Verdadero hijo en la fe

Un llamado urgente al discipulado

Esta tarde quiero detenerme en una expresión que no es común, ni ligera, ni fácil de asumir: “verdadero hijo en la fe”.
La encontramos en la carta de Pablo a Timoteo, y desde que la leí con atención me dejó pensando.
Porque no cualquiera recibe ese nombre.
Ni Pablo se lo dio a muchos.

La pregunta es inevitable:
¿cuántos de nosotros podríamos ser llamados verdaderos hijos en la fe? ¿Estamos siendo discipulados por alguien? ¿Estamos discipulando a alguien?
No es un título sencillo. Tampoco es automático.

Un saludo que dice más de lo que parece

En 1 Timoteo 1:1–2 leemos:

“Pablo, apóstol de Jesucristo por mandato de Dios nuestro Salvador, y del Señor Jesucristo nuestra esperanza. A Timoteo, verdadero hijo en la fe: gracia, misericordia y paz…”

Detengámonos un momento ahí.

Pablo no dice simplemente “a Timoteo”.
Dice: “verdadero hijo en la fe”.
Eso implica una relación profunda, un proceso, una formación real. No una simpatía, no una cercanía ocasional, no un saludo protocolar.

¿De dónde salen tantos apóstoles?

Pablo se presenta como apóstol por mandato de Dios.
Y eso abre otra pregunta incómoda para nuestros tiempos:

¿de dónde salen hoy tantos apóstoles?

La definición bíblica de apóstol es clara: alguien enviado para proclamar la doctrina de Cristo, su obra redentora, su vida, su muerte, su resurrección y toda la Palabra de Dios. Un propagador del evangelio, no un título honorífico.

Sin embargo, hoy parece que “evangelista” queda chico para muchos. El título de apóstol o profeta suena más rimbombante, más llamativo. Hay alfombras rojas, presentaciones, nombres grandes… pero cada vez menos formación.

Efesios 4 nos recuerda que Dios mismo constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, evangelistas, pastores y maestros. No se autoproclaman, no se compran, no se improvisan. Algo no está encajando bien cuando hay tantos títulos y tan pocos discípulos.

Timoteo: el fruto de una relación

Timoteo no apareció de la nada. Pasó cerca de quince años caminando con Pablo. Aprendió, acompañó, observó, fue corregido, enviado, probado. Pablo confió en él lo suficiente como para enviarlo a iglesias con problemas reales. Eso no se hace con alguien formado a medias.

Por eso lo llama verdadero hijo en la fe. La gracia no está en asistir a la iglesia. Eso es apenas el comienzo. La pregunta clave es otra:

¿Alguien te está formando? El discípulo no se hace en una hora dominical. Se forma caminando la vida junto a otro, día tras día.

Pablo solo llamó verdaderos hijos en la fe a dos personas: Tito y Timoteo. Dos, entre cientos de convertidos. Eso nos dice algo muy claro: formar discípulos es difícil, lento y exigente.

El ruego de Pablo: corregir lo que está mal

En 1 Timoteo 1:3, Pablo le ruega a Timoteo que se quede en Éfeso para corregir falsas doctrinas. No lo envía usando frases grandilocuentes ni manipulaciones espirituales. Le dice, con honestidad: “te ruego”.

Había cosas que se estaban enseñando mal.
Hoy, muchas veces, la respuesta ante el error es el silencio.
“No toques al ungido”, se dice.
Pero Pablo no actuó así. Dijo: anda y corrige.
No por opinión personal, sino porque así está escrito.

Para hacer eso, Timoteo tenía que estar formado. No podía decir “yo creo que…”. Tenía que decir: la Escritura dice.

Manda y enseña

Pablo le da una orden clara:
“Esto manda y enseña”.

Y le recuerda que nadie menosprecie su juventud, pero también le exige ejemplo: en palabra, conducta, amor, fe y pureza.
Aun siendo un discípulo avanzado, le dice: ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza.

El llamado no es solo a aprender, sino a transmitir. A corregir cuando sea necesario. A enseñar con responsabilidad.

La pregunta vuelve a aparecer, inevitable:
¿alguien te está enseñando? ¿y tú estás enseñando a alguien?

“Haced discípulos”

En 1 Corintios 4:17, Pablo dice que envía a Timoteo porque es su hijo amado y fiel en el Señor. Y entonces recordamos las palabras de Jesús en Mateo 28:19–20:

“Id y haced discípulos…”

No dijo: hagan creyentes. No dijo: hagan asistentes. Dijo: haced discípulos.
Personas que estudian la Palabra, que la viven, que la guardan, que la transmiten.
Eso es personal. Eso es profundo. Eso es exigente.

Una reflexión final

Martín Lutero dijo algo que sigue siendo actual:
“Las buenas obras no hacen a un hombre bueno;
pero un hombre bueno hace buenas obras”.

Fuimos llamados a hacer buenas obras, y una de las principales es esta: hacer discípulos.
Convertirnos, quizás algún día, en verdaderos hijos en la fe… o formar a uno.
La Palabra de Dios no vuelve vacía, pero la pregunta es:

¿qué tanto de lo que lees se queda en ti? ¿qué tanto transforma tu vida?
Antes de dormir, vale la pena preguntarnos:

¿quién me discípula? ¿a quién discípulo?

Si una de esas dos cosas falta, algo debemos corregir.
Y si no tienes un discípulo, comienza a buscar un Timoteo.
Alguien que, cuando tú no estés, pueda continuar la obra sin torcerla.

Vick
Conversando con una taza de café
-Vick-yoopino
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Un Encuentro bajo la Lluvia en París

La Torre Eiffel, una vez más, quedaba atrás. Brillante e imponente, como todas las noches, con su tramo superior incrustado en la negrura del cielo como un faro de metal y luz. Pero esa noche no era su noche. Su mirada no se detuvo en ella; era solo un telón de fondo, un punto de referencia en la carrera contra el tiempo y la lluvia que comenzaba a caer.

Cruzó el Quai Branly con paso rápido, casi urgente. Las primeras gotas, pesadas y frías, se convirtieron en un aguacero copioso que lo obligó a desplegar el paraguas. No importaba. Siguió adelante, con los zapatos ya empapados y la ansiedad creciendo, hasta los Jardines del Trocadero. Allí, entre árboles que parecían clones en la penumbra y bancas idénticas bajo la cortina de agua, buscó desesperadamente. La lluvia empapaba su traje, resbalaba por su rostro y se mezclaba con una expresión de angustia creciente. ¿Habría llegado tarde?

El instinto —o la desesperación— lo llevó más allá, hacia el Palais de Chaillot. Y entonces, la vio.

Bajo un paraguas rojo vibrante, como un único punto de color en un cuadro gris, estaba ella. Esperaba, con los pies mojados y, parecía, el alma empapada por la misma incertidumbre. Se acercaron, y en el movimiento torpe de la prisa y la emoción, sus paraguas chocaron con un golpe seco, como dos carruajes que se rozan en una carrera frenética por encontrarse.

Y allí, bajo la llovizna implacable, sonrieron. Temblando de frío y de alivio, intercambiaron un beso tierno, un saludo que sellaba el reencuentro. Sin prisa ahora, dieron media vuelta y emprendieron el regreso por la Rue le Tasse. Caminaban lento, muy lento, a pesar de la lluvia que no cesaba. Cada paso era cuidadoso, no solo para no resbalar en el adoquín brillante, sino para estirar ese instante frágil y perfecto.

Llegaron despacio al Port Debilly. Subieron a un bote, encendieron el motor y partieron rumbo a lo desconocido —o quizás, rumbo a todo lo conocido—. Iban a rodear la Seine, camino a Citadines Saint-Germain-des-Prés. En la intimidad de la cabina, cerraron un solo paraguas, el que los había protegido juntos. El otro, el rojo, quedó atrás, abandonado en algún lugar del camino. Un mudo testigo de su encuentro, un marcador dejado justo en el punto donde mañana volverían a despedirse… para, a la noche siguiente, volver a comenzar la misma y necesaria búsqueda.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

Buscando la unidad: la clave olvidada de la Iglesia

Antes de comenzar, quiero hacer una pausa. No una pausa técnica ni de cámara, sino una pausa interior. Porque hablar de la unidad dentro de la Iglesia no es un tema menor ni cómodo. Es, probablemente, uno de los desafíos más grandes del cristianismo actual.

La unidad no es un concepto bonito para colgar en la pared. Es una condición espiritual.

El desafío real de la unidad

Vamos a la iglesia, nos reunimos, conversamos, compartimos momentos agradables. Incluso podemos llamarnos amigos. Sin embargo, muchas veces, aun dentro de la Iglesia de Jesucristo, cada persona camina con sus propios intereses, sus propias prioridades y su propia agenda espiritual.

La Biblia nos plantea algo mucho más profundo.

En Hechos 1:14 leemos:

“Todos estos perseveraban unánimes en oración y ruego”.

Perseverar es insistir, mantenerse firmes. Pero la palabra clave aquí es unánimes. No significa simplemente estar juntos en un mismo lugar, sino pensar lo mismo, desear lo mismo, buscar lo mismo.

Eso fue lo que me llevó a investigar, a leer, a escuchar testimonios fuera de nuestro contexto habitual. Especialmente en lugares donde ser cristiano no es socialmente aceptado ni culturalmente cómodo: Rusia, Corea del Norte, zonas donde la fe cuesta, donde creer tiene consecuencias reales.

Ahí descubrí algo que me sacudió.

En muchos de esos lugares, a la conversión no se le llama “hacerse cristiano”. Se le llama arrepentimiento. Antes de aceptar a Cristo, la persona debe reconocer y abandonar una vida pasada. Algunos ni siquiera dicen “soy cristiano”, dicen: “soy un arrepentido”.

Y eso cambia todo.

En gran parte de América y Sudamérica hemos puesto el énfasis en “aceptar al Señor”. Repite la oración, firma la lista, y listo. El arrepentimiento queda como algo secundario, para después.

Pero arrepentirse primero y decidirse después es mucho más difícil… y mucho más profundo.

Tal vez, si habláramos menos de “aceptar” y más de “arrepentirse”, no estaríamos buscando una unidad superficial, sino la unidad de los arrepentidos.

La base bíblica de la unidad

La Biblia insiste en esto una y otra vez.

En Hechos 2:1 se nos dice que cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes. No estaban dispersos, no estaban distraídos, no estaban cada uno en su mundo. Estaban en el mismo canal espiritual.
Y entonces ocurrió el derramamiento del Espíritu Santo.

La pregunta es inevitable:
¿qué nos falta hoy para que ese derramamiento alcance a todos?

Muchas veces pedimos que el Espíritu descienda, pero no estamos unánimes. Perseveraban unánimes en oración y ruego. El ruego no es una oración liviana; es clamor, es profundidad, es carga compartida.

¿Clamamos juntos por una misma causa?
¿O cada uno ora solo por sus propios problemas?

La Escritura dice que cuando dos o más se ponen de acuerdo, Dios responde. Pero el acuerdo no es automático. Se construye perseverando unánimes.
En Hechos 2:42 se nos muestra cómo vivía la iglesia primitiva:
perseveraban en la doctrina, en la comunión, en el partimiento del pan y en las oraciones.
No era un cumplimiento mecánico. No era leer por leer. Era vivir lo que leían.

Y más adelante dice algo aún más radical:

“Todos los que habían creído estaban juntos y tenían en común todas las cosas”.
No había “esto es mío, no lo toques”. Se compartía según la necesidad. Se vivía la fe con sencillez, con alegría, con coherencia.
Por eso el texto concluye con algo contundente:

“Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”.
La comunión no es solo comer juntos. Es pensar juntos. Caminar juntos. Perseverar en lo mismo.

Los obstáculos que nos dividen

El problema es que la unidad cuesta. Y como cuesta, muchas veces inventamos métodos para hacer crecer las iglesias. Y sí, crecen. Pero crecen sin comunión y sin perseverancia.

Algo no está bien ahí.

Nehemías entendió esto profundamente. Antes de reconstruir los muros, lloró. Oró. Sintió el dolor como propio. Reconoció el problema antes de actuar.
Cuando comenzó la obra, surgió la oposición, como siempre ocurre. Pero Nehemías fue claro:

“El Dios de los cielos, él nos prosperará”.

Y entonces sucede algo clave: el sumo sacerdote y sus hermanos comienzan a edificar. El liderazgo se involucra. El cuerpo empieza a reconstruirse desde adentro.

El capítulo 3 de Nehemías repite una frase una y otra vez:

“junto a ellos”, “junto a él”, “junto a ellos”.
Unidad. Trabajo compartido. Por eso terminaron en tiempo récord.

Hoy, muchas veces ni siquiera vemos al hermano que se sienta delante nuestro. ¿Cómo vamos a estar unánimes si no nos miramos, si no nos conocemos, si no nos cuidamos?
Buscamos motivos para oponernos: cómo se viste alguien, cómo habla, cómo predica. Siempre hay algo que criticar. Y mientras buscamos oposición, la unidad se vuelve imposible.

¿Cuál es mi parte?

Jesús oró en Juan 17:
“Para que todos sean uno”.
Lo dijo: “para que todos tengan razón”. Dijo: para que sean uno.
La unidad no se impone. Se construye. Y comienza con una pregunta incómoda pero necesaria:

¿Cuál es mi parte en esta falta de unidad?

Si no tenemos la confianza para pedir ayuda, algo no está bien.
Si no podemos hablar con honestidad, algo está roto.
La única salida es volver a la Palabra, escudriñarla hasta que nos confronte, hasta que nos avive.

Perseverar no es opcional. La unidad no es decorativa. Es urgente.

Demos gracias al Señor porque estamos vivos, porque seguimos en pie, porque aún podemos perseverar. Y sobre todo, porque todavía estamos a tiempo de buscar la unidad verdadera de su Iglesia.

Vick
Conversando con una taza de café
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Un vago al que llaman bohemio

Saben, les cuento una historia que me ocurrió hace muy poco. No pensaba narrarla al principio, pero se fue convirtiendo, sin darme cuenta, en una pequeña crónica digna de quedar escrita. Tal vez para que no se pierda. Tal vez para recordarme que incluso en los días más comunes, la vida decide sorprendernos.

Era uno de esos días en los que uno se encuentra, como siempre, en la penumbra de un café. Mi cappuccino de fiel compañero, un croissant que hacía de almuerzo improvisado, servilletas por todos lados, el iPad encendido, cables por aquí y por allá, los AirPods en las orejas para olvidarme un rato de que existe un mundo afuera.

Entonces se acercó una pequeña mujer y, sin rodeos, me preguntó:
—¿Qué es ser un bohemio?
Me le quedé mirando, quitándome un audífono, y le respondí con otra pregunta:
—¿Y qué te han dicho que es un bohemio?
Ella suspiró y me dijo:

—Bueno… me han dicho que son vagos sin oficio ni beneficio. Personas que quieren huir del sistema, que no encajan en la forma de vida que los rodea. Algunos dicen que son gente que lucha por hacer de la vida un santuario… pero que nunca lo logran.

La observé un instante. Y pensé.
Luego le respondí:
—Mucha gente piensa así… pero yo creo algo muy distinto.

La invité un cappuccino y un croissant, y nos sentamos en una mesa vieja, despintada por el tiempo. El cafetín olía a café recién tostado y a pan recién horneado. Era como pertenecer, por un momento, a una logia secreta en la que solo se entra cuando uno decide conversar de verdad.

Le dije:

—Mira… el bohemio es aquel que vive de sueños e ilusiones, y que va, uno a uno, tratando de convertirlos en realidad. No tiene prisa. Camina despacio, pero deja huella. A veces feliz, a veces no. A veces haciendo ruido, otras pasando desapercibido. Sabe de todo y no conoce nada. Puede hablarte de historia y luego contarte una fábula. Puede resolver —en teoría— la economía del mundo, aunque sabe que jamás le harán caso.

—El bohemio lee como ratón de biblioteca —seguí—. Siempre lleva un libro en la mochila, junto con papeles y caramelos para engañar al estómago, y lápices para escribir con mezcla de café y pan dulce. Mezcla de sueños y tristezas. Come cuando puede y, aunque lo llamen vago, tiene gustos exquisitos. Es conocido en cafetines, en lugares donde pueda soñar, donde su musa —esa que revolotea sin permiso— le susurra que escriba versos, poemas, historias, canciones… o epitafios de otros bohemios que se adelantaron en cruzar el río de la desesperanza.

—El bohemio vive creyendo —continué— que a la vuelta de cualquier esquina la vida puede cambiar. Que aún quedan sorpresas dignas de vivirse. Y que quizá, con un poco de suerte, encuentre lo que busca, recupere lo que perdió y decida quedarse a vivir allí, donde alguno de sus sueños —soñado por tantos años— se cumplió al fin.

Ella escuchaba sin pestañear.

—El bohemio no se afana —le dije—. No claudica. Puede dejarse matar por una flor, por un poema o por un dibujo de un niño que sueña con ser pintor. Recuerda a su propio niño interior, ese que también soñó con crear mundos, diseñar historias y creer en la magia. Se enternece al ver a su perro Kiba dormir en sus brazos, como cuando acunaba a sus hijos cantándoles la gallina turuleca o la de la mochila azul, con la esperanza ingenua de que jamás crecieran.

—El bohemio lucha, aun cuando sabe que a veces pelea batallas perdidas —proseguí—. Sonríe si las cosas van mal, sufre cuando pierde, se calla o grita cuando se enoja. Siente celos de lo que cree suyo. Camina con la mochila al hombro, cargando todas sus pertenencias e ilusiones: caramelos y chocolates para endulzar el camino, la computadora donde guarda su memoria, hojas escritas, fotos, historias. Siempre lleva, inseparable, un lápiz, compañero fiel de poemas mal escritos, y servilletas que se vuelven cuadernos improvisados cuando la musa decide bailar entre cafeteras y saleros.

—Cada pequeño triunfo le arranca una sonrisa —dije, casi para mí mismo—. Cada derrota le roba una lágrima. Y aun así sigue caminando, buscando el siguiente obstáculo. Todo lo aprendido lo comparte sin esperar nada a cambio, salvo quizás una sonrisa, un “nos vemos” o un simple “adiós”.

—Porque el bohemio —le dije finalmente— es un soñador en proceso de extinción. Ve pasar la vida y en cada surco que aparece por la mañana alrededor de sus ojos —ojos que van perdiendo el brillo de la juventud— descubre las huellas de su lucha. Eso que muchos llaman vejez, él le llama experiencia. Sabiduría. Años bien puestos, no años encima.

Ella no dijo nada. Solo escuchaba.

—Esto —concluí— es ser un bohemio. Un tipo sin oficio ni beneficio que camina arrastrando los pies por entre las penumbras de la vida. Que se acerca a Dios en cada noche fría, en cada invierno de escarcha. Que avanza con lo único que tiene: sus sueños.

La mujer, en un silencio casi sagrado, con el croissant a medio comer y el café ya frío, se levantó despacio. Me dio un beso en la mejilla y me dijo:

—Te dejo, bohemio. No pierdas tu lápiz ni tu servilleta. Escríbeme un poema, una pequeña oda… o cuéntame una historia. Porque quizá, cuando tu tiempo haya pasado y tu nombre sea solo un recuerdo, yo vuelva a este cafetín para escribir canciones y poemas… y contar tu historia, la que dejaste sin terminar.

Y se fue.

Y me quedé allí frente al café vacío, sintiendo que sí… tal vez ser bohemio es, al final, una forma de seguir vivo.

Vick
Conversando con una Taza de Café
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Preparándonos para la Cosecha

Este va a ser un tiempo interesante, por lo menos para mí es interesante. Me gustaría que vaya a lo que es Lucas 8, vamos a ver un pedacito del versículo 5, nada más, que dice Lucas 8, versículo 5: «El sembrador salió a sembrar su semilla; y mientras sembraba, una parte cayó junto al camino y fue hallada y las aves del cielo la comieron. Otra parte cayó sobre piedras. Otra parte cayó sobre buena tierra». Pero mucho se ha hablado de la segunda parte.

Se hablaba justamente de la semilla que caía en diferentes tipos de tierra, pero yo quiero hablar un ratito en qué pasó con el sembrador. Nadie habla del sembrador. El mismo Señor solamente habla en la Palabra de todos los procesos que pasó la semilla en los diferentes lugares o tipos de tierra que cayó, pero yo quiero dedicarme a una persona, y esa persona es el sembrador. Y para esto les voy a contar una historia. Esta historia, yo me divertí cuando la hice, espero que ustedes la pasen bien.

La Historia de Víctor y el Vecino

Volvamos por unos instantes a los tiempos de la pandemia y a esos meses en que nadie salía a la calle. Va a llegar un momento en que más tiempo pase, y en un determinado día van a decir: «Bueno, las puertas van a estar abiertas, vamos a salir». Yo leí esto como el Señor de la Mies, es el que abre las puertas y un día abre la puerta. Y hay un Víctor, café en mano, su sombrerito, mochila al hombro y su canasta. El Señor de la Mies le dice: «¿Qué estás haciendo, Vítor?». Vi a otra persona, con su gorro, con su sombrero. Está preparado con sus botas, su ropa de trabajo. Tiene una barra, así como esas de metal como para hacer huecos en el piso, tienen las bolsas y tienen unos tanques o galones de agua, una cosa de esas. Entonces se dirige este señor, este vecino, que supuestamente es el hombre que salió también igual que Víctor, a la calle.

Y le decía el Señor de la Mies: «Ahora, ¿dónde vas a sembrar?». Y el Señor de la Mies le dice: «En su campo voy a sembrar». Entonces este [vecino] agarra lo que en mi país creo que se llama una barreta, hace un hueco, mete semilla, otro hueco, mete semilla y así va sembrando todo el campo. Cuando termina el campo viene donde el Señor de la Mies. Y el Señor de la Mies le dice: «Mira, aquí entró terreno que era de este [Víctor], pero [Víctor] está con su café, con su croissant, su mochila y no tiene absolutamente nada para sembrar».

Entonces este amigo, en el momento que está pasando, deja caer tres o cuatro semillas a los pies de Víctor, y Víctor las pisa como es su costumbre. Y [el vecino] sigue sembrando y empieza a sembrar, y siembra todo el campo que supuestamente era para Víctor, que realmente a Víctor lo único que hizo fue salir con su café. Pasa el tiempo y comenzaban a germinar esas plantitas, inclusive la que se cayeron al lado de Víctor también empiezan a germinar. Entonces este señor, el vecino nuestro, sale con una manguera y empieza a fumigar. Pasa por mi costado y me dice: «Oye, este [campo] tiene plaga, y la langosta…». Yo le digo: «No me toques, no me toques a mis cuatro plantitas, déjamelas tranquilas ahí donde están. Están bien». Este señor se va y empieza a fumigar en su campo, en el otro campo que tenía. Porque en el momento que va creciendo, si empieza a crecer como les dé la gana, no hay que cuidarlas. Pero como buen Víctor, dice: «No, no, esto va a crecer así, porque crece».

El Llamado y la Necesidad de Preparación

¿Y qué tiene que ver esto con lo que estamos hablando, con lo que estamos viviendo? Algo bien simple. Usted, en la posición que esté dentro de su iglesia, tiene un llamado. Y su mayor llamado es servir a Dios. Pero si usted se acordara, en Efesios 4:11 dice: «Y Él mismo constituyó profetas, apóstoles, pastores, evangelistas, maestros». Ahora le voy a hacer una pregunta: Las personas tienen dos opciones, o responden, sí, o responden con ese llamado. Después de eso, ¿qué se hace? Si responde que sí, tiene que prepararse.

Normalmente es un trabajo. Si hablamos de Nehemías, Nehemías tuvo ese trabajo, fue llamado por Dios para hacer un trabajo. Jonás, a pesar de todos los problemas que hizo, fue comisionado para hacer un trabajo. Pablo, con todo lo que [hizo], hizo un trabajo. Después de que uno sabe que ha sido llamado debe dar una respuesta, y esa respuesta es prepararse.

Ahora, algunos dicen: «No, yo no necesito más que mi Biblia, y de aquí saco todo». Pero otros van al instituto, a la escuela bíblica o a la universidad, o compra buenos libros. Pero quiero decirles una cosa, y eso sí, aquí quiero que me comprendan: el instituto o la universidad da conocimiento, pero no da el llamado. No porque usted o yo vayamos al instituto, somos pastores, o somos profetas, o lo que sea.

Somos, muchos, creo que seremos siervos con un poco más de conocimiento, aprendices de siervo. Es bueno ir a un instituto. Y hay de institutos e institutos, pero es bueno porque usted va a tener cierto conocimiento. Cuando salga de él, va a saber realmente la palabra de Dios [en] sus niveles básicos, porque terminando el instituto no significa que usted aprendió todo y se olvida del asunto. Esto empieza para caminar mejor, para servir mejor.

Un líder no se hace porque se compra tres libros de «Ser líder en 10 lecciones», eso no se hace así. Es un llamado, es una gracia que le pone el Señor en su corazón y en su vida para servir. Cada persona tiene un llamado. Cada persona va a cumplir ese llamado si quiere cumplirlo definitivamente.

Póngase a pensar, si un maestro, un arquitecto, un ingeniero, un doctor, hace 10 años terminó la carrera, a este momento el mundo tecnológico ha cambiado tremendamente. Ya no se construye bajo los mismos lineamientos de hace 10 años, no se opera. La tecnología y las formas han cambiado. Y eso significa que la persona tiene que estar actualizándose constantemente. La persona que realmente en el instituto dio lo mejor de sí, aprendió mucho y salió, pero eso no significa que se acabó todo; este es el inicio.

La Oposición y la Falta de Unidad

¿Qué sucede con nuestra persona en nuestro Víctor?. Víctor estuvo [sin prepararse], mientras que la otra persona juntó semilla, probablemente la limpió para que no estuviese sembrando la semilla malograda. Consiguió material para poder sembrar. Él se tomó un tiempo de prepararse, para que cuando se abrieron las puertas, él ya tenía todo el equipo preparado.

Víctor, al contrario, estaba contento con los tres o cuatro plantitas que crecieron y ni siquiera le dio la gloria a Dios. A veces los líderes nos creemos dueños y señores de los discípulos, entre comillas. Nosotros no somos capaces de compartir con los demás, «Esto es mío, este es mi reino, este es mi pequeño castillo, no me lo va a tocar esa gente que quiere venir y ayudarme a destruir a la plaga».

Yo visito dos, tres, cuatro, cinco iglesias. Yo creo que tengo una docena de pastores muy amigos míos, y escuchen, de todos ellos aprendo un poco. Yo creo que cada lugar es un buen sitio para aprender, no sabemos todo, cada día aprenderemos algo nuevo, cada día mejoraremos en el conocimiento.

El Sembrar en Tiempos de Oportunidad

Hubo un Víctor que no se preparó en este tiempo. Víctor debe de prepararse, debe estar [preparado], ¿por qué? Porque no vamos a ir a cosechar, vamos a ir a sembrar. Así [como] en este momento hay cientos de personas que están [recibiendo] de Dios, Testigos de Jehová también, hay católicos, y de repente católicos más todavía que nosotros. Hay mormones. Cada religión, secta, está aprovechando lo mismo que nosotros en este y en cada instante, están predicando a medio mundo. La única diferencia está en que cuando nosotros salgamos y creemos que tenemos la verdad del evangelio, vamos a ir a sembrar a esa gente que todavía está un poco, como podríamos decir, indecisa y no sabe y tiene muchas veces miedo.

Nosotros tenemos que ir, entonces tenemos que prepararnos. No vamos a ir a cosechar a nadie, vamos a ir a sembrar la palabra. Para sembrar la palabra, usted tiene que prepararse. Prepararse no simplemente en el instituto. Si bajo su ministerio tiene 3, 4, 5, 10, 20 personas, enséñeles. Hay YouTube, un montón de cosas y herramientas que usted puede utilizar para enseñar a esas personas. Siempre que sea la verdad. Yo veo prédicas a cada rato los domingos, en especial. También veo clases de estudio bíblico, también veo clases de danza.

La Necesidad de la Lectura Profunda

¿Te gusta leer? ¿Gozas leyendo o es un suplicio?. Si uno agarra la Biblia y cree que está todo…. A veces nosotros no queremos leer más que todo por el hecho que no nos gusta leer, y eso no debe de ser. Lea, siempre, uno jamás deja de aprender. Pero no compre ese libro que dice: «Hazte un líder exitoso en 20 lecciones», no compre esos libros. Porque quieren [apelar a] tu ego, tu vanidad. Líderes son llamados por Dios. Lo que tiene que hacer es prepararse, porque Dios los va a apoyar y los va a sustentar. Antes de ser un líder, tiene que ser un siervo. Y siendo siervo, te vas a convertir en discípulo, y si te conviertes en discípulo, Él te va a levantar del lugar que tú tienes que estar.

No podemos esperar a que se abran las puertas. No podemos esperar que el pastor nos llame y nos diga: «Este hermano, te va a enseñar en 15 días estas cosas». Usted tiene que estar preparado. Porque si es el maestro, el maestro tiene que estar preparado 365 días al año, 24 horas al día, porque fue llamado para maestro. Si usted le dice a un [líder de] danza: «¿Sabes la rutina de tal cosa?». Pero a nosotros nos dicen: «¿Puedes llevar la clase del sábado?» y supuestamente es un maestro. Entonces algo tiene que cambiar en este tiempo.

Unidad y Cosecha

La gente va a estar dispuesta a escuchar. Pero si pasa el tiempo, la gente se acostumbra, la gente se olvida. Cuando ya las aguas vuelvan a su nivel, muchos, incluyendo nosotros, nos vamos a olvidar. Estos dos sembradores: uno que salió con su café y el otro que salió preparado para sembrar, ¿cuál quiere ser usted?. ¿El que realmente salió, se remangó las mangas y comenzó a hacer su trabajo y empezó a sembrar la semilla?. ¿O el Víctor que simplemente salió con su café?.

Si usted enseña, el crecimiento lo dará Dios. Juan 16:23 dice: «De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidieseis al Padre en Mi nombre, os lo dará«.

Si se acuerda, cuando hubo el derramamiento del Espíritu Santo, ¿cuál fue la característica principal? Que todos estaban unánimes, ¿cierto?. Yo sé que todos están juntos, pero ¿están unánimes? Es una pregunta. Todo lo que pides al Padre sea hecho, pero siempre y cuando estemos en la voluntad de Dios. Entonces, ese es algo que tenemos que lograr: que es la unidad.

Si nosotros llegamos a comprender que la iglesia es un [cuerpo de] Cristo, vamos a comenzar a trabajar en unidad. Si yo no me preparo, no puedo pedir cosechar. Se lo digo por experiencia. Si no sé sembrar, la cosecha no se da. Y si siembro tempestades, imagínense qué voy a cosechar. Piense en todo este tiempo, ¿qué ha estado haciendo para que cuando salga, pueda ir a cosechar?.

Nos vemos en unos días, con otra conversación, nos estamos viendo, comente, comparta y sobre todo prepárese.

Vick
Conversando con una Taza de Café
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Me senté y lloré

Ya es de noche. Como tantas veces, nos reunimos aquí —amigos, hermanos, conocidos y quien quiera acompañarnos— en esta sección que muchos ya identifican: Conversando con una Taza de Café. Un espacio para detenernos un momento y conversar sobre lo que estamos viviendo, aunque a veces preferiríamos olvidarlo.

Vamos empezando.

Siempre me ha gustado iniciar estas charlas recordando a un viejo amigo llamado Nehemías, un hombre que, de alguna forma, se parece un poco a mí. Si usted es lector de la Biblia, recordará lo que le dijeron en Nehemías 1:3: “El remanente… está en gran mal y afrenta.”

Le contaron que su pueblo estaba en problemas. Problemas serios. Y su ayuda era necesaria.

Hoy pasa lo mismo. Tenemos los problemas dentro de casa, dentro de la iglesia, dentro de nuestra propia comunidad. Y mucha gente la está pasando muy mal. La pregunta es: ¿qué está pasando con nosotros?

Te cuento algo que me marcó.

Aquel día me tocó hacer las compras: carne, pollo, verduras (pocas, porque no como muchas). Era la una de la tarde y quería llevar algo a casa para comer, cuando veo a un hermano de la iglesia haciendo cola frente a un lugar católico donde reparten comida.

Crucé para saludarlo. Se puso nervioso, como quien no quiere ser visto. Le dije que fuéramos a comer algo, pero él me contó que ya había pasado por su iglesia:

—Oraron por mí. Me dijeron: “Dios tiene el control. Dios va a suplir.” Y después de la oración, me enviaron a casa… y vino a hacer fila para pedir comida. Porque no tenía nada en casa. En ese instante recordé el versículo que sigue:

“Cuando oí estas palabras, me senté y lloré.”

No sé si alguna vez has recibido una noticia que te golpea tan fuerte que el cuerpo simplemente se rinde. Este hermano estaba haciendo fila para comer; y su iglesia, en vez de suplir su necesidad, le dio una oración y un “Dios te va a ayudar”.

Algo no estaba bien. Algo no encajaba.

Predicamos: “¿Cuándo te dimos de comer? ¿Cuándo te dimos de beber?” Pero ya casi no hablamos de eso. Ahora todo es: “Dios tiene el control.” Sí, Dios tiene el control… pero nosotros somos sus manos.

Muchos han perdido su trabajo. Otros apenas sobreviven. Mientras tanto, hay quienes vivimos el día a día sin grandes problemas. Pero al lado de nuestras casas hay necesidad. Real. Dolorosa. Silenciosa.

Recordé esa frase que tantas veces repetimos sin sentirla: “Me senté y lloré.” Y la convertí en una pregunta: ¿Nosotros… qué sentimos?. Muchas veces, simplemente: nada.

Predicamos del buen samaritano, del que curó heridas y pagó para que el herido fuera cuidado. Pero hoy deberíamos preguntarnos: ¿Qué estamos haciendo nosotros?. No podemos ayudar a todos, pero sí podemos ayudar a uno.. Y si cada uno ayudara a uno… serían muchos.

Una vez escuché a alguien decir: “Si vas a freír dos piezas de pollo… fríe tres. Siempre hay alguien cerca que no tiene qué comer.” Tenía razón.

Es bueno orar por quienes están pasando necesidad. Pero también es bueno ayudar, si podemos. Una señora decía cuando cocinaba frijoles:

“Échale más agua. Que alcance para alguien más.”

Pero nosotros seguimos diciendo: “Dios va a suplir.” Cuando la verdad es que Dios quería suplir… a través de ti. Durante la pandemia gritamos que la casa es la iglesia.

Bien. Entonces pregunto: ¿Qué está haciendo la iglesia desde su casa? ¿Estamos preparando nuestro corazón para cuando llegue la cosecha?

Si eres maestro: ¿estás estudiando? ¿estás leyendo? ¿qué estás preparando para la gente que vendrá?

Porque ese hermano por el que oraron… ¿volverá a su iglesia?. Es bueno orar. Es necesario. Pero también es necesario actuar. Hay gente sin trabajo. Hay gente trabajando y prosperando. Este es el momento de edificar a la iglesia, de servir, de enseñar, de formar discípulos.

Después de llorar, Nehemías oró. Y después de orar, actuó. “Si tienes frijoles… si tienes pollo… si tienes pan… compártelo.” No esperes a Navidad para callar la conciencia regalando un poco de ropa. La necesidad no espera. Especialmente la de los niños.

Y te digo algo que me dolió profundamente: Cuando ese hermano llegó a su casa, estaba su esposa esperándolo. Y su niño. Una familia que tenía hambre.

¿Qué le vamos a decir?

“Dios tiene control de tu hambre” ¿Eso le vamos a decir? Ese día, cuando vi eso, cuando entendí lo que estaba pasando, me senté… y lloré.

Porque en todas partes hay necesidad. Y no solo necesidad de comida: necesidad de Jesús, de compañía, de esperanza, de manos que ayuden.

La iglesia debe prepararse desde las casas. Para servir las mesas. Para ayudar. Para amar.

Somos llamados a servir, no a servirnos. Y hoy, más que nunca, es el tiempo. No mañana. No “cuando todo pase”. Hoy.

Regresaremos con otras reflexiones. Quizás algo cambie. Quizás cambiemos nosotros. Pero puedes dejarnos un comentario.

Vick
Conversando con una Taza de Café
Vick-yoopino
MiVivencia.com

El deseo de una charla que duró todo un día

No supo cuánto tiempo habían estado conversando; solo sabía que empezaron cuando el sol asomaba en el horizonte y que, mientras preparaban un café con croissant y queso crema, las horas habían pasado demasiado rápido. Ya el sol se había ocultado y la noche, oscura y fría, los sacó de aquella conversación que ninguno quería que terminara. Él hablaba un rato, ella otro, pero ambos se escuchaban y respondían. La charla era tan interesante que ni siquiera su amigo canino los distrajo: se acomodó en la almohada de siempre, junto a la cabecera, y se quedó dormido, como si intuyera lo importante de aquello.

Hablaron de historias y recuerdos de la infancia, de tiempos lejanos, de momentos tristes y otros no tanto. Ella le contó sus miedos y sus penas mientras él volvía a preparar otro café. Ella hablaba atropelladamente, queriendo decirlo todo. Volvió a encender el horno y puso los croissant a 375 grados: siete minutos de espera para que quedaran en su punto. Pasaron del comedor a la sala, disputándose los croissant calientes; hablaron de historia, de libros y textos, de juegos de niños, de tristezas de la adolescencia, de frustraciones y de lágrimas, de partidos de fútbol que terminaron en fracaso. Se contaron relatos, se sacudieron las manos con migas, sintiendo que la conversación no encontraba fin.

La tarde se fue y las luces se encendieron solo para que pudieran mirarse a los ojos y seguir intentando escribir su propia historia: frases entrecortadas por temores fundados, palabras apagadas bajo cielos estrellados, verbos y sustantivos unidos por los pronombres que contienen el tú, el yo y el nosotros; adjetivos que califican la vida. Palabras juntas formaban una nueva narración. Al llegar la noche, como suelen llegar las cosas, hubo una caminata hasta la puerta, un beso apasionado y una despedida con tristeza. Él salió tal como había llegado, con su cuaderno en la mano, donde había anotado las palabras que se dijeron durante todo el día, las mismas que habían llenado sus vidas de historias.

Ella cerró la puerta, se sentó en el sofá, dio el último sorbo al café frío y terminó el pedacito de croissant que aún quedaba en la canastilla, soñando con que, al amanecer, volverían a conversar: libreta en mano, lápices en los bolsillos, para continuar la historia que aún guardaban, llena de esperanza. Todo comenzó con cruzar palabras, un café, un croissant y el simple deseo de ser escuchada. Volverán en otro tiempo, pero con el mismo café.

— Vick
Conversando con una Taza de Cafe
-Vick-yoopino

La historia oculta del cristianismo – ¿Por qué contar esta historia?

Por Vick-yoopino

Hace algunos años, durante el tiempo de la pandemia, realicé cerca de cien videos sobre la Biblia. Eran reflexiones que buscaban algo más que respuestas: buscaban preguntas.

Preguntas incómodas, necesarias. Preguntas que nos hicieran pensar si el camino que hemos seguido como creyentes, como iglesias, como cultura, era realmente el correcto.

Esa experiencia me dejó con un deseo más profundo: crear una serie que no fuera solo predicación o estudio bíblico tradicional, sino una especie de aula abierta. Un espacio de conversación, aprendizaje y reflexión sobre la historia del cristianismo —desde los apóstoles hasta el día de hoy.

Porque sí, se nos habla de fe, de amor, de salvación… pero ¿cuánto se dice sobre las persecuciones? ¿Sobre el rol de Constantino? ¿Sobre los Padres de la Iglesia y sus profundas diferencias teológicas? ¿Sobre las divisiones, las guerras, los concilios, el papado, la Reforma y todas las pequeñas y grandes grietas que convirtieron a una fe unificada en miles de denominaciones fragmentadas?

Y entonces aparece la gran paradoja:

Muchos líderes religiosos consideran que enseñar historia es innecesario.
Dicen que “a los hermanos no les interesa”, o incluso preguntan “¿para qué sirve?”.

Pero el resultado está a la vista:

Nuestra gente lee poco, estudia menos, y vive encerrada en un ciclo de creencias donde la única consigna es “solo la Biblia” —sin contexto, sin historia, sin contraste.
Y así, como dice el texto bíblico: “Mi pueblo perece por falta de conocimiento”.
Eso me llevó a abandonar la idea de enseñar en un aula. Pero no el deseo de compartir.

Así nace esta serie: La historia oculta del cristianismo.

Una serie que no pretende imponer, sino invitar.
No pretende tener todas las respuestas, pero sí provocar las preguntas correctas.
Una serie que incomoda, que indaga, que se atreve a decir lo que a veces desde los púlpitos se prefiere callar.

Costó más de lo previsto.

La vida, los tiempos, las circunstancias.
Los vecinos que vienen taladrando hasta el infierno y mi madre que desea almorzar a media noche.

Pero aquí estamos.

Y no nos detendremos, porque ya se están trabajando nuevas series que vendrán después.
Solo acompáñanos, comparte, y prepárate para mirar con otros ojos eso que creías conocer.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

El quizás

A veces la vida nos devuelve aquello que creíamos perdido, pero no igual… sino distinto, más callado, más consciente, como si el tiempo lo hubiese pulido con lágrimas, silencios y ausencias.

Ayer hemos vuelto a hablar.

Entre las palabras, tímidas al principio, se coló un suspiro, una sonrisa, y esa sensación que no se puede explicar del todo: la del quizás.

Y quise decirte —aunque el corazón hablaba más que la voz— que tus lágrimas de aquella despedida, frente a la reja blanca, aún no se han borrado.

Cada vez que las recuerdo, vuelvo a sentir el peso de ese adiós, el sonido del portón cerrándose, y la distancia creciendo entre nosotros.

Aquellas lágrimas, sin saberlo, se quedaron sembradas en la memoria… y una vez más al reencontrarnos, florecieron en este quizás.

Quizás no sea como antes, ni falta que hace.
Quizás esta vez caminemos más despacio, con menos promesas y más verdad.
Quizás el miedo no sea un enemigo, sino un recordatorio de que lo que sentimos vale la pena intentar.

Hay algo en el “quizás” que late distinto.

No es certeza ni despedida.

Es un puente hecho de esperanza, construido con cuidado, palabra a palabra, como quien enciende una vela en medio de la noche sin saber si habrá viento.

Quizás venga.

Quizás el destino vuelva a cruzar nuestras vidas.

Y quizás, solo quizás… esta vez sea para quedarse.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

Después del silencio

Han pasado los días más difíciles. El silencio se ha vuelto parte de la casa, y en medio de él, empiezo a entender que el amor no termina con la partida.

Ella está ahí, en cada rincón, en el eco de su voz, en la manera en que el sol entra por la ventana y toca el sillón donde solía sentarse.

A su lado, en algún rincón invisible, sigue también Kiba, mi compañero fiel, con esa mirada serena que parecía entenderlo todo sin decir una palabra.

Ahora los dos descansan, y aunque la ausencia duele, queda la certeza de que el amor que dieron no se ha ido.

Sigue aquí, transformado en memoria, en fuerza, en una paz que de a pocos regresa.

No hay despedidas cuando el amor ha echado raíces tan hondas.

Solo una pausa, una distancia breve entre el cielo y el corazón.

Después del silencio… queda el amor.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino