no tenga mesa reservada.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
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Café, Rutina y el Invitado que No Esperamos

Ponte cómodo. Sí, hablo contigo, que estás al otro lado de la pantalla buscando quizás un pequeño respiro entre tantas notificaciones, obligaciones y ruido digital. Imagina por un momento que estamos sentados frente a frente, compartiendo una taza de café mientras afuera llueve o cae lentamente la noche. Hoy quiero conversar sobre algo que solemos pasar por alto: la extraña facilidad con la que ignoramos las visitas más importantes de nuestra vida.

Hace poco me encontré en una reunión pequeña, apenas cinco personas compartiendo ideas y reflexiones. En medio de la conversación, alguien afirmó con absoluta seguridad que, según el libro de los Hechos, primero debemos ser testigos únicamente en nuestra “Jerusalén”, es decir, en nuestra familia, y que solo después de que todos nuestros familiares crean, podemos avanzar hacia nuestra “Judea” o nuestra “Samaria”.

Confieso que tuve que morderme la lengua para no responder de inmediato. Porque si esa interpretación fuera correcta, muchos misioneros jamás habrían salido de sus casas. Hay familias tan numerosas que uno necesitaría varias vidas para convencer a cada primo, sobrino, tío y pariente lejano antes de compartir su fe con alguien más. La realidad es mucho más sencilla y mucho más desafiante: estamos llamados a hablar a tiempo y fuera de tiempo, incluso con aquellos que no piensan como nosotros, con quienes nos incomodan o con quienes preferiríamos evitar. Después de todo, el mensaje también es para los “samaritanos” de nuestra vida.

Pero quiero llevarte a una reflexión todavía más profunda. Hay un pasaje en el evangelio de Lucas que siempre me conmueve. Jesús contempla Jerusalén y comienza a llorar. No era un llanto sentimental ni nostálgico. Era el dolor de ver una ciudad incapaz de reconocer lo que estaba ocurriendo delante de sus propios ojos. Entonces pronunció unas palabras que siguen resonando hasta hoy: “No conociste el tiempo de tu visitación”.

Y ahí es donde la historia deja de ser sobre Jerusalén para convertirse en una historia sobre nosotros.

Vivimos esperando manifestaciones espectaculares de Dios. Imaginamos señales extraordinarias, milagros visibles o experiencias que nos dejen sin palabras. Sin embargo, mientras esperamos lo extraordinario, ignoramos lo cotidiano. Abrimos los ojos cada mañana, respiramos, caminamos, tomamos nuestro café, compartimos con quienes amamos y pensamos que todo eso es normal. Lo damos por sentado, como si el mañana estuviera garantizado simplemente porque hoy existimos.

La verdad es mucho más humilde. Cada amanecer es una visita inmerecida. Cada día adicional es una oportunidad que no nos pertenece por derecho, sino que recibimos por gracia. A veces bromeo diciendo que Dios debe divertirse viendo cómo contamos los pocos cabellos que nos quedan mientras seguimos haciendo planes como si fuéramos eternos. Pero detrás de la broma hay una realidad profunda: estamos vivos hoy, y eso ya es un regalo extraordinario.

Lo curioso es que solemos mostrar entusiasmo por cosas mucho menores. He visto personas hacer largas filas durante horas para asistir a un concierto, soportando lluvia, frío o calor con una sonrisa en el rostro. Corren cuando se abren las puertas, cantan, saltan y celebran cada minuto del espectáculo. Sin embargo, el domingo por la mañana muchos llegan arrastrando los pies, mirando el reloj y contando cuánto falta para que termine la reunión.

¿Dónde quedó el gozo?

Cuando Jesús entró en Jerusalén, sus discípulos no parecían estar asistiendo a un funeral. Celebraban con alegría las maravillas que habían visto. Si hoy recibieras una noticia extraordinaria, si te concedieran algo que has esperado durante años, difícilmente permanecerías inmóvil. Sonreirías, abrazarías a alguien, llamarías a tus amigos. Sin embargo, cuando hablamos de Dios, a veces actuamos como si estuviéramos cumpliendo una obligación administrativa.

La Escritura dice que, si nosotros callamos, las piedras clamarán. Y no deja de ser una ironía incómoda pensar que una piedra pueda mostrar más gratitud que quienes hemos recibido tanto.

Hay otra historia que siempre me impacta. Es la historia de Ana. Una mujer que llegó al templo cargando un dolor tan profundo que apenas podía expresarlo con palabras. Oraba con tanta intensidad que el sacerdote Elí pensó que estaba ebria. Qué contraste tan curioso: una mujer derramando su alma delante de Dios y un líder incapaz de reconocer lo que estaba ocurriendo.

Pero Dios sí la vio. Dios sí escuchó aquella oración nacida del sufrimiento. Y cuando llegó la respuesta, Ana entendió algo que nosotros olvidamos con frecuencia: las bendiciones nunca son únicamente para nosotros. Cuando recibió a Samuel, no lo convirtió en un trofeo personal. Lo dedicó al Señor porque comprendió que toda bendición auténtica tiene un propósito mayor que nuestra propia comodidad.

Quizás ahí se encuentra una de las lecciones más importantes para nuestro tiempo. Vivimos en un mundo lleno de contrastes. Mientras algunos disfrutan de abundancia, otros apenas logran sobrevivir. Mientras unos acumulan oportunidades, otros enfrentan la soledad, la enfermedad o la incertidumbre. Y muchas veces la visitación de Dios para esas personas llega a través de alguien común, alguien que simplemente decide prestar atención.

No hace falta un título teológico ni una plataforma gigantesca para convertirse en instrumento de esperanza. A veces basta con escuchar, compartir, acompañar o ayudar. Tenemos más medios de comunicación que cualquier generación anterior, pero con frecuencia los utilizamos para exhibir nuestras vidas en lugar de acercarnos al sufrimiento de quienes nos rodean.

Cuando somos jóvenes solemos creer que el tiempo es infinito. Pensamos que siempre habrá otra oportunidad, otro día, otra ocasión para hacer aquello que sabemos que debemos hacer. Pero la vida tiene la costumbre de recordarnos que no somos dueños del calendario. Por eso las misericordias de Dios son nuevas cada mañana. No porque las merezcamos, sino porque las necesitamos.

Así que mañana, cuando abras los ojos, antes de revisar el teléfono o correr detrás de tus obligaciones, detente un instante. Reconoce al Invitado. Agradece el simple hecho de estar aquí un día más. No permitas que la rutina te robe la capacidad de reconocer aquello que realmente importa.

Dios sigue visitándonos. En los días buenos y en los difíciles. En la alegría y en la tristeza. En los momentos extraordinarios y, sobre todo, en los aparentemente comunes. La pregunta no es si Él vendrá. La pregunta es si estaremos atentos para reconocerlo cuando llegue.

Ojalá que nuestras palabras, nuestras acciones y nuestra manera de vivir permitan que otros también experimenten esa visitación. Ojalá que podamos caminar por la vida con una alegría que despierte preguntas, una alegría que no depende de las circunstancias sino de la certeza de que cada amanecer es una nueva oportunidad para comenzar otra vez.

Gracias por compartir este café conmigo. Espero encontrarte en la próxima conversación, con otra taza en la mano y el corazón un poco más despierto. Que Dios bendiga tu casa, tu familia y cada paso de tu camino.

Y mañana, cuando llegue ese nuevo día, no olvides saludar al Invitado.

Vick
Conversando con una Taza de Café
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Más allá del frío y las formas: Lo que la caminata a QoyllurRit’i me enseñó sobre la fe

Como cristiano nacido de nuevo y formado en los Estados Unidos, crecí con una estructura de fe muy clara y directa: leemos la Biblia, nos congregamos en iglesias con líneas arquitectónicas sencillas, y nuestra relación con Dios pasa por la oración directa a Jesús. Para nosotros, la fe no necesita de imágenes, santos ni montañas; sabemos, por las Escrituras, que solo Jesús sana, salva y hace milagros.

Por eso, cuando llegué a Perú y escuché por primera vez sobre la peregrinación del Señor de Qoyllur Rit’i, mi primera reacción —y sé que sería la de casi todos mis hermanos de la iglesia en EE. UU.— fue de rechazo y confusión. ¿Por qué miles de personas caminan toda la noche, bajo un frío que congela los huesos, a más de 4,700 metros de altura, para postrarse ante una imagen en una roca? Desde una perspectiva teológica estrictamente protestante, es algo con lo que jamás estaríamos de acuerdo.

Sin embargo, cuando dejas de mirar solo la superficie y te detienes a observar los corazones, algo cambia.

Al ver el sacrificio de estas personas, no pude evitar hacerme una pregunta incómoda: ¿Cuándo fue la última vez que yo, o alguien en mi comunidad cómoda en Occidente, sacrificó tanto por buscar a Dios?

Mientras muchos de nosotros a veces dudamos en ir a la iglesia si llueve o si el estacionamiento queda lejos, o si esta funcionando el aire acondicionado, miles de hombres, mujeres y niños andinos caminan horas en la oscuridad de la noche, desafiando el soroche y el congelamiento. No van a un festival de música ni a un evento político; van con el corazón roto a pedir perdón, a reconciliarse con sus vecinos antes de entrar al templo, y a buscar el rostro del Creador en medio de la inmensidad de Su creación.

Es cierto, ellos lo expresan a través de su cultura, sus danzas y un sincretismo histórico que a los ojos de un evangélico parece confuso. Pero si quitamos por un segundo las formas externas y miramos el fondo, descubrimos algo asombroso: están buscando al mismo Dios que tú y yo adoramos. Suben a su propio «Monte Sinaí» para encontrarse con la majestad de Dios.

Yo sé en lo que creo. Mi doctrina sobre la suficiencia de Jesús no ha cambiado. Pero hoy tengo un respeto profundo por el habitante de los Andes. Su caminata me recordó que la fe no es solo un ejercicio intelectual de domingo; es entrega, es cuerpo, es sacrificio.

A veces, Dios utiliza los lugares y las expresiones más inesperadas para sacudir nuestra comodidad y recordarnos que Su presencia conmueve a la humanidad de formas que nuestra teología occidental no siempre logra encasillar.

Nos encontramos en cualquier lugar, solo no olvides llevar tu café.

Vick
Conversando con una Taza de Café
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Piratas, tesoro y la niña

Dicen que hay noches en las que la lluvia no cae solamente sobre los techos.

Cae también sobre los recuerdos.

Sucede cuando el invierno cubre las calles con esa neblina espesa que avanza lentamente, como una serpiente silenciosa deslizándose entre faroles apagados y veredas mojadas. Los rayos iluminan por segundos el horizonte, los truenos hacen temblar las ventanas, y el agua corre por las aceras buscando esconderse en las alcantarillas antes de llegar al mar embravecido.

Y es precisamente en noches así… cuando ellos aparecen.

Primero son apenas sombras. Figuras oscuras moviéndose entre la bruma. Siluetas que parecen deslizarse sobre el agua en lugar de caminar. Los pocos que aseguran haberlas visto dicen que vienen desde muy lejos, quizá desde el mismo fondo del océano, cargando todavía el cansancio de la muerte en sus rostros podridos.

Algunos arrastran los pies. Otros apenas conservan restos de carne pegados a los huesos.

Pero todos tienen algo en común: Buscan un tesoro.

Cuentan las historias antiguas que hace siglos un grupo de piratas y filibusteros llegó a aquellas costas transportando cofres repletos de doblones de oro. Habían sobrevivido tormentas, guerras y traiciones, y decidieron esconder su fortuna antes de dividirla. Pero la ambición siempre encuentra lugar incluso entre los hombres más peligrosos del mar.

Aquella misma noche, el capitán los traicionó. Encerró a su tripulación en las bodegas del galeón y ordenó disparar los cañones contra su propio barco. Quería quedarse con todo el tesoro y convertirse en el hombre más rico de las nuevas Indias.

El mar se tragó a los hombres. Pero no su odio.

Desde entonces, dicen que sus almas regresan cada vez que la tormenta cubre la ciudad. Vuelven arrastrándose entre el agua y la oscuridad, buscando las huellas del lugar donde enterraron aquello por lo que mataron… y murieron.

Esa noche también volvieron.

Avanzaban lentamente entre las calles inundadas, hurgando debajo de piedras, observando rincones olvidados y buscando desesperadamente algo que ya no podían reconocer. El tiempo había cambiado todo. Las calles ya no eran las mismas. Las casas tampoco. Incluso el aire parecía diferente para aquellos cuerpos devorados por siglos de mar y gusanos.

No podían oler. No podían sentir. Sus ojos vacíos apenas distinguían formas borrosas entre las sombras.

Y aun así seguían buscando.

La lluvia golpeaba sus esqueletos ennegrecidos mientras pequeños fragmentos de hueso caían al suelo y eran arrastrados por el agua. Caminaban impulsados únicamente por la maldición que los mantenía unidos al tesoro.

Porque hay ambiciones que sobreviven incluso a la muerte.

Entonces ocurrió. En medio de aquella madrugada interminable, una pequeña línea de luz apareció en el horizonte. El amanecer. Uno a uno, los esqueletos comenzaron a detenerse. Sus cuerpos temblaron como si el tiempo finalmente hubiera decidido alcanzarlos. Y cuando la primera luz del sol tocó de lleno sus rostros descompuestos, comenzaron a deshacerse lentamente hasta convertirse en polvo.

El viento de la mañana arrastró sus restos por las calles vacías. La maldición había terminado. Las sombras desaparecieron junto con la noche, y el nuevo día cubrió la ciudad con esa falsa tranquilidad que tienen las mañanas después de una tormenta.

Pero no todos observaban aquello con miedo.

Desde la ventana de una vieja habitación, una niña vestida con ropa elegante traída de países lejanos contemplaba en silencio lo ocurrido. En su rostro había asombro. Un poco de miedo.

Y también una pequeña sonrisa.

Entre sus dedos hacía girar lentamente un doblón de oro que brillaba bajo la luz de la mañana, lanzando pequeños destellos amarillos sobre las paredes antiguas del cuarto.

Detrás de ella colgaba el retrato envejecido de un viejo capitán pirata. Su abuelo. La niña volvió a mirar la moneda y sonrió apenas.

Después de todo… los piratas habían regresado por su tesoro.

Lástima que nunca imaginaron que el verdadero heredero de aquella fortuna los estaba esperando desde hacía mucho tiempo.

Nos vemos pronto con otra historia y con una taza de café.

Vick
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Una historia, una Navidad y un gracias papá

Llegó una Navidad en la que los regalos escaseaban, como los pasteles después de que los niños regresan a sus casas. Debajo del viejo árbol de plástico —comprado tantos años atrás que ya ni las luces funcionaban— todavía quedaban algunos paquetes para los más pequeños: bicicletas, patines, pelotas, trompos, ropa y juguetes que llenaban la sala de ruido y emoción.

Entonces llegó mi turno.

Mi padre se acercó con una caja mediana y delgada, envuelta en un papel sencillo que yo había visto escondido aquella mañana entre las bolsas del mercado. Un pequeño pompón rojo hacía de adorno navideño.

—Para ti —me dijo sonriendo, aunque en su voz había también algo de tristeza.

Tomé la caja con felicidad y corrí inmediatamente a mi cuarto. Me senté sobre la cama, rompí el papel de regalo en segundos y abrí la caja con la ansiedad de quien espera encontrar un tesoro. Y de alguna manera, sí lo era.

Dentro había un cuaderno de hojas rayadas y un lapicero de tinta negra.

Me quedé inmóvil unos segundos. Luego salí corriendo hacia la sala y abracé a mi padre con todas mis fuerzas. Él sonrió satisfecho, miró a mi madre y dijo con orgullo silencioso:

—Te lo dije… sabía que le iba a gustar.

Volví al comedor con mi regalo entre las manos, jalé una silla y me senté mirando hacia el techo, como si allí arriba estuvieran escondidas las palabras que todavía no conocía. No miraba las sombras ni los insectos alrededor del foco; buscaba una frase, una idea, algo que valiera la pena escribir.

Tenía trece años, quizás casi catorce, y aquella noche empecé a llenar mi primer cuaderno con cuentos, poemas, canciones, cartas y pensamientos que apenas comenzaban a nacer dentro de mí. No recuerdo qué fue de aquel cuaderno; quizá se perdió entre mudanzas, años y nostalgias, pero todavía recuerdo perfectamente las primeras palabras que escribí en él:

“Gracias, papá”.

Porque fue él quien me regaló algo que hasta hoy sigo llevando conmigo. No era solamente un cuaderno ni un lapicero. Era la necesidad de escribir.

Aprendí mirando su letra. Aprendí que las palabras, cuando se unen, pueden decir cosas que muchas veces la voz no sabe explicar. Y mientras lo veía escribir, yo también empecé a querer contar mis propios pensamientos, mis pequeñas historias y mis silencios.

Hoy tengo teléfonos, computadoras, iPads y teclados donde las palabras aparecen apenas tocando una pantalla, pero sigo necesitando un cuaderno cerca. Sigo buscando esa sensación de sentarme frente a una hoja en blanco y esperar que la musa vuelva a hablarme.

A veces llega triste. Otras veces llena de esperanza. Algunas noches aparece como recuerdo y otras como promesa.

Por eso todavía guardo servilletas con frases escritas, papeles doblados y cuadernos llenos de ideas que nacen de pronto, casi sin permiso. Porque escribir nunca fue solamente una costumbre.

Fue la manera que encontré de seguir respirando.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Cuando orar deja de ser pedir

Siéntate… hoy el café está más tranquilo.

De esos que no se toman con prisa, porque lo que se conversa no se puede decir rápido. Y hay algo que me ha estado dando vueltas en la cabeza estos días, algo que parece básico… pero que, si lo miras bien, cambia todo.

La oración.

Porque todos decimos que oramos. Todos sabemos cómo se hace. Todos hemos repetido alguna vez las palabras correctas. Pero si somos sinceros… ¿cuántas veces realmente oramos?

Hay un versículo que seguro conoces. Lo hemos escuchado tantas veces que ya casi lo repetimos sin pensar: eso de no afanarse, de presentar todo delante de Dios, de orar, de rogar… y de dar gracias.

Suena completo. Suena perfecto. Pero en la práctica… casi siempre nos quedamos en una sola parte.

Pedir.

Pedimos por salud. Por trabajo. Por soluciones.
Por puertas que se abran… o que se cierren.
Y no está mal.
El problema es cuando eso es lo único.

Porque entonces la oración se vuelve una lista. Una especie de trámite. Y rara vez nos detenemos a pensar que quizás la oración no está diseñada solo para cambiar lo que pasa afuera… sino para trabajar algo más profundo adentro.

El problema no es orar… es confiar

Mira, hablar con Dios no es difícil. Lo difícil es confiar en lo que Él haga después.
Porque confiar implica aceptar. Y aceptar implica soltar.
Soltar la idea de que todo debería salir como esperamos.
Soltar el control.
Soltar esa sensación de que, si pedimos bien, las cosas deberían alinearse.

Y ahí es donde la oración cambia de forma.
Deja de ser una herramienta… y se convierte en una relación.
Pero eso cuesta.
Porque nos gusta tener el control. 
Aunque no lo digamos.

No es algo nuevo… nunca lo fue

Si miras la historia, esto no empezó hoy. El ser humano siempre ha querido lo mismo: tener algo seguro, algo visible, algo que pueda entender.

El pueblo quería un rey.
No porque fuera lo mejor… sino porque querían ser como los demás.

Querían algo tangible. Algo que pudieran mirar. Y lo tuvieron.

Pero no funcionó.
Porque el problema no era el sistema.
Era el corazón.

Cuando confiamos en lo que parece suficiente

Saúl parecía suficiente.
Y falló.

David fue mejor.
Pero tampoco fue perfecto.

Y luego vino Salomón… con todo para hacerlo bien.
Y aun así… se desvió.

Entonces uno se detiene… y ya no piensa en ellos.

Se mira a uno mismo. ¿En qué estás confiando tú?
En una persona.
En una idea.
En tu capacidad.
En lo que crees que puedes manejar.
Porque al final… todo eso tiene algo en común: no es suficiente.

El momento en que todo se rompe

Hay un punto en la historia donde todo parece perder sentido.
Las cosas no funcionan.
Las estructuras fallan.
La esperanza se debilita.
Y en medio de eso… aparece algo inesperado.

No un líder fuerte.
No un sistema mejor.
Alguien que sufre.
Y eso no encaja.
No tiene lógica.

¿Cómo algo así puede ser la solución?

Pero ahí está el centro de todo.
No en lo que hacemos… sino en lo que fue hecho por nosotros.
Y eso rompe una idea que llevamos dentro más de lo que creemos: que tenemos que merecer.

Aceptar lo que no controlas

Entender esto es relativamente sencillo.
Aceptar… no tanto.
Aceptar que no puedes solo.
Aceptar que no controlas todo.
Aceptar que no siempre vas a entender.

Y ahí vuelve la pregunta, de esas que incomodan: ¿realmente confías… o solo repites que confías?

Cuando no entendemos… y no lo decimos

Hay algo que se repite mucho.
Gente que escucha, que asiste, que está… pero que no entiende del todo.

Y no lo dice.
Pero se nota. Y eso no es un problema nuevo.

Siempre ha habido personas leyendo… tratando de entender… preguntándose en silencio cómo encaja todo esto.
Y ahí aparece algo importante.
No todos están llamados solo a escuchar.

Algunos están llamados a explicar. Pero explicar de verdad.
No repetir. No adornar. No impresionar.

Explicar.

¿Podrías hacerlo?

Esta es una pregunta sencilla… pero pesada.
Si alguien hoy te preguntara por qué crees lo que crees… ¿qué dirías?
¿lo explicarías… o lo repetirías?

Porque hay una diferencia enorme entre escuchar algo… y entenderlo lo suficiente como para compartirlo.
Y eso no se logra en un día. Se construye.

Lo que llevas dentro es lo que das

Hay una imagen que no falla.
Una vasija.
Porque al final todo se resume en algo muy simple: no puedes dar lo que no tienes.

Si no hay contenido… no hay nada que compartir.

Y eso no se llena con emoción momentánea.
Ni con eventos.
Ni con experiencias aisladas.
Se llena con tiempo.
Con constancia.
Con intención.

Y eso… cuesta.

No es falta de tiempo

Muchas veces decimos que no tenemos tiempo. Pero encontramos tiempo para muchas cosas.
Para distraernos.
Para salir.
Para ver lo que nos gusta.
Pero cuando se trata de detenernos… leer… pensar… ahí cuesta.

Entonces la pregunta cambia:
¿realmente no tienes tiempo… o simplemente no es prioridad?

Lo que decimos… y lo que hacemos

Decimos cosas fuertes.
Que creemos.
Que seguimos.
Que servimos.

Pero en la práctica… Dios muchas veces queda al final.
Después de todo lo demás.
Y no es falta de fe.
Es falta de orden.

Volver a lo esencial

No necesitas hacer más. Necesitas ir más profundo.

Menos ruido. Más verdad. Menos palabras. Más coherencia.

Menos pedir… más confiar.

Antes de terminar…

Te dejo con esto, sin prisa:

¿tu oración es una conversación… o solo una lista?
¿tu fe depende de lo que pasa… o se sostiene cuando nada sale como esperabas?
¿y si alguien te pidiera explicar lo que crees… podrías hacerlo?

Porque al final… no se trata de parecer fuerte.

Se trata de ser firme.

Gracias por este rato.
De verdad.

Nos vemos en la próxima taza de café.

Con un poco menos de control… y, ojalá, un poco más de confianza.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Como te rogué…

Pasa, siéntate. Hoy el café está en su punto, de esos que no se toman apurados. Porque lo que quiero comentarte no es para decirlo rápido ni para entenderlo de pasada.

Hay una frase que me ha estado rondando la cabeza estos días: “te rogué…”. No es lo mismo que pedir. Rogar implica insistencia, urgencia, preocupación real. Es alguien hablándole a otro porque ve algo que el otro quizá no está viendo. Y me hizo pensar… ¿cuántas veces alguien nos ha hablado así y no lo entendimos en el momento?

Mira, vivimos en una época donde todo va demasiado rápido. Lo sabes. Si un video dura más de unos minutos, lo adelantamos. Si un texto es largo, lo dejamos para después… o no volvemos. Y sin darnos cuenta, esa forma de vivir se nos metió también en la fe. Queremos respuestas rápidas, mensajes cortos, algo que nos anime y nos deje tranquilos. Pero lo profundo no entra así, no se deja consumir como si fuera un resumen.

Hace mucho tiempo alguien dijo algo con cierta ironía: para muchos, un sermón da igual si es verdad o no, mientras sea corto. Y uno pensaría que eso ya quedó atrás… pero no. Hoy seguimos igual, solo que con mejor tecnología. Escuchamos algo que suena bien, que emociona, que tiene lógica… y lo aceptamos. Pero rara vez nos detenemos a preguntarnos si eso es realmente verdad o solo nos hizo sentir cómodos por un momento.

Y ahí es donde empieza el problema. Porque cuando dejamos de cuestionar, dejamos de crecer. Empezamos a depender de lo que otros dicen, de lo que otros interpretan, de lo que otros sienten. Y poco a poco perdemos algo importante: la capacidad de discernir.

También hay algo más delicado. El peso de quien habla. Siempre han existido personas que hablan en nombre de Dios, pero no necesariamente reflejan lo que dicen. No es algo nuevo. Ya pasaba antes, y sigue pasando ahora. Promesas que suenan bien pero no se cumplen, palabras que emocionan pero no sostienen. Y cuando eso se cae, lo que queda es confusión… y a veces, desilusión.

Por eso me parece peligroso cuando se instala esa idea de que no se puede cuestionar. Que no se puede preguntar. Que hay cosas que simplemente se aceptan. Porque si no puedes preguntar, tampoco puedes corregir. Y si no puedes corregir, el error se queda. Y con el tiempo, se normaliza.

Ahora, ojo, no se trata de cuestionar desde el orgullo. Se trata de buscar la verdad con honestidad. De no conformarse con lo primero que suena bien. De ir un poco más allá.

Y en medio de todo esto, hay algo que también se ha distorsionado: la forma en la que hablamos con Dios. Hoy se escucha mucho eso de “declaro”, “decreto”, “ordeno”. Suena fuerte, suena seguro. Pero si uno mira con calma, no es así como se acercaban a Dios. No desde la imposición, sino desde la humildad. Desde el “ten misericordia”, desde el “si es tu voluntad”.

Y claro, eso cuesta más. Porque implica soltar el control. Y seamos honestos, a ninguno de nosotros le gusta soltar el control. Preferimos sentir que manejamos las cosas, que tenemos cierto poder sobre lo que pasa. Pero la fe no va por ahí. La fe no es lograr que todo salga como queremos. La fe es confiar incluso cuando no sale así.

Y ahí es donde la fe deja de ser cómoda… y se vuelve real.

Hay otra cosa que también me preocupa. La cantidad de discusiones que vemos hoy. Opiniones, debates, teorías, interpretaciones. Mucho ruido. Y al final, poco cambio real. Gente que quiere saber más, pero no necesariamente vivir mejor. Que quiere tener la razón, pero no transformarse.

Y eso nos lleva a un punto delicado. Uno puede estudiar, aprender, defender lo que cree… y aun así perder algo fundamental: el amor. Porque es posible tener la razón y al mismo tiempo volverse frío, crítico, distante. Y una fe sin amor termina siendo dura, poco humana.

Por eso creo que todo vuelve a lo básico. No a hacer más cosas, sino a hacerlas mejor. A leer con intención. A pensar. A preguntar. A no conformarse con lo superficial. No para saber más que otros, sino para no ser llevado de un lado a otro por cualquier idea.

Al final, la pregunta no es cuánto sabes. Es qué tan firme estás cuando las cosas no salen como esperabas. Qué tan real es tu fe cuando no hay emoción, cuando no hay respuestas inmediatas.

Y te dejo con esto, sin apuro: ¿estás buscando la verdad… o solo algo que te haga sentir bien? ¿Podrías explicar lo que crees… o solo repetirlo? ¿Y cuándo fue la última vez que alguien te habló con urgencia, porque veía algo que tú no veías?

Quizá eso también es una forma de cuidado.

Gracias por quedarte este rato. De verdad.

Nos vemos en la próxima taza de café.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Estar preparados

Hola…

Qué bueno volver a sentarnos un momento. Hoy no hay café… hay una limonada. Y no es mala idea. A veces el cuerpo pide refrescarse… y quizás la fe también.

Porque uno puede pasar un día entero entre gente, celebraciones, visitas, conversaciones… y aun así quedarse con la sensación de que todo fue muy superficial.

Como si nada hubiera tocado realmente lo importante.

Y ahí aparece una pregunta incómoda:

¿estamos realmente preparados… o solo estamos presentes?

Lo que nos mantiene… o lo que nos distrae

A veces uno se alegra de ver a alguien que no aparecía hace tiempo.
Y sí, da gusto. Da alivio incluso.

Pero si lo piensas un poco más…
¿qué es lo que realmente nos mantiene unidos?

Porque si nuestras relaciones se enfrían con facilidad… si nuestra fe depende de con quién nos cruzamos el domingo… o de lo que pasa en el ambiente… entonces quizás no estamos tan firmes como creemos.

Tal vez estamos construyendo… pero sobre algo que no sostiene mucho.

Cuando la fe se parece a otra cosa

Hay escenas que llaman la atención.

Personas que cargan objetos “bendecidos”… que dejan la Biblia abierta en cierto lugar… como si eso protegiera la casa por sí solo.

Y uno no sabe si reír… o quedarse en silencio.
Porque la pregunta no es si lo hacen con buena intención.

La pregunta es otra:

¿en qué momento la fe empezó a parecerse a la magia?

Porque la fe no funciona así. No son objetos.
No son gestos externos.

Son verdades… que deberían estar dentro.
Y si no están dentro… no hay nada afuera que lo compense.

Mucho movimiento… poca preparación

También pasa algo curioso.
Hay gente que está en todo.

Organiza, participa, sube, baja, ayuda, coordina… y desde afuera parece que está creciendo.

Pero no siempre es así.

Uno puede estar muy ocupado… y seguir igual por dentro.

Y eso se nota cuando llega el momento difícil.

Porque ahí ya no importa cuánto hiciste… sino qué tan preparado estás.

Y entonces aparece otra pregunta, un poco más directa:

¿estás entrenando… o solo estás ocupando tu tiempo?

Miramos lo que no importa

Y mientras tanto… nos distraemos.
Nos volvemos expertos en mirar lo externo.
Quién vino, quién no vino.

Qué se puso, cómo habló, qué dijo.

Detalles.
Muchos detalles.

Pero mientras estamos en eso… lo importante pasa de largo.
Porque la verdadera batalla no es visible. No se libra en la superficie.

Y si uno llega distraído… llega débil.

Una fe prestada… o una fe real

Hay una historia que siempre deja pensando.
Un hombre decía: “usted me convirtió”.

Y la respuesta fue simple… pero dura: si fuera así… no estarías como estás.

Y eso abre una pregunta que no es cómoda:

¿nuestra fe es real… o es algo que heredamos, repetimos… o simplemente adoptamos?

Porque hay una diferencia grande entre participar… y haber sido transformado.

Entre el ruido… y la verdad

Hoy hay de todo.

Eventos, música, movimientos, actividades… y muchas cosas pueden parecer espirituales.

Pero no todo lo que emociona… transforma. Y no todo lo que atrae… edifica.
A veces buscamos lo que se siente bien… más que lo que nos hace crecer.

Y eso, con el tiempo, pasa factura.

Antes de irte…

No se trata de hacer más cosas. Ni de volverse rígido. Ni de señalar a otros.

Se trata de algo más sencillo… y más difícil al mismo tiempo:

tomarse en serio la propia fe.

Te dejo con esto:

¿estás preparado… o solo estás esperando que nunca pase nada?

Y una más:

si hoy tuvieras que sostener lo que crees… ¿te alcanzaría lo que sabes?

Gracias por quedarte este rato.
A veces no hace falta más información… sino un poco más de verdad.

Nos vemos en la próxima charla.

Quizás… con menos ruido… y más claridad.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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