Episodio 6: Caudillos y Clientelismo. El poder como botín de guerra

Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»

Siéntate, que esto te va a sonar dolorosamente familiar. Tras la salida de los libertadores, el Perú no se convirtió en la república ilustrada que soñaban los ideólogos, sino en el patio de recreo de los caudillos militares. Quiroz nos explica que estos jefes —como Santa Cruz, Gamarra, La Fuente o Castilla— no eran solo generales; eran el centro de redes de patronazgo que sustituyeron a las instituciones que nunca terminaron de nacer.

Imagina el sistema: el caudillo de turno llegaba al poder y, para mantenerse, necesitaba pagar favores. No había una burocracia profesional, sino un ejército de «amigos» que veían el Estado como una fuente de empleos y contratos. Un ejemplo de antología es la sociedad entre Agustín Gamarra y Antonio Gutiérrez de la Fuente. Gamarra dependía de La Fuente para conseguir armas y dinero, y cuando Gamarra era presidente, La Fuente controlaba Lima con mano de hierro.

Lo más increíble, y que Quiroz documenta con detalle, es cómo «ordeñaban» al país. La Fuente organizó campañas de recaudación en el sur que eran, en la práctica, extorsiones a hacendados y comerciantes. Incluso, mientras se quejaba de que le faltaba dinero, La Fuente le pedía a Gamarra compartir acciones en proyectos de irrigación privados. Era la confusión total entre lo público y lo privado.

¿Y cómo justificaban esto? Con un discurso «nacionalista» que en realidad escondía privilegios. Gamarra, por ejemplo, impuso aranceles altísimos supuestamente para proteger la industria nacional, pero creó un mecanismo llamado «abonos». Este sistema permitía a sus comerciantes amigos pagar impuestos por adelantado con un descuento brutal y usando billetes depreciados. Al final, la «protección» era solo una fachada para que un pequeño grupo de capitalistas favoritos se hiciera rico a costa del consumidor peruano.

Pero hay algo que Quiroz resalta y que nos hace pensar: la «manía militar». El cónsul británico Belford Wilson notó con espanto que teníamos un ejército de solo 4,000 hombres, ¡pero con 1,000 oficiales!. Mil jefes que alimentar para que no conspiraran contra el presidente. Esa carga financiera fue el lastre que impidió cualquier inversión real en educación o salud durante décadas. La corrupción no era un accidente, era el lubricante que permitía que este sistema de caudillos no estallara… al menos por un tiempo.

Continuamos en el siguiente episodio, y recuerden juntarnos con una taza de acfé.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

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