Episodio 9: Las masas en silencio: ¿Dónde estaban los indios y los negros?

Serie: «La Independencia en el Perú: Las Palabras y los Hechos»

—Acércate un poco más, hermano, que el ruido de la calle está fuerte hoy. ¿Te has fijado cómo en los discursos oficiales siempre se llena la boca hablando del «pueblo» que se alzó contra el yugo español? Es la épica que nos gusta: la nación entera, unida, rompiendo cadenas. Pero hoy quiero que hablemos de lo que Pierre Vilar plantea en su ensayo sobre la participación de las clases populares. Es un texto que te revuelve el estómago porque pone el dedo en la llaga de una pregunta que la historia oficial prefiere ignorar: si la independencia era para «los peruanos», ¿por qué las grandes mayorías de este país, los indios y los negros, se quedaron mayoritariamente en silencio o, peor aún, pelearon por el Rey?.

—Vilar comienza con una distinción que es pura dinamita intelectual. Él dice que no podemos meter a todos en el mismo saco. Por un lado, tienes la «revolución de la prosperidad», que es la de los criollos que querían el poder político para redondear su poder económico; y por otro, la «revolución de la miseria», que es la que las masas habrían necesitado para cambiar su realidad de explotación. El drama del Perú en 1821 es que estas dos revoluciones nunca se encontraron.

—Hablemos de la masa india, que era el corazón del país. Vilar nos recuerda que para el indio, el «Estado» era una abstracción lejana, pero el explotador era una realidad diaria y con cara conocida. ¿Quién era el que le quitaba la tierra? ¿Quién lo mandaba a la mita en las minas o lo encerraba en los obrajes?. Generalmente era el hacendado criollo, el mismo que ahora le hablaba de «libertad» y «patria». Hay una contradicción social fundamental aquí: la lucha por la tierra y contra el trabajo forzado ponía a los indios frente a los criollos, no necesariamente frente a España.

—Piénsalo un segundo. Para un comunero indígena, el Rey de España era una figura casi mítica, un protector lejano que a veces enviaba leyes —que nadie cumplía, claro— para «protegerlo» de los abusos de los autoridades locales. En cambio, el criollo que lideraba la junta patriota era el mismo que lo tenía bajo el sistema del repartimiento de mercancías, obligándolo a comprar cosas que no necesitaba a precios de usura. ¿Cómo podías pedirle a ese indio que se sintiera parte de la misma «patria» que su verdugo inmediato?. Por eso, cuando los indios se rebelaban, como en 1780 con Túpac Amaru, los criollos y los españoles olvidaban sus peleas y se unían para masacrarlos. El miedo a la masa era el pegamento de la élite blanca.

—Y luego están los negros, los olvidados entre los olvidados. En la costa, la esclavitud era el corte de clase por excelencia. Vilar menciona algo que es clave para entender el pánico de la época: el impacto de la Revolución de Haití. Imagina el terror de los hacendados limeños al enterarse de que en una isla del Caribe los esclavos se habían levantado y habían pasado por cuchillo a sus amos. Ese miedo hizo que la burguesía criolla fuera extremadamente conservadora; preferían seguir siendo colonia antes que arriesgarse a una liberación que terminara en una «guerra de castas».

—Por eso, hermano, ese «gran silencio» del que hablan Bonilla y Matos Mar es tan elocuente. No es que los indios y negros fueran apáticos; es que no fueron convocados. O, si lo fueron, fue como «carne de cañón», reclutados por la fuerza, el engaño o con promesas de manumisión que rara vez se cumplían. Vilar es muy agudo al señalar que los instrumentos de toma de conciencia de la época —los cabildos, las universidades, las sociedades de amantes del país— eran organismos exclusivamente minoritarios y aristocráticos. Eran clubes de blancos discutiendo cómo administrar una casa donde los sirvientes no tenían voz.

—Incluso el lenguaje de los «precursores» era un poco tramposo. Usaban figuras de incas en sus símbolos para diferenciarse de los españoles, pero en la práctica despreciaban al indio vivo. La «patria» que ellos inventaron estaba ligada a la cultura y lengua españolas; automáticamente excluía a la mayoría que hablaba quechua o que traía sus tradiciones de África. Por eso, el indio, definido en la colonia como una «república aparte», pasó a ser simplemente ignorado en la nueva república criolla.

—Al final, lo que nos dice este capítulo es que la Independencia fue un conflicto de minorías para minorías. Mientras los ejércitos de San Martín y Bolívar cruzaban los Andes, las masas populares asistían al espectáculo en silencio, con miedo y desconfianza. Sabían, con esa sabiduría amarga de los oprimidos, que cambiaban los amos pero no la casa. El ordenamiento económico y social colonial se mantuvo intacto, y esa estructura es la que, según los autores, sigue configurando el Perú de hoy.

—Tómate el café, que se enfría. En el próximo episodio tenemos que hablar de cómo este silencio se rompió en una guerra que no fue nacional, sino civil. Pero quédate con esto: la libertad peruana nació con una deuda de sangre y de inclusión que, si miras las noticias de hoy, parece que todavía no terminamos de pagar. ¿No te parece que ese silencio de 1821 sigue resonando en los márgenes de nuestra sociedad actual?

Nos encontramos en unos dias en el próximo episodio, por lo que no te olvides de llegar con café.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

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