Serie: Agustín para el Siglo XXI
En el último episodio nos quedamoscon la imagen del pozo y la cuerda de la Gracia. Pero hoy, leyendo los capítulos 33 al 40, me ha saltado una duda muy de «consumidor moderno». Si Dios es el dueño de las reglas, el Todopoderoso, el CEO del universo, ¿para qué tanto drama? Si quería perdonarnos, ¿por qué no simplemente chasqueó los dedos o nos gritó un «estáis perdonados» desde una nube? ¿Para qué todo el lío de que el Verbo se haga carne, nazca de una virgen y se meta en este fango humano?. Me suena a un guion con demasiadas complicaciones técnicas.
Es la pregunta del millón. Y Agustín se la toma muy en serio. Verás, él empieza explicando algo que hoy nos suena políticamente incorrecto: la ira de Dios. Pero no pienses en un Dios que pierde los papeles o que tiene un ataque de nervios. Agustín aclara que la «ira» es una metáfora de la justicia divina. Estábamos, según él, en un estado de degeneración tal, tan alejados de la fuente de la vida, que nos habíamos convertido en «hijos de la ira» por naturaleza. No es que Dios nos odiara, sino que nuestra propia desorientación nos hacía incompatibles con Su santidad. Estábamos en un abismo legal y existencial.
Pero sigo sin entender por qué la solución tiene que ser un «Mediador». Hoy en día buscamos mediadores para todo: abogados, terapeutas, incluso algoritmos que medien entre nuestros gustos y las películas que vemos. Pero, ¿un Mediador entre Dios y el hombre?.
Y fíjate en la «ingeniería» que plantea Agustín. Él dice que necesitábamos a alguien que pudiera tocar ambos lados del abismo. Si el Mediador fuera solo Dios, no podríamos imitarlo ni entenderlo; si fuera solo hombre, no tendría el poder de rescatarnos de la muerte. Por eso, el Verbo se hizo carne. Agustín es muy enfático en esto: Cristo no es un híbrido raro, ni un semidiós de leyenda griega. Es Dios y hombre juntamente. Es una sola persona que une dos naturalezas de forma inefable. En cuanto Verbo, es igual al Padre; en cuanto hombre, es menor que el Padre. Es el puente perfecto porque tiene los pies en nuestra tierra y la cabeza en la eternidad.
Me hace gracia lo que dice en el capítulo 34 sobre que «carne» significa «todo el hombre». Es como cuando hoy decimos «no hay ni un alma en la calle» y no nos referimos a fantasmas, sino a personas completas. Pero hay algo que me ha volado la cabeza: la idea de que incluso el hecho de que Cristo sea Dios-hombre es un acto de Gracia.
¡Ese es el punto clave! Agustín lanza una bomba contra el orgullo intelectual. Dice: ¿qué hizo la naturaleza humana de ese hombre llamado Jesús para merecer ser unida al Hijo de Dios en una sola persona?. La respuesta es: nada. No hubo méritos previos, ni una oposición que Jesús tuviera que ganar para ser el Cristo. Fue pura y absoluta Gracia desde el primer instante de su concepción. Agustín usa esto para decirnos: «Mira, si hasta el Capitán de vuestra salvación es un producto de la Gracia, ¿cómo pretendes tú, que eres un soldado raso y herido, ganar el cielo por tus propias fuerzas?». La humildad de Dios al hacerse hombre es la única medicina capaz de curar la soberbia humana.
Es un argumento psicológico brutal. Nos está diciendo que el problema no es que Dios no «quisiera» perdonar, sino que nosotros no «podíamos» ser perdonados sin que nuestra soberbia fuera aplastada por un ejemplo de humildad extrema. Pero, el capítulo 37 habla de que nació del Espíritu Santo y de María Virgen. Para un escéptico actual, esto es el punto donde la historia se convierte en mitología. ¿Cómo lo defiende Agustín?
Agustín no lo ve como un truco de magia, sino como una necesidad teológica. Dice que Cristo nació de una virgen porque convenía que naciera alguien a quien hubiera concebido la fe de su madre y no la concupiscencia carnal. El Espíritu Santo interviene no como un «padre biológico», sino como el símbolo de la Gracia. El Espíritu es el Don de Dios. Al nacer del Espíritu, se nos está gritando que nuestra salvación es un regalo, no algo que nosotros fabricamos biológicamente. Es el «intercambio más desigual de la historia»: el Hijo de Dios se hace hijo del hombre por gracia, para que nosotros, hijos del hombre por naturaleza, seamos hijos de Dios por gracia.
Me gusta esa definición de «regalo». Hoy vivimos en la cultura del mérito, de «te lo has ganado», del «esfuérzate y lo conseguirás». Agustín nos está bajando los humos. Nos dice que el Mediador es el puente que nosotros no supimos construir y que, además, ni siquiera merecíamos que se construyera.
Es el realismo agustiniano. Él sabe que somos «convalecientes». Y un convaleciente no necesita que le expliquen la teoría de la salud, necesita que el médico baje a su habitación y le dé la medicina en la mano. Cristo es el Médico que se hace paciente para que los pacientes pierdan el miedo al tratamiento.
Me quedo con esa frase: «la soberbia humana solo podía sanarse con la humildad divina». Mañana me tendrás que explicar cómo ese Mediador nos limpia de verdad. He visto que el siguiente bloque habla del bautismo, del pecado original y de cómo Cristo borra lo que Adán estropeó. Si ya tenemos el puente, quiero saber cómo se cruza.
En el próximo episodio entramos en las aguas. Hablaremos de por qué el bautismo no es solo un rito social, sino una «muerte necesaria».
Pero esta vez, que el Mediador nos prepare otro café, porque mi cocina hoy está en estado de «ira divina».
Próximo episodio, prepárese y nos vemos.
Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
