Episodio 12: La «limpieza» social: De los perros callejeros a la estigmatización del otro.

Serie: «Café en la Catedral«

Tómate un respiro, hermano, y deja que este café asiente un poco, porque este Episodio 12 nos lleva a las zonas más pantanosas de la novela: la «limpieza» social. Vamos a hablar de cómo el sistema intenta esconder su propia podredumbre eliminando aquello que le estorba, ya sean perros callejeros o seres humanos considerados «desechables», como si el jabón de La Tina pudiera realmente lavar la sangre de las manos del poder.

Para entender este episodio de nuestra charla, hay que volver al punto de partida de la novela: la perrera municipal cerca del río Rímac. Fíjate en la imagen que nos da Vargas Llosa: un canchón rodeado de un muro ruin de adobes «color caca» que Santiago identifica como el color de Lima y del Perú entero. Es ahí donde Santiago Zavala se encuentra con un Ambrosio envejecido y embrutecido que se gana la vida matando perros a palos. Lo que parece una labor sanitaria de rutina es, en realidad, la alegoría más cruda de la represión en el Perú.

Lo irónico y doloroso, como te comenté antes, es que Ambrosio está matando esos perros como consecuencia directa de una campaña periodística en la que Santiago participó escribiendo editoriales contra la rabia. Es el retrato perfecto de la complicidad del intelectual con el brazo ejecutor: el de arriba da la orden higiénica desde su escritorio y el de abajo se ensucia las manos con la sangre y los aullidos. En la novela, esta «limpieza» animal es solo el preludio de una limpieza mucho más profunda y sistemática: la de los opositores políticos.

Durante el Ochenio de Odría, la «limpieza» social se llamó Ley de Seguridad Interior. Bajo el pretexto de poner «orden» y asegurar el «progreso», el régimen se dedicó a limpiar el país de lo que llamaban «pillos»: apristas y comunistas. El instrumento para esta higiene política era Cayo Bermúdez, quien montó una red de delatores en universidades y sindicatos para que nadie «sacara los pies del plato». Si no encajabas en el orden del General, el sistema te «limpiaba» enviándote al destierro o al calabozo de la cárcel «La Cuarenta», donde el olor a excremento y orines te recordaba que, para el Estado, ya no eras un ciudadano, sino un desperdicio.

La comparación con el Perú de hoy es para que se nos caiga la taza de la mano, hermano. ¿No te suena familiar ese afán de «limpieza»? Hoy ya no tenemos campañas contra perros rabiosos con la misma saña, pero tenemos una sociedad que busca «limpiar» las calles de vendedores ambulantes, de inmigrantes o de manifestantes, tratándolos con el mismo desprecio con el que Ambrosio trataba a los perros en el canchón. En nuestra política actual, el «terruqueo» es la versión moderna de la Ley de Seguridad Interior: una etiqueta que sirve para deshumanizar al otro y justificar cualquier atropello en nombre de la «limpieza» de la democracia. Seguimos siendo un país que prefiere esconder la basura debajo de la alfombra —o enviarla a los márgenes de la ciudad— antes que enfrentar las causas de nuestra propia rabia social.

¿Qué pasaría si esto se repitiera hoy? Bueno, amigo, es que nunca dejó de pasar, solo se ha vuelto más sofisticado. Si despertáramos hoy en un régimen calcado al de Odría, la «limpieza» social ya no necesitaría solo del «rocha-bús» o de los golpes en la perrera. Tendríamos algoritmos «limpiando» nuestras redes sociales de disidencias y una justicia que, bajo el mando de nuevos «esbirros de Cayo Bermúdez», usaría la burocracia para asfixiar a cualquiera que estorbe los negocios de la élite. Sería una «limpieza» higiénica, digital y silenciosa, pero con el mismo resultado: convertir al ciudadano en un paria que, como Zavalita, siente que nadie vendrá a sacarlo nunca de la perrera.

Lo más triste de este concepto de «limpieza» en la novela es que también se aplica a las personas más cercanas. Don Fermín —el «gran señor»— trata de «limpiar» su reputación y su doble vida a costa de Ambrosio, convirtiéndolo en su matón y su secreto. El poder en el Perú, nos dice Vargas Llosa, funciona como un sistema de alcantarillado moral: los de arriba descargan sus desperdicios en los de abajo. El asesinato de Hortensia, «La Musa», fue la «limpieza» definitiva de una mancha que amenazaba el honor de una familia burguesa.

Al final de este episodio, nos damos cuenta de que el Perú se ha pasado décadas intentando «limpiarse» de su diversidad, de su informalidad y de sus contradicciones, tratándolas como una enfermedad que hay que erradicar. Pero, como bien sabe Santiago frente a la Avenida Tacna, la mancha no está afuera, sino en la mirada de quien cree que puede joder a los demás para mantenerse puro. La «limpieza» social en nuestra historia ha sido, la mayoría de las veces, solo una forma elegante de llamar a la exclusión y al desprecio por el otro.

Sirve un poco más de azúcar, hermano, que este tema de la perrera siempre me deja un regusto amargo en la garganta. En el próximo episodio, te voy a contar sobre el bar ‘La Catedral’, ese lugar donde los secretos se ahogan en alcohol y donde Santiago y Ambrosio intentaron, inútilmente, lavar sus conciencias con cerveza barata.

¿Te queda aliento para otro sorbo o ya sientes que el «olor a derrota» de la perrera te está mareando?.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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Episodio 11 – Corrupción en las venas: ¿Se nace corrupto o el sistema te bautiza?

Serie: “Café en la Catedral

Tómate un respiro, hermano, y deja que este café asiente un poco, porque este Episodio nos mete de lleno en la verdadera «materia prima» que Vargas Llosa usó para construir su catedral de palabras: la corrupción en las venas. Ya no estamos hablando solo de un ministro siniestro o de un empresario con doble vida; estamos hablando de ese aire viciado que lo impregna todo y que nos hace preguntarnos si en este país se nace corrupto o si es el sistema el que te bautiza con agua sucia apenas asomas la cabeza al mundo.

Fíjate en lo que nos dicen las fuentes sobre el ambiente del Ochenio de Odría: era una «sociedad embotellada», un clima de cinismo, apatía y podredumbre moral que no dejaba rincón sin manchar. En la novela, la corrupción no es un accidente, es el eje sobre el cual giran las vidas de Santiago, Ambrosio y Don Fermín. Santiago Zavala se da cuenta de que su propio padre, Don Fermín, se vinculó al régimen no por una convicción patriótica, sino por intereses económicos, buscando asegurar contratos millonarios para sus constructoras y laboratorios. Para Don Fermín, la moral era un traje que se ponía para ir al Club Nacional, pero en los negocios y en la política, se movía bajo la lógica de la «viveza criolla», esa flexibilidad amoral para defraudar al prójimo si el beneficio propio lo justifica.

La comparación con el Perú de hoy es, francamente, un chiste que se cuenta solo. Si en la novela vemos a la oligarquía de los años 50 rindiéndose ante Odría para que los «pillos» (apristas y comunistas) no les malogren el almuerzo, hoy vemos a grupos de interés que operan de la misma forma. El «Pacto de Monterrico» que se menciona en los documentos —ese acuerdo entre Odría y su sucesor para no investigar la corrupción del régimen saliente— es el abuelo de todos los «blindajes» que vemos hoy en nuestro Congreso. La historia nos enseña que en el Perú la justicia no es una balanza, sino una mesa de negociación donde los que salen y los que entran se aseguran de que «la cuestión de la corrupción» nunca sea realmente abierta.

Pero volvamos a la pregunta: ¿se nace o te hacen? Vargas Llosa parece sugerir que hay una «enfermedad nacional» hecha de resentimiento y complejos sociales que infestan todos los estratos. Don Fermín era un «buen padre» en casa, pero un tipo inmoral en los negocios; esa es nuestra gran tragedia: la fragmentación del ser. El sistema te «bautiza» porque, como dice la novela, para sobrevivir y mantenerse en el poder hay que «meter las manos en la mierda», tal como hacía Cayo Bermúdez. El poder en el Perú se ejerce de forma «fisiológica y escatológica», donde el que manda humilla al que obedece, y el que obedece espera su turno para humillar al que está más abajo.

¿Qué pasaría si esto se repitiera hoy? Bueno, amigo, es que no ha dejado de repetirse; solo hemos cambiado los uniformes por ternos de marca y las actas de papel por audios de WhatsApp. Si despertáramos hoy en el Perú del Ochenio, veríamos que la «institucionalización de la traición» sigue siendo nuestra única política de Estado. Si se repitiera ese esquema de poder absoluto, veríamos de nuevo a empresarios como Don Fermín aplaudiendo el «orden» mientras por debajo se reparten la torta con los nuevos «esbirros» del turno. La corrupción en el Perú no es un virus externo, es una condición genética de un sistema que prefiere que todos estemos «jodidos» para que nadie tenga la autoridad moral de señalar al otro.

Lo más irónico de este episodio de nuestra charla es que Santiago Zavala intentó ser «puro», intentó no ser cómplice, pero terminó reconociendo que él también estaba «jodido». Al final, el sistema te bautiza con la resignación; te enseña que no hay solución y que el éxito se mide por cuánto puedes robar sin que te atrapen, o por lo menos, por cuánto puedes ocultar. La corrupción en las venas es, en realidad, el miedo a ser el único «tonto» que respeta las reglas en un país diseñado para los vivos.

¿Te sirvo otro café o ya sientes que la amargura te está llegando al alma? Porque en el próximo episodio vamos a hablar de la «limpieza» social, de cómo el sistema trata de esconder su suciedad matando perros o eliminando a las personas que ya no le sirven, como si el jabón de La Tina pudiera realmente lavar la sangre.

¿Todavía tienes fe en que nos podemos «des-joder» o ya pedimos la cuenta de una vez?. Aunque la charla nos invita a un café más cargado.

Vick
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Episodio 10 : La lealtad de Ambrosio: El peligro de seguir ciegamente a un «líder». 

Serie: «Café en la Catedral».

Tómate otro café, hermano, y pide una porción de picarones, porque este Episodio 10 es de los que dejan un nudo en la garganta y una indignación que solo se pasa con azúcar. Vamos a hablar de la lealtad de Ambrosio, pero no de esa lealtad noble de las películas, sino de esa lealtad perruna, ciega y trágica que nos enseña lo peligroso que es seguir a un «líder» —ya sea un dictador o un padre autoritario— hasta las últimas consecuencias,.

Míralo a Ambrosio. Santiago lo encuentra en la perrera municipal, envejecido, embrutecido, con unos zapatones enormes «jodidos por el tiempo». Es el hombre que pasó de manejar los autos más lujosos de la Lima de los 50 a matar perros a palos por un sueldo de miseria. Santiago lo mira y piensa que Ambrosio está «mil veces más jodido» que él. Pero, ¿por qué terminó así? Por la lealtad. Esa es la palabra maldita de este episodio.

Ambrosio es el producto de un sistema que lo animaliza. Las fuentes lo describen como un «no-sujeto», un ser instintivo y pasivo que es agente y paciente de su propio estado de derrota. Su lealtad hacia Don Fermín Zavala —el famoso «Bola de Oro»— no nace de un contrato justo, sino de una relación de poder y de un secreto sucio: esa relación homosexual clandestina que mantenían. Ambrosio ve en Don Fermín a un «gran señor», casi a un dios, a pesar de que Don Fermín solo lo ve como un instrumento.

Aquí viene la comparación ácida con nuestro Perú actual. ¿No te suena familiar esa lealtad ciega? Hoy ya no tenemos choferes que matan por sus patrones, pero tenemos cuadros políticos, asesores de confianza y «portátiles» que defienden lo indefendible en el Congreso o en la televisión. Son los «Ambrosios» modernos: gente que, por una cuota de poder o por simple servilismo, se ensucian las manos para proteger a su «líder», aunque ese líder los desprecie en privado. Es el «robo pero hace obra» o el «blindaje» por argolla. La lealtad de Ambrosio es el tatarabuelo de ese fanatismo que hoy nos impide ver que el sistema está podrido.

Lo más trágico, hermano, es el crimen de Hortensia, «La Musa». Ambrosio la mata a puñaladas para proteger el secreto de Don Fermín. No lo hace por dinero, lo hace porque ha interiorizado tanto el poder de su patrón que cree que el honor de Don Fermín es más importante que la vida de una mujer. Es la representación perfecta de lo que pasa cuando un ciudadano renuncia a su conciencia para dársela a un caudillo. Ambrosio se vuelve un asesino por «lealtad», y Don Fermín, con un cinismo espantoso, luego lo niega todo, llamándolo «pobre negro» incapaz de matar a una mosca.

¿Qué pasaría si esto se repitiera hoy? Bueno, amigo, ya se repite en cada escándalo de corrupción donde el hilo se rompe por lo más delgado. Si despertáramos hoy en el Perú de la novela, veríamos a los Ambrosios modernos en las redes sociales, haciendo el trabajo sucio de demoler reputaciones para proteger a un jefe que, en cuanto las papas quemen, los va a lanzar a la «perrera» de la historia sin asco. Seguir ciegamente a un líder en el Perú es comprar un boleto directo a la derrota personal, tal como le pasó a este chofer de Chincha.

Ambrosio nos enseña que el poder corrompe hasta la lealtad. Él cree que está siendo fiel, pero en realidad está siendo un «trapo», como le dice Queta con asco: «tienes miedo porque eres un servil… porque él es blanco y tú no, porque él es rico y tú no». Es una radiografía dolorosa de nuestro racismo y clasismo estructural que sigue ahí, vivito y coleando, setenta años después.

Santiago Zavala termina su charla dándose cuenta de que Ambrosio es el reflejo de un país que se dejó «joder» por no tener la fuerza de ser auténtico. Ambrosio es el Perú que obedece sin preguntar, el Perú que se conforma con las sobras de la mesa del poder mientras otros —los Don Fermín o los Cayo Bermúdez— se reparten la torta.

¿Vamos por otra ronda? Porque en el próximo episodio hablaremos de la corrupción en las venas. Vamos a ver si se nace corrupto o si el sistema peruano es el que te bautiza con agua sucia apenas abres los ojos.

¿Todavía tienes espacio para otro picarón o ya te amargaste con la historia de Ambrosio?, o seguimos con otro café.

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Episodio 09: Hortensia y el poder: El uso de las personas como objetos de desecho.

Serie: «Café en la Catedral».

Sirve un poco más de azúcar, hermano, que para hablar de Hortensia, «La Musa», y de cómo el poder la devoró hasta no dejar de ella sino un cadáver «tremendista», hace falta endulzar un poco el ánimo. En este Episodio 9, vamos a dejar los pasillos del Palacio de Gobierno y las asambleas de San Marcos para entrar en los dormitorios de San Miguel, donde el destino del Perú se decidía entre sábanas de seda y secretos inconfesables.

Hortensia no es un personaje cualquiera; es la representación de la persona-objeto. En la novela, ella es una mujer que fue prostituta y cantante de cabaret antes de convertirse en la amante oficial de Cayo Bermúdez, el siniestro brazo ejecutor de la dictadura. Bermúdez la colmó de lujos, la instaló en una casa elegante y la convirtió en su «Musa», pero no por amor —Bermúdez no sabe qué es eso—, sino por una necesidad patológica de dominio y exhibición. Para Cayo, Hortensia era un trofeo, una forma de demostrarle a esa burguesía que lo despreciaba que él también podía tener su propia «corte».

Fíjate en la perversión del sistema, amigo. Las fuentes nos dicen que en la casa de Hortensia se organizaban fiestas orgiásticas donde iban ministros, embajadores y empresarios como Don Fermín Zavala. Era el «retrete del poder», como dice el análisis: el lugar donde la élite descargaba sus vicios mientras el país vivía bajo la bota de la represión. Hortensia creía que era poderosa porque se rodeaba de gente importante, pero en realidad no era más que un objeto de desecho. En el momento en que Cayo Bermúdez cae en desgracia y huye del país, Hortensia pasa de ser «la segunda dama del Perú» a ser una paria, una mujer que se hunde en la miseria y el olvido.

Lo trágico —y aquí es donde la trama se vuelve un nudo ciego— es lo que pasa cuando el objeto de desecho intenta rebelarse. Hortensia descubrió el secreto más sucio de la élite: la relación homosexual entre el «gran señor» Don Fermín y su chofer Ambrosio. En su desesperación por recuperar algo de la vida lujosa que perdió, intentó chantajear a Don Fermín. Y ahí es donde el sistema le recordó su lugar: en el Perú de la dictadura, una «Musa» caída no tiene derecho a tener secretos de los de arriba.

La comparación con el Perú de hoy es, para variar, un espejo deformante. ¿Cuántas veces hemos visto hoy a personajes que son usados por «argollas» políticas como herramientas para el trabajo sucio, para el lobby o para ocultar vicios, y que cuando dejan de ser útiles son lanzados a los leones? Hoy no tenemos casas en San Miguel custodiadas por el Servicio de Inteligencia, pero tenemos redes de corrupción donde las personas siguen siendo tratadas como mercancía. Hortensia es la antepasada de todos esos «colaboradores» que creen estar en el círculo del poder y terminan siendo las primeras víctimas cuando el pacto de impunidad necesita un sacrificio para seguir funcionando.

¿Qué pasaría si esto se repitiera hoy? Bueno, ya lo estamos viendo con el uso mediático de la vida privada para destruir reputaciones. Si Hortensia viviera hoy, su chantaje no sería una carta enviada por debajo de la puerta, sino un hilo de Twitter o un audio filtrado. Pero el resultado sería el mismo: el sistema se encargaría de «desecharla» digital o judicialmente. La dictadura de Odría usaba el plomo y el silencio; hoy usamos el algoritmo y la cancelación, pero la lógica de usar a la gente como si fueran Kleenex sigue intacta.

El final de Hortensia es la parte más cruda de la «materia prima» de la novela. Su asesinato a puñaladas es descrito por Vargas Llosa con un tremendismo que te revuelve el estómago: «un hueco en el hueco», dicen los forenses en una escena que Santiago Zavala nunca podrá olvidar. Ese crimen no fue solo una venganza; fue una limpieza social. Ambrosio mató a Hortensia —presuntamente por orden o para proteger a Don Fermín— porque ella ya no era una persona, era una «mancha» que había que borrar para que el honor de la familia burguesa quedara intacto.

Lo más irónico de todo es que, al final, Hortensia termina unida para siempre a la hija de Ambrosio, quien lleva su nombre: Amalita Hortensia. Es la forma en que la novela nos dice que la tragedia de las mujeres en este sistema se hereda como una marca de nacimiento, uniendo la servidumbre y la prostitución en un solo destino.

Así que, hermano, cuando escuches hablar de «lealtad» en la política peruana, acuérdate de la Musa. En este país, la lealtad dura lo que dura la utilidad. Una vez que dejas de servir, pasas de la sala del Palacio al «hueco en el hueco» de la historia.

¿Te pido otro café? Porque en el próximo episodio vamos a hablar de la lealtad de Ambrosio, y de cómo ese chofer decidió hundirse en el fango por un patrón que nunca lo consideró un igual.

¿Te queda aliento o el caso de Hortensia te dejó con el nudo en la garganta?.

Vick
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Episodio 8: San Marcos como termómetro: Tirar piedras en los 50 y en el siglo XXI.

Serie: «Café en la Catedral».

Tómate un respiro, hermano, y deja que este café asiente un poco, porque el Episodio 8 nos lleva directamente al lugar donde Santiago Zavala intentó, por única vez, dejar de ser un espectador para ser un protagonista: la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En la novela, San Marcos no es solo una institución; es el termómetro que marca la fiebre de un país que se debate entre la dictadura y el deseo de libertad, entre tirar piedras en las calles y esconderse en los libros.

Fíjate en la movida de Santiago. Él venía de una familia acomodada y su destino «natural» era la Universidad Católica, el refugio de la burguesía miraflorina. Pero Zavalita, en un acto de rebelión pura contra su padre, decide meterse en «la boca del lobo»: San Marcos. Don Fermín, con ese clasismo tan peruano que aún hoy nos suena familiar, llamaba a San Marcos una «cueva de resentidos», un lugar donde no se estudiaba nada y solo se hacía política. Para Santiago, en cambio, era el lugar donde estaban los «cholos», los que sufrían el país de verdad, y donde él esperaba encontrar esa «pureza» que sentía perdida en los salones de su casa.

Durante sus años universitarios, Santiago se convierte en el «camarada Julián» dentro de la célula comunista «Cahuide». Es la época del Ochenio, y las fuentes nos dicen que ser opositor era un deporte de alto riesgo: Cayo Bermúdez —el «Vladimiro Montesinos» de Odría— tenía ojos y oídos en todas partes para perseguir a los «pillos», como el régimen llamaba despectivamente a apristas y comunistas. San Marcos era el epicentro de la resistencia, un lugar que, como dice el libro, era un «reflejo del país», con sus marchas, sus contramarchas y ese caos que a veces parecía un «burdel» político.

Aquí viene la comparación irónica con el Perú del siglo XXI que te va a volar la cabeza. ¿Te acuerdas de enero de 2023, cuando la policía entró a San Marcos con tanques y detuvo a cientos de estudiantes y manifestantes? Si Zavalita hubiera estado ahí con su celular, habría sentido un déjà vu histórico. En los años 50, el miedo era al «rocha-bús» (ese carro rompe-manifestaciones bautizado por el ministro Temístocles Rocha) y a terminar en el calabozo o desterrado. Hoy, setenta años después, seguimos usando el «terruqueo» como arma política, tal como Odría usaba la Ley de Seguridad Interior para declarar enemigos de la patria a cualquiera que protestara. Tirar piedras en la Avenida Tacna en los 50 o marchar por la Plaza San Martín hoy parece ser parte de un mismo guion que no terminamos de cerrar.

Pero lo más doloroso de este episodio es el choque de realidad de Santiago. Él juega a ser revolucionario, pero cuando la represión cae con todo su peso sobre el grupo «Cahuide», ocurre la gran traición moral: Santiago es liberado gracias a las influencias de su padre, Don Fermín, mientras que sus compañeros —los que no tenían apellido ni «argolla»— terminan sufriendo la tortura y el encierro. Esa es la tragedia del «sartresillo valiente», como se apodaba Vargas Llosa: descubrir que incluso su rebelión era un lujo que el sistema le permitía mientras otros pagaban el precio con sangre.

¿Qué pasaría si se repitiera hoy este escenario de San Marcos como foco de rebelión? Bueno, ya lo estamos viendo. San Marcos sigue siendo el termómetro: cuando la universidad se mueve, el país tiembla. Si despertáramos otra vez en una dictadura calcada a la de Odría, el poder volvería a ver a San Marcos no como un centro de saber, sino como una amenaza que hay que «limpiar». Veríamos de nuevo a los «esbirros de Cayo Bermúdez» infiltrados en las asambleas y a los hijos de la élite intentando ser radicales un fin de semana para luego regresar a la comodidad de sus privilegios protegidos por el «papi», tal como le pasó a Zavalita.

Lo trágico es que San Marcos, tanto en la novela como en la realidad, es el lugar de las promesas malogradas. Santiago entra buscando la revolución y sale convertido en un escéptico que escribe sobre perros rabiosos en La Crónica. Es la derrota de una generación que vio cómo el «orden» del Ochenio asfixiaba cualquier intento de autenticidad. Hoy, cuando vemos a los jóvenes sanmarquinos en las noticias, nos preguntamos si ellos también terminarán haciéndose la pregunta de Santiago frente a una avenida gris.

Sirve un poco más de azúcar, hermano, que hablar de San Marcos siempre deja un sabor a asfalto y gas lacrimógeno. En el próximo episodio, te voy a contar sobre Hortensia, «La Musa», y cómo el poder usa a las personas como objetos de desecho. Vamos a pasar de las asambleas universitarias a los dormitorios donde se decidían los destinos del Perú entre sábanas de seda y secretos de estado.

¿Te queda café o ya sientes que te están pidiendo el carné de identidad en la puerta?.

Vick
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Episodio 7 – Prensa y censura: De ‘La Crónica’ a los grupos de WhatsApp de hoy.

Serie: Conversanción en La Catedral

Pide otro café, hermano, y asegúrate de que esté bien cargado, porque lo que vamos a comentar hoy es el alma misma de la frustración de Zavalita. En este Episodio 7, vamos a meternos en las redacciones olorosas a tinta y cigarrillo de los años 50 para hablar de Prensa y censura: De ‘La Crónica’ a los grupos de WhatsApp de hoy.

Si te fijas bien, la novela no empieza en una biblioteca ni en un palacio, sino en la puerta de un diario: La Crónica. Ahí está Santiago Zavala, mirando la Avenida Tacna «sin amor», viendo los edificios descoloridos y los «esqueletos de avisos luminosos» flotando en la neblina. Trabaja en lo que el narrador llama un «diario de poca monta», escribiendo editoriales que no cambiarán el mundo, habiendo renunciado a todas las aspiraciones políticas de su juventud. Es la imagen perfecta del intelectual derrotado que usa el periodismo no como una espada, sino como un escudo para esconderse de su propia clase social.

En la época del Ochenio de Odría, la prensa era un campo de batalla minado. Las fuentes nos cuentan que Cayo Bermúdez (el siniestro brazo derecho del General) se encargaba personalmente de vigilar que nadie sacara los pies del plato. No solo se valía de la represión física; usaba la censura en la prensa y las radios, detenciones, torturas y deportaciones para acallar a los «pillos», como llamaban a los apristas y comunistas.

Fíjate en lo irónico y doloroso del asunto: el diario donde trabaja Santiago es parte de ese engranaje que mantiene al país en una «atmósfera de desesperanza». Se menciona que el periodismo de la época estaba inmerso en un clima de «cinismo, apatía, resignación y podredumbre moral». Santiago, que intentó ser el «sartresillo valiente» en San Marcos, termina siendo un engranaje más de la «sociedad embotellada». Incluso se dice que su labor en el diario es lo que, indirectamente, lleva a que maten perros en la perrera municipal, porque el diario hizo una campaña contra la rabia. El intelectual da la orden desde su escritorio y el «cholo» (Ambrosio) ejecuta el palo.

La comparación con el Perú de hoy es para que se nos caiga la taza de la mano. En los años 50, la censura era directa: clausuraban el diario La Prensa, metían preso a su director Pedro G. Beltrán o asesinaban a Francisco Graña Garland. Hoy, la censura es mucho más sofisticada y sutil. Ya no necesitamos a un Cayo Bermúdez cerrando redacciones; hoy tenemos la manipulación de los algoritmos y los «grupos de WhatsApp».

Si Zavalita viviera hoy, no miraría la Avenida Tacna desde la puerta de La Crónica; estaría mirando su celular, abrumado por una «verdad» fragmentada donde cada bando tiene su propia realidad. La censura de hoy no te quita la palabra, te ahoga con el ruido de mil mentiras compartidas por tíos y primos en grupos familiares. Las «argollas» que describe Vargas Llosa han mutado en redes de trolls y en intereses corporativos que deciden qué es noticia y qué no. Antes, el miedo era el «rocha-bús» en las calles; hoy es el linchamiento digital que te deja civilmente muerto antes de que puedas defenderte.

¿Qué pasaría si se repitiera hoy el control de prensa del Ochenio? Bueno, amigo, creo que ya lo estamos viendo en cámara lenta. Si despertáramos otra vez bajo un régimen como el de Odría, el control de la información sería total. No necesitarían la Ley de Seguridad Interior para silenciarnos; les bastaría con comprar a tres o cuatro dueños de canales y dejar que los algoritmos hagan el resto del trabajo sucio. Veríamos de nuevo lo que dice la fuente: una prensa que es «un telón de fondo de la decadencia».

Lo más triste es que el periodismo de Santiago Zavala es el periodismo del escepticismo. Él sabe que el sistema está podrido, pero prefiere el «desclasamiento voluntario» y escribir sobre perros rabiosos antes que enfrentar la verdad sobre su padre o sobre el país. Hoy tenemos muchos «Zavalitas» en los medios: gente con talento que escribe lo que le piden para no perder el sueldo, mientras el Perú se sigue «jodiendo» en cada titular manipulado o en cada audio filtrado que nadie se atreve a investigar a fondo.

Al final de la jornada, la prensa en la novela es el espejo de la «enfermedad nacional»: el resentimiento y los complejos sociales que envenenan todo. Santiago Zavala termina su turno en el diario y se va a la Catedral a beber con Ambrosio, buscando una «purificación» que nunca llega. Nosotros, aquí en este café, hacemos lo mismo: criticamos a la prensa, nos quejamos de la censura de las redes sociales, pero seguimos consumiendo la misma «materia prima» de cinismo y apatía.

¿Pedimos otra ronda? Porque en el próximo episodio te voy a contar sobre San Marcos como termómetro. Vamos a hablar de lo que era tirar piedras en los 50 y cómo eso se compara con las marchas y los radicalismos de este siglo. Porque si La Crónica era donde Santiago se escondía, San Marcos fue donde intentó, por única vez, ser alguien de verdad.

¿Todavía tienes aliento o ya te mareó el olor a tinta vieja de La Crónica?.

Nos vemos en el próximo episodio, no olvides el café.

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Episodio 6: La doble vida de Don Fermín: Cuando la moral pública se cae a pedazos.

Serie: “Café en la Catedral”

Tómate otro sorbo de ese café, hermano, y prepárate porque lo que te voy a contar hoy es el nudo que aprieta la garganta de toda la novela. En este Episodio 6, vamos a entrar en los salones elegantes y en los rincones más oscuros de la conciencia de Don Fermín Zavala: el hombre de éxito, el pilar de la sociedad, pero también el ser que vive una doble vida que termina por desmoronar la moral de toda una familia y, por extensión, de un país entero.

Fíjate en el cuadro que nos pintan las fuentes. Don Fermín es un tipo que en la Lima de los años 50 lo tiene todo. Es un empresario exitoso, dueño de laboratorios farmacéuticos y empresas constructoras. Para el resto del mundo, es un «gran señor», un hombre con «estampa de emperador» que camina con la seguridad de quien sabe que el poder le pertenece. Se vincula al régimen de Odría no por ideología, sino por puro y duro interés económico: busca contratos de carreteras y medicinas, aprovechando su cercanía con la dictadura. Es la representación perfecta de esa élite peruana que, mientras se persigue a apristas y comunistas en las calles, se toma un whisky en la sala de su casa o en el Club Nacional, mirando hacia otro lado.

Pero aquí viene lo que nos quema la lengua, como este café bien cargado. Don Fermín tiene un sobrenombre en los bajos fondos que es una bofetada a su imagen pública: «Bola de Oro». Detrás de ese empresario impecable, se esconde un hombre que vive en la «inautenticidad» sartreana, como dicen los análisis. Don Fermín mantiene una relación homosexual clandestina con su propio chofer, el negro Ambrosio.

Imagina el nivel de desgarro moral, hermano. En la pacata sociedad limeña de esa época, donde la moral se medía por la asistencia a misa y la limpieza del apellido, Don Fermín tiene que fingir cada minuto de su día. Lo irónico es que él, que desprecia a los «cholos» y a los «resentidos», termina refugiándose en la marginalidad para poder ser él mismo. Su doble vida no es solo un secreto sexual; es la metáfora de un país donde lo que se dice en el balcón no tiene nada que ver con lo que se hace en el sótano.

La comparación con el Perú actual es tan precisa que asusta. ¿Cuántas veces hemos visto hoy a personajes que se llenan la boca hablando de «valores», de «familia» y de «honestidad», mientras por debajo de la mesa están negociando una licitación o escondiendo escándalos que harían palidecer a Don Fermín?. Hoy ya no tenemos «Bolas de Oro» escondidos en Ancón, pero tenemos «argollas» políticas y económicas que funcionan bajo la misma lógica: la moral pública es un disfraz que solo sirve para asegurar el próximo contrato con el Estado. Don Fermín es el tatarabuelo de todos esos «lobistas» modernos que se acomodan con cualquier gobierno —sea de derecha o de izquierda— con tal de que sus negocios no se detengan.

Lo más triste es el efecto que esto tiene en su hijo, Santiago. Zavalita sospecha que su padre no solo es «inauténtico», sino que está involucrado en algo mucho más turbio: el asesinato de Hortensia, «La Musa». Santiago intuye que Ambrosio mató a la mujer por orden de su padre —o para protegerlo de un chantaje— y esa duda es el motor que lo lleva a la Catedral a beber cerveza con el exchofer. Santiago siente piedad por su padre al saberlo un hombre que sufre, pero al mismo tiempo lo desprecia porque Don Fermín es la encarnación de la «enfermedad nacional»: ese resentimiento y esos complejos sociales que envenenan todo.

¿Qué pasaría si esto se repitiera hoy? Bueno, amigo, ya está pasando, pero con esteroides. Si Don Fermín viviera hoy, su doble vida no sería un secreto guardado por un chofer leal; sería un audio filtrado, un video de seguridad en redes sociales o una tendencia en Twitter. Pero lo más cínico es que, incluso con la verdad afuera, probablemente seguiría teniendo contratos. En el Perú de hoy, como en el de Odría, parece que hemos aceptado que la moral es un lujo que los poderosos no necesitan costear.

En la novela, la moral pública se cae a pedazos porque está construida sobre la mentira y la represión. Don Fermín es un «héroe degradado» que prefiere que su hijo sea un fracasado antes que verlo descubrir la verdad sobre quién es él realmente. Es la tragedia de una generación que creció viendo a sus padres ser cómplices de la corrupción y el autoritarismo, y que terminó sintiéndose «jodida» por la falta de fe en cualquier cosa.

Don Fermín Zavala nos enseña que el poder en el Perú no solo corrompe las instituciones; corrompe el alma. Al final de la charla, Santiago se da cuenta de que su padre fue un «verdadero señor» para el mundo, pero una ruina moral para su propio hijo. Y nosotros, aquí sentados, nos damos cuenta de que mientras sigamos valorando el éxito económico por encima de la autenticidad, seguiremos viviendo en la Catedral de las mentiras.

Pero no te pongas tan serio, que el café ya se acabó y la tarde sigue igual de gris. En el próximo episodio, te voy a contar sobre la prensa y la censura, y cómo de los diarios de los 50 pasamos a los grupos de WhatsApp de hoy. Porque si Don Fermín era la cara del poder, los periodistas de la época eran los que tenían que decidir si contaban la verdad o se unían a la comparsa de «La Crónica».

¿Pedimos la cuenta o te animas a otro cafecito para pasar el trago amargo de Don Fermín?,.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Episodio 5: Zavalita y el conformismo: ¿Somos rebeldes o solo estamos resentidos?

Serie: “Café en la Catedral

Tómate otro sorbo de ese café, que para hablar de Santiago Zavala, nuestro eterno «Zavalita», hay que tener el alma un poco blindada contra la melancolía. En este Episodio 5, nos toca diseccionar al personaje que es el espejo donde todos nos hemos mirado alguna vez con un poco de asco: Zavalita y el conformismo. Es el retrato de la «promesa malograda», del joven que lo tenía todo para ser feliz y prefirió el refugio de una derrota voluntaria.

Zavalita es un tipo fascinante porque su conformismo no nace de la pereza, sino de una asfixia moral. Imagínatelo ahí, a sus treinta años, caminando por una Avenida Tacna gris y descolorida, sintiéndose tan «jodido» como el mismo país. Lo irónico es que Santiago viene de una familia acomodada; su padre, Don Fermín, es un empresario exitoso que hace fortuna a la sombra del dictador Odría construyendo carreteras y vendiendo medicinas. Santiago desprecia ese mundo de privilegios manchado de corrupción y decide romper con todo. Se convierte en un «desclasado» voluntario: se va a vivir a una pensión modesta, se casa con Ana (una enfermera que su familia considera «una cholita») y termina escribiendo editoriales mediocres en La Crónica por un sueldo que apenas le alcanza para llegar a fin de mes.

Pero, ¿sabes dónde está la verdadera tragedia de su conformismo? En sus años en la Universidad de San Marcos. Ahí, Santiago fue el «sartresillo valiente», el activista que se unió a la célula comunista «Cahuide» buscando la «pureza» y la revolución. Pero el sistema es perverso, hermano. Cuando la policía lo atrapa, su padre mueve sus influencias para protegerlo, mientras a sus compañeros —los que no tenían apellido— les caía todo el peso de la represión. Ese fue el golpe de gracia: Santiago descubre que no puede escapar del poder de su padre, que incluso su rebelión está «patrocinada» por la argolla que odia. Ahí es donde se quiebra, donde decide que ser un perdedor es su única forma de no ser un cómplice.

La comparación con el Perú de hoy es casi una parodia. Zavalita representa a esa clase media ilustrada que hoy se queja en Twitter o en cafés como este, pero que vive en un estado de apatía crónica. Hoy tenemos muchos «Zavalitas» que se indignan con los escándalos de corrupción en el Congreso o en las licitaciones públicas —que no han cambiado mucho desde las carreteras de Don Fermín—, pero que al final prefieren el conformismo de su burbuja de comodidad. Santiago se decía a sí mismo: «a lo mejor te había jodido la falta de fe para creer en cualquier cosa». Esa es nuestra enfermedad actual: un escepticismo tan grande que ya nada nos moviliza, una «sociedad embotellada» donde el cinismo es el aire que respiramos.

Lo más irónico es que Zavalita es un antihéroe que renunció incluso al amor. No fue capaz de jugársela por Aída, su camarada, por pura timidez y falta de valor, y esa inautenticidad lo persigue toda la vida. ¿No nos pasa lo mismo? A veces, por miedo a ensuciarnos las manos o por no arriesgar lo poco que tenemos, aceptamos una democracia «payasa» o líderes mediocres con tal de que no nos molesten mucho.

¿Qué pasaría si esto se repitiera hoy? Bueno, ya lo estamos viendo. Si el conformismo de Zavalita se generaliza en una generación, el resultado es lo que tenemos: un país que funciona por inercia, donde el éxito se mide en cuánto dinero puedes sacar bajo la mesa y la ética es vista como una «huachafería» de gente anticuada. Si despertáramos otra vez en el Perú de los 50, Zavalita no sería un revolucionario; sería un profesional que se queda callado para no perder su contrato con el Estado, buscando la «limpieza» de su conciencia en el silencio, mientras otros —los Ambrosios de la vida— hacen el trabajo sucio.

Zavalita termina su charla en la Catedral con la certeza de que nadie vendrá a sacarlo nunca de la «perrera». Es el conformismo del que sabe que el sistema está podrido pero se siente demasiado pequeño para cambiarlo. Al final, hermano, el conformismo de Santiago es nuestro propio reflejo: preferimos ser «pobres mierdecitas» con la conciencia tranquila antes que arriesgarnos a fallar de verdad intentando cambiar las cosas.

Pero bueno, no dejes que se te enfríe el café. En el próximo episodio, vamos a hablar de la doble vida de Don Fermín. Porque detrás de ese conformismo de Santiago, hay una verdad sobre su padre —»Bola de Oro»— que es mucho más oscura y sórdida de lo que el «sartresillo valiente» se atrevió a imaginar.

¿Otra ronda o ya te sientes muy «jodido» por hoy?. Mejor toma otro café, porque esta noche no duermes, la conciencia te mantiene despierto.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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Episodio 4: Cayo Bermúdez, el brazo ejecutor: El abuelo de todos los servicios de inteligencia. 

Serie: “Café en la Catedral«

Pide otra ronda, hermano, que para hablar de este personaje necesitamos que el café esté bien cargado. En este Episodio 4, nos toca meternos en el rincón más oscuro de la salita del Servicio de Inteligencia: vamos a desmenuzar a Cayo Bermúdez, el brazo ejecutor. Si Santiago Zavala es la conciencia herida del Perú, Cayo Bermúdez —o «Cayo Mierda», como él mismo se bautiza con un cinismo que asusta— es el cirujano que opera sin anestesia las vísceras del país.

Mario Vargas Llosa no se inventó a este tipo de la nada. Cayo Bermúdez es el trasunto literario de un personaje de carne, hueso y mucha sombra: Alejandro Esparza Zañartu, el todopoderoso Ministro de Gobierno de Odría. Esparza Zañartu fue el arquitecto del terror durante el Ochenio, el hombre que montó una red de delatores en universidades, sindicatos y oficinas públicas para que el General pudiera dormir tranquilo mientras otros se encargaban del «trabajo desagradable».

Fíjate en la ironía del poder, hermano. En la novela, Cayo es un «cholo» provinciano, hijo de un prestamista usurero apodado «El Buitre» en Chincha. La élite limeña, los «Don Fermín» de la vida, lo desprecian por su origen, lo llaman «empleadito» y se ríen de sus uñas sucias y su ropa mal entallada. Pero —y aquí está el veneno— lo necesitan. Lo necesitan para que «limpie» el país de apristas y comunistas, para que aplique la Ley de Seguridad Interior que suspendía todas las garantías y permitía encarcelar a cualquiera por una simple denuncia. Bermúdez es el «retrete del poder»: es ahí donde la oligarquía descarga sus desperdicios morales para poder seguir sintiéndose «gente de bien».

La comparación con el Perú de hoy es inevitable y, francamente, nos deja un sabor más amargo que este café. En los metadatos y análisis de la obra, se menciona que a Bermúdez se le recuerda hoy como el «Vladimiro Montesinos de Odría». Y es verdad. Cayo es el abuelo de todos los servicios de inteligencia peruanos que aprendieron que la información es más poderosa que el plomo. En la novela, Bermúdez se obsesiona con el «Archivo», ese lugar secreto donde guardaba las debilidades de todos: quién era homosexual, quién robaba, quién tenía una amante. Hoy, en el siglo XXI, ya no necesitamos carpetas de cartón; tenemos interceptaciones telefónicas, «chuponeo» y redes sociales donde los servicios de inteligencia modernos —o los «asesores en la sombra» que nunca faltan en Palacio— operan con la misma lógica de chantaje y control.

¿Qué pasaría si se repitiera un Cayo Bermúdez hoy? La respuesta da miedo porque ya lo vemos asomar la cabeza. Si Cayo Bermúdez regresara, no necesitaría patrullar las calles con el «rocha-bús»; le bastaría con usar el presupuesto del Estado para comprar granjas de trolls que destruyan la reputación de cualquier opositor. Si el Ochenio volviera, Cayo no tendría que llevar a los estudiantes a la isla de El Frontón; simplemente usaría el sistema judicial para «empapelar» a los líderes sociales mientras él se toma un whisky con los dueños de los grandes capitales, tal como hacía en la casa de Hortensia, «La Musa», en San Miguel.

Lo más triste de este personaje es su soledad. Cayo Bermúdez no tiene amigos, solo tiene subordinados como Ambrosio, a quien usa y luego desecha. Es un hombre que encuentra su «liberación sexual» y su energía en la humillación ajena porque él mismo es un ser acomplejado que nunca pudo ser aceptado por la aristocracia a la que servía. En el Perú actual, seguimos teniendo esos personajes: operadores políticos que no tienen ideología, solo resentimiento y hambre de control, que creen que el país es un botín que se reparte en una mesa de bar o en una sala del SIN.

Bermúdez nos enseña que en el Perú el poder no se ejerce con la Constitución, sino con el miedo. Él es la encarnación de esa «enfermedad nacional» de la que habla Vargas Llosa, donde la lealtad se compra y la traición es la moneda de cambio. Cuando Cayo cae al final de la novela, víctima de una conspiración en Arequipa orquestada por sus propios «amigos» del régimen, su consejo de despedida es lapidario: «No te fíes ni de tu madre». Es la máxima de la política peruana que parece no haber cambiado en setenta años.

Hermano, mira a tu alrededor. Los Cayo Bermúdez modernos ya no usan bigotito a lo Hitler ni huelen a tabaco viejo. Ahora usan trajes de marca, tienen maestrías en el extranjero y hablan de «estabilidad democrática», pero en el fondo, siguen buscando ese «archivo» para tenernos a todos agarrados del cuello. La «sociedad embotellada» de la que habla la fuente no se ha roto; solo le han cambiado la etiqueta.

¿Pedimos otra ronda? Porque en el próximo episodio te voy a contar sobre Zavalita y el conformismo. Vamos a hablar de por qué nos quejamos tanto de los Cayos Bermúdez de la vida, pero al final terminamos aceptando una vida gris con tal de que no nos molesten demasiado.

¿Todavía te queda azúcar o ya la amargura de Cayo te quitó el hambre?.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

Episodio 3: Odría y el Ochenio: Cómo las dictaduras nos venden «orden» a cambio de libertad.

Serie: «Café en la Catedral».

Pide otra ronda de café, hermano, porque entrar en el Episodio 3: Odría y el Ochenio es como meterse en el corazón de las tinieblas de nuestra historia republicana. Si ya hablamos de la pregunta de Zavalita y del encuentro en la perrera, ahora toca hablar del «aire» que respiraban esos personajes: esa mezcla de asfalto fresco de las obras públicas y el olor a rancio de los calabozos.

Fíjate en lo curioso: Manuel A. Odría, el Generalísimo, es el «Destinador» de toda la tragedia en la novela, pero Mario Vargas Llosa lo mantiene como una sombra. Aparece solo una vez físicamente, pero su presencia es omnímoda; es como un dios padre autoritario que no necesita estar en la sala para que todos en la casa caminen de puntitas por miedo a que se despierte de mal humor. Ese periodo, que va de 1948 a 1956, es lo que llamamos el Ochenio, y en la novela es la «materia prima» de la podredumbre moral que Santiago Zavala tanto desprecia.

Hablemos de cómo empezó todo, porque la historia se repite como un disco rayado en este país. Odría dio el golpe en 1948 contra Bustamante y Rivero bajo la excusa de «salvar a la democracia» y «restablecer el imperio de la Constitución». ¿Te suena familiar? Es la clásica movida peruana: romper la mesa para decir que la vas a arreglar. Detrás de él no solo estaban los tanques, sino la Alianza Nacional, la oligarquía de exportadores que quería orden para hacer sus negocios sin que los apristas o los comunistas les «malograran el almuerzo». En la novela, el padre de Santiago, Don Fermín, representa perfectamente a esa élite que se arrima al dictador por intereses económicos, buscando contratos de carreteras o productos farmacéuticos.

Lo más irónico del Ochenio fue la famosa «bajada al llano» de 1950. Como la Constitución prohibía que el presidente en funciones postulara, Odría renunció tres meses antes, dejó a un general de confianza cuidando el asiento y se lanzó como candidato único. ¡Candidato único! Metió preso al rival, el general Montagne, lo acusó de conspirar con el APRA y listo: ganó con una cédula que solo tenía su nombre. Es el arte peruano de la «sacada de vuelta» a la ley, algo que hoy vemos en el Congreso cada vez que interpretan la Constitución como si fuera un manual de instrucciones de un mueble barato.

Pero, ¿por qué la gente lo quería? Aquí entra el lema de Odría: «Hechos y no palabras». Gracias a la Guerra de Corea, las exportaciones peruanas subieron como espuma y entró plata como cancha. Odría llenó Lima de cemento: el Estadio Nacional, las Grandes Unidades Escolares, el Hospital del Empleado (hoy el Rebagliati). Fue un populismo astuto, muy parecido al de Perón en Argentina, donde incluso su esposa, María Delgado, jugaba un papel asistencialista con los más pobres.

Aquí viene la comparación ácida con el Perú de hoy. Seguimos siendo el país que perdona la corrupción si ve «obras». Hoy no tenemos un Ochenio, pero tenemos una clase política que intenta vendernos la misma idea: «no importa que el sistema esté podrido, mira este puente o este bono». En la novela, ese cemento servía para tapar la boca de la gente. Mientras Odría inauguraba colegios, en las calles patrullaba el «rocha-bús» (el carro rompe-manifestaciones bautizado por el ministro Temístocles Rocha) y la Ley de Seguridad Interior suspendía todas las garantías individuales. Si eras aprista o comunista, tu destino era El Frontón o el destierro.

En el libro, esta atmósfera crea lo que Vargas Llosa llama una «sociedad embotellada». La gente se volvió cínica, apática. Los intelectuales como Zavalita se sentían asfixiados porque sabían que el «progreso» era una farsa moral. Mientras la economía brillaba, los lazos humanos se corrompían. Cayo Bermúdez —la mano derecha de Odría basada en el real Alejandro Esparza Zañartu— era el encargado de meter las manos en la basura para que el General siguiera pareciendo un abuelito bonachón.

¿Qué pasaría si se repitiera hoy? Bueno, ya vivimos en una especie de «Ochenio fragmentado». Tenemos la corrupción generalizada, pero sin el liderazgo fuerte ni el Estadio Nacional nuevo para compensar. Si un Odría despertara hoy, no necesitaría la Ley de Seguridad Interior; le bastaría con un ejército de trolls en redes sociales y un par de decretos legislativos para declarar «terrorista» a cualquiera que le estorbe el negocio. El «Pacto de Monterrico» que Odría hizo con su sucesor para que no investigaran sus delitos sigue siendo el manual de funciones de nuestra clase política actual: «tú no me tocas, yo no te toco y todos nos vamos felices con la plata de las obras públicas».

Lo trágico de este episodio de nuestra historia, tanto en el libro como en la realidad, es que nos acostumbró a la idea de que la libertad es un lujo y el orden es una imposición militar. Santiago Zavala odiaba a Odría no solo por la represión, sino porque el dictador le robó la autenticidad a su generación. Los convirtió en seres inauténticos que tenían que vivir una doble vida, como su propio padre Don Fermín.

Así que, hermano, la próxima vez que pases por el Hospital Rebagliati, míralo bien. Es un monumento al Ochenio: sólido por fuera, pero construido sobre los escombros de la moral de un país que aprendió a «joderse» aceptando el pan a cambio del silencio.

¿Vamos por el cuarto café? En el próximo episodio te voy a hablar de Cayo Bermúdez, el tipo que de verdad hacía el trabajo sucio, el «Siniestro» que nos enseñó que en el Perú, a veces, la sombra es más poderosa que el que lleva la banda presidencial.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino
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