Una historia, una Navidad y un gracias papá

Llegó una Navidad en la que los regalos escaseaban, como los pasteles después de que los niños regresan a sus casas. Debajo del viejo árbol de plástico —comprado tantos años atrás que ya ni las luces funcionaban— todavía quedaban algunos paquetes para los más pequeños: bicicletas, patines, pelotas, trompos, ropa y juguetes que llenaban la sala de ruido y emoción.

Entonces llegó mi turno.

Mi padre se acercó con una caja mediana y delgada, envuelta en un papel sencillo que yo había visto escondido aquella mañana entre las bolsas del mercado. Un pequeño pompón rojo hacía de adorno navideño.

—Para ti —me dijo sonriendo, aunque en su voz había también algo de tristeza.

Tomé la caja con felicidad y corrí inmediatamente a mi cuarto. Me senté sobre la cama, rompí el papel de regalo en segundos y abrí la caja con la ansiedad de quien espera encontrar un tesoro. Y de alguna manera, sí lo era.

Dentro había un cuaderno de hojas rayadas y un lapicero de tinta negra.

Me quedé inmóvil unos segundos. Luego salí corriendo hacia la sala y abracé a mi padre con todas mis fuerzas. Él sonrió satisfecho, miró a mi madre y dijo con orgullo silencioso:

—Te lo dije… sabía que le iba a gustar.

Volví al comedor con mi regalo entre las manos, jalé una silla y me senté mirando hacia el techo, como si allí arriba estuvieran escondidas las palabras que todavía no conocía. No miraba las sombras ni los insectos alrededor del foco; buscaba una frase, una idea, algo que valiera la pena escribir.

Tenía trece años, quizás casi catorce, y aquella noche empecé a llenar mi primer cuaderno con cuentos, poemas, canciones, cartas y pensamientos que apenas comenzaban a nacer dentro de mí. No recuerdo qué fue de aquel cuaderno; quizá se perdió entre mudanzas, años y nostalgias, pero todavía recuerdo perfectamente las primeras palabras que escribí en él:

“Gracias, papá”.

Porque fue él quien me regaló algo que hasta hoy sigo llevando conmigo. No era solamente un cuaderno ni un lapicero. Era la necesidad de escribir.

Aprendí mirando su letra. Aprendí que las palabras, cuando se unen, pueden decir cosas que muchas veces la voz no sabe explicar. Y mientras lo veía escribir, yo también empecé a querer contar mis propios pensamientos, mis pequeñas historias y mis silencios.

Hoy tengo teléfonos, computadoras, iPads y teclados donde las palabras aparecen apenas tocando una pantalla, pero sigo necesitando un cuaderno cerca. Sigo buscando esa sensación de sentarme frente a una hoja en blanco y esperar que la musa vuelva a hablarme.

A veces llega triste. Otras veces llena de esperanza. Algunas noches aparece como recuerdo y otras como promesa.

Por eso todavía guardo servilletas con frases escritas, papeles doblados y cuadernos llenos de ideas que nacen de pronto, casi sin permiso. Porque escribir nunca fue solamente una costumbre.

Fue la manera que encontré de seguir respirando.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

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