Caminante, camina y espera

“Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”, dice el poema.

Y así, paso a paso, me dejé llevar en un paseo sin rumbo, tomado de la mano del aire, acompañado de fantasmas que vagan en noches tachonadas de estrellas. El frío, implacable, me obligaba a buscar refugio donde el calor de una cocina devolviera la tibieza de un abrazo perdido en alguna tarde lejana de otoño.

En nuestra caminata atravesamos el barrio japonés y descubrimos un pequeño restaurante. Era sencillo, tranquilo y lleno de esa cortesía que caracteriza a los japoneses: una amabilidad que a veces roza lo excesivo, pero que siempre reconforta. Nos sentamos y pedimos lo que más nos gusta: chow mein —o, como decimos en Perú, tallarín saltado—. El plato tenía algo curioso: aunque era japonés, llevaba consigo un aire familiar, casi peruano. Lo confirmé al verlo llegar: bastaba una mirada a las fotos para sentir ese mestizaje en el sabor.

Mientras esperaba el plato, me vino a la memoria una historia que alguna vez escuché: la vida suele aparecer al doblar una esquina, entre calles destinadas al olvido y siluetas que se confunden con las sombras. Está en los pasos que sortean obstáculos, en los amores tiernos que se ocultan en callejas dolientes, en trenes que parten y estaciones que esperan, en parejas que juran eternidad bajo la fragilidad del tiempo.

Entonces comprendí algo: lo imposible no me pertenece. No me llamo Imposible, ni me apellido No Puedo. Al contrario, me senté en esa mesa como quien decide desafiar al tiempo. Con una servilleta extendida y una pluma en la mano, pensé en lo que alguna vez escuché en una película: “aunque tarde mil años y sucedan diez mil vidas, seguiré aquí esperando”.

Esperando en el mismo rincón, en la misma mesa, el mismo cuaderno, y la certeza de que en cualquier momento, la vida puede volver a doblar la esquina.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

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