Después del terremoto y el maremoto de 1746, el virrey mandó construir el Real Felipe. Murallas de 4 metros, cañones al mar. “Si viene otra ola, que nos encuentre armados”. El Callao se encerró para sobrevivir.
Tú hiciste lo mismo. Te encerraste en 40m² en Lince, piso 14. Tres chapas, cámara en la puerta, reja en la ventana. “Si viene el ladrón, que me encuentre armado”. Lima se encierra para sobrevivir.
El Real Felipe nunca disparó un cañón contra el mar. Tus tres chapas no te defienden de la soledad. La muralla más cara no tapa la gotera del techo.
Israel tenía murallas en Jericó. Cayó con trompetas. Tienes murallas en tu depa. Caen con una notificación del banco.
La casa no es el lugar donde no entra nadie. Es el lugar donde alguien siempre puede entrar. Hoy, invita a comer a uno. Baja una muralla. El mar y el ladrón igual van a venir. Mejor que te encuentren acompañado.
Nos leemos con la puerta sin llave, y café con Chancay.
Tu compatriota
Vick Conversando con una Taza de Café -Vick-yoopino
Año 1796. Guía política, eclesiástica y militar del Virreynato del Perú lista los oficios: oidor, mercader, esclavo, cargador. El cargador del Puente de Piedra llevaba sobre el lomo el trigo de toda Lima. Si se rompía la espalda, se conseguía otro. Lima comía igual.
Año 2026. Cambiaste el Puente de Piedra por el bypass de 28 de Julio. Cambiaste el costal por el maletín de delivery. Si te chocas, el app busca otro. Lima come igual.
Unanue escribía sobre el clima de Lima y cómo afectaba al hombre. Yo te digo: el clima laboral de Lima sigue siendo virreinal. Hay virreyes en oficinas con vista al mar y cargadores sin seguro manejando bicicleta en enero.
Por eso gritamos “Crucifícale”: porque alguien tiene que pagar por este sistema que nos muele la espalda. Pero el único que se ofreció a cargar la cruz no fue un cargador. Fue un Rey.
La próxima vez que veas a un chico de delivery en el semáforo, no le toques el claxon. Ya carga suficiente.
Nos leemos cuando bajes el peso, y con una taza de café.
Tu compatriota
Vick Conversando con una Taza de Café -Vick-yoopino –MiVivencia.com
Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»
¿Lista para una taza más de café? Lo vas a necesitar. La última vez te conté cómo Antonio de Ulloa desnudó la corrupción colonial en sus escritos. Pues bien, en 1758 la Corona decidió que Ulloa era el hombre indicado para arreglar el mayor desastre administrativo del Imperio: la mina de mercurio de Santa Bárbara en Huancavelica. Fue como mandar a un bombero honesto al centro del incendio más voraz.
Para que entiendas la gravedad: en esa época, sin mercurio (azogue) no se podía refinar la plata. Huancavelica era la única fuente importante en toda América. Si la mina fallaba, el Imperio se quedaba sin plata y sin dinero para sus guerras. Ulloa llegó con su mentalidad de científico ilustrado, creyendo que con técnica y orden podría salvar la producción. Pero lo que encontró fue un «purgatorio de continuos desabrimientos».
La corrupción allí no era solo robar dinero; era destruir la mina físicamente. Los mineros, coludidos con los veedores u oficiales encargados de supervisarlos, extraían el mineral de los estribos y arcos que sostenían el techo de la mina para ahorrar costos. ¿El resultado? Derrumbes constantes que no solo paralizaban la producción, sino que mataban a cientos de indios mitayos. Ulloa descubrió que los oficiales de hacienda ocultaban deudas monumentales y que el mercurio se desviaba ilegalmente hacia el contrabando de plata.
Ulloa se puso manos a la obra. Encarceló a los supervisores principales, como José Campuzano y Juan Afino, por permitir la explotación riesgosa. También sancionó a sacerdotes corruptos, como Juan José de Aguirre, quien cobraba derechos de entierro excesivos y maltrataba a los indígenas. Ulloa incluso intentó crear la «Minería del Rey», una operación financiada por el Estado para eliminar los vicios del gremio privado de mineros.
¿Y qué crees que pasó? Los intereses afectados se unieron como una jauría. El gremio de mineros, burócratas de Lima y clérigos influyentes formaron una red de defensa que apeló directamente al Virrey Manuel Amat y Junyent. Amat era un militar autoritario que, según Quiroz, personificaba lo peor del sistema colonial. Estaba furioso con Ulloa no porque fuera ineficiente, sino porque el honesto administrador se había negado a pagarle el «soborno acostumbrado» de 10,000 pesos por el nombramiento del cargo de gobernador.
Aquí es donde la historia se vuelve indignante. En lugar de apoyar las reformas técnicas, Amat y su asesor legal, José Perfecto de Salas, enviaron «visitadores» para investigar a Ulloa. Estos jueces, amigos de los corruptos, liberaron a los mineros que Ulloa había encarcelado y terminaron abriéndole un juicio de residencia al propio Ulloa, acusándolo de los mismos delitos que él estaba combatiendo. Las redes de patronazgo de Salas y Amat en Lima eran tan fuertes que lograron paralizar cualquier intento de justicia.
Ulloa terminó aislado. En sus cartas a Madrid, describía cómo los oficiales reales retrasaban el cobro de deudas a propósito para compartir las ganancias con los mineros. Al final, el hombre de ciencia fue derrotado por la red de intereses creados. Tuvo que salir del Perú en 1764 con la salud quebrada y el corazón amargo, rumbo a una nueva misión en Luisiana. Su salida fue la victoria de la «vieja corrupción» sobre la eficiencia ilustrada.
¿Qué nos enseña el purgatorio de Ulloa? Primero, que la corrupción colonial tuvo un costo económico real: el abandono técnico de las minas y el encarecimiento de la producción de plata que sostenía al país. Segundo, que en un sistema patrimonial como el nuestro, ser honesto solía ser castigado con la persecución judicial. Y tercero, que las redes de corrupción siempre han sabido saltar desde el nivel local (Huancavelica) hasta la cima del poder (el Palacio de Gobierno en Lima) para protegerse.
Huancavelica nunca se recuperó del todo y su producción siguió decayendo hasta la independencia. La próxima vez que pases por esa hermosa tierra andina, recuerda que fue el escenario de una batalla épica donde la razón perdió frente al cohecho.
Toma el último sorbo de tu café, porque en la próxima charla dejaremos atrás los trajes de seda de los virreyes para ver cómo los libertadores y caudillos republicanos también metieron la mano en el cajón bajo la excusa de la «causa patriota». ¡Nos vemos pronto!. Algo así como en una semana.
Vick Conversando con una Taza de Café -Vick-yoopino
Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»
Qué bueno que viniste. Sírvete otro café, y esta vez más cargado, que hoy el tema es largo y necesitamos tiempo para procesarlo. Si en la charla pasada vimos el costo general de la corrupción en el Perú, hoy vamos a viajar a 1735 para conocer a los primeros «espías» que destaparon la olla de grillos del Virreinato.
Imagina a dos jóvenes tenientes de navío españoles: Antonio de Ulloa, de solo diecinueve años, y Jorge Juan, de veintidós. El Rey los mandó a una misión científica con sabios franceses para medir el arco del meridiano, pero secretamente tenían otra tarea: observar cómo funcionaba realmente la administración en el Perú. Lo que vieron fue tan brutal que su informe, el «Discurso y reflexiones políticas sobre el estado presente de los reinos del Perú», se guardó bajo siete llaves por casi ochenta años para no avergonzar al Imperio. Recién en 1826 se publicó en Londres como las «Noticias secretas de América».
¿Qué encontraron? Para empezar, una justicia que era una mercancía más. Pero lo que más les dolió, y lo que Quiroz resalta, fue el abuso sistemático contra la población indígena. Los corregidores, que debían protegerlos, eran en realidad sus mayores verdugos. Usaban una técnica que hoy llamaríamos «doble contabilidad»: cobraban tributo a todos los indios posibles, incluso a los niños o ancianos exentos por ley, pero ante la Caja Real declaraban un número menor de contribuyentes y se guardaban la diferencia. A eso súmale el infame «reparto», una venta forzosa de mercancías inútiles a precios inflados que dejaba a las comunidades en la miseria absoluta. Ulloa y Juan decían que los indios sufrían más que los esclavos porque nadie velaba por ellos.
Pero espera, que la cosa se pone más cínica. Existían los «juicios de residencia», supuestas investigaciones al final del mandato de un funcionario para ver si se había portado bien. ¿Sabes qué pasaba? Los jueces simplemente eran sobornados por el investigado o formaban parte del mismo círculo de patronazgo. Las sentencias eran meros tecnicismos para absolver a los amigos. Por eso Ulloa soltó esa frase lapidaria que resume siglos de historia: «Empieza el abuso del Perú desde aquellos que debieran corregirlo».
Quiroz nos explica que este sistema se basaba en la venalidad, es decir, la venta de cargos públicos. Desde mediados del siglo XVII, la Corona española, siempre necesitada de dinero para sus guerras en Europa, empezó a vender los puestos de oidor, corregidor y hasta oficiales de hacienda al mejor postor. Imagínate el incentivo: si alguien compraba un cargo, llegaba al Perú no para servir, sino para recuperar su inversión y ganar utilidades. Incluso hubo virreyes que compraron sus puestos mediante contratos privados con el Rey.
Antes de Ulloa, otros ya habían gritado. Quiroz menciona a Mariano Machado de Chaves, un limeño que en 1747 denunció que el Virreinato era un cuerpo enfermo por la «inmensa distancia» que lo separaba del Rey, lo que permitía que los virreyes se comportaran como príncipes absolutos. Machado decía que los virreyes llegaban con un séquito hambriento de riqueza —parientes, criados y clientes— que se repartían los beneficios y protegían los abusos de los funcionarios menores. Era una red de patronazgo que lo cubría todo, como una neblina espesa.
Lo más triste de este episodio es darnos cuenta de que la corrupción no era un error del sistema, era el sistema. Ulloa y Juan propusieron reformas valientes: pagar salarios dignos a los corregidores, prohibirles el comercio privado y convertir a los indios en trabajadores libres. Pero ellos mismos sabían que «todo el mundo gritaría en el Perú» contra tales medidas porque afectaban intereses muy profundos.
Así que, amigo, cuando escuches que la corrupción nació con la República, recuerda a estos dos jóvenes marinos que, hace casi tres siglos, ya nos advirtieron que los cimientos estaban podridos. En la próxima taza de café te contaré qué pasó cuando Ulloa intentó pasar de la denuncia a la acción en las minas de mercurio. ¡Prepárate porque ese fue su verdadero purgatorio!
Nos vemos en el próximo episodio, y no te preocupes por el café, nosotros no lo cobramos.
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