Escudriñar, discernir

Hola.

Qué bueno volver a encontrarnos por aquí, aunque sea por un momento, con el café al lado y la cabeza un poco más despierta que el cuerpo. Afuera el calor sigue golpeando, los mapas muestran incendios por varios lados, y uno no puede evitar pensar en la lluvia. En esa lluvia que hace falta para la tierra reseca, para los campos cansados, para los lugares donde todo parece a punto de arder.

Y mientras pensaba en eso, se me vino otra pregunta, menos visible, pero igual de urgente:

¿no estaremos también secos por dentro?

Porque a veces uno mira la vida espiritual de mucha gente —y si somos honestos, también la de uno mismo— y da la impresión de que no estamos creciendo, solo estamos envejeciendo. Los años pasan, las reuniones pasan, los cultos pasan, los himnos pasan, las prédicas pasan… pero por dentro, en algunos casos, seguimos igual de frágiles, igual de superficiales, igual de dependientes de que otros nos den todo masticado.

Y eso debería incomodarnos un poco.

Hebreos dice algo duro: que después de tanto tiempo ya deberíamos estar en otro nivel, y sin embargo seguimos necesitando leche cuando ya era hora de alimento sólido. No es una frase bonita para poner en una tarjeta. Es una llamada de atención. Una bastante seria.

Porque, seamos francos, hablar sabemos. Y bastante.

Podemos sentarnos largo rato a discutir de política, de fútbol, de lo mal que está el país, de quién predicó bien, de quién predicó mal, de si tal iglesia se enfrió o si la otra se vendió al show. Para eso sí hay energía, tiempo y hasta pasión. Pero cuando llega el momento de abrir la Biblia de verdad, leerla con calma, pensarla, compararla, hacer preguntas incómodas… ahí ya no todos aparecen tan animados.

Parece que quisiéramos una fe sin peso. Una fe ligera. Una fe que no exija demasiado. Algo así como una espiritualidad dietética: sin profundidad, sin disciplina y, de ser posible, sin mucha confrontación.

Y claro, así cualquiera “cree”.

El problema es que la Biblia no fue dada para adornar la mesa de noche ni para abrirla solo cuando la vida empieza a caerse a pedazos. Muchos la tratamos como al manual de un aparato: nadie lo mira mientras todo funciona; recién lo buscamos cuando algo se malogra. Entonces sí, corremos a buscar el versículo de consuelo, el de la provisión, el de la sanidad, el de la salida rápida. Y cuando pasa la tormenta, cerramos el libro otra vez.

¿No será que a veces buscamos más alivio que verdad?

Porque una cosa es buscar a Dios… y otra muy distinta es buscar solo solución.

A eso súmale otro fenómeno bastante moderno: nuestra fascinación por los “gurús” cristianos. Hoy abundan los libros que prometen enseñarte a liderar, a triunfar, a avanzar, a alcanzar, a conquistar. Todo parece diseñado para inflar al lector. Todo parece decirte que tú estás a punto de convertirte en alguien extraordinario. Y no digo que todo libro sea malo. No. El problema aparece cuando leemos veinte libros sobre la Biblia… pero no leemos la Biblia.

Eso ya es otra cosa.

Porque entonces no estamos escudriñando: estamos tercerizando la fe. Estamos dejando que otro piense por nosotros, resuma por nosotros, mastique por nosotros y hasta sienta por nosotros. Y sí, es más cómodo. Siempre será más fácil consumir una versión empaquetada que sentarse a abrir el texto, compararlo, preguntarse qué dice, qué no dice, qué significa, y por qué tantas veces hemos repetido frases que ni siquiera están bien entendidas.

Discernir cuesta.
Escudriñar cuesta más.

Y quizá por eso tantos prefieren moverse mucho en vez de profundizar.

Porque movimiento hay bastante. En las iglesias hay gente que sube, baja, organiza, carga, corre, anuncia, coordina, participa, dirige algo, está en todo. Desde afuera parecen muy activos. Y a veces lo son. Pero actividad no siempre es madurez. Uno puede estar agotado… y seguir siendo superficial. Puede estar en veinte ministerios… y no haber entendido todavía lo esencial.

A veces confundimos estar ocupados con estar creciendo.

Y no es lo mismo.

Si no hay fundamento, todo ese movimiento termina pareciéndose al de un niño siguiendo un globo por el aire: corre, corre mucho, pero no sabe bien hacia dónde. Basta que aparezca una idea llamativa, una frase bonita, una promesa envuelta en lenguaje espiritual, y ya empieza a moverse para ese lado.

Por eso tanta gente termina creyendo cualquier cosa que suene “ungida”.

Hace tiempo recordaba la historia de esos predicadores que, aprovechándose de la ignorancia bíblica de la gente, logran vaciarles los bolsillos apelando a “siembras”, “pactos”, “activaciones”, “coberturas” y otros términos que suenan impresionantes, pero que muchas veces no tienen sustento serio. Y la pregunta incómoda no es solo por qué ellos hacen eso. La pregunta incómoda es por qué tantos caen.

Y la respuesta suele ser triste: porque no conocen la Palabra lo suficiente como para comparar.

Sin conocimiento bíblico, cualquier emoción parece revelación.

Cualquier grito parece autoridad. Cualquier promesa parece doctrina.
Y cualquier manipulación, si se dice con tono espiritual, termina pareciendo voluntad de Dios.

Así de vulnerables nos volvemos.

Luego vienen las excusas. Que nadie nos enseñó. Que no tuvimos discipulado. Que no hay tiempo. Que el trabajo. Que la casa. Que el cansancio. Y sí, la vida cansa, claro que sí. Pero también hay que ser honestos con nosotros mismos: para ciertas cosas siempre aparece tiempo. Si alguien arma una comida, una salida, una reunión agradable, casi todos se acomodan. Pero si se propone sentarse a estudiar Romanos con calma, lápiz en mano, ahí ya la agenda se complica.

Entonces el problema no siempre es falta de tiempo.
A veces es falta de hambre.
Y esa es una diferencia enorme.

Porque no podemos seguir diciendo con solemnidad “mi casa y yo serviremos a Jehová” si apenas conocemos los rudimentos de aquello que decimos creer. No podemos hablar de firmeza espiritual y a la vez vivir dependiendo de frases sueltas, videos breves, emociones de domingo y mensajes que nos entretienen pero no nos forman.

Estudiar la Biblia no es una carrera. No es para lucirse. No es para ganar discusiones. Tampoco es para volverse pedante y andar corrigiendo a más conscientes de lo poco que realmente entendemos.

Porque mientras más uno se acerca al texto… más se da cuenta de lo mucho que le falta.
Y eso, lejos de desanimar, debería ubicarnos.

Por eso, a veces conviene hacer algo muy simple —y muy olvidado—: cerrar un momento todo lo demás… dejar el teléfono a un lado… tomar un cuaderno… y sentarse.

Leer. Pero leer de verdad.

No pasar los ojos por encima, no buscar “la frase del día”, no ir directo al versículo que ya conocemos… sino detenerse, subrayar, preguntar, anotar lo que no se entiende.

Y sobre todo… no tenerle miedo a la duda.
Porque la duda honesta no destruye la fe… la profundiza.

El problema no es preguntar.
El problema es conformarse con respuestas fáciles.
Y ahí es donde entra el discernimiento.

Discernir no es desconfiar de todo… pero tampoco es tragarse todo.

Es aprender a escuchar… y filtrar.
A leer… y comparar.
A recibir… y examinar.

No todo lo que suena espiritual viene de Dios.
Y no todo lo que incomoda… está equivocado.
A veces es al revés.
Por eso esa frase —“examinadlo todo y retened lo bueno”— no es un adorno.
Es una advertencia… y una responsabilidad.

Porque nadie puede hacer ese trabajo por ti.

Ni el pastor.
Ni el líder.
Ni el autor que te gusta.
Nadie.

Al final, tu fe… es tuya.
Y lo que construyas sobre ella… también.
Y quizás aquí viene una de las preguntas más incómodas de todas:

¿sobre qué estás edificando realmente?

¿Sobre lo que escuchas… o sobre lo que has entendido por ti mismo?
¿Sobre lo que te emociona… o sobre lo que has comprobado en la Palabra?
Porque hay una diferencia enorme entre repetir… y comprender.

Entre asistir… y crecer.
Entre creer que sabes… y saber por qué crees.

Tal vez por eso la imagen de la lluvia vuelve otra vez.
Porque una tierra puede parecer viva… y sin embargo estar seca por dentro.
Puede haber movimiento, puede haber actividad, puede haber ruido… pero sin profundidad… todo eso se evapora rápido.

La lluvia no hace ruido al caer.
Pero transforma.
Penetra.
Llega donde no se ve.
Y quizás eso es lo que más necesitamos.

No más información.
No más frases bonitas.
No más contenido.
Sino profundidad.
Raíz.
Sustancia.

Así que te dejo con algo, sin apuro:

¿estás alimentando tu fe… o solo la estás manteniendo con lo mínimo?

Y otra más, por si incomoda un poco:

¿cuándo fue la última vez que abriste la Biblia… no para buscar algo… sino para entenderla?

Gracias por quedarte este rato.
A veces no se trata de salir con respuestas claras… sino con preguntas que no se van tan rápido.

Nos vemos en la próxima charla.

Quizás… con un poco más de profundidad que ayer, y una buena Taza de Café.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
MiVivencia.com

Usar bien la Palabra de Dios

Queridos amigos, hermanos y hermanas, estoy por salir rumbo a la congregación, vamos al estudio bíblico, seguramente seguiremos con Mateo, y estudiaremos algo, aparte de leer un libro interesante, emotivo, pero no cambio, prefiero seguir escudriñando mi Biblia, yo por mi parte he venido leyendo algo de la Palabra de Dios y les voy a dejar un pequeño post que con ayuda de escritos del pastor John macarthur voy a hacerlos pensar, pero mi amigo como está haciendo calor, tómese un licuado bien frio o si ud. es de los míos un capuchino y un tiramizu para sudar y sobre todo no dormirnos, porque como que la Biblia tiene un somnifero poderoso que apenas ponemos la Biblia en nuestras manos y caemos dormidos como por arte de magia, pero en fin despierte y demosle una buena lectura, para que los demonios huyan de nuestro lado al escuchar la Palabra de Dios. Y no venga con que quiere sacar las maracas para hacer la danza de espanta brujas.

«Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad». 2 Timoteo 2:15

¿Desea ser “aprobado” por Dios? ¿Quiere que Dios esté contento con su vida? Estoy seguro de que quiere agradar a Aquel quien lo ama, que dio a su Hijo por usted, que lo bendecirá en esta vida y algún día lo recibirá en su presencia. Forma parte de ser cristiano el deseo de agradar a Dios.

Pero ¿cómo se presenta a Dios aprobado? Tiene que ser un “obrero que no tiene de qué avergonzarse”. ¿Se ha avergonzado alguna vez de su trabajo? Sin dudas ha tenido momentos en los que se ha sentido avergonzado de la calidad de su trabajo. Usted hizo una mala jugada y estropeó un importante juego. No leyó cuidadosamente la receta para una comida significativa. Dejó de estudiar para una prueba. La Biblia nos está diciendo que, si queremos ser aprobados por Dios, tenemos que ser obreros que tomamos en serio nuestro trabajo y empleamos en él nuestro mejor esfuerzo, de modo que no tengamos de qué avergonzarnos cuando estemos delante de Dios.

¿Cuál es la clave para ser un obrero de Dios que no tiene de qué avergonzarse? La clave es “[usar] bien la palabra de verdad”. Si quiero que Dios apruebe mi trabajo, debo usar bien toda la Biblia. ¿Qué significa “usar bien”? Literalmente significa cortarla en línea recta como un carpintero corta la madera recta para que el mueble encaje bien, o un albañil corta la piedra recta para que las piezas de la pared encajen perfectamente. Pablo trabajaba el cuero y tenía que cortar pieles en piezas bien arregladas que pudiera coser entre sí para formar una tienda Él le está diciendo a Timoteo que use la Palabra de Dios con precisión y exactitud, que la interprete y la aplique correctamente.

Si desea llevar una vida que garantice la aprobación de Dios en lugar de vergüenza, entonces debe usar bien la Palabra de Dios. Interpretarla a la luz del amor de Dios y la justicia revelada en la cruz. No suavice sus exigencias ni sus promesas. Permítale transformar su corazón para que sea renovada su mente. Entonces sabrá lo que es vivir en el centro de la voluntad de Dios.

Bueno queridos amigos, los dejo, me voy a mi clase de estudio bíblico, no sea que porque ayer no fuí al servicio, crean que ya me fui de la iglesia (aunque no se qué pensarían que fuera mejor), pero al regreso le seguimos, ya tengo terminado el nuevo post que les voy a subir y recuerde siempre, si ustes cree que es un obrero fiel y está sirviendo al Señor, ¿está semana que pasó, a cuántas personas habló de Cristo y cuánto a podido escudriñar la Palabra de Dios?, y ¿Cuándo nos va a dar el gusto de su presencia en los estudios bíblicos aquí en mi casa?, sobre todo para los líderes de mi congregación, que he abierto mi casa para una reunión de hogar, o célula, o como quiera llamarlo «té de tías», en fin la cosa es juntarnos para orar y aprender, bendiciones y nos seguimos comunicando.

El traductor de la Biblia

Queridos amigos, hermanos, visitantes, y todo aquel que por aquí llega, bienvenidos, espero que regresen pronto y sobre todo tengan ese habito de aprender que jamás debe quitársenos, una porque de acuerdo a un estudio, ciertas enfermedades de la vejez, podrían evitarse si uno hasta el último minuto continúa aprendiendo, por tanto busque su Biblia, mire, es bueno tenerla en el teléfono, excelente en el tablet, pero mejor entre sus manos para leerla, porque si solo la vemos el domingo o en el estudio bíblico y luego es asunto cerrado, como que no, veo a muy pocos con su teléfono inteligente haciendo gala de una buena lectura, en fin, aunque algunos lo prefieren para pertenecer a la (ACS) Agencia de Cristianos Secretos, que ya ni la Biblia camina con nosotros y no nos pueden hacer burla de «Cristianitos», bueno mejor continuemos.

Hoy en día ser cristiano, sobre todo aquí en USA es la cosa más fácil y llevadera del mundo, quizás, algunos te han dejado de hablar, o se burlan, o la familia te deshereda, uno que otro ha recibido un golpe, pero de allí no pasa, al final de cuentas es llevadero, estamos en un país sonde se permite de todo, se puede hablar o escrbir de todo y no pasa nada, hay libertad de expresión y de culto, se sientan en una misma mesa, perro, ratón y gato y todos felices, pero en otros tiempos la cosa era díficil, por lo que es necesario que usted mi amigo, lea estas líneas y se quite de la mente eso de que Jesús se hizó pobre para que usted fuese rico, o sea sano, o sea exitoso, sino lea, busque sobre la via de Pablo, Josué, Job, Abraham, los martires de las catacumbas, o tantos hombres de Dios que vivieron y murieron creyendo en que el hombre debe vivir por fe, por tanto aquí entraremos a hablar un poquitín de uno de aquellos hombres, veremos su vida en tiempos verdaderamente díficiles para aquel que creía en el verdadero Jesús.

John Wycliffe nació en Yorkshire, Inglaterra alrededor de 1330, no se sabe mucho de su niñez, hasta 1360 que ingresó al College en Oxford, luego alrededor de 1346 entró al sacerdocio, en 1349 la plaga de la muerte negra que mató a casi la mitad de toda Inglaterra. Mientras muchos sacerdotes buscaban respuestas de hombres Wycliffe recurrió a la Biblia en busca de consuelo y respuestas contra la desesperación y el temor que lo invadían. La dependencia de Wycliffe en la Palabra de Dios construyó un fundamento en su interior, que demostró ser inamovible.

Es importante recordar que la Biblia estaba solo en latín, y solo los hombres muy cultos podían leerla, aparte de que ni siquiera los curas de esos tiempos tenían una y mucho menos habían leído alguna, y todo era mezcla de misticismo, ignorancia, abuso de poder y tantas cosas que degeneraron a la iglesia de esos entonces. La riqueza y las posesiones era lo que primaba en esos tiempos, como hasta hoy. Cada servicio era intercambiable por dinero, estaba de moda las indulgencias que por un pago, se te perdonaba cualqueir pecado.

Wycliffe, fue un himbre brillante, y un erudito en la Palabra de Dios. Creía que la principal responsabilidad de la iglesia era sobre los temas espirituales, no sobre lo político, debemos tener en cuentas de que el Papa en esos tiempos tenía el poder de decidir quien era Rey y quien no, quien vivia y quien moria, tenía un poder casi absoluto, debido a una de las ideas de que enseñaba la iglesia a todo el mundo de que el Papa era infalible, su palabra era ley. El disgusto de Wycliffe por la ansiedad de riquezas que gobernaba a la Iglasia Católica, crecía cada vez más. Creía que la verdadera responsabilidad de la iglesia era satisfacer las necesidades espirituales de la humanidad y cuidar del rebaño, llevándolo a Cristo, lo cual le ocasiono serios problemas con el Papa.

Wycliffe no pensó que la Biblia era tan santa que no podía ser tocada. No; la abrió, la leyó y la aplicó a su vida y sus circunstancias. La revelación de esa Palabra lo hizo distinguir lo verdadero de lo falso, y le permitió ver que todo el sistema de la iglesia católica se oponía al mensaje general de la Biblia. Comenzó a darse cuenta de que muchos de los sacramentos y doctrinas de la iglesia eran hipócritas y heréticos. El sistema religioso de su época había sido formulado enteramente para lograr dinero, poder y control.

Una y otra vez el Papa trato de hacer callar a Wycliffe, pero no lo pudo hacer, y Wycliffe atacó cada una de las cosas que los católicos creían, como las confesiones, diciendo que el único que perdona es Dios y no el hombre, por lo cual se oponía a la absolución por pago de dinero, diciendo que no hay mayor herejía que la que un hombre crea que es absuelto de pecado si da dienro, o porque un sacerdote les diga «Os absuelvo», porque decía debemos arrepentirnos en nuestro corazón, de otro modo Dios no nos absuelve.

Ataco duramente las indulgencias, que fueron creadas como un método para recaudar dinero, y asi mantener al Vaticano libre de deudas. Decía Wycliffe que el servicio más elevado que pueda alcanzar el hombre en la Tierra es predicar la ley de Dios. Este deber corresponde a los sacerdotes. Pero en esos tiempos los sacerdotes, paraban en las tabernas, jugando, bebiendo, teniendo amores con mujeres, concuvinas y hasta hijos.

Wycliffe instaba a las personas a regresar a la fe y la práctica de los primeros cristianos. Pero poco a poco con las influencias del Papa, fue retirado de Oxford y quienes desde el reinado de Inglaterra lo apoyaban, empezaron a distanciarse y a dejarlo solo, pero en esa soledad de Lutterworth vió el lugar oportuno y exacto para empezar a traducir la Biblia del latín al inglés común, seguido de unos discípulos fieles empezó la tarea.

Su inquebrantable convicción era que la Biblia era la única autoridad para la vida Wycliffe escribió:

Puesto que la Biblia contiene a Cristo, que es todo lo que se necesita para la salvación, es necesaria para todos los hombres, no solo para los sacerdotes. Ella sola es la ley suprema que debe regir a la iglesia, al Estado y a la vida cristiana, sin tradiciones y estatutos humanos.

Wycliffe murió el 31 de diciembre de 1384, sus restos fueron quemados por orden Papal en 1428, aún con el odio en los corazones de la iglesia católica, tratando de borrar todo aquello que pueda traer a la memoria a este parroco, pero un hombre Thomas Fuller, al relatar los eventos, grabó sus palabras para siemrpe en la historia, tan bellas, fueron: «Quemaron sus huesos hasta reducirlos a cenizas y las arojaron al Swift, un río que corría cerca de allí. De esta forma, este arroyo llevó las cenizas al Avon, el Avon al Severn, el Severn a los estrechos mares, y ellos al amplio océano. Así, las cenizas de Wycliffe son el emblema de su doctrina, que ahora está dispersa por todo el mundo»

Wycliffe no vivió para ver los resultados de su visión. No vivió para ver si su traducción de la Biblia llegaba al pueblo; lo único que tenía era la visión en su corazón y su amor por la gente común. Lo único que supo hacer fue plantar la semilla y confiar en que Dios completaría lo que había comenzado… y Dios, sin duda lo hizo.

Que Dios los bendiga grandemente, con el poder de Su Palabra en vuestros corazones, nos vemos y seguimos.