Episodio 10: El perdón de los pecados o cómo gestionar nuestras caídas diarias

Serie: «Agustín para el Siglo XXI«

En el episodio anterior nos vendimos el bautismo como el gran botón de «reset», la «muerte necesaria» para empezar de nuevo. Pero hoy, bajando a la realidad de los capítulos 64 al 83, me encuentro con que Agustín es un realista casi cínico. Dice que, incluso después de ese baño de regeneración, el creyente sigue metiendo la pata. A ver, en un mundo donde hoy te «cancelan» para siempre por un comentario desafortunado en redes de hace diez años, Agustín me dice que el perdón es una especie de «suscripción diaria». ¿No es eso darle a la gente una licencia para pecar impunemente? ¿Dónde queda la coherencia intelectual de la que tanto hablamos?

Sabía que llegarías a ese punto. Es la gran paradoja agustiniana. Pero fíjate bien: Agustín no está dando una «licencia», está describiendo un «hospital». Él es el primero en admitir en el capítulo 64 que, aunque somos hijos de Dios por la gracia, seguimos siendo hijos de hombres por nuestra naturaleza herida. Dice literalmente que mientras vivamos en este «cuerpo corruptible», la mente será arrastrada por impulsos humanos. Agustín no es un idealista ingenuo; sabe que el «hombre nuevo» convive con los restos del «hombre viejo» hasta la tumba.

Pero hace una distinción que me parece muy de abogado, y tú sabes que él lo fue. Distingue entre «crimen» y «pecado». Dice que se puede vivir sin crímenes, pero no sin pecados. Hoy en día, si no eres perfecto, eres un hipócrita. ¿Cómo explica él que un hombre inteligente acepte esta imperfección perpetua?

Porque para Agustín, la inteligencia consiste en reconocer la propia pecabilidad. Él cita al apóstol Juan: «Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos». El pecado, para él, es como el polvo que se acumula diariamente en una casa; no necesitas cometer un asesinato (un crimen) para que tu alma necesite una limpieza. Por eso, Agustín coloca la remisión de los pecados justo después de la Iglesia en el Símbolo. La Iglesia es el lugar donde se gestiona esa limpieza. Y fíjate en su «detergente» diario: la oración del Padrenuestro.

El famoso «Perdónanos nuestras deudas». Pero aquí Agustín lanza un dardo contra nuestra cultura moderna de la indignación. Dice que esa oración solo funciona si nosotros perdonamos a nuestros deudores. Hoy vivimos en la era del rencor digital, donde guardamos capturas de pantalla de las ofensas para usarlas años después. Agustín dice que si no perdonas de corazón a quien te pide perdón, tú mismo te cierras la puerta.

Y va más allá en el capítulo 72. Define la limosna de una forma que volaría la cabeza a cualquier gurú de la filantropía actual. Para nosotros, la limosna es soltar unos dólares o euros o soles, en una cuenta de una ONG. Para Agustín, la limosna más grande y difícil es perdonar al enemigo. Dice que incluso corregir a alguien con severidad, si se hace con intención medicinal y sin rencor, es un acto de misericordia o limosna. El perdón es una limosna que te das a ti mismo para que tu alma no se pudra en el odio.

Me resulta fascinante el capítulo 80, donde habla de la costumbre del pecado. Dice que hay pecados tan grandes que, si se vuelven habituales, terminamos pensando que no son pecados o que son pequeños. Me recuerda mucho a nuestra sociedad: cosas que antes nos horrorizaban, hoy las celebramos porque «todo el mundo lo hace». Él usa el término bíblico «clamor», como el de Sodoma, para referirse a esa iniquidad que se vuelve pública y legal.

Es su análisis sociológico. Agustín advierte que la práctica vuelve costumbre el pecado, y la costumbre lo hace invisible. Pero fíjate cómo cierra este bloque en el capítulo 81. Dice que pecamos por dos causas: ignorancia (no saber qué hacer) o debilidad (saberlo pero no tener fuerza para hacerlo). Y su solución no es un manual de autoayuda para «ser más fuertes», sino pedir a Dios luz para la ignorancia y salud para la debilidad. Un hombre inteligente como él elige creer porque reconoce que no es el dueño de su propia voluntad.

Entonces, según Agustín, el arrepentimiento no es algo que yo «fabrico» cuando me conviene, sino un regalo. Dice en el capítulo 82 que es Dios quien da el arrepentimiento. Es un sistema donde el hombre siempre depende de una mano externa. Me cuesta tragarlo, pero reconozco que es más honesto que fingir una perfección que nadie tiene.

Es el realismo del convaleciente. Al final, Agustín le dice a su amigo Lorenzo que la fe no es para los que nunca caen, sino para los que, sabiendo que van a caer, conocen el camino de vuelta al Médico. El pecado contra el Espíritu Santo, del que habla al final, es simplemente cerrar esa puerta: negarse a creer que Dios puede y quiere perdonar.

Me quedo pensando en esa «limosna del corazón». Quizá la verdadera inteligencia hoy no sea tener la razón en Twitter, sino tener el valor de perdonar a quien no lo merece. En el próximo episodio tratare de explicar cómo termina este drama, porque he visto que el siguiente bloque habla de la resurrección y de lo que pasa después de la muerte. Si ya gestionamos el día a día, quiero saber qué espera Agustín del «día final».

Prepárate, porque ahí Agustín se pone muy imaginativo, analizando desde los abortos hasta los cuerpos deformes. Pero eso, como siempre, después del próximo café.

Traigo yo el cafe, y es que hoy me siento generoso… o quizá solo estoy intentando hacerme una «limosna» a mí mismo.

Mientras sea de corazón, Agustín lo aprueba. Nos vemos en nuestro próximo episodio.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

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