Episodio 11: La resurrección de los «píxeles» o el parche definitivo a la biología

Serie: Agustín para el Siglo XXI

Hemos llegado al bloque V del Enquiridión, el de la resurrección de la carne. Y tengo que decirte que Agustín ha pasado de ser el «primer hombre moderno» a parecer un guionista de una película de ciencia ficción de serie B o, peor aún, un moderador de un foro de conspiraciones muy turbio. ¿De verdad estamos discutiendo en pleno siglo XXI si los fetos abortados resucitan o si los «monstruos» de dos cabezas tendrán dos cuerpos en el cielo?. A ver, entiendo que para un hombre del año 421 esto fuera un misterio fascinante, pero hoy tenemos genética, medicina regenerativa y una cultura que incinera los cuerpos y esparce las cenizas en el mar. ¿Cómo encaja un «manual de bolsillo» sobre la reconstrucción de cadáveres en nuestra mentalidad actual?

Sé que este capítulo te iba a sacudir. Es el «filtro de realidad» de Agustín. Pero, antes de que lo descartes como una curiosidad arqueológica, fíjate en la lógica subyacente. Lo que Agustín está haciendo en los capítulos 84 al 93 no es una disertación forense, es una defensa radical de la integridad de la persona. Para él, el ser humano no es solo un «alma atrapada en un envase»; somos una unidad. Y si Dios es el Creador de la materia, no puede permitir que esa materia se pierda para siempre.

Pero es que se mete en unos jardines increíbles. En el capítulo 85 habla de los abortos y dice que, desde que un feto empieza a vivir, ya puede morir, y si muere, pertenece a la resurrección. Y luego, en el 87, dice que los que nacieron con deformidades o «monstruosidades» serán restaurados a su «belleza natural». Me suena a un optimismo estético muy raro. ¿Qué es la «belleza natural» para un tipo de hace 1600 años?

Es ahí donde Agustín se pone brillante y, curiosamente, muy moderno. Él usa una analogía en el capítulo 89 que te va a encantar: la de la estatua de metal. Dice que si fundes una estatua o la mueles hasta hacerla polvo, un artífice hábil puede reconstruirla con esa misma materia. No importa si la partícula que antes estaba en la mano ahora termina en el pie; lo que importa es que el Artífice supremo tiene el «esquema» original. Para Agustín, la resurrección no es un «copiar y pegar» de nuestra última foto de Instagram, llena de arrugas o defectos, sino una restauración a la perfección del diseño original que Dios tiene en mente.

O sea, que el cielo es como el servicio técnico definitivo, donde te arreglan todos los «bugs» de fábrica. Hoy gastamos fortunas en cirugía estética, filtros de Photoshop y suplementos de colágeno para intentar detener la entropía. Agustín nos está diciendo que el «parche definitivo» a la obsolescencia programada de nuestra biología no lo pone un cirujano, sino el Creador.

Y fijémonos en el capítulo 91, porque ahí introduce el concepto de «cuerpo espiritual». Es una distinción fina: no dice que resucitemos como fantasmas o puro espíritu. Dice que seremos cuerpos reales, pero espirituales porque estarán en perfecta armonía con el espíritu. Ya no habrá pesadez, ni hambre, ni dolor, ni esa lucha interna donde la carne desea contra el espíritu. Es la resolución del conflicto que mencionamos en otros episodios. Agustín dice que nuestra carne será tan ágil como nuestra felicidad.

Me resulta curioso que menciones lo de la «materia perdida». Agustín se pone muy técnico en el capítulo 88: dice que aunque un cuerpo se convierta en ceniza, vapor o sea devorado por animales, para Dios nada se pierde. Hoy, con la física cuántica y la ley de conservación de la materia, esa idea de que «nada se destruye, solo se transforma» es casi un dogma científico. Agustín simplemente le añade una intencionalidad divina.

Él confía en la Omnipotencia. Pero ojo, que no todo es una fiesta estética. En los capítulos 92 y 93, Agustín vuelve a su realismo duro. Habla de la resurrección de los condenados. Dice que ellos también resucitarán con sus cuerpos, pero para un suplicio donde la muerte «no muere» y el dolor es eterno. Es lo que él llama la «segunda muerte». Agustín no nos vende un cielo barato; nos dice que nuestra relación con la Verdad hoy determina cómo habitaremos ese cuerpo mañana.

Es un mensaje fuerte sobre la responsabilidad. Según él, nadie se libra de la resurrección, pero el «modelo» que te toque depende de tu sintonía con el Mediador. Me hace gracia que incluso se plantee si los condenados tendrán sus cicatrices o deformidades. Dice que «no nos debe fatigar la incierta configuración de aquellos cuya condenación es segura». Es un poco seco, ¿no? o pragmático. Agustín quiere que Lorenzo, y nosotros, nos centremos en lo que importa: la Gracia. En el capítulo 94 cierra el bloque diciendo que nadie se salva sino por inmerecida misericordia, y nadie es condenado sino por merecido juicio. Es el equilibrio agustiniano. Un hombre inteligente elige creer en la resurrección no porque entienda cómo se reensamblan los átomos, sino porque confía en que el Amor que nos creó no es un chapucero que deja su obra a medias.

Me quedo con la imagen de la estatua. Quizá hoy estamos tan obsesionados con arreglar la «fachada» porque en el fondo sospechamos que estamos rotos. Agustín nos propone dejar de preocuparnos por las piezas perdidas y empezar a confiar en el Artista. En el próximo episodio conversaremos acerca lo de la predestinación, porque he visto que el siguiente bloque (capítulos 95-103) entra de lleno en ese misterio. Si ya sabemos cómo termina el cuerpo, quiero saber quién decide quién entra en el taller de restauración.

Entramos en el corazón del «Doctor de la Gracia». Hablaremos de por qué Dios es el único que manda aquí, incluso cuando nos deja ser libres.

Pero mañana el café estará mas cargado, que con tanta «masa de perdición» me ha entrado una sed de justicia… o de cafeína.

Hasta el próximo episodio, «vaso de honor».

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

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