Ponte cómodo, sírvete una taza de café y deja por unos minutos las prisas de este mundo que parece correr cada día más rápido. No quiero darte una clase ni colocarme en un pedestal desde el cual señalar los errores ajenos. Bastante trabajo tengo intentando entender los míos. Lo que me gustaría es conversar contigo sobre algo que llevo tiempo observando y que, si somos sinceros, nos afecta más de lo que queremos admitir.
Vivimos en la era del “sin compromiso”. Todo parece diseñado para que podamos arrepentirnos en cualquier momento. Compramos un producto, lo usamos unos días y, si no cumple nuestras expectativas, lo devolvemos. Contratamos un servicio, lo probamos y, si no nos convence, cancelamos la suscripción. Hemos aprendido a vivir rodeados de puertas de salida y garantías de devolución.
Lo preocupante es que esa mentalidad ha terminado infiltrándose incluso en nuestra vida espiritual.
Queremos que el Alfarero trabaje… pero sin que duela
Hace algún tiempo leí una frase que sonaba muy espiritual: “Borra de mí todo lo que no te agrade y escribe en mí tu propósito”. Es de esas frases que lucen perfectas sobre una fotografía bonita o una imagen compartida en redes sociales.
Pero siempre me hago la misma pregunta: ¿realmente estamos preparados para que Dios haga eso? Porque una cosa es decir que somos barro en manos del Alfarero y otra muy distinta permitir que empiece a moldearnos. Nos gusta la idea de la transformación mientras permanezca dentro de ciertos límites. Queremos que Dios quite nuestras imperfecciones, pero sin tocar demasiado aquellas áreas que todavía consideramos intocables.
Pedimos cambios, pero sin incomodidad. Pedimos crecimiento, pero sin procesos dolorosos. Pedimos madurez espiritual, pero sin renunciar a costumbres que sabemos que nos perjudican. Es una contradicción curiosa. Le rogamos a Dios que nos transforme mientras colocamos señales de advertencia alrededor de nuestras áreas favoritas: “Aquí no tocar”. Y, sin embargo, suelen ser precisamente esas zonas las que más necesitan ser trabajadas.
La fragilidad selectiva del creyente moderno
Hay algo que siempre me ha llamado la atención. En el trabajo soportamos jefes difíciles, horarios complicados, críticas injustas y situaciones que muchas veces no nos agradan. Aguantamos porque existe una responsabilidad, un salario y ciertas obligaciones que cumplir.
Sin embargo, dentro de la iglesia a veces nos volvemos sorprendentemente frágiles. Si alguien no nos saludó como esperábamos, si no nos tomaron en cuenta para alguna actividad o si una observación nos incomodó, inmediatamente aparece la tentación de alejarnos. De pronto sentimos que ya no hay amor, que nadie nos entiende o que es mejor buscar otro lugar.
Y entonces me pregunto: ¿qué tan profundo era realmente nuestro compromiso? Porque si nuestra permanencia depende exclusivamente de sentirnos cómodos o valorados en todo momento, quizá hemos confundido el seguimiento de Cristo con la búsqueda de bienestar emocional.
La fe auténtica no puede depender únicamente de las circunstancias favorables. De lo contrario, terminaremos abandonando cada vez que aparezca una dificultad.
La farándula cristiana y los iluminados por el reflector
Vivimos también en una época donde la personalidad parece haber desplazado al mensaje. Algunos líderes han alcanzado niveles de popularidad que, en ocasiones, hacen difícil distinguir entre un ministerio y una campaña de mercadotecnia. Las plataformas digitales han multiplicado la visibilidad de ciertas figuras hasta convertirlas casi en celebridades religiosas.
Y aquí surge un peligro evidente. Corremos el riesgo de admirar más al mensajero que al mensaje. Aparecen personajes que prometen prosperidad garantizada, señales extraordinarias y bendiciones espectaculares. Algunos aseguran conocer detalles del futuro, otros ofrecen fórmulas para alcanzar el éxito espiritual o material. Y nosotros, como consumidores modernos, muchas veces acudimos atraídos por la promesa de obtener algo.
Sin embargo, las Escrituras advierten repetidamente sobre la necesidad de discernir. No todo lo espectacular proviene de Dios. No toda voz carismática merece ser seguida. En ocasiones, las pruebas más difíciles no vienen disfrazadas de persecución, sino de promesas atractivas que desvían lentamente nuestra atención de aquello que realmente importa.
Cuando Dios deja de ser Dios
Quizá uno de los problemas más profundos de nuestra generación es que hemos comenzado a tratar a Dios como si fuera un recurso al servicio de nuestros deseos. Algunos hablan de la oración como si estuvieran negociando con un empleado que debe cumplir sus exigencias. “No aceptaré un no por respuesta”, dicen con aparente convicción espiritual.
Pero la fe no consiste en imponer nuestra voluntad sobre Dios. A veces confundimos confianza con exigencia. Olvidamos que somos nosotros quienes dependemos de Él y no al revés. Dios no es un genio encerrado en una lámpara esperando cumplir nuestros deseos. Es el Creador del universo, el Señor de la historia y el único digno de nuestra adoración.
Cuando comenzamos a rendir más admiración a líderes, predicadores o figuras religiosas que a Dios mismo, algo se ha desordenado profundamente en nuestra perspectiva espiritual.
El contraste que incomoda
Hay momentos en los que conviene mirar hacia atrás. Los primeros cristianos enfrentaron persecuciones, cárceles, exilios y martirios. Muchos de ellos perdieron bienes, libertad e incluso la vida por mantenerse firmes en aquello que creían.
Nosotros, en cambio, a veces vivimos grandes crisis espirituales porque alguien no estuvo de acuerdo con nosotros o porque las cosas no salieron como esperábamos. No digo esto para minimizar nuestras luchas. Todos enfrentamos dificultades reales. Pero sí creo que hemos sido influenciados por una versión demasiado cómoda del cristianismo.
Nos han enseñado que seguir a Dios garantiza éxito, prosperidad constante y ausencia de problemas. Sin embargo, el centro del evangelio nunca fue la comodidad. El centro siempre fue la reconciliación con Dios. Cristo no murió en la cruz para convertirnos necesariamente en personas exitosas según los estándares del mundo. Murió para perdonar nuestros pecados, restaurar nuestra relación con el Padre y ofrecernos vida eterna.
Todo lo demás, por importante que sea, ocupa un lugar secundario.
Entonces, ¿qué hacemos?
La respuesta no es volverse fanáticos ni pretender una perfección imposible. Todos fallamos. Todos tenemos días buenos y días malos. Todos terminamos la jornada con cosas que corregir y razones para pedir perdón.
Lo que sí podemos hacer es abandonar la idea de un cristianismo con ticket de devolución. Seguir a Jesús implica compromiso. No un compromiso con una institución perfecta, porque no existe. Tampoco con líderes impecables, porque tampoco existen. El compromiso es con Cristo mismo.
Eso significa permanecer cuando las circunstancias son favorables y también cuando dejan de serlo. Significa examinar cuidadosamente lo que escuchamos, retener lo bueno y rechazar aquello que nos aparta de la verdad. Significa continuar caminando aun cuando no entendamos completamente el camino.
Porque la fe madura no se construye en los momentos en que todo sale bien. Se construye precisamente cuando las cosas no salen como esperábamos y decidimos seguir adelante de todos modos.
Una última taza de café
La próxima vez que sientas la tentación de abandonar tu fe porque alguien te decepcionó, porque una oración no fue respondida como imaginabas o porque el camino se volvió más difícil de lo que pensabas, recuerda algo importante.
Tu compromiso nunca fue con la comodidad. Tampoco con una personalidad carismática, una iglesia perfecta o una colección de promesas de prosperidad. Tu compromiso es con Aquel que no pidió garantías, condiciones ni presupuestos antes de entregar su vida por ti.
Y quizá esa sea la gran diferencia entre nuestra cultura y el evangelio. Todo a nuestro alrededor parece ofrecer opciones de devolución. Cristo, en cambio, sigue invitándonos a caminar con Él, no como consumidores que prueban un producto, sino como discípulos que han decidido permanecer.
Gracias por compartir este café conmigo. Y si el Alfarero decide quitar alguna piedra incómoda de nuestra vida en el proceso, quizá debamos recordar que no lo hace para destruir la vasija, sino para convertirla en algo mejor de lo que habría sido por sí sola.
Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com


