Episodio 10 : La lealtad de Ambrosio: El peligro de seguir ciegamente a un «líder». 

Serie: «Café en la Catedral».

Tómate otro café, hermano, y pide una porción de picarones, porque este Episodio 10 es de los que dejan un nudo en la garganta y una indignación que solo se pasa con azúcar. Vamos a hablar de la lealtad de Ambrosio, pero no de esa lealtad noble de las películas, sino de esa lealtad perruna, ciega y trágica que nos enseña lo peligroso que es seguir a un «líder» —ya sea un dictador o un padre autoritario— hasta las últimas consecuencias,.

Míralo a Ambrosio. Santiago lo encuentra en la perrera municipal, envejecido, embrutecido, con unos zapatones enormes «jodidos por el tiempo». Es el hombre que pasó de manejar los autos más lujosos de la Lima de los 50 a matar perros a palos por un sueldo de miseria. Santiago lo mira y piensa que Ambrosio está «mil veces más jodido» que él. Pero, ¿por qué terminó así? Por la lealtad. Esa es la palabra maldita de este episodio.

Ambrosio es el producto de un sistema que lo animaliza. Las fuentes lo describen como un «no-sujeto», un ser instintivo y pasivo que es agente y paciente de su propio estado de derrota. Su lealtad hacia Don Fermín Zavala —el famoso «Bola de Oro»— no nace de un contrato justo, sino de una relación de poder y de un secreto sucio: esa relación homosexual clandestina que mantenían. Ambrosio ve en Don Fermín a un «gran señor», casi a un dios, a pesar de que Don Fermín solo lo ve como un instrumento.

Aquí viene la comparación ácida con nuestro Perú actual. ¿No te suena familiar esa lealtad ciega? Hoy ya no tenemos choferes que matan por sus patrones, pero tenemos cuadros políticos, asesores de confianza y «portátiles» que defienden lo indefendible en el Congreso o en la televisión. Son los «Ambrosios» modernos: gente que, por una cuota de poder o por simple servilismo, se ensucian las manos para proteger a su «líder», aunque ese líder los desprecie en privado. Es el «robo pero hace obra» o el «blindaje» por argolla. La lealtad de Ambrosio es el tatarabuelo de ese fanatismo que hoy nos impide ver que el sistema está podrido.

Lo más trágico, hermano, es el crimen de Hortensia, «La Musa». Ambrosio la mata a puñaladas para proteger el secreto de Don Fermín. No lo hace por dinero, lo hace porque ha interiorizado tanto el poder de su patrón que cree que el honor de Don Fermín es más importante que la vida de una mujer. Es la representación perfecta de lo que pasa cuando un ciudadano renuncia a su conciencia para dársela a un caudillo. Ambrosio se vuelve un asesino por «lealtad», y Don Fermín, con un cinismo espantoso, luego lo niega todo, llamándolo «pobre negro» incapaz de matar a una mosca.

¿Qué pasaría si esto se repitiera hoy? Bueno, amigo, ya se repite en cada escándalo de corrupción donde el hilo se rompe por lo más delgado. Si despertáramos hoy en el Perú de la novela, veríamos a los Ambrosios modernos en las redes sociales, haciendo el trabajo sucio de demoler reputaciones para proteger a un jefe que, en cuanto las papas quemen, los va a lanzar a la «perrera» de la historia sin asco. Seguir ciegamente a un líder en el Perú es comprar un boleto directo a la derrota personal, tal como le pasó a este chofer de Chincha.

Ambrosio nos enseña que el poder corrompe hasta la lealtad. Él cree que está siendo fiel, pero en realidad está siendo un «trapo», como le dice Queta con asco: «tienes miedo porque eres un servil… porque él es blanco y tú no, porque él es rico y tú no». Es una radiografía dolorosa de nuestro racismo y clasismo estructural que sigue ahí, vivito y coleando, setenta años después.

Santiago Zavala termina su charla dándose cuenta de que Ambrosio es el reflejo de un país que se dejó «joder» por no tener la fuerza de ser auténtico. Ambrosio es el Perú que obedece sin preguntar, el Perú que se conforma con las sobras de la mesa del poder mientras otros —los Don Fermín o los Cayo Bermúdez— se reparten la torta.

¿Vamos por otra ronda? Porque en el próximo episodio hablaremos de la corrupción en las venas. Vamos a ver si se nace corrupto o si el sistema peruano es el que te bautiza con agua sucia apenas abres los ojos.

¿Todavía tienes espacio para otro picarón o ya te amargaste con la historia de Ambrosio?, o seguimos con otro café.

Vick
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Episodio 16: Promesas Rotas y Contrabando. El primer gobierno de Belaunde

Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»

Ponte cómodo. Estamos en 1963 y Fernando Belaunde Terry asume la presidencia con una imagen de integridad absoluta. Se sentía un aire de renovación, de reformas estructurales y de modernización tecnocrática. Sin embargo, Belaunde cargaba con un pecado original: su elección fue posible gracias al respaldo del alto mando militar, lo que lo obligó a una actitud acomodaticia hacia ellos, permitiéndoles autonomía total e incluso compras de armamento carísimas como los aviones Mirage franceses, a pesar de que el país no tenía recursos.

Lo que Quiroz nos muestra es que, tras bambalinas, la maquinaria de la «grava» seguía funcionando. Belaunde se rodeó de un círculo íntimo conocido como los «carlistas», amigos y parientes que parecían más interesados en sus negocios privados que en el servicio público. Pero el verdadero detonante de su caída no fue solo la crisis económica, sino el escándalo del contrabando.

Imagina abrir el periódico en 1968 y leer sobre el aterrizaje clandestino de aviones de carga en pistas del desierto, descargando mercadería ilegal con la complicidad de autoridades. Fue tan grave que se formó una comisión en el Congreso liderada por Héctor Vargas Haya. Lo que encontraron fue una red masiva que implicaba a oficiales de la Marina que usaban naves de guerra, como el BAP Callao y el BAP Chimbote, para traer mercadería sin pagar impuestos destinados a sus propios bazares militares, pero que terminaban en manos de civiles.

Aquí viene lo indignante: Quiroz calcula que este contrabando le costó al Perú cerca del 15% de todos sus ingresos anuales. Cuando la investigación empezó a apuntar a los más altos mandos del Ejército, incluyendo al general Juan Velasco Alvarado, los militares presionaron para enterrar el caso. Un pacto político entre el APRA y los militares intentó echarle tierra al asunto, pero ya era tarde para la moral pública.

Al final, apareció la famosa «página once» del contrato con la International Petroleum Company (IPC). Hoy sabemos que fue más un pretexto mediático que un robo real, pero en el clima de desconfianza generado por el contrabando, se convirtió en el arma perfecta para que los militares dieran el golpe de Estado. Belaunde, el presidente honesto, cayó víctima de la red de «amigos» y de una corrupción institucionalizada que no supo o no pudo frenar.

Nos volveremos a encontrar en el próximo episodio, el café estará servido.

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Episodio 14: Dictadores Venales. De Sánchez Cerro a los pactos secretos de Benavides

Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú» 

Siéntate, que esta historia arranca con un terremoto político. Imagínate el Perú de 1930: Leguía ha caído y el país está quebrado por la Gran Depresión. Aparece el comandante Luis Sánchez Cerro, un tipo con un magnetismo popular increíble que prometió «moralizar» el país y castigar a los «ladrones» del régimen anterior. Pero, como nos advierte Quiroz, su campaña de moralización fue más una venganza política y una fachada para sus propias redes.

Mientras Sánchez Cerro gritaba contra la corrupción en las plazas, su propio hermano, Pablo Ernesto, se convertía en el «chanchullero menor», manejando negocios de opio, juego y salud pública. Pero el verdadero escándalo fue su ministro de Hacienda, Francisco Lanatta. Quiroz documenta que Lanatta fue una verdadera «máquina de cobrar»: pidió sobornos a la Cerro de Pasco para las obras del puerto, extorsionó a comerciantes chinos y hasta se quedó con dinero destinado a la Universidad de San Marcos. Era tal el descaro que incluso las empresas extranjeras se quejaban de que no se podía mover un papel sin «aceitar» a Lanatta.

Tras el asesinato de Sánchez Cerro en 1933, sube al poder el general Óscar R. Benavides. Él era un tipo astuto y sagaz que impuso el lema «Paz, Orden y Trabajo». Pero su «paz» tenía un precio: Quiroz revela que Benavides inauguró la política de cooptación, es decir, «comprar» la tranquilidad de sus opositores, especialmente del APRA, ofreciéndoles puestos y cuotas de poder en las sombras.

Durante el régimen de Benavides, la corrupción se volvió «silenciosa» pero lucrativa. Hay un caso que me encanta porque parece sacado de una película: el escándalo de los muebles de lujo. Un agente estadounidense, Von Dreyhausen, intentó sobornar directamente al asesor financiero de Benavides para venderle muebles al Palacio de Justicia. Aunque ese trato falló, logró venderle al Estado miles de dólares en mobiliario pagando comisiones del 10% a los ingenieros a cargo de las obras.

Lo más triste de esta etapa fue cómo Benavides manipuló las elecciones de 1936 y 1939 para dejar a un sucesor «amigo», Manuel Prado, y asegurarse de que nadie investigara sus cuentas al salir. Se sembró así la semilla de los fraudes electorales que marcarían el resto del siglo. El mensaje para los políticos fue claro: no importa cuánto robes, siempre y cuando pactes tu impunidad antes de irte.

Y antes de irnos y con la promesa de vernos en el próximo episodio, no olvides un café, porque te aseguro que ya se te quito el sueño.

Vick
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Episodio 6: La doble vida de Don Fermín: Cuando la moral pública se cae a pedazos.

Serie: “Café en la Catedral”

Tómate otro sorbo de ese café, hermano, y prepárate porque lo que te voy a contar hoy es el nudo que aprieta la garganta de toda la novela. En este Episodio 6, vamos a entrar en los salones elegantes y en los rincones más oscuros de la conciencia de Don Fermín Zavala: el hombre de éxito, el pilar de la sociedad, pero también el ser que vive una doble vida que termina por desmoronar la moral de toda una familia y, por extensión, de un país entero.

Fíjate en el cuadro que nos pintan las fuentes. Don Fermín es un tipo que en la Lima de los años 50 lo tiene todo. Es un empresario exitoso, dueño de laboratorios farmacéuticos y empresas constructoras. Para el resto del mundo, es un «gran señor», un hombre con «estampa de emperador» que camina con la seguridad de quien sabe que el poder le pertenece. Se vincula al régimen de Odría no por ideología, sino por puro y duro interés económico: busca contratos de carreteras y medicinas, aprovechando su cercanía con la dictadura. Es la representación perfecta de esa élite peruana que, mientras se persigue a apristas y comunistas en las calles, se toma un whisky en la sala de su casa o en el Club Nacional, mirando hacia otro lado.

Pero aquí viene lo que nos quema la lengua, como este café bien cargado. Don Fermín tiene un sobrenombre en los bajos fondos que es una bofetada a su imagen pública: «Bola de Oro». Detrás de ese empresario impecable, se esconde un hombre que vive en la «inautenticidad» sartreana, como dicen los análisis. Don Fermín mantiene una relación homosexual clandestina con su propio chofer, el negro Ambrosio.

Imagina el nivel de desgarro moral, hermano. En la pacata sociedad limeña de esa época, donde la moral se medía por la asistencia a misa y la limpieza del apellido, Don Fermín tiene que fingir cada minuto de su día. Lo irónico es que él, que desprecia a los «cholos» y a los «resentidos», termina refugiándose en la marginalidad para poder ser él mismo. Su doble vida no es solo un secreto sexual; es la metáfora de un país donde lo que se dice en el balcón no tiene nada que ver con lo que se hace en el sótano.

La comparación con el Perú actual es tan precisa que asusta. ¿Cuántas veces hemos visto hoy a personajes que se llenan la boca hablando de «valores», de «familia» y de «honestidad», mientras por debajo de la mesa están negociando una licitación o escondiendo escándalos que harían palidecer a Don Fermín?. Hoy ya no tenemos «Bolas de Oro» escondidos en Ancón, pero tenemos «argollas» políticas y económicas que funcionan bajo la misma lógica: la moral pública es un disfraz que solo sirve para asegurar el próximo contrato con el Estado. Don Fermín es el tatarabuelo de todos esos «lobistas» modernos que se acomodan con cualquier gobierno —sea de derecha o de izquierda— con tal de que sus negocios no se detengan.

Lo más triste es el efecto que esto tiene en su hijo, Santiago. Zavalita sospecha que su padre no solo es «inauténtico», sino que está involucrado en algo mucho más turbio: el asesinato de Hortensia, «La Musa». Santiago intuye que Ambrosio mató a la mujer por orden de su padre —o para protegerlo de un chantaje— y esa duda es el motor que lo lleva a la Catedral a beber cerveza con el exchofer. Santiago siente piedad por su padre al saberlo un hombre que sufre, pero al mismo tiempo lo desprecia porque Don Fermín es la encarnación de la «enfermedad nacional»: ese resentimiento y esos complejos sociales que envenenan todo.

¿Qué pasaría si esto se repitiera hoy? Bueno, amigo, ya está pasando, pero con esteroides. Si Don Fermín viviera hoy, su doble vida no sería un secreto guardado por un chofer leal; sería un audio filtrado, un video de seguridad en redes sociales o una tendencia en Twitter. Pero lo más cínico es que, incluso con la verdad afuera, probablemente seguiría teniendo contratos. En el Perú de hoy, como en el de Odría, parece que hemos aceptado que la moral es un lujo que los poderosos no necesitan costear.

En la novela, la moral pública se cae a pedazos porque está construida sobre la mentira y la represión. Don Fermín es un «héroe degradado» que prefiere que su hijo sea un fracasado antes que verlo descubrir la verdad sobre quién es él realmente. Es la tragedia de una generación que creció viendo a sus padres ser cómplices de la corrupción y el autoritarismo, y que terminó sintiéndose «jodida» por la falta de fe en cualquier cosa.

Don Fermín Zavala nos enseña que el poder en el Perú no solo corrompe las instituciones; corrompe el alma. Al final de la charla, Santiago se da cuenta de que su padre fue un «verdadero señor» para el mundo, pero una ruina moral para su propio hijo. Y nosotros, aquí sentados, nos damos cuenta de que mientras sigamos valorando el éxito económico por encima de la autenticidad, seguiremos viviendo en la Catedral de las mentiras.

Pero no te pongas tan serio, que el café ya se acabó y la tarde sigue igual de gris. En el próximo episodio, te voy a contar sobre la prensa y la censura, y cómo de los diarios de los 50 pasamos a los grupos de WhatsApp de hoy. Porque si Don Fermín era la cara del poder, los periodistas de la época eran los que tenían que decidir si contaban la verdad o se unían a la comparsa de «La Crónica».

¿Pedimos la cuenta o te animas a otro cafecito para pasar el trago amargo de Don Fermín?,.

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Episodio 11: Ignominia en la Guerra. Cómo la corrupción nos desarmó frente al invasor

Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»

Toma un sorbo largo de café, porque lo que viene ahora duele. Solemos pensar en la Guerra del Pacífico (1879) como una tragedia puramente militar, pero Alfonso W. Quiroz nos demuestra que fue, ante todo, el resultado de una podredumbre institucional previa.

Cuando Chile nos declaró la guerra, el Perú estaba desarmado y aislado internacionalmente debido al cese de pagos de su deuda externa. ¿Te acuerdas de todo el dinero que se fue en los cuadernos de Meiggs? Pues bien, en la década de 1870, los costos de la corrupción alcanzaron el promedio anual más alto de todo el siglo XIX: un asombroso 4.6% del PBI. Casi la mitad del presupuesto nacional se perdía en manejos turbios.

Lo más indignante es lo que ocurrió durante el conflicto. En plena guerra, el presidente Mariano Ignacio Prado abandonó el país con la excusa de comprar armas en Europa. Su partida dejó un vacío que aprovechó su archienemigo, Nicolás de Piérola, para dar un golpe de Estado y proclamarse dictador. Pero, lejos de «salvar» a la patria, Piérola aprovechó el poder para pagar favores políticos a sus amigos.

¿Un ejemplo? Una de las primeras medidas de Piérola fue reconocerle a la casa francesa Dreyfus una deuda de casi 17 millones de soles, ignorando resoluciones previas que decían que Dreyfus más bien le debía dinero al Perú. Mientras los soldados morían en el frente por falta de pertrechos, el dictador usaba los fondos de la defensa nacional para recompensar el apoyo que Dreyfus le había dado en sus años de exilio.

Quiroz documenta que durante el año de dictadura de Piérola se gastaron entre 95 y 130 millones de soles destinados a la defensa sin que jamás se presentara una sola cuenta o registro oficial. Simplemente, el dinero se esfumó en medio de una administración plagada de irregularidades extremas. Se compraron armas costosas y a menudo defectuosas a través de intermediarios como Grace Brothers & Co., que actuaba como proveedor de armas y acreedor privado al mismo tiempo.

La estrategia de defensa de Lima, liderada por Piérola y sus «oficiales de reserva» nombrados por razones políticas (como su viejo socio Juan Martín Echenique), fue un desastre total. Al huir de los chilenos, los oficiales de Piérola olvidaron incluso destruir información confidencial que terminó en manos enemigas.

La lección de Quiroz es amarga pero necesaria: la corrupción de la era del guano no solo nos robó riqueza, nos robó la capacidad de sobrevivir como nación unida ante una amenaza externa. La derrota no fue solo militar; fue el colapso de un sistema donde el interés privado siempre estuvo por encima del bien común.

¿Qué te parece? La próxima vez que hablemos de héroes y batallas, recordemos también a esos políticos y mercaderes que, años antes de que cayera el primer cañonazo, ya habían socavado las murallas de la República. Nos vemos en el próximo café para ver cómo intentamos reconstruir el país sobre estas cenizas.

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Episodio 10: La Avalancha de Obras Públicas. Henry Meiggs y los «cuadernos verdes» de la corrupción

Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»

Siéntate cómodo, porque este capítulo parece sacado de una novela de suspenso financiero. Estamos en la década de 1870. El Perú, bajo el gobierno de José Balta y su ministro Nicolás de Piérola, decidió que la solución a todos los males era construir ferrocarriles a cualquier costo. Fue aquí donde entró en escena un personaje legendario: Henry Meiggs, un especulador estadounidense a quien llamaban el «Pizarro yanqui».

¿Cómo logró Meiggs que el Estado peruano le entregara contratos por más de 120 millones de soles en apenas cuatro años?. Quiroz nos cuenta el «secreto» que el propio Meiggs le confesó a un acreedor británico: él simplemente permitía que las más altas autoridades peruanas se vendieran y fijaran su propio precio. Una vez que el funcionario aceptaba la coima, Meiggs simplemente añadía ese monto al presupuesto total de la obra. Es decir, el pueblo peruano terminaba pagando el soborno de sus propios gobernantes con el dinero de los préstamos.

Lo más increíble es que Meiggs era un hombre ordenado. Llevaba unos «cuadernos verdes o rojos» donde anotaba meticulosamente cada soborno. Se calcula que repartió más de once millones de soles en coimas, lo que representaba casi el 10% del costo total de sus ferrocarriles. Gracias a este sistema, las prácticas de soborno peruanas se volvieron proverbiales incluso en el resto de Sudamérica.

¿Y en qué se fue ese dinero? En ferrocarriles que los críticos llamaban «hacia la luna», porque cruzaban los Andes a un costo altísimo sin que hubiera carga o pasajeros suficientes para que fueran rentables. Para celebrar la colocación de la primera piedra del ferrocarril Lima-La Oroya, Meiggs organizó un banquete para 800 personas que costó casi 50,000 soles. Mientras tanto, el país se hundía en un déficit crónico.

Quiroz resalta algo que nos debe hacer pensar: en este periodo, el Perú dejó de ser una nación de ciudadanos para convertirse en una «sociedad de mercaderes» donde la corrupción se infiltró en todos los poros. Hasta los abogados más respetables, como Francisco García Calderón, terminaron trabajando como asesores legales para Meiggs, envueltos en lo que hoy llamaríamos conflictos de interés.

Al final, este festín de obras públicas inútiles y deudas infladas nos llevó directamente a la bancarrota de 1876. Todo ese dinero del guano, que debió servir para construir una base sólida para el país, se quedó en las cuentas de unos pocos intermediarios y en las páginas de los cuadernos de Meiggs. Y lo peor estaba por venir, porque un país quebrado no puede comprar cañones ni blindados.

Por tanto nos encontramos en el próximo episodio, un café doble, porque si te sorprende lo que hasta hoy conversamos, lo que viene te dejara caliente y no solo por el café.

Vick
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Episodio 2: Noticias Secretas. El «J’accuse» de la Corrupción Colonial

Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»

Qué bueno que viniste. Sírvete otro café, y esta vez más cargado, que hoy el tema es largo y necesitamos tiempo para procesarlo. Si en la charla pasada vimos el costo general de la corrupción en el Perú, hoy vamos a viajar a 1735 para conocer a los primeros «espías» que destaparon la olla de grillos del Virreinato.

Imagina a dos jóvenes tenientes de navío españoles: Antonio de Ulloa, de solo diecinueve años, y Jorge Juan, de veintidós. El Rey los mandó a una misión científica con sabios franceses para medir el arco del meridiano, pero secretamente tenían otra tarea: observar cómo funcionaba realmente la administración en el Perú. Lo que vieron fue tan brutal que su informe, el «Discurso y reflexiones políticas sobre el estado presente de los reinos del Perú», se guardó bajo siete llaves por casi ochenta años para no avergonzar al Imperio. Recién en 1826 se publicó en Londres como las «Noticias secretas de América».

¿Qué encontraron? Para empezar, una justicia que era una mercancía más. Pero lo que más les dolió, y lo que Quiroz resalta, fue el abuso sistemático contra la población indígena. Los corregidores, que debían protegerlos, eran en realidad sus mayores verdugos. Usaban una técnica que hoy llamaríamos «doble contabilidad»: cobraban tributo a todos los indios posibles, incluso a los niños o ancianos exentos por ley, pero ante la Caja Real declaraban un número menor de contribuyentes y se guardaban la diferencia. A eso súmale el infame «reparto», una venta forzosa de mercancías inútiles a precios inflados que dejaba a las comunidades en la miseria absoluta. Ulloa y Juan decían que los indios sufrían más que los esclavos porque nadie velaba por ellos.

Pero espera, que la cosa se pone más cínica. Existían los «juicios de residencia», supuestas investigaciones al final del mandato de un funcionario para ver si se había portado bien. ¿Sabes qué pasaba? Los jueces simplemente eran sobornados por el investigado o formaban parte del mismo círculo de patronazgo. Las sentencias eran meros tecnicismos para absolver a los amigos. Por eso Ulloa soltó esa frase lapidaria que resume siglos de historia: «Empieza el abuso del Perú desde aquellos que debieran corregirlo».

Quiroz nos explica que este sistema se basaba en la venalidad, es decir, la venta de cargos públicos. Desde mediados del siglo XVII, la Corona española, siempre necesitada de dinero para sus guerras en Europa, empezó a vender los puestos de oidor, corregidor y hasta oficiales de hacienda al mejor postor. Imagínate el incentivo: si alguien compraba un cargo, llegaba al Perú no para servir, sino para recuperar su inversión y ganar utilidades. Incluso hubo virreyes que compraron sus puestos mediante contratos privados con el Rey.

Antes de Ulloa, otros ya habían gritado. Quiroz menciona a Mariano Machado de Chaves, un limeño que en 1747 denunció que el Virreinato era un cuerpo enfermo por la «inmensa distancia» que lo separaba del Rey, lo que permitía que los virreyes se comportaran como príncipes absolutos. Machado decía que los virreyes llegaban con un séquito hambriento de riqueza —parientes, criados y clientes— que se repartían los beneficios y protegían los abusos de los funcionarios menores. Era una red de patronazgo que lo cubría todo, como una neblina espesa.

Lo más triste de este episodio es darnos cuenta de que la corrupción no era un error del sistema, era el sistema. Ulloa y Juan propusieron reformas valientes: pagar salarios dignos a los corregidores, prohibirles el comercio privado y convertir a los indios en trabajadores libres. Pero ellos mismos sabían que «todo el mundo gritaría en el Perú» contra tales medidas porque afectaban intereses muy profundos.

Así que, amigo, cuando escuches que la corrupción nació con la República, recuerda a estos dos jóvenes marinos que, hace casi tres siglos, ya nos advirtieron que los cimientos estaban podridos. En la próxima taza de café te contaré qué pasó cuando Ulloa intentó pasar de la denuncia a la acción en las minas de mercurio. ¡Prepárate porque ese fue su verdadero purgatorio!

Nos vemos en el próximo episodio, y no te preocupes por el café, nosotros no lo cobramos.

Vick
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