Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»
Siéntate, que esta historia arranca con un terremoto político. Imagínate el Perú de 1930: Leguía ha caído y el país está quebrado por la Gran Depresión. Aparece el comandante Luis Sánchez Cerro, un tipo con un magnetismo popular increíble que prometió «moralizar» el país y castigar a los «ladrones» del régimen anterior. Pero, como nos advierte Quiroz, su campaña de moralización fue más una venganza política y una fachada para sus propias redes.
Mientras Sánchez Cerro gritaba contra la corrupción en las plazas, su propio hermano, Pablo Ernesto, se convertía en el «chanchullero menor», manejando negocios de opio, juego y salud pública. Pero el verdadero escándalo fue su ministro de Hacienda, Francisco Lanatta. Quiroz documenta que Lanatta fue una verdadera «máquina de cobrar»: pidió sobornos a la Cerro de Pasco para las obras del puerto, extorsionó a comerciantes chinos y hasta se quedó con dinero destinado a la Universidad de San Marcos. Era tal el descaro que incluso las empresas extranjeras se quejaban de que no se podía mover un papel sin «aceitar» a Lanatta.
Tras el asesinato de Sánchez Cerro en 1933, sube al poder el general Óscar R. Benavides. Él era un tipo astuto y sagaz que impuso el lema «Paz, Orden y Trabajo». Pero su «paz» tenía un precio: Quiroz revela que Benavides inauguró la política de cooptación, es decir, «comprar» la tranquilidad de sus opositores, especialmente del APRA, ofreciéndoles puestos y cuotas de poder en las sombras.
Durante el régimen de Benavides, la corrupción se volvió «silenciosa» pero lucrativa. Hay un caso que me encanta porque parece sacado de una película: el escándalo de los muebles de lujo. Un agente estadounidense, Von Dreyhausen, intentó sobornar directamente al asesor financiero de Benavides para venderle muebles al Palacio de Justicia. Aunque ese trato falló, logró venderle al Estado miles de dólares en mobiliario pagando comisiones del 10% a los ingenieros a cargo de las obras.
Lo más triste de esta etapa fue cómo Benavides manipuló las elecciones de 1936 y 1939 para dejar a un sucesor «amigo», Manuel Prado, y asegurarse de que nadie investigara sus cuentas al salir. Se sembró así la semilla de los fraudes electorales que marcarían el resto del siglo. El mensaje para los políticos fue claro: no importa cuánto robes, siempre y cuando pactes tu impunidad antes de irte.
Y antes de irnos y con la promesa de vernos en el próximo episodio, no olvides un café, porque te aseguro que ya se te quito el sueño.
Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
