Episodio 15: Bucle peruano: ¿Qué pasaría si despertamos otra vez en 1950?

Serie: «Café en la Catedral»

Bueno hermano, hemos llegado al final de este café. Mira el fondo de la taza, ya solo queda el asiento amargo, igual que el final de la charla entre Santiago y Ambrosio. En este Episodio: Bucle peruano: ¿Qué pasaría si despertamos otra vez en 1950?, nos toca cerrar el círculo y darnos cuenta de que, en este país, el tiempo no avanza en línea recta, sino que gira como un perro persiguiéndose la cola en el canchón de la perrera municipal.

Vargas Llosa construyó Conversación en La Catedral sobre una estructura de «cajas chinas» y «diálogos telescópicos» para decirnos algo profundo: que el pasado, el presente y el futuro en el Perú están superpuestos. No es que 1950 haya quedado atrás; es que lo llevamos puesto como una camiseta vieja que se niega a romperse. La fuente nos dice que la pregunta de Zavalita no busca un «cuándo» exacto, sino un «siempre»: el trauma se actualiza en cada nueva crisis.

Imagina por un momento ese ejercicio irónico: despertamos mañana y el calendario dice 1950. ¿Qué cambiaría realmente? Físicamente, quizás veríamos más sombreros en el Jirón de la Unión y menos edificios de vidrio en San Isidro. Pero la «materia prima» de la que habla Vargas Llosa —ese clima de cinismo, apatía y podredumbre moral— se sentiría exactamente igual que el aire que respiramos hoy al abrir Twitter o prender la radio.

Si despertáramos en el Ochenio, nos encontraríamos con una «sociedad embotellada». Pero, hermano, ¿no estamos hoy también embotellados? En los 50, el muro que nos rodeaba era la Ley de Seguridad Interior y el miedo al «rocha-bús» de Temístocles Rocha. Hoy, el muro es una inestabilidad política tan crónica que hemos normalizado tener un presidente nuevo cada año, mientras el Congreso se dedica a los «blindajes» que harían sonreír al mismísimo Cayo Bermúdez.

Hablemos de los personajes en este bucle. Si despertamos en 1950, Don Fermín Zavala ya no necesitaría laboratorios farmacéuticos para hacerse rico a costa del Estado; simplemente sería un «lobista» de alto nivel manejando fondos públicos bajo la excusa de la «reactivación económica». Cayo Bermúdez, el brazo ejecutor, no necesitaría un «archivo» de cartón en una oficina oscura; tendría un software de inteligencia para interceptar comunicaciones y granjas de bots para destruir reputaciones en tiempo real. Lo irónico es que la lógica del poder seguiría siendo la misma: humillar al subordinado para asegurar la lealtad.

¿Y Zavalita? El pobre Santiago seguiría mirando la Avenida Tacna «sin amor». Si hoy despertara en 1950, su tragedia sería la misma: la inautenticidad. Seguiría siendo el intelectual que prefiere el refugio del escepticismo y el «desclasamiento voluntario» antes que ensuciarse las manos en una política que ve como un burdel. El bucle peruano es que cada generación de jóvenes sanmarquinos empieza tirando piedras contra la dictadura de turno para terminar, diez años después, escribiendo editoriales mediocres o trabajando para el sistema que juraron destruir, convencidos de que «no hay solución».

¿Qué pasaría si esto se repitiera? La respuesta es que ya se está repitiendo. Vivimos en una «democracia payasa y populista», como dice un apéndice de las fuentes, que a veces se parece demasiado a las tiranías del pasado. Si volviéramos a 1950, veríamos otra vez la «institucionalización de la traición». Veríamos cómo la élite se acomoda con el autoritarismo con tal de mantener sus contratos, tal como Don Fermín se acomodó con Odría mientras en las calles la policía secreta secuestraba opositores. Veríamos de nuevo esa «enfermedad nacional» hecha de resentimiento y complejos sociales que envenena nuestras mesas de café.

Lo más triste de este despertar hipotético sería darnos cuenta de que no hemos aprendido nada. El Perú de la novela es un lugar donde el racismo y el clasismo son el pegamento social. Si volviéramos a 1950, Ambrosio seguiría siendo el «pobre negro» usado y desechado por los blancos de buena familia, y nosotros seguiríamos identificando raza con clase social. La única diferencia es que hoy el racismo es más disimulado, más «solapado», pero aflora con la misma violencia en cuanto alguien intenta subvertir el orden.

Entonces, hermano, si mañana despertamos y estamos otra vez en el bar La Catedral de 1950, pidiendo una cerveza helada para pasar el calor de la dictadura, no te asombres. En el Perú, el progreso es una ilusión óptica proyectada sobre una neblina permanente. Seguiremos dándole vueltas a la misma pregunta de Santiago: «¿En qué momento se había jodido el Perú?», sin darnos cuenta de que la respuesta no está en el calendario, sino en nuestra propia incapacidad de ser auténticos y romper con la «argolla».

Como dice la novela, a Santiago nadie vendría a sacarlo nunca de la perrera. Y a nosotros, si no rompemos este bucle de corrupción e indiferencia, nadie vendrá a sacarnos de este café gris donde solo nos queda la ironía para no morir de asco.

Bueno, ya es tarde y la neblina está bajando sobre la avenida. ¿Pagamos la cuenta? No te preocupes, que esta ronda —como la de Don Fermín y Cayo Bermúdez— la paga el país, aunque sea con su futuro.

Nos vemos en el próximo bucle, hermano. Ojalá para entonces el café sea menos amargo.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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Episodio 14: Padres e hijos: La tragedia de no querer parecerse al viejo y terminar igual

Serie: Conversación en la Catedral

Tómate un sorbo largo de ese café, hermano, porque hoy nos toca hablar de una de esas heridas que nunca cierran del todo, ni en la piel de un hombre ni en la de un país. En este Episodio, vamos a meternos en el fango de las relaciones familiares, específicamente en esa tragedia de los padres e hijos que Mario Vargas Llosa disecciona con bisturí en Conversación en La Catedral. El título lo dice todo: La tragedia de no querer parecerse al viejo y terminar igual.

Fíjate en Santiago Zavala, nuestro «Zavalita». Su vida entera es un intento desesperado, casi suicida, de no ser un reflejo de su padre, Don Fermín Zavala. Para Santiago, su padre es la encarnación de todo lo que desprecia: el empresario exitoso que prospera bajo la sombra de la dictadura de Odría, el hombre que hace negocios con el Estado vendiendo medicinas y construyendo carreteras mientras en las calles la policía secreta de Cayo Bermúdez persigue a la gente. Santiago mira a Don Fermín y ve la «inautenticidad» hecha persona; ve a un tipo que es «bueno en su casa con sus hijos, pero inmoral en los negocios y oportunista en la política».

¿Y qué hace Santiago para rebelarse? Se lanza al «desclasamiento voluntario». Renuncia a la Universidad Católica para meterse en San Marcos, esa «cueva de resentidos» según su padre; se une a la célula comunista «Cahuide» buscando una pureza ideológica que lo limpie del apellido Zavala; y termina viviendo en una pensión modesta, casado con una enfermera de origen humilde y trabajando en un diario de «poca monta» como La Crónica. Santiago quiere ser el «sartresillo valiente», el joven que elige su propio destino lejos del privilegio manchado de sangre y corrupción.

Pero aquí viene la ironía más dolorosa de la novela, hermano. Santiago descubre que no puede escapar de la «argolla». Cuando cae preso en una redada policial contra su grupo marxista, su padre mueve los hilos del poder para sacarlo, mientras a sus compañeros —los que no tenían apellido ni influencias— les cae todo el peso del maltrato. Esa es la gran traición: Santiago se da cuenta de que su rebelión es un lujo que su padre le costea. Al final, su intento de ser diferente lo deja en el mismo estado que el Perú de los años 50: «jodido». Su derrota no es la de haber fallado, sino la de haber fracasado de la misma forma gris y apática que el sistema que intentó combatir.

Si miramos el Perú de hoy, la comparación es casi un espejo enterrado en el pecho. ¿Cuántas veces hemos visto a los hijos de nuestra clase política o de nuestras élites económicas intentar vender una imagen de renovación, de «limpieza», solo para terminar operando bajo las mismas lógicas de la argolla y el compadrazgo que sus padres?. Hoy ya no tenemos a Don Fermín negociando carreteras con Odría, pero tenemos dinastías políticas y empresariales que se heredan los contactos y las influencias como si fueran joyas de la abuela. Los «Zavalitas» modernos son esos jóvenes profesionales que se indignan en redes sociales, pero que al final dependen del «papi» o del contacto influyente para conseguir el puesto en el Estado o la licitación bajo la mesa.

Lo trágico es que, tanto en la novela como en nuestra realidad, el hijo termina pareciéndose al padre en lo más esencial: en la incapacidad de ser auténtico. Santiago renuncia a sus ideales y se vuelve un escéptico que escribe sobre perros rabiosos; su padre, Don Fermín, vive una doble vida como «Bola de Oro», escondiendo su homosexualidad bajo un traje de «gran señor». Ambos son seres fragmentados, náufragos en una sociedad que premia la apariencia por encima de la verdad.

¿Qué pasaría si se repitiera esta historia? Bueno, la mala noticia es que se repite cada mañana en las oficinas del Jirón de la Unión o de San Isidro. Si despertáramos otra vez en 1950, Santiago Zavala probablemente tendría un blog o un canal de YouTube denunciando al gobierno, pero seguiría siendo liberado por una llamada telefónica de su padre cuando las papas quemen. Seguiríamos viendo esa «enfermedad nacional» hecha de resentimiento y complejos sociales que se pasa de generación en generación como un virus genético.

Santiago termina su charla en el bar La Catedral reconociendo que él también está en la «perrera», ese símbolo de la degradación nacional del que nadie vendrá a sacarlo. La tragedia no es solo que el hijo se parezca al padre, sino que ambos están atrapados en un sistema que prefiere que todos estén «jodidos» para que nadie pueda señalar la suciedad del otro.

Al final del día, hermano, Don Fermín y Santiago son dos caras de la misma moneda peruana: el poder que corrompe y la apatía que acepta la derrota como un destino natural. Santiago quiso matar simbólicamente al padre —ese «deicidio» del que habla Vargas Llosa— para nacer de nuevo, pero terminó siendo una sombra patética que bebe cerveza barata con un exchofer, tratando de entender en qué momento su vida, al igual que su país, se fue al diablo.

Bebe el último sorbo, que el café ya se puso frío. En el próximo y último episodio, vamos a cerrar este bucle peruano para preguntarnos: ¿Qué pasaría si despertamos otra vez en 1950? Porque parece que en este país no avanzamos, solo damos vueltas alrededor de la misma Catedral.

¿Te pido la cuenta o nos quedamos a esperar que alguien venga a sacarnos de la perrera?

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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Episodio 13: El bar ‘La Catedral’: Donde los secretos se ahogan en alcohol.

Serie: ”Café en la Catedral»

Toma asiento, hermano, y pide un café bien cargado, porque hoy nos toca entrar al corazón mismo de la novela, a ese lugar que le da nombre y que es, en buena cuenta, el resumen de todas nuestras derrotas: el bar ‘La Catedral’. Si en los episodios anteriores hemos rastreado la mugre de la perrera y los pasillos siniestros del poder, aquí es donde todo se decanta, donde el tiempo se detiene y se estira en una conversación de cuatro horas que intenta, inútilmente, responder por qué este país se nos deshace entre las manos.

Imagina el sitio, que Vargas Llosa nos lo pinta con una crudeza que casi puedes oler: un bar de mala reputación, sucio y apestoso, ubicado cerca del río Rímac, en esa zona gris del centro de Lima. No busques aquí la elegancia del Club Nacional donde Don Fermín tomaba su whisky; La Catedral es un canchón con techo de calamina, mesas toscas y una «muchedumbre voraz» que se apiña para beber cerveza barata. Es lo que Ambrosio llama con sencillez «uno de pobres», pero para Santiago Zavala es mucho más: es el escenario de su «descenso a los infiernos» para buscar la verdad sobre su padre y sobre el asesinato de La Musa.

Lo primero que salta a la vista es la ironía del nombre, hermano. Llamar «Catedral» a un bar de mala muerte con «suelo chancroso» es la metáfora perfecta de lo que ha sido la historia peruana: pomposa en las etiquetas, pero ruinosa en la práctica. En las fuentes se nos dice que este lugar funciona como una sinécdoque de la perrera o de la cárcel; es un espacio desacralizado donde el «corpulento río de olores» a tabaco, piel humana y restos de comida se mezcla con lo que Santiago identifica como el «olor de la derrota». Ese es nuestro aroma nacional, ¿no te parece?.

Hablemos de la conversación, que es el eje narrativo de todo el libro. Santiago y Ambrosio se sientan ahí no para disfrutar, sino para desenterrar recuerdos y secretos familiares que han marcado al Perú. Santiago, este héroe degradado que busca desesperadamente una «purificación» que nunca llega, intenta sacarle la verdad al viejo chofer. Pero fíjate en el contraste: mientras Zavalita busca la pureza de la verdad, Ambrosio —el «no-sujeto» animalizado por el sistema— prefiere eludir el pasado, mentir o callar para proteger la imagen de ese «gran señor» que fue Don Fermín. Es un diálogo de sordos donde la incomunicación aparece como una barrera insuperable, tal como nos pasa hoy cuando intentamos hablar de política en cualquier mesa.

La comparación con el Perú actual es para reírse por no llorar, porque hoy nuestras «Catedrales» han mutado, pero la dinámica es la misma. Ya no necesitamos ir a un bar de Alfonso Ugarte para ahogarnos en el pesimismo; ahora nuestras Catedrales son las redes sociales o los grupos de WhatsApp donde la verdad se fragmenta en mil pedazos y nadie cree en nada. Si Santiago Zavala se preguntaba en qué momento se jodió el Perú mirando el gris de la Avenida Tacna, hoy nos hacemos la misma pregunta mientras scrolleamos un hilo de Twitter sobre el último escándalo de corrupción del Congreso.

Lo irónico es que seguimos atrapados en esa «sociedad embotellada» que describe la fuente. El bar La Catedral era el refugio de los que no tenían voz, pero también el lugar donde se confirmaba que «no hay solución». Hoy, nuestras instituciones parecen ese mismo bar: techos de calamina moral que dejan filtrar la lluvia de la impunidad mientras los Cayos Bermúdez modernos —esos asesores en la sombra que nunca se han ido— siguen manejando el archivo de nuestras debilidades. Seguimos siendo un país de «vivos y tontos», donde la «viveza criolla» es la única ley que no necesita ser aprobada por el pleno.

¿Qué pasaría si se repitiera hoy una conversación así? Bueno, hermano, ya está pasando. En cada café o bar donde un joven profesional desencantado se sienta con alguien que «estuvo ahí» en los años de los grandes escándalos (ya sea el Ochenio, los 90 o los últimos cinco años), se repite el mismo drama: la búsqueda de un culpable para nuestra propia frustración. Si despertáramos otra vez en 1950, en ese bar, la única diferencia es que Santiago tendría un podcast y Ambrosio se negaría a declarar alegando que es un «perseguido político», tal como hacen hoy todos los que caen en desgracia.

La Catedral es, en última instancia, el símbolo de la «institucionalización de la traición». En ese bar, Santiago comprende que no puede escapar de la sombra de su padre ni del sistema de «argollas» que tanto desprecia. Se da cuenta de que él también está «jodido», atrapado en una perrera de la que nadie vendrá a sacarlo. ¿No nos sentimos todos un poco así hoy? Atrapados en una conversación circular donde los nombres de los presidentes cambian pero el «tufo» a corrupción sigue siendo el mismo aire macizo que respiramos.

Santiago termina su charla en La Catedral con la certeza de que el Perú es una enfermedad nacional hecha de resentimientos y complejos. Y nosotros, aquí sentados con este último sorbo de café, nos damos cuenta de que el bar sigue abierto. No es un lugar físico, es un estado mental donde el optimismo es visto como una «huachafería» y el cinismo es nuestra única defensa. Al final, hermano, como dice la novela, a ti nadie vendrá a sacarte nunca de la perrera, Zavalita; y a nosotros, parece que nadie vendrá a sacarnos nunca de esta Catedral de mentiras.

Pero bueno, no te me pongas melancólico, que todavía nos quedan un par de rondas más para terminar este repaso. En el próximo episodio vamos a hablar de la tragedia de los padres e hijos, de por qué el intento de Santiago de no parecerse al viejo terminó convirtiéndolo en su sombra más patética.

¿Pedimos la cuenta o te animas a otro cafecito para pasar el trago amargo de La Catedral?.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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Episodio 12: La «limpieza» social: De los perros callejeros a la estigmatización del otro.

Serie: «Café en la Catedral«

Tómate un respiro, hermano, y deja que este café asiente un poco, porque este Episodio 12 nos lleva a las zonas más pantanosas de la novela: la «limpieza» social. Vamos a hablar de cómo el sistema intenta esconder su propia podredumbre eliminando aquello que le estorba, ya sean perros callejeros o seres humanos considerados «desechables», como si el jabón de La Tina pudiera realmente lavar la sangre de las manos del poder.

Para entender este episodio de nuestra charla, hay que volver al punto de partida de la novela: la perrera municipal cerca del río Rímac. Fíjate en la imagen que nos da Vargas Llosa: un canchón rodeado de un muro ruin de adobes «color caca» que Santiago identifica como el color de Lima y del Perú entero. Es ahí donde Santiago Zavala se encuentra con un Ambrosio envejecido y embrutecido que se gana la vida matando perros a palos. Lo que parece una labor sanitaria de rutina es, en realidad, la alegoría más cruda de la represión en el Perú.

Lo irónico y doloroso, como te comenté antes, es que Ambrosio está matando esos perros como consecuencia directa de una campaña periodística en la que Santiago participó escribiendo editoriales contra la rabia. Es el retrato perfecto de la complicidad del intelectual con el brazo ejecutor: el de arriba da la orden higiénica desde su escritorio y el de abajo se ensucia las manos con la sangre y los aullidos. En la novela, esta «limpieza» animal es solo el preludio de una limpieza mucho más profunda y sistemática: la de los opositores políticos.

Durante el Ochenio de Odría, la «limpieza» social se llamó Ley de Seguridad Interior. Bajo el pretexto de poner «orden» y asegurar el «progreso», el régimen se dedicó a limpiar el país de lo que llamaban «pillos»: apristas y comunistas. El instrumento para esta higiene política era Cayo Bermúdez, quien montó una red de delatores en universidades y sindicatos para que nadie «sacara los pies del plato». Si no encajabas en el orden del General, el sistema te «limpiaba» enviándote al destierro o al calabozo de la cárcel «La Cuarenta», donde el olor a excremento y orines te recordaba que, para el Estado, ya no eras un ciudadano, sino un desperdicio.

La comparación con el Perú de hoy es para que se nos caiga la taza de la mano, hermano. ¿No te suena familiar ese afán de «limpieza»? Hoy ya no tenemos campañas contra perros rabiosos con la misma saña, pero tenemos una sociedad que busca «limpiar» las calles de vendedores ambulantes, de inmigrantes o de manifestantes, tratándolos con el mismo desprecio con el que Ambrosio trataba a los perros en el canchón. En nuestra política actual, el «terruqueo» es la versión moderna de la Ley de Seguridad Interior: una etiqueta que sirve para deshumanizar al otro y justificar cualquier atropello en nombre de la «limpieza» de la democracia. Seguimos siendo un país que prefiere esconder la basura debajo de la alfombra —o enviarla a los márgenes de la ciudad— antes que enfrentar las causas de nuestra propia rabia social.

¿Qué pasaría si esto se repitiera hoy? Bueno, amigo, es que nunca dejó de pasar, solo se ha vuelto más sofisticado. Si despertáramos hoy en un régimen calcado al de Odría, la «limpieza» social ya no necesitaría solo del «rocha-bús» o de los golpes en la perrera. Tendríamos algoritmos «limpiando» nuestras redes sociales de disidencias y una justicia que, bajo el mando de nuevos «esbirros de Cayo Bermúdez», usaría la burocracia para asfixiar a cualquiera que estorbe los negocios de la élite. Sería una «limpieza» higiénica, digital y silenciosa, pero con el mismo resultado: convertir al ciudadano en un paria que, como Zavalita, siente que nadie vendrá a sacarlo nunca de la perrera.

Lo más triste de este concepto de «limpieza» en la novela es que también se aplica a las personas más cercanas. Don Fermín —el «gran señor»— trata de «limpiar» su reputación y su doble vida a costa de Ambrosio, convirtiéndolo en su matón y su secreto. El poder en el Perú, nos dice Vargas Llosa, funciona como un sistema de alcantarillado moral: los de arriba descargan sus desperdicios en los de abajo. El asesinato de Hortensia, «La Musa», fue la «limpieza» definitiva de una mancha que amenazaba el honor de una familia burguesa.

Al final de este episodio, nos damos cuenta de que el Perú se ha pasado décadas intentando «limpiarse» de su diversidad, de su informalidad y de sus contradicciones, tratándolas como una enfermedad que hay que erradicar. Pero, como bien sabe Santiago frente a la Avenida Tacna, la mancha no está afuera, sino en la mirada de quien cree que puede joder a los demás para mantenerse puro. La «limpieza» social en nuestra historia ha sido, la mayoría de las veces, solo una forma elegante de llamar a la exclusión y al desprecio por el otro.

Sirve un poco más de azúcar, hermano, que este tema de la perrera siempre me deja un regusto amargo en la garganta. En el próximo episodio, te voy a contar sobre el bar ‘La Catedral’, ese lugar donde los secretos se ahogan en alcohol y donde Santiago y Ambrosio intentaron, inútilmente, lavar sus conciencias con cerveza barata.

¿Te queda aliento para otro sorbo o ya sientes que el «olor a derrota» de la perrera te está mareando?.

Vick
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Episodio 11 – Corrupción en las venas: ¿Se nace corrupto o el sistema te bautiza?

Serie: “Café en la Catedral

Tómate un respiro, hermano, y deja que este café asiente un poco, porque este Episodio nos mete de lleno en la verdadera «materia prima» que Vargas Llosa usó para construir su catedral de palabras: la corrupción en las venas. Ya no estamos hablando solo de un ministro siniestro o de un empresario con doble vida; estamos hablando de ese aire viciado que lo impregna todo y que nos hace preguntarnos si en este país se nace corrupto o si es el sistema el que te bautiza con agua sucia apenas asomas la cabeza al mundo.

Fíjate en lo que nos dicen las fuentes sobre el ambiente del Ochenio de Odría: era una «sociedad embotellada», un clima de cinismo, apatía y podredumbre moral que no dejaba rincón sin manchar. En la novela, la corrupción no es un accidente, es el eje sobre el cual giran las vidas de Santiago, Ambrosio y Don Fermín. Santiago Zavala se da cuenta de que su propio padre, Don Fermín, se vinculó al régimen no por una convicción patriótica, sino por intereses económicos, buscando asegurar contratos millonarios para sus constructoras y laboratorios. Para Don Fermín, la moral era un traje que se ponía para ir al Club Nacional, pero en los negocios y en la política, se movía bajo la lógica de la «viveza criolla», esa flexibilidad amoral para defraudar al prójimo si el beneficio propio lo justifica.

La comparación con el Perú de hoy es, francamente, un chiste que se cuenta solo. Si en la novela vemos a la oligarquía de los años 50 rindiéndose ante Odría para que los «pillos» (apristas y comunistas) no les malogren el almuerzo, hoy vemos a grupos de interés que operan de la misma forma. El «Pacto de Monterrico» que se menciona en los documentos —ese acuerdo entre Odría y su sucesor para no investigar la corrupción del régimen saliente— es el abuelo de todos los «blindajes» que vemos hoy en nuestro Congreso. La historia nos enseña que en el Perú la justicia no es una balanza, sino una mesa de negociación donde los que salen y los que entran se aseguran de que «la cuestión de la corrupción» nunca sea realmente abierta.

Pero volvamos a la pregunta: ¿se nace o te hacen? Vargas Llosa parece sugerir que hay una «enfermedad nacional» hecha de resentimiento y complejos sociales que infestan todos los estratos. Don Fermín era un «buen padre» en casa, pero un tipo inmoral en los negocios; esa es nuestra gran tragedia: la fragmentación del ser. El sistema te «bautiza» porque, como dice la novela, para sobrevivir y mantenerse en el poder hay que «meter las manos en la mierda», tal como hacía Cayo Bermúdez. El poder en el Perú se ejerce de forma «fisiológica y escatológica», donde el que manda humilla al que obedece, y el que obedece espera su turno para humillar al que está más abajo.

¿Qué pasaría si esto se repitiera hoy? Bueno, amigo, es que no ha dejado de repetirse; solo hemos cambiado los uniformes por ternos de marca y las actas de papel por audios de WhatsApp. Si despertáramos hoy en el Perú del Ochenio, veríamos que la «institucionalización de la traición» sigue siendo nuestra única política de Estado. Si se repitiera ese esquema de poder absoluto, veríamos de nuevo a empresarios como Don Fermín aplaudiendo el «orden» mientras por debajo se reparten la torta con los nuevos «esbirros» del turno. La corrupción en el Perú no es un virus externo, es una condición genética de un sistema que prefiere que todos estemos «jodidos» para que nadie tenga la autoridad moral de señalar al otro.

Lo más irónico de este episodio de nuestra charla es que Santiago Zavala intentó ser «puro», intentó no ser cómplice, pero terminó reconociendo que él también estaba «jodido». Al final, el sistema te bautiza con la resignación; te enseña que no hay solución y que el éxito se mide por cuánto puedes robar sin que te atrapen, o por lo menos, por cuánto puedes ocultar. La corrupción en las venas es, en realidad, el miedo a ser el único «tonto» que respeta las reglas en un país diseñado para los vivos.

¿Te sirvo otro café o ya sientes que la amargura te está llegando al alma? Porque en el próximo episodio vamos a hablar de la «limpieza» social, de cómo el sistema trata de esconder su suciedad matando perros o eliminando a las personas que ya no le sirven, como si el jabón de La Tina pudiera realmente lavar la sangre.

¿Todavía tienes fe en que nos podemos «des-joder» o ya pedimos la cuenta de una vez?. Aunque la charla nos invita a un café más cargado.

Vick
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Episodio 10 : La lealtad de Ambrosio: El peligro de seguir ciegamente a un «líder». 

Serie: «Café en la Catedral».

Tómate otro café, hermano, y pide una porción de picarones, porque este Episodio 10 es de los que dejan un nudo en la garganta y una indignación que solo se pasa con azúcar. Vamos a hablar de la lealtad de Ambrosio, pero no de esa lealtad noble de las películas, sino de esa lealtad perruna, ciega y trágica que nos enseña lo peligroso que es seguir a un «líder» —ya sea un dictador o un padre autoritario— hasta las últimas consecuencias,.

Míralo a Ambrosio. Santiago lo encuentra en la perrera municipal, envejecido, embrutecido, con unos zapatones enormes «jodidos por el tiempo». Es el hombre que pasó de manejar los autos más lujosos de la Lima de los 50 a matar perros a palos por un sueldo de miseria. Santiago lo mira y piensa que Ambrosio está «mil veces más jodido» que él. Pero, ¿por qué terminó así? Por la lealtad. Esa es la palabra maldita de este episodio.

Ambrosio es el producto de un sistema que lo animaliza. Las fuentes lo describen como un «no-sujeto», un ser instintivo y pasivo que es agente y paciente de su propio estado de derrota. Su lealtad hacia Don Fermín Zavala —el famoso «Bola de Oro»— no nace de un contrato justo, sino de una relación de poder y de un secreto sucio: esa relación homosexual clandestina que mantenían. Ambrosio ve en Don Fermín a un «gran señor», casi a un dios, a pesar de que Don Fermín solo lo ve como un instrumento.

Aquí viene la comparación ácida con nuestro Perú actual. ¿No te suena familiar esa lealtad ciega? Hoy ya no tenemos choferes que matan por sus patrones, pero tenemos cuadros políticos, asesores de confianza y «portátiles» que defienden lo indefendible en el Congreso o en la televisión. Son los «Ambrosios» modernos: gente que, por una cuota de poder o por simple servilismo, se ensucian las manos para proteger a su «líder», aunque ese líder los desprecie en privado. Es el «robo pero hace obra» o el «blindaje» por argolla. La lealtad de Ambrosio es el tatarabuelo de ese fanatismo que hoy nos impide ver que el sistema está podrido.

Lo más trágico, hermano, es el crimen de Hortensia, «La Musa». Ambrosio la mata a puñaladas para proteger el secreto de Don Fermín. No lo hace por dinero, lo hace porque ha interiorizado tanto el poder de su patrón que cree que el honor de Don Fermín es más importante que la vida de una mujer. Es la representación perfecta de lo que pasa cuando un ciudadano renuncia a su conciencia para dársela a un caudillo. Ambrosio se vuelve un asesino por «lealtad», y Don Fermín, con un cinismo espantoso, luego lo niega todo, llamándolo «pobre negro» incapaz de matar a una mosca.

¿Qué pasaría si esto se repitiera hoy? Bueno, amigo, ya se repite en cada escándalo de corrupción donde el hilo se rompe por lo más delgado. Si despertáramos hoy en el Perú de la novela, veríamos a los Ambrosios modernos en las redes sociales, haciendo el trabajo sucio de demoler reputaciones para proteger a un jefe que, en cuanto las papas quemen, los va a lanzar a la «perrera» de la historia sin asco. Seguir ciegamente a un líder en el Perú es comprar un boleto directo a la derrota personal, tal como le pasó a este chofer de Chincha.

Ambrosio nos enseña que el poder corrompe hasta la lealtad. Él cree que está siendo fiel, pero en realidad está siendo un «trapo», como le dice Queta con asco: «tienes miedo porque eres un servil… porque él es blanco y tú no, porque él es rico y tú no». Es una radiografía dolorosa de nuestro racismo y clasismo estructural que sigue ahí, vivito y coleando, setenta años después.

Santiago Zavala termina su charla dándose cuenta de que Ambrosio es el reflejo de un país que se dejó «joder» por no tener la fuerza de ser auténtico. Ambrosio es el Perú que obedece sin preguntar, el Perú que se conforma con las sobras de la mesa del poder mientras otros —los Don Fermín o los Cayo Bermúdez— se reparten la torta.

¿Vamos por otra ronda? Porque en el próximo episodio hablaremos de la corrupción en las venas. Vamos a ver si se nace corrupto o si el sistema peruano es el que te bautiza con agua sucia apenas abres los ojos.

¿Todavía tienes espacio para otro picarón o ya te amargaste con la historia de Ambrosio?, o seguimos con otro café.

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Episodio 09: Hortensia y el poder: El uso de las personas como objetos de desecho.

Serie: «Café en la Catedral».

Sirve un poco más de azúcar, hermano, que para hablar de Hortensia, «La Musa», y de cómo el poder la devoró hasta no dejar de ella sino un cadáver «tremendista», hace falta endulzar un poco el ánimo. En este Episodio 9, vamos a dejar los pasillos del Palacio de Gobierno y las asambleas de San Marcos para entrar en los dormitorios de San Miguel, donde el destino del Perú se decidía entre sábanas de seda y secretos inconfesables.

Hortensia no es un personaje cualquiera; es la representación de la persona-objeto. En la novela, ella es una mujer que fue prostituta y cantante de cabaret antes de convertirse en la amante oficial de Cayo Bermúdez, el siniestro brazo ejecutor de la dictadura. Bermúdez la colmó de lujos, la instaló en una casa elegante y la convirtió en su «Musa», pero no por amor —Bermúdez no sabe qué es eso—, sino por una necesidad patológica de dominio y exhibición. Para Cayo, Hortensia era un trofeo, una forma de demostrarle a esa burguesía que lo despreciaba que él también podía tener su propia «corte».

Fíjate en la perversión del sistema, amigo. Las fuentes nos dicen que en la casa de Hortensia se organizaban fiestas orgiásticas donde iban ministros, embajadores y empresarios como Don Fermín Zavala. Era el «retrete del poder», como dice el análisis: el lugar donde la élite descargaba sus vicios mientras el país vivía bajo la bota de la represión. Hortensia creía que era poderosa porque se rodeaba de gente importante, pero en realidad no era más que un objeto de desecho. En el momento en que Cayo Bermúdez cae en desgracia y huye del país, Hortensia pasa de ser «la segunda dama del Perú» a ser una paria, una mujer que se hunde en la miseria y el olvido.

Lo trágico —y aquí es donde la trama se vuelve un nudo ciego— es lo que pasa cuando el objeto de desecho intenta rebelarse. Hortensia descubrió el secreto más sucio de la élite: la relación homosexual entre el «gran señor» Don Fermín y su chofer Ambrosio. En su desesperación por recuperar algo de la vida lujosa que perdió, intentó chantajear a Don Fermín. Y ahí es donde el sistema le recordó su lugar: en el Perú de la dictadura, una «Musa» caída no tiene derecho a tener secretos de los de arriba.

La comparación con el Perú de hoy es, para variar, un espejo deformante. ¿Cuántas veces hemos visto hoy a personajes que son usados por «argollas» políticas como herramientas para el trabajo sucio, para el lobby o para ocultar vicios, y que cuando dejan de ser útiles son lanzados a los leones? Hoy no tenemos casas en San Miguel custodiadas por el Servicio de Inteligencia, pero tenemos redes de corrupción donde las personas siguen siendo tratadas como mercancía. Hortensia es la antepasada de todos esos «colaboradores» que creen estar en el círculo del poder y terminan siendo las primeras víctimas cuando el pacto de impunidad necesita un sacrificio para seguir funcionando.

¿Qué pasaría si esto se repitiera hoy? Bueno, ya lo estamos viendo con el uso mediático de la vida privada para destruir reputaciones. Si Hortensia viviera hoy, su chantaje no sería una carta enviada por debajo de la puerta, sino un hilo de Twitter o un audio filtrado. Pero el resultado sería el mismo: el sistema se encargaría de «desecharla» digital o judicialmente. La dictadura de Odría usaba el plomo y el silencio; hoy usamos el algoritmo y la cancelación, pero la lógica de usar a la gente como si fueran Kleenex sigue intacta.

El final de Hortensia es la parte más cruda de la «materia prima» de la novela. Su asesinato a puñaladas es descrito por Vargas Llosa con un tremendismo que te revuelve el estómago: «un hueco en el hueco», dicen los forenses en una escena que Santiago Zavala nunca podrá olvidar. Ese crimen no fue solo una venganza; fue una limpieza social. Ambrosio mató a Hortensia —presuntamente por orden o para proteger a Don Fermín— porque ella ya no era una persona, era una «mancha» que había que borrar para que el honor de la familia burguesa quedara intacto.

Lo más irónico de todo es que, al final, Hortensia termina unida para siempre a la hija de Ambrosio, quien lleva su nombre: Amalita Hortensia. Es la forma en que la novela nos dice que la tragedia de las mujeres en este sistema se hereda como una marca de nacimiento, uniendo la servidumbre y la prostitución en un solo destino.

Así que, hermano, cuando escuches hablar de «lealtad» en la política peruana, acuérdate de la Musa. En este país, la lealtad dura lo que dura la utilidad. Una vez que dejas de servir, pasas de la sala del Palacio al «hueco en el hueco» de la historia.

¿Te pido otro café? Porque en el próximo episodio vamos a hablar de la lealtad de Ambrosio, y de cómo ese chofer decidió hundirse en el fango por un patrón que nunca lo consideró un igual.

¿Te queda aliento o el caso de Hortensia te dejó con el nudo en la garganta?.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Episodio 8: San Marcos como termómetro: Tirar piedras en los 50 y en el siglo XXI.

Serie: «Café en la Catedral».

Tómate un respiro, hermano, y deja que este café asiente un poco, porque el Episodio 8 nos lleva directamente al lugar donde Santiago Zavala intentó, por única vez, dejar de ser un espectador para ser un protagonista: la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En la novela, San Marcos no es solo una institución; es el termómetro que marca la fiebre de un país que se debate entre la dictadura y el deseo de libertad, entre tirar piedras en las calles y esconderse en los libros.

Fíjate en la movida de Santiago. Él venía de una familia acomodada y su destino «natural» era la Universidad Católica, el refugio de la burguesía miraflorina. Pero Zavalita, en un acto de rebelión pura contra su padre, decide meterse en «la boca del lobo»: San Marcos. Don Fermín, con ese clasismo tan peruano que aún hoy nos suena familiar, llamaba a San Marcos una «cueva de resentidos», un lugar donde no se estudiaba nada y solo se hacía política. Para Santiago, en cambio, era el lugar donde estaban los «cholos», los que sufrían el país de verdad, y donde él esperaba encontrar esa «pureza» que sentía perdida en los salones de su casa.

Durante sus años universitarios, Santiago se convierte en el «camarada Julián» dentro de la célula comunista «Cahuide». Es la época del Ochenio, y las fuentes nos dicen que ser opositor era un deporte de alto riesgo: Cayo Bermúdez —el «Vladimiro Montesinos» de Odría— tenía ojos y oídos en todas partes para perseguir a los «pillos», como el régimen llamaba despectivamente a apristas y comunistas. San Marcos era el epicentro de la resistencia, un lugar que, como dice el libro, era un «reflejo del país», con sus marchas, sus contramarchas y ese caos que a veces parecía un «burdel» político.

Aquí viene la comparación irónica con el Perú del siglo XXI que te va a volar la cabeza. ¿Te acuerdas de enero de 2023, cuando la policía entró a San Marcos con tanques y detuvo a cientos de estudiantes y manifestantes? Si Zavalita hubiera estado ahí con su celular, habría sentido un déjà vu histórico. En los años 50, el miedo era al «rocha-bús» (ese carro rompe-manifestaciones bautizado por el ministro Temístocles Rocha) y a terminar en el calabozo o desterrado. Hoy, setenta años después, seguimos usando el «terruqueo» como arma política, tal como Odría usaba la Ley de Seguridad Interior para declarar enemigos de la patria a cualquiera que protestara. Tirar piedras en la Avenida Tacna en los 50 o marchar por la Plaza San Martín hoy parece ser parte de un mismo guion que no terminamos de cerrar.

Pero lo más doloroso de este episodio es el choque de realidad de Santiago. Él juega a ser revolucionario, pero cuando la represión cae con todo su peso sobre el grupo «Cahuide», ocurre la gran traición moral: Santiago es liberado gracias a las influencias de su padre, Don Fermín, mientras que sus compañeros —los que no tenían apellido ni «argolla»— terminan sufriendo la tortura y el encierro. Esa es la tragedia del «sartresillo valiente», como se apodaba Vargas Llosa: descubrir que incluso su rebelión era un lujo que el sistema le permitía mientras otros pagaban el precio con sangre.

¿Qué pasaría si se repitiera hoy este escenario de San Marcos como foco de rebelión? Bueno, ya lo estamos viendo. San Marcos sigue siendo el termómetro: cuando la universidad se mueve, el país tiembla. Si despertáramos otra vez en una dictadura calcada a la de Odría, el poder volvería a ver a San Marcos no como un centro de saber, sino como una amenaza que hay que «limpiar». Veríamos de nuevo a los «esbirros de Cayo Bermúdez» infiltrados en las asambleas y a los hijos de la élite intentando ser radicales un fin de semana para luego regresar a la comodidad de sus privilegios protegidos por el «papi», tal como le pasó a Zavalita.

Lo trágico es que San Marcos, tanto en la novela como en la realidad, es el lugar de las promesas malogradas. Santiago entra buscando la revolución y sale convertido en un escéptico que escribe sobre perros rabiosos en La Crónica. Es la derrota de una generación que vio cómo el «orden» del Ochenio asfixiaba cualquier intento de autenticidad. Hoy, cuando vemos a los jóvenes sanmarquinos en las noticias, nos preguntamos si ellos también terminarán haciéndose la pregunta de Santiago frente a una avenida gris.

Sirve un poco más de azúcar, hermano, que hablar de San Marcos siempre deja un sabor a asfalto y gas lacrimógeno. En el próximo episodio, te voy a contar sobre Hortensia, «La Musa», y cómo el poder usa a las personas como objetos de desecho. Vamos a pasar de las asambleas universitarias a los dormitorios donde se decidían los destinos del Perú entre sábanas de seda y secretos de estado.

¿Te queda café o ya sientes que te están pidiendo el carné de identidad en la puerta?.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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Episodio 7 – Prensa y censura: De ‘La Crónica’ a los grupos de WhatsApp de hoy.

Serie: Conversanción en La Catedral

Pide otro café, hermano, y asegúrate de que esté bien cargado, porque lo que vamos a comentar hoy es el alma misma de la frustración de Zavalita. En este Episodio 7, vamos a meternos en las redacciones olorosas a tinta y cigarrillo de los años 50 para hablar de Prensa y censura: De ‘La Crónica’ a los grupos de WhatsApp de hoy.

Si te fijas bien, la novela no empieza en una biblioteca ni en un palacio, sino en la puerta de un diario: La Crónica. Ahí está Santiago Zavala, mirando la Avenida Tacna «sin amor», viendo los edificios descoloridos y los «esqueletos de avisos luminosos» flotando en la neblina. Trabaja en lo que el narrador llama un «diario de poca monta», escribiendo editoriales que no cambiarán el mundo, habiendo renunciado a todas las aspiraciones políticas de su juventud. Es la imagen perfecta del intelectual derrotado que usa el periodismo no como una espada, sino como un escudo para esconderse de su propia clase social.

En la época del Ochenio de Odría, la prensa era un campo de batalla minado. Las fuentes nos cuentan que Cayo Bermúdez (el siniestro brazo derecho del General) se encargaba personalmente de vigilar que nadie sacara los pies del plato. No solo se valía de la represión física; usaba la censura en la prensa y las radios, detenciones, torturas y deportaciones para acallar a los «pillos», como llamaban a los apristas y comunistas.

Fíjate en lo irónico y doloroso del asunto: el diario donde trabaja Santiago es parte de ese engranaje que mantiene al país en una «atmósfera de desesperanza». Se menciona que el periodismo de la época estaba inmerso en un clima de «cinismo, apatía, resignación y podredumbre moral». Santiago, que intentó ser el «sartresillo valiente» en San Marcos, termina siendo un engranaje más de la «sociedad embotellada». Incluso se dice que su labor en el diario es lo que, indirectamente, lleva a que maten perros en la perrera municipal, porque el diario hizo una campaña contra la rabia. El intelectual da la orden desde su escritorio y el «cholo» (Ambrosio) ejecuta el palo.

La comparación con el Perú de hoy es para que se nos caiga la taza de la mano. En los años 50, la censura era directa: clausuraban el diario La Prensa, metían preso a su director Pedro G. Beltrán o asesinaban a Francisco Graña Garland. Hoy, la censura es mucho más sofisticada y sutil. Ya no necesitamos a un Cayo Bermúdez cerrando redacciones; hoy tenemos la manipulación de los algoritmos y los «grupos de WhatsApp».

Si Zavalita viviera hoy, no miraría la Avenida Tacna desde la puerta de La Crónica; estaría mirando su celular, abrumado por una «verdad» fragmentada donde cada bando tiene su propia realidad. La censura de hoy no te quita la palabra, te ahoga con el ruido de mil mentiras compartidas por tíos y primos en grupos familiares. Las «argollas» que describe Vargas Llosa han mutado en redes de trolls y en intereses corporativos que deciden qué es noticia y qué no. Antes, el miedo era el «rocha-bús» en las calles; hoy es el linchamiento digital que te deja civilmente muerto antes de que puedas defenderte.

¿Qué pasaría si se repitiera hoy el control de prensa del Ochenio? Bueno, amigo, creo que ya lo estamos viendo en cámara lenta. Si despertáramos otra vez bajo un régimen como el de Odría, el control de la información sería total. No necesitarían la Ley de Seguridad Interior para silenciarnos; les bastaría con comprar a tres o cuatro dueños de canales y dejar que los algoritmos hagan el resto del trabajo sucio. Veríamos de nuevo lo que dice la fuente: una prensa que es «un telón de fondo de la decadencia».

Lo más triste es que el periodismo de Santiago Zavala es el periodismo del escepticismo. Él sabe que el sistema está podrido, pero prefiere el «desclasamiento voluntario» y escribir sobre perros rabiosos antes que enfrentar la verdad sobre su padre o sobre el país. Hoy tenemos muchos «Zavalitas» en los medios: gente con talento que escribe lo que le piden para no perder el sueldo, mientras el Perú se sigue «jodiendo» en cada titular manipulado o en cada audio filtrado que nadie se atreve a investigar a fondo.

Al final de la jornada, la prensa en la novela es el espejo de la «enfermedad nacional»: el resentimiento y los complejos sociales que envenenan todo. Santiago Zavala termina su turno en el diario y se va a la Catedral a beber con Ambrosio, buscando una «purificación» que nunca llega. Nosotros, aquí en este café, hacemos lo mismo: criticamos a la prensa, nos quejamos de la censura de las redes sociales, pero seguimos consumiendo la misma «materia prima» de cinismo y apatía.

¿Pedimos otra ronda? Porque en el próximo episodio te voy a contar sobre San Marcos como termómetro. Vamos a hablar de lo que era tirar piedras en los 50 y cómo eso se compara con las marchas y los radicalismos de este siglo. Porque si La Crónica era donde Santiago se escondía, San Marcos fue donde intentó, por única vez, ser alguien de verdad.

¿Todavía tienes aliento o ya te mareó el olor a tinta vieja de La Crónica?.

Nos vemos en el próximo episodio, no olvides el café.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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Episodio 6: La doble vida de Don Fermín: Cuando la moral pública se cae a pedazos.

Serie: “Café en la Catedral”

Tómate otro sorbo de ese café, hermano, y prepárate porque lo que te voy a contar hoy es el nudo que aprieta la garganta de toda la novela. En este Episodio 6, vamos a entrar en los salones elegantes y en los rincones más oscuros de la conciencia de Don Fermín Zavala: el hombre de éxito, el pilar de la sociedad, pero también el ser que vive una doble vida que termina por desmoronar la moral de toda una familia y, por extensión, de un país entero.

Fíjate en el cuadro que nos pintan las fuentes. Don Fermín es un tipo que en la Lima de los años 50 lo tiene todo. Es un empresario exitoso, dueño de laboratorios farmacéuticos y empresas constructoras. Para el resto del mundo, es un «gran señor», un hombre con «estampa de emperador» que camina con la seguridad de quien sabe que el poder le pertenece. Se vincula al régimen de Odría no por ideología, sino por puro y duro interés económico: busca contratos de carreteras y medicinas, aprovechando su cercanía con la dictadura. Es la representación perfecta de esa élite peruana que, mientras se persigue a apristas y comunistas en las calles, se toma un whisky en la sala de su casa o en el Club Nacional, mirando hacia otro lado.

Pero aquí viene lo que nos quema la lengua, como este café bien cargado. Don Fermín tiene un sobrenombre en los bajos fondos que es una bofetada a su imagen pública: «Bola de Oro». Detrás de ese empresario impecable, se esconde un hombre que vive en la «inautenticidad» sartreana, como dicen los análisis. Don Fermín mantiene una relación homosexual clandestina con su propio chofer, el negro Ambrosio.

Imagina el nivel de desgarro moral, hermano. En la pacata sociedad limeña de esa época, donde la moral se medía por la asistencia a misa y la limpieza del apellido, Don Fermín tiene que fingir cada minuto de su día. Lo irónico es que él, que desprecia a los «cholos» y a los «resentidos», termina refugiándose en la marginalidad para poder ser él mismo. Su doble vida no es solo un secreto sexual; es la metáfora de un país donde lo que se dice en el balcón no tiene nada que ver con lo que se hace en el sótano.

La comparación con el Perú actual es tan precisa que asusta. ¿Cuántas veces hemos visto hoy a personajes que se llenan la boca hablando de «valores», de «familia» y de «honestidad», mientras por debajo de la mesa están negociando una licitación o escondiendo escándalos que harían palidecer a Don Fermín?. Hoy ya no tenemos «Bolas de Oro» escondidos en Ancón, pero tenemos «argollas» políticas y económicas que funcionan bajo la misma lógica: la moral pública es un disfraz que solo sirve para asegurar el próximo contrato con el Estado. Don Fermín es el tatarabuelo de todos esos «lobistas» modernos que se acomodan con cualquier gobierno —sea de derecha o de izquierda— con tal de que sus negocios no se detengan.

Lo más triste es el efecto que esto tiene en su hijo, Santiago. Zavalita sospecha que su padre no solo es «inauténtico», sino que está involucrado en algo mucho más turbio: el asesinato de Hortensia, «La Musa». Santiago intuye que Ambrosio mató a la mujer por orden de su padre —o para protegerlo de un chantaje— y esa duda es el motor que lo lleva a la Catedral a beber cerveza con el exchofer. Santiago siente piedad por su padre al saberlo un hombre que sufre, pero al mismo tiempo lo desprecia porque Don Fermín es la encarnación de la «enfermedad nacional»: ese resentimiento y esos complejos sociales que envenenan todo.

¿Qué pasaría si esto se repitiera hoy? Bueno, amigo, ya está pasando, pero con esteroides. Si Don Fermín viviera hoy, su doble vida no sería un secreto guardado por un chofer leal; sería un audio filtrado, un video de seguridad en redes sociales o una tendencia en Twitter. Pero lo más cínico es que, incluso con la verdad afuera, probablemente seguiría teniendo contratos. En el Perú de hoy, como en el de Odría, parece que hemos aceptado que la moral es un lujo que los poderosos no necesitan costear.

En la novela, la moral pública se cae a pedazos porque está construida sobre la mentira y la represión. Don Fermín es un «héroe degradado» que prefiere que su hijo sea un fracasado antes que verlo descubrir la verdad sobre quién es él realmente. Es la tragedia de una generación que creció viendo a sus padres ser cómplices de la corrupción y el autoritarismo, y que terminó sintiéndose «jodida» por la falta de fe en cualquier cosa.

Don Fermín Zavala nos enseña que el poder en el Perú no solo corrompe las instituciones; corrompe el alma. Al final de la charla, Santiago se da cuenta de que su padre fue un «verdadero señor» para el mundo, pero una ruina moral para su propio hijo. Y nosotros, aquí sentados, nos damos cuenta de que mientras sigamos valorando el éxito económico por encima de la autenticidad, seguiremos viviendo en la Catedral de las mentiras.

Pero no te pongas tan serio, que el café ya se acabó y la tarde sigue igual de gris. En el próximo episodio, te voy a contar sobre la prensa y la censura, y cómo de los diarios de los 50 pasamos a los grupos de WhatsApp de hoy. Porque si Don Fermín era la cara del poder, los periodistas de la época eran los que tenían que decidir si contaban la verdad o se unían a la comparsa de «La Crónica».

¿Pedimos la cuenta o te animas a otro cafecito para pasar el trago amargo de Don Fermín?,.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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