Más allá del amuleto: el arte de no ser un “Cassius Clay” de la fe

Toma asiento. Sí, tú, que acabas de llegar por aquí mientras esperabas que cargara un video, revisabas una notificación o simplemente buscabas algo interesante para leer. No pretendo darte una clase magistral; para eso ya existen los institutos y seminarios que, en ocasiones, parecen asumir que uno ya domina la materia antes de cruzar la puerta.

Lo que me gustaría es que conversemos un momento, como dos amigos compartiendo una taza de café. Porque hay un tema que nos toca a muchos, aunque no siempre nos guste reconocerlo cuando nos miramos al espejo.

¿Alguna vez te has sentido como un analfabeto funcional frente a la Biblia?

No te preocupes, no eres el único. Es una experiencia bastante democrática. Le ocurre al recién convertido que hizo su oración de fe la semana pasada y también al creyente que lleva veinte años ocupando el mismo asiento en la iglesia y cuyo currículum espiritual parece impecable.

El entusiasmo del café con pan dulce

Imagina la escena. Alguien llega a una iglesia buscando respuestas. Tal vez carga problemas familiares, dudas, miedos o simplemente una sensación de vacío que no sabe cómo explicar. Lo reciben con sonrisas, un café, un pan dulce, una tarjeta de bienvenida y varios abrazos. Sale feliz, con esperanza renovada y, muchas veces, con una Biblia nueva bajo el brazo, como quien acaba de comprar el mapa de un tesoro.

Pero llega el lunes. Abre el libro con entusiasmo y descubre que aquello no es tan sencillo como imaginaba. Lee unas páginas, no entiende mucho, busca respuestas rápidas y termina en Apocalipsis porque quiere saber qué va a pasar con el mundo. Entre bestias, trompetas, copas y dragones, termina más confundido que cuando empezó.

Entonces toma una decisión bastante común: esperar hasta el próximo domingo para que alguien más le explique lo que no entiende. Y así, poco a poco, hemos construido una generación de lo que podríamos llamar “bibliófilos domingueros”. Personas que aman la idea de la Biblia, que la llevan al culto con orgullo, pero que durante la semana permanece descansando en una mesa, una repisa o debajo del asiento del automóvil.

Casi como un amuleto. La tenemos cerca porque nos hace sentir bien, pero si alguien nos pregunta qué enseña Romanos, Hebreos o Santiago, es probable que cambiemos de tema con la misma rapidez con la que hablamos del clima o de la última serie que vimos.

El síndrome de Cassius Clay

Aquí aparece una comparación que siempre me ha parecido curiosa. ¿Recuerdas a Cassius Clay, más conocido como Muhammad Ali? Decían que flotaba como mariposa y picaba como avispa. Bueno, muchos cristianos, tanto nuevos como veteranos, nos hemos convertido en verdaderos Cassius Clay de la lectura bíblica.

Volamos de un versículo a otro. Saltamos de un Salmo a una frase motivacional en redes sociales, de ahí a un video corto, luego a una predicación aislada y finalmente aterrizamos en un texto sacado completamente de contexto. Picamos un versículo. Solo uno. Lo colocamos sobre una fotografía de un amanecer, añadimos una frase inspiradora y sentimos que ya estudiamos la Biblia.

Lo irónico es que vivimos en la época con más recursos disponibles en toda la historia. Tenemos aplicaciones, diccionarios, comentarios bíblicos, concordancias y decenas de traducciones al alcance de un teléfono. Sin embargo, nos cuesta enormemente mantener la concentración durante quince minutos seguidos.

Intentas leer sobre la justicia de Dios y, de repente, aparece una notificación de WhatsApp. Luego Facebook. Después un video sugerido. Y cuando vuelves a mirar la Biblia, ya pasó media hora y no recuerdas lo que estabas leyendo.

El mito de la mamá de los pollitos

Existe otro fenómeno curioso. A medida que pasan los años, algunos terminamos creyéndonos “la mamá de los pollitos”. Acumulamos cargos, títulos, reconocimientos y cierto lenguaje religioso que suena impresionante. Hablamos con seguridad delante de los demás y exigimos ser tratados como reyes y sacerdotes.

Pero basta que un recién convertido haga una pregunta fuera del libreto para que empecemos a sudar. Hay una contradicción que aparece con frecuencia en nuestra manera de hablar. Repetimos frases como: “Tengo que menguar para que Cristo crezca”, citando a Juan el Bautista. Sin embargo, muchas veces lo decimos desde un ego tan grande que, en el fondo, seguimos buscando protagonismo.

Juan el Bautista era una figura reconocida cuando pronunció esas palabras. Nosotros, en ocasiones, queremos parecer humildes para recibir más atención, como si la humildad pudiera convertirse en otra forma de promoción personal.

La realidad es más simple y más incómoda. Si no somos lectores constantes, mucho menos somos estudiantes de la Palabra. Un estudiante dedica tiempo, investiga, compara, pregunta y vuelve sobre el mismo tema una y otra vez. Nosotros, en cambio, a veces pretendemos comprender la mente del Creador del universo dedicándole apenas una hora semanal durante el servicio dominical.

Es una expectativa bastante optimista.

Un método para quienes no quieren “ensuciar” la Biblia

Conozco personas que cuidan tanto su Biblia que parece recién salida de la imprenta. Las páginas permanecen impecables, sin marcas, sin notas y sin señales de uso. Pero la Biblia no fue hecha para lucir nueva. Fue hecha para ser abierta, leída, subrayada, consultada y comprendida.

Si te sientes perdido, ya seas un recién convertido o alguien que lleva años saltando de texto en texto, quiero proponerte algo sencillo: la repetición. No una fórmula mágica de veinte pasos para alcanzar el éxito espiritual, ni uno de esos libros que prometen convertirte en líder, empresario y experto en todo antes de fin de mes.

Simplemente repetición.

Toma un libro corto, por ejemplo la Primera Epístola de Juan. Son apenas cinco capítulos. Léelos hoy. Luego mañana. Después vuelve a leerlos la próxima semana. La primera vez leerás por compromiso. La segunda empezarás a notar detalles. La tercera aparecerán preguntas. Y cuando surjan preguntas, comenzará el verdadero aprendizaje.

De pronto querrás saber qué significa una expresión determinada, por qué el autor escribió ciertas palabras o cuál era el contexto de aquella enseñanza. Es allí donde nace el estudio genuino. No porque alguien te obligó, sino porque apareció la curiosidad. Ese pequeño “gusanito” que te impulsa a querer saber más.

La responsabilidad de no dejar a nadie solo

Y ahora quiero hablar con quienes tienen alguna responsabilidad dentro de una iglesia. Permíteme decirlo con cariño y con un poco de ironía. Ser espiritual no reemplaza el conocimiento.

No podemos esperar que los nuevos creyentes aprendan por ósmosis o que avancen a trompicones simplemente porque así nos tocó a nosotros. El discipulado no consiste únicamente en recomendar un instituto bíblico. Muchas veces comienza con algo mucho más sencillo: sentarse a conversar.

Tomar un café. Abrir una Biblia. Escuchar una pregunta.

Y responder con honestidad:

—No lo sé todo, pero vamos a buscar juntos.

Eso implica acudir a herramientas serias, consultar una buena concordancia, revisar comentarios confiables y aprender a estudiar con profundidad. Necesitamos volver a valorar los recursos que ayudan a comprender las Escrituras, no solamente aquellos que prometen éxito personal envuelto en lenguaje religioso.

Una reflexión final

Vivimos tiempos extraños. La información aumenta cada día, pero la sabiduría parece disminuir. El ruido es constante, las teorías abundan y muchas personas viven atrapadas entre temores, conspiraciones y anuncios permanentes del fin del mundo.

Sin embargo, la verdadera firmeza nunca ha estado en adivinar el futuro. La verdadera firmeza está en conocer aquello en lo que decimos creer.

La Biblia habla de la armadura espiritual y menciona la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios. Pero una espada guardada en una vitrina no sirve para nada. Puede verse hermosa, puede impresionar a quienes la observan, pero jamás cumplirá su propósito.

Quizás ese sea el desafío para muchos de nosotros. Dejar de tratar la Biblia como un amuleto y comenzar a verla como una herramienta viva. Pasar de ser simples coleccionistas de versículos a verdaderos estudiantes de aquello que afirmamos creer.

Porque al final, la fe madura no se construye con frases bonitas compartidas en redes sociales. Se construye leyendo, preguntando, dudando, investigando y regresando una y otra vez al texto.

Y eso, aunque no sea espectacular, suele ser donde comienzan los cambios más profundos.

Nos vemos pronto, no te olvides del café.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

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