Abofeteado, golpeado y coronado de espinas

Seguimos sin mucho preambulo:

Jesús ya para este momento ya había sido abofeteado y golpeado repetidas veces desde antes de ser entregado a Pilato, de modo que su rostro, sin duda ya estaba hinchado y sangrante. Después de los azotes, su espalda sería un conglomerado de heridas sangrantes y músculos temblorosos, y el manto que habían confeccionado para El solo añadiría más dolor a esas heridas. Lo desnudaron de sus propias ropas, lo que sugiere que estaba completamente desnudo en sentido literal aparte del manto. Su meta claramente era hacer una completa burla de su afirmación de que era un rey. Con ese fin, confeccionaron también una corona de espinas.

“Después de haberle escarnecido, le quitaron el manto, le pusieron sus vestidos, y le llevaron para crucificarle” (Mateo 27:31). Las víctimas de una crucifixión generalmente tenían que llevar una placa colgada al cuello en la que se escribía el crimen por el cual se le condenaba. Era parte de la verguenza a la que eran sometidas las víctimas de la crucifixión. Eran conducidos a través de las calles y se les hacía caminar en procesión para aumentar la humillación del espectáculo.

También se les obligaba a llevar su propia cruz hasta el lugar de la ejecución. A esa práctica se refirio Jesús temprano en su ministerio cuando dijo a sus discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Marcos 8:34).

¿Dispuesto a tomar tu cruz?

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