Cerrando tras de sí la puerta

Era una mañana cualquiera. Salió de casa como quien no quiere decir adónde va, con su vieja mochila al hombro. Dentro, lo de siempre: la laptop, los audífonos, algo de música… y esta vez también llevaba algo más pesado: las ilusiones, los nervios, el miedo, la esperanza. Esa mezcla inexplicable que lo había mantenido despierto toda la noche.

Ese día no hubo café en Starbucks, ni croissant con queso crema. Nada de rutinas. Iba con el corazón latiendo más fuerte de lo habitual, como si supiera que el encuentro que se avecinaba no era uno cualquiera. Parecía que el tráfico conspiraba contra él. Todo iba más lento. Pero no importaba. Él avanzaba igual, impulsado por algo más fuerte que la costumbre.

Ya rondaba los cincuenta, pero algo en él se sentía joven otra vez. ¿Era amor? ¿Ilusión? ¿Un último intento por creer? No lo sabía. Solo sabía que llevaba demasiado tiempo acompañado por una fiel y silenciosa compañera: la soledad. A veces la comprendía, otras no. Pero siempre estaba allí, sentada frente a él en cada café, mirándolo mientras escribía historias de desamor y de esperanza. Soledad que hoy, por primera vez en años, parecía desvanecerse.

No recordaba exactamente cuándo empezó todo. Solo sabía que un día ella dejó de ser solo una amiga. Al principio, sus conversaciones eran largas, intensas, llenas de ideas. Ella hablaba de teorías, de invenciones, de mañanas frías y tardes soleadas. Él la escuchaba fascinado. Y su corazón, sin pedir permiso, empezó a moverse. Pero calló. Porque era una dama. Porque tenía pareja. Porque él también tenía un hogar al que regresaba cada noche, aunque no con muchas ganas.

Así pasó el tiempo. Semanas, meses. La miraba en silencio, deseando que sus ojos pudieran decirle todo. Pero no. El miedo a perder lo poco que tenía lo hacía mudo. Entonces, enterró sus sentimientos. O al menos, eso creyó. Pero cada vez que la veía, su amor volvía, indomable, intacto.

Hasta que un día, ella también empezó a escribir. Al principio con timidez. Después, con emoción. Entre miedos y mensajes borrados, los textos comenzaron a decir lo que los labios no podían. Y cuando él recibió ese primer mensaje, algo explotó en su pecho. El viejo amor que creía olvidado se encendió de nuevo. Y esta vez, parecía que era correspondido.

Ella tenía miedo. Él también. Pero empezaron a quererse. A reconocerse. A imaginar que, quizás, aún quedaba tiempo. Que la vida aún podía ofrecer algo más que rutina y resignación.

Hoy, él va camino a verla. A encontrarse con ella a solas por primera vez en mucho tiempo. La emoción lo desborda. Lo invade una tristeza dulce, una alegría contenida, una esperanza nueva. Sabe que es complicado. Que hay heridos en el camino. Que hay reglas no escritas que están a punto de romper. Pero también sabe que esta vez no quiere callar más.

Estaciona. Ella le pregunta por mensaje dónde está. Él responde: “En la esquina, ya llegué”. Ella baja, camina unos pasos delante de él sin decir palabra. Suben al ascensor como dos desconocidos. Cuando llegan, ella abre la puerta, entra… y la deja entreabierta.

Él se queda quieto un instante. Toma aire. Guarda el teléfono como si acabara de escribir el mensaje más importante de su vida. Y entonces cruza el umbral, temblando de emoción, de miedo, de amor.

La ve, la abraza…
y cerrando tras de sí la puerta, empieza una nueva historia.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino

Dos velas que se apagan

Las discrepancias con mi madre han sido duras. Su ego, sus miedos, su vanidad y sus creencias siempre chocaron con los míos. La vida juntos se volvió complicada, llena de tensiones. Y sin embargo, aquí estamos, al final del camino.

Hoy le dije, casi en tono de confesión:

—Madre, después de todo, al final te vienes saliendo con la tuya. Por tus achaques ya no puedo salir a la calle. Solo me queda quedarme a cuidarte.

Ella abrió los ojos y me regaló una sonrisa irónica, de esas que solo ella sabe dar, como diciendo sin palabras: “te gané”.

Mi perro, Kiba, es distinto. Tiene veintiún años, ya no oye ni ve, tropieza con todo, pero cuando me encuentra, mueve la cola como si la vida entera aún le bastara. Siempre feliz, siempre fiel. Y aunque la vejez lo doblega, percibe lo que ocurre en casa: que mi madre también se nos va. Por eso aprovecha cualquier oportunidad para meterse a su dormitorio y dormir a su lado, como si quisiera acompañarla también en su despedida.

Dos vidas, dos velas que se apagan poco a poco. A mí solo me queda aceptar la realidad y desearles un camino en paz. Porque a pesar de los choques, las ironías, el cansancio y el dolor, sé que lo único que permanece es el amor.

Vick
Conversando con una Taza de Cafe
-Vick-yoopino

Nuestra propia Guerra Cultural

Te cuento, estamos en unos tiempos decisivos en nuestro país, las elecciones se aproximan y dentro de cada voto, existe una nueva opción para el futuro, por lo que observa con detenimiento, no podemos continuar con lo mismo, no podemos dejar que el socialismo tome el poder, debemos desarrollar:

La guerra cultural a nivel personal que implica influir en tu entorno cercano y en la sociedad en general a través de acciones y decisiones que reflejen tus valores y creencias. Aquí hay algunas formas de librar esta batalla cultural desde tu perspectiva personal:

– Defiende tus valores: Expresa tus opiniones y creencias de manera respetuosa pero firme, especialmente en entornos donde se discuten temas polémicos.

– Educación y conciencia: Comparte información y recursos sobre temas que te importan, como derechos humanos, igualdad y justicia social, para crear conciencia y fomentar el debate constructivo.

– Participa en tu comunidad: Únete a grupos o iniciativas locales que trabajen en causas que apoyas, lo que te permitirá conectarte con personas afines y generar impacto en tu entorno.

– Influencia en redes sociales: Utiliza plataformas digitales para compartir contenido que refleje tus valores y promueva la reflexión y el diálogo sobre temas culturales y sociales.

– Modela comportamientos: Actúa de acuerdo con tus creencias y valores, demostrando en tu vida diaria lo que consideras importante, lo que puede inspirar a otros a hacer lo mismo.

– Diálogo respetuoso: Mantén conversaciones abiertas y respetuosas con personas que tengan opiniones diferentes, buscando entender sus perspectivas y encontrar puntos en común.

– Apoya a creadores de contenido afín: Consume y promueve el trabajo de artistas, escritores y pensadores cuyas obras reflejen tus valores y contribuyan al discurso cultural que apoyas.

– Vota y participa en procesos democráticos: Ejercer tu derecho al voto y participar en procesos políticos es fundamental para influir en la dirección cultural y social de tu país.

Recuerda que la guerra cultural se trata de influir en la narrativa y los valores de la sociedad, por lo que cada acción cuenta.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

El problema del mal y el sufrimiento: ¿Por qué permite Dios el dolor? (2da. Parte).

Posturas filosóficas y teológicas

“A lo largo de la historia, teólogos y filósofos han tratado de explicar la relación entre Dios y el mal. Estas son algunas de las posturas más importantes.”

A lo largo de la historia, tanto la filosofía como la teología han intentado responder a la pregunta del mal, dando lugar a diversas posturas que buscan reconciliar la existencia de Dios con el sufrimiento en el mundo.

1. Posturas teológicas

El mal como consecuencia del pecado: En la tradición cristiana, se considera que el mal entró en el mundo por la caída de Adán y Eva (Génesis 3). Esta visión sugiere que el mal es el resultado del alejamiento de Dios.

El mal como prueba o castigo divino: Algunos textos bíblicos presentan el sufrimiento como una prueba de fe (como en el caso de Job) o como castigo por el pecado (como en el diluvio).

El mal y el libre albedrío: San Agustín argumentó que Dios creó a los seres humanos con libre albedrío, y el mal es el resultado de sus elecciones erradas, no de la voluntad divina.

El mal como parte del plan de Dios: Tomás de Aquino sugirió que el mal puede permitir un bien mayor, y que Dios, en su providencia, puede sacar bien del mal.

2. Posturas filosóficas

El problema lógico del mal: Planteado por filósofos como Epicuro y reformulado por David Hume, cuestiona cómo un Dios omnipotente, omnisciente y benevolente permite la existencia del mal.

La teodicea de Leibniz: Argumenta que vivimos en el “mejor de los mundos posibles” y que el mal es necesario para la existencia del bien y el desarrollo del alma.

El mal como privación del bien: San Agustín propuso que el mal no tiene existencia propia, sino que es la ausencia del bien, de la misma manera que la oscuridad es la ausencia de luz.

El sufrimiento como parte de la evolución humana: En tiempos modernos, algunos han visto el sufrimiento como un proceso natural dentro de la evolución y la existencia humana.

Agustín de Hipona (Siglo IV): El mal como privación del bien

• El mal no es una fuerza creada por Dios, sino la ausencia de bien.

• Dios permite el mal porque dio libre albedrío a los humanos.

Tomás de Aquino (Siglo XIII): El mal como parte del plan divino

• Dios permite el mal porque puede traer un bien mayor.

• Ejemplo: El sufrimiento de Jesús llevó a la salvación de la humanidad.

Postura escéptica moderna: El problema del mal como argumento contra Dios

Voltaire y el terremoto de Lisboa (1755): ¿Cómo puede un Dios bueno permitir un desastre que mata a miles?

Ateísmo post-Holocausto: La existencia del mal extremo (ej. genocidios) parece incompatible con un Dios amoroso.

Pregunta crítica:

• ¿El argumento del mal es la mayor prueba en contra de la existencia de Dios o simplemente una prueba de nuestra falta de comprensión?

Reflexión final

La cuestión del mal sigue siendo un debate abierto. La pregunta clave es: ¿El mal es un misterio sin respuesta, una prueba de fe o una consecuencia natural de la libertad humana?

(Continuará). Dejános un comentario sobre tus pensamientos al respecto de estas posiciones.

Vick
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Vick-yoopino.

Caminante, camina y espera

“Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”, dice el poema.

Y así, paso a paso, me dejé llevar en un paseo sin rumbo, tomado de la mano del aire, acompañado de fantasmas que vagan en noches tachonadas de estrellas. El frío, implacable, me obligaba a buscar refugio donde el calor de una cocina devolviera la tibieza de un abrazo perdido en alguna tarde lejana de otoño.

En nuestra caminata atravesamos el barrio japonés y descubrimos un pequeño restaurante. Era sencillo, tranquilo y lleno de esa cortesía que caracteriza a los japoneses: una amabilidad que a veces roza lo excesivo, pero que siempre reconforta. Nos sentamos y pedimos lo que más nos gusta: chow mein —o, como decimos en Perú, tallarín saltado—. El plato tenía algo curioso: aunque era japonés, llevaba consigo un aire familiar, casi peruano. Lo confirmé al verlo llegar: bastaba una mirada a las fotos para sentir ese mestizaje en el sabor.

Mientras esperaba el plato, me vino a la memoria una historia que alguna vez escuché: la vida suele aparecer al doblar una esquina, entre calles destinadas al olvido y siluetas que se confunden con las sombras. Está en los pasos que sortean obstáculos, en los amores tiernos que se ocultan en callejas dolientes, en trenes que parten y estaciones que esperan, en parejas que juran eternidad bajo la fragilidad del tiempo.

Entonces comprendí algo: lo imposible no me pertenece. No me llamo Imposible, ni me apellido No Puedo. Al contrario, me senté en esa mesa como quien decide desafiar al tiempo. Con una servilleta extendida y una pluma en la mano, pensé en lo que alguna vez escuché en una película: “aunque tarde mil años y sucedan diez mil vidas, seguiré aquí esperando”.

Esperando en el mismo rincón, en la misma mesa, el mismo cuaderno, y la certeza de que en cualquier momento, la vida puede volver a doblar la esquina.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

El sueño de un mañana incierto

No supieron cuánto tiempo habían estado conversando. Solo recordaban que la charla empezó con los primeros rayos del sol asomando en el horizonte, mientras un café recién hecho y un croissant con queso crema se convertían en excusa para compartir palabras. Las horas se deslizaron rápidas, casi invisibles, y cuando el día se apagó, fue la noche —oscura y fría— la que los sorprendió aún sentados frente a frente, reacios a detener ese diálogo interminable.

Él escuchaba, ella respondía; luego ella preguntaba, y él contestaba. Una danza de palabras que fluía sin pausas, demasiado interesante como para cederle espacio al silencio. Ni siquiera su fiel amigo canino interrumpió la escena: se acomodó en la almohada de siempre, a los pies de la cama, como si entendiera que lo esencial ocurría allí, entre dos voces que se buscaban.

Hablaron de recuerdos de infancia y de juegos antiguos; de miedos y tristezas; de adolescencias con frustraciones y lágrimas; de pequeñas victorias y derrotas de fútbol. Entre cada confesión, él volvía a preparar café, y ella, con prisa torpe y alegre, ponía de nuevo croissants al horno, midiendo con exactitud los siete minutos de espera a 375 grados. Rieron luchando con los croissants demasiado calientes, se sacudieron las manos cubiertas de migas, y la charla pasó del comedor a la sala, como si el espacio mismo quisiera acompañar la travesía de sus recuerdos.

La conversación se fue tiñendo de confesiones íntimas y palabras atropelladas. Los verbos y sustantivos se enlazaban con pronombres cargados de cercanía: tú, yo, nosotros. Adjetivos se posaban sobre sus vidas como etiquetas dulces o amargas, y de ese torrente de frases entrecortadas emergía la sensación de estar escribiendo juntos una nueva historia.

La noche llegó como siempre llegan las cosas inevitables. Una caminata breve hasta la puerta, un beso cargado de, difícil describirlo, y una despedida atravesada por la tristeza de lo inconcluso. Él salió como había entrado: con un cuaderno en la mano, esta vez lleno de palabras y recuerdos que ahora pesaban distinto. Ella cerró la puerta despacio, se dejó caer en el sofá y tomó el último sorbo de un café ya frío. En la canastilla quedaba apenas un trozo de croissant, que terminó con gesto distraído, mientras la mente se le llenaba de anhelos.

Soñó con el siguiente encuentro, con el día que empezara de nuevo entre lápices, libretas y tazas de café. Porque aún había demasiado por contar, por recordar, por confesar. Porque todo había nacido de algo tan simple como cruzar palabras, un café compartido, un croissant caliente… y la necesidad profunda de ser escuchados.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

El problema del mal y el sufrimiento: ¿Por qué permite Dios el dolor? (1ra. Parte).

“Si Dios es bueno, ¿por qué permite el sufrimiento? Esta pregunta ha atormentado a creyentes y escépticos por siglos. Desde el sufrimiento de Job en el Antiguo Testamento hasta las tragedias del mundo moderno, la cuestión del mal sigue siendo una de las mayores pruebas de fe. ¿Es el dolor parte de un plan divino, un resultado del libre albedrío o una prueba de que Dios no existe?”

Preguntas iniciales:

• ¿El mal es causado por Dios, por la humanidad o por fuerzas externas?

• ¿Cómo han respondido la Biblia y la teología cristiana a esta cuestión?

• ¿El sufrimiento tiene un propósito o es simplemente un error en la creación?

1. La pregunta del mal en la Biblia

“Desde el Génesis hasta el Nuevo Testamento, la Biblia presenta múltiples perspectivas sobre el mal y el sufrimiento. Pero, ¿nos da una respuesta clara?”

La pregunta del mal en la Biblia se refiere al problema teológico y filosófico de cómo reconciliar la existencia de un Dios bueno y todopoderoso con la presencia del mal y el sufrimiento en el mundo. Esta cuestión ha sido debatida por siglos y tiene diversas respuestas dentro de la tradición cristiana.

Perspectivas bíblicas sobre el mal:

1. El mal como consecuencia del pecado humano: En Génesis, el pecado de Adán y Eva introduce el sufrimiento y la muerte en el mundo (Génesis 3).

2. El mal como prueba o propósito divino: El libro de Job muestra a un hombre justo que sufre, pero cuya fe es probada.

3. El mal y el libre albedrío: En el Nuevo Testamento, se enfatiza que el ser humano es libre para elegir el bien o el mal (Deuteronomio 30:19).

4. El triunfo final sobre el mal: La Biblia promete que el mal será vencido en el juicio final y la creación será restaurada (Apocalipsis 21:4).

Antiguo Testamento: El libro de Job y la justicia divina

• Job, un hombre justo, sufre sin motivo aparente.

• Sus amigos creen que su sufrimiento es castigo por pecado, pero Dios no da una respuesta clara.

• Dios responde con preguntas: ”¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?” (Job 38:4).

Nuevo Testamento: La visión de Jesús sobre el sufrimiento

Juan 9:1-3 → “¿Quién pecó, este hombre o sus padres, para que naciera ciego?” Jesús responde: “Ni él pecó, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él”.

• La teología de la cruz: Jesús sufre y muere inocentemente, lo que muestra que el sufrimiento puede tener un propósito redentor.

Reflexión final

El problema del mal sigue siendo una cuestión central en la teología y la fe. La pregunta clave es: ¿Es el mal una prueba, una consecuencia o parte de un plan divino más grande?

Pregunta crítica:

• ¿Dios permite el mal para probar nuestra fe o es simplemente parte de la vida en un mundo caído?

(Continuará). Dejános un comentario sobre tus pensamientos al respecto.

Vick
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Reseña de «Las legiones malditas» de Santiago Posteguillo

Las legiones malditas (2008), segunda entrega de la trilogía de Escipión el Africano de Santiago Posteguillo, es una novela histórica que te sumerge de cabeza en el torbellino de la Segunda Guerra Púnica (209-206 a.C.), donde Roma y Cartago libran una lucha a muerte por la supremacía del Mediterráneo. Si buscas una obra que combine épica, intriga política, personajes inolvidables y un rigor histórico que hace palpable el polvo de las batallas, esta novela te atrapará desde la primera página y te hará correr a tu librería o biblioteca más cercana.

La premisa: un héroe contra el destino

En Las legiones malditas, Publio Cornelio Escipión, el joven general romano que ya destacó en Africanus: El hijo del cónsul, enfrenta su mayor desafío. Roma está al borde del colapso tras las devastadoras victorias de Aníbal, el genio militar cartaginés, que ha arrasado ejércitos romanos en batallas como Cannas. Escipión, con apenas 26 años, recibe el mando de las “legiones malditas”, los restos de los ejércitos derrotados, exiliados a Sicilia como castigo por su fracaso. Su misión imposible: llevar la guerra al corazón de Hispania, territorio controlado por Cartago, y derrotar a tres ejércitos enemigos liderados por los hermanos de Aníbal. Pero no solo lucha contra ejércitos: en Roma, los senadores envidiosos y las intrigas políticas amenazan con sabotear su campaña. ¿Podrá un hombre tan joven, con un ejército desprestigiado, cambiar el rumbo de la historia?

Por qué te enganchará

Posteguillo teje una narrativa que es un torrente de emociones y acción, pero con una profundidad que eleva la novela por encima del entretenimiento puro. Aquí van las razones por las que no podrás soltar Las legiones malditas:

1. Un héroe carismático y humano: Escipión no es un héroe de mármol; es un líder brillante pero vulnerable, acosado por dudas, la presión de su legado familiar y la hostilidad de sus rivales en el Senado. Posteguillo lo retrata con una mezcla de audacia y humanidad que te hace admirarlo y temer por él. Su evolución de joven idealista a estratega implacable es fascinante, y sus discursos (inspirados en fuentes históricas como Polibio y Livio) te erizarán la piel.

2. Batallas que te hacen sudar: Las escenas de combate, como el asedio de Carthago Nova o la batalla de Ilipa, son de una intensidad cinematográfica. Posteguillo describe las tácticas militares con un detalle que te hace sentir en el campo de batalla: el clangor de las espadas, el polvo asfixiante, las formaciones romanas contra las falanges cartaginesas. Pero no es solo acción; cada batalla revela la mente estratégica de Escipión, que innova con maniobras que aún se estudian en academias militares.

3. Intriga política que corta como un gladius: Roma no es solo un escenario de gloria; es un nido de víboras. Posteguillo recrea el Senado como un campo de batalla tan peligroso como Hispania, con figuras como Fabio Máximo conspirando contra Escipión. Las traiciones y alianzas te mantienen en vilo, preguntándote si el héroe sobrevivirá a sus propios compatriotas.

4. Personajes secundarios que brillan: Desde Emilia, la esposa de Escipión, cuya inteligencia y lealtad sostienen a la familia, hasta el fiel Cayo Lelio, su lugarteniente, cada personaje aporta matices. Incluso Aníbal, aunque menos presente, es un antagonista formidable, cuya sombra planea sobre cada decisión. Posteguillo da voz a mujeres, soldados rasos y enemigos, creando un tapiz humano que enriquece la historia.

5. Un viaje a la Hispania antigua: La novela te lleva a la Iberia del siglo III a.C., con sus tribus celtas, ciudades fortificadas y paisajes salvajes. Posteguillo revive lugares como Tarraco (Tarragona) o Carthago Nova (Cartagena) con un realismo que te hace oler el mar y sentir el calor del sol mediterráneo.

6. Rigor histórico que no abruma: Posteguillo, doctor en filología, basa su relato en fuentes clásicas, pero su prosa es accesible y vibrante. Los detalles históricos (armas, costumbres, política romana) están tejidos en la narrativa sin sentirte en una clase magistral. Incluye un glosario y mapas que ayudan a seguir la acción, pero la historia fluye como un río.

Momentos que te dejarán sin aliento

Sin spoilers, hay escenas que te marcarán: un discurso de Escipión que galvaniza a sus tropas desmoralizadas; un asedio donde la estrategia y el coraje se enfrentan a lo imposible; y un enfrentamiento personal que revela el costo humano de la guerra. Posteguillo sabe dosificar la tensión, alternando batallas épicas con momentos de introspección que te hacen conectar con los personajes.

Por qué leerla ahora

Las legiones malditas es perfecta si buscas una novela que combine la grandiosidad de Gladiator con la intriga de Juego de Tronos, pero anclada en hechos reales. Es el corazón de la trilogía de Escipión, donde el protagonista alcanza su apogeo como estratega y líder, y la narrativa de Posteguillo brilla por su ritmo y profundidad. A sus 860 páginas, es una inversión (unas 25-30 horas de lectura), pero cada capítulo te empuja al siguiente. Además, al ser la segunda parte, puedes empezar con Africanus: El hijo del cónsul para conocer a Escipión, pero Las legiones malditas es autoconclusiva en su arco y aún más emocionante.

Un último empujón

Imagina liderar un ejército de desterrados contra un enemigo invencible, mientras tus aliados en Roma afilan puñales a tus espaldas. Las legiones malditas no es solo una novela; es una experiencia que te hace vibrar con cada victoria y sufrir con cada revés. Posteguillo te lleva al corazón de una Roma que lucha por sobrevivir, con un héroe que no solo combate a Cartago, sino al destino mismo. Si quieres una historia que te mantenga despierto hasta la madrugada, esta es tu novela. ¡Corre a empezarla, porque Escipión y sus legiones te están esperando!

El vuelo de la paloma

Primera historia de la Serie: Historias Desesperadas.

Esta no es la historia de una paloma cualquiera.
Es la historia de lo que sucede cuando alguien quiere poseer, en lugar de amar.
De cómo la libertad puede sobrevivir incluso en el encierro.
Y cómo, a veces, un hogar no se construye con barrotes… sino con pan duro, café caliente y un poco de ternura.

Hubo una vez un hombre que viajó a un lugar lejano y compró una jaula. No era cualquier jaula: era hermosa, de altas paredes, con barrotes de oro y marfil, puertas y ventanas talladas en madera fuerte, diseñada para resistir el tiempo, los golpes… y la libertad.

También compró una cadena de oro macizo, para colgarla en lo más alto de su palacio, a la vista de todos, como símbolo de su orgullo. Y entonces, al verla vacía, buscó por varios lugares hasta encontrarla: una palomita pequeña, de lindos colores, que cantaba como un ruiseñor entre flores de néctar dulce.

La paloma, al principio, se sintió feliz. Aunque fue comprada sin saberlo y llevada en una caja sin entender, pensó que tendría un hogar. Creyó en los cantos del hombre que la había elegido, creyó que sería admirada, querida, libre dentro del amor.

Pero no fue así.

Cuando llegaron al palacio, el hombre la encerró.
La puso en su jaula de oro y marfil.
Y le ordenó que cantara.
Solo para él.
Solo cuando él quisiera.
Solo cuando él la mirara.

Con el tiempo, su canto se volvió triste, hueco, sombrío.
El amor se convirtió en rencor.
El orgullo, en jaula.
Y la belleza, en cárcel.

Mal alimentada con las sobras del afecto, obligada a repetir la misma melodía, la paloma se marchitó. Ya no cantaba, apenas sobrevivía. Golpeó los barrotes una y otra vez, hiriéndose las alas, su plumaje, su cuerpo… y su esperanza.

Un día, sin saber cómo, sin un motivo claro, la puerta de la jaula quedó abierta.
Y la paloma voló.
Voló lejos. No buscando cielo, ni gloria. Solo quería paz.
Voló hasta el cansancio.

Y en el camino, encontró a un hombre viejo.
El viejo caminaba lento.
Cargaba una mochila al hombro, llena de sueños gastados.

Y colgando de su lado, llevaba una jaulita vieja, oxidada, de alambres torcidos y color deslavado.
Dentro de ella, una casita hecha de cartón, de restos de vasos, de cajas rotas, de basura, de ilusión.

El anciano vio a la paloma débil, herida, y la recogió con sus manos temblorosas, como quien levanta un pedazo de cielo. La acarició. La alimentó. Curó sus alas. La colocó en su jaulita.

La paloma lloró.
Lloró desconsolada.
Creyó que todo se repetiría.
Que el encierro volvía, que su vuelo había sido en vano.

Pero entonces, el viejo le habló con una ternura que dolía:
—Perdóname por tenerte en esta jaula —le dijo—. No tengo un lugar mejor. Sé que está vieja, oxidada, a punto de caerse. Pero he caminado tanto por la vida que ya no me queda fuerza para construir otra.

Mi jaula no tiene puerta. Jamás se la puse.
Si quieres irte, solo tienes que volar.
Pero si decides quedarte…
Te prometo que aquí solo estarás si quieres.
Te daré pan duro, agua de lluvia y café con leche por las mañanas.
Pero también te daré todo mi amor.
Te cuidaré.
Te escucharé cantar, solo si tú quieres.
Y no por obligación, sino por alegría.

La paloma, con el tiempo, comprendió que no estaba atrapada.
Que era libre.
Y que ese hombre no quería tenerla, sino merecerla.
Volvió a cantar.
Volvió a volar.
Volvió a amar.

Y eligió quedarse.
Hoy, la jaula sigue siendo de alambre viejo y cartón remendado.
Pero está hecha con ramas de amor y hojas de esperanza.
La paloma, que fue diosa oculta y flor maltratada, ahora es feliz.
Porque ha encontrado al hombre que la ve.

Al que no compra ni encierra.
Al que cuida.
Al que dice “te amo” y lo demuestra con pan duro y café caliente.
Al que le construyó, no una jaula… sino un hogar.
Porque, como dijo el poeta:

“Te encontré detrás de tanto sufrimiento, te encontré tan lejos en la vida… pero al fin te encontré.”

Vick, el que aprendió que hay jaulas que no encierran, y manos que liberan.
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino.
MiVivencia.com.

¿Alguna vez fuiste una paloma encerrada en una jaula ajena?
¿O quizás conociste a alguien que solo quiso verte volar?
Cuéntame tu historia. Te leo en los comentarios.

Reseña de la Colección «Patrología» de Johannes Quasten – Tomo IV.

TOMO IV: DEL CONCILIO DE CALCEDONIA (451) A BEDA (735)

Enseñanzas Fundamentales:

Este período se caracteriza por la «consolidación y transmisión» del legado patrístico:

– Síntesis y sistematización del patrimonio doctrinal anterior
– Adaptación del cristianismo a las nuevas realidades político-culturales
– Desarrollo de la literatura en lenguas vernáculas
– Establecimiento de tradiciones litúrgicas locales
– Preservación y transmisión de la cultura clásica

Figuras Destacadas:

Grandes Sistematizadores:

– León Magno (†461): Papa que definió la cristología en Calcedonia, desarrolló la primacía papal, defended la unidad de la Iglesia frente a las invasiones bárbaras

– Gregorio Magno (†604): «Último Padre de la Iglesia», organizador de la liturgia romana, misionero de los pueblos germánicos, autor de obras pastorales fundamentales

Transmisores Culturales:

– Boecio (†524): «Último romano, primer escolástico», traductor de Aristóteles, autor de «La Consolación de la Filosofía»

– Casiodoro (†580): Fundador de bibliotecas monásticas, preservador de manuscritos clásicos

– Isidoro de Sevilla (†636): Enciclopedista, autor de las «Etimologías», sistematizador del saber de la antigüedad tardía

– Beda el Venerable (†735): «Padre de la historia inglesa», cronista y exegeta, representa la culminación de la cultura cristiana anglo-sajona.