Serie: «La Independencia en el Perú: Las Palabras y los Hechos»
—Mira, acerca esa silla. ¿Ves a ese grupo de chicos desfilando allá afuera con sus bandas de guerra? Es emocionante, no te lo niego. Pero si nos ponemos rigurosos con los textos de Bonilla y Spalding, ese fervor descansa sobre un malentendido histórico que ya tiene siglo y medio. La gran pregunta que flota en este café hoy es: ¿Fue la independencia del Perú una conquista de su pueblo o una concesión de ejércitos extranjeros? Y la respuesta de los hechos, aunque nos escueza el orgullo, es que fue concedida.
—Piénsalo bien. La historiografía tradicional, esa que nos recitaron de memoria, se ha esforzado en construir un prodigioso mito. Nos dice que desde la rebelión de Túpac Amaru II hubo una «toma de conciencia nacional» que nos llevó inevitablemente a 1821. Pero los autores son tajantes: esa versión es una distorsión ideológica para fundar las bases precarias de una nacionalidad que no tenía de dónde agarrarse. En realidad, el Perú colonial no estaba compuesto por «peruanos», sino por una sociedad fracturada por criterios raciales, económicos y legales que hacían imposible una unidad de propósito.
—Lo que ocurrió realmente es que el Perú era el bastión colonial más sólido de Sudamérica. Mientras en Buenos Aires o Caracas las élites criollas se lanzaban a la aventura separatista, aquí en Lima la élite estaba cómoda, o al menos, demasiado asustada para moverse. San Martín y Bolívar no vinieron por «hermandad latinoamericana» en el sentido romántico; vinieron porque si el virreinato peruano seguía en manos españolas, la libertad de Argentina y Colombia corría un peligro mortal. Fue una necesidad estratégica externa la que decidió nuestro destino.
—Hablemos de ese «gran silencio» de las masas populares que mencionan los autores. Es escalofriante si lo piensas. Nos dicen que la independencia fue un «conflicto de minorías para minorías». ¿Dónde estaban los indios, los negros y los mestizos? Estaban ausentes del proceso político. Y cuando pelearon, lo hicieron indistintamente en ambos bandos, muchas veces reclutados por la fuerza o el engaño. No había una «peruanidad» que los uniera contra España; de hecho, para muchos indígenas, el Rey de España era un protector lejano contra los abusos inmediatos de los criollos. Por eso, la independencia no fue fruto de una voluntad nacional, sino un hecho militar impuesto por fuerzas aliadas del Sur y del Norte.
—Pero, ¿por qué la élite criolla peruana fue tan pasiva? Aquí entra el factor económico que es clave. Bonilla y Spalding explican que, a diferencia de otras regiones, la economía peruana estaba en un largo estancamiento y su élite era profundamente débil. Habían perdido el monopolio comercial con la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776 y la apertura de nuevos puertos. Estaban arruinados y, sobre todo, tenían un miedo atroz: el miedo a la rebelión social generalizada. El recuerdo de Túpac Amaru II era una herida abierta; preferían mil veces el orden colonial español que garantizaba sus privilegios de casta que una revolución popular que los barriera del mapa.
—Fíjate en la ironía: la independencia política de España se logró, pero dejó intactos los fundamentos de la sociedad colonial. No hubo una revolución social; solo se cambió la cúpula. Se rompieron los lazos políticos con una metrópoli que ya estaba en crisis desde mediados del siglo XVIII, incapaz de defender sus mercados o su imperio. España ya no era la potencia que dominaba; el vacío que dejó fue llenado casi automáticamente por Gran Bretaña.
—Entonces, cuando celebramos el 28 de julio, lo que estamos conmemorando es el momento en que pasamos de la esfera de dominio de una potencia decadente (España) a la de una potencia hegemónica en ascenso (Inglaterra). Y lo hicimos sin que nuestra estructura interna —la jerarquía social y la dependencia económica— se moviera un milímetro. La independencia fue un hecho militar y político, sí, pero socialmente fue una revolución inconclusa, una ruptura que no transformó nada esencial.
—¿Sabes qué es lo más triste de este análisis? Que nos obliga a mirar el presente con otros ojos. Si nuestra libertad fue «concedida» y no conquistada por un esfuerzo nacional colectivo, eso explica por qué nos ha costado tanto construir una identidad común. El «gran silencio» de las masas populares en 1821 sigue resonando en la exclusión de hoy. El criterio de «patria» se fundó sobre la cultura y lengua españolas, ignorando a la mayoría indígena que quedó como una «república aparte», ahora bajo el modelo de la sociedad criolla.
—Así que, hermano, la próxima vez que escuches hablar de los «precursores» y el «patriotismo precoz», recuerda que la historia es más compleja que los manuales escolares. La independencia fue un episodio breve que nos colocó en una nueva forma de dependencia, una que no necesitaba virreyes porque le bastaba con la fuerza de la economía británica. Estamos en un país que nació de una decisión militar extranjera para asegurar un equilibrio continental, mientras su propia élite se acomodaba a la nueva situación con miedo y su pueblo asistía en silencio al cambio de sus amos.
—¿Me sigues? Porque en el siguiente episodio vamos a hablar del miedo. Del miedo real que sentía Lima y por qué, mientras otros gritaban «libertad», aquí se susurraba «orden». Pero por ahora, terminemos este café, que la realidad ya nos dio bastante que pensar por hoy.
Pero para la espera, pon a hervir el agua, porque el café, necesitara estar más cargado para la historia que se viene.
Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino
–MiVivencia.com

