Episodio 3: El Purgatorio de Huancavelica. Cuando la Honestidad es Castigada

Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»

¿Lista para una taza más de café? Lo vas a necesitar. La última vez te conté cómo Antonio de Ulloa desnudó la corrupción colonial en sus escritos. Pues bien, en 1758 la Corona decidió que Ulloa era el hombre indicado para arreglar el mayor desastre administrativo del Imperio: la mina de mercurio de Santa Bárbara en Huancavelica. Fue como mandar a un bombero honesto al centro del incendio más voraz.

Para que entiendas la gravedad: en esa época, sin mercurio (azogue) no se podía refinar la plata. Huancavelica era la única fuente importante en toda América. Si la mina fallaba, el Imperio se quedaba sin plata y sin dinero para sus guerras. Ulloa llegó con su mentalidad de científico ilustrado, creyendo que con técnica y orden podría salvar la producción. Pero lo que encontró fue un «purgatorio de continuos desabrimientos».

La corrupción allí no era solo robar dinero; era destruir la mina físicamente. Los mineros, coludidos con los veedores u oficiales encargados de supervisarlos, extraían el mineral de los estribos y arcos que sostenían el techo de la mina para ahorrar costos. ¿El resultado? Derrumbes constantes que no solo paralizaban la producción, sino que mataban a cientos de indios mitayos. Ulloa descubrió que los oficiales de hacienda ocultaban deudas monumentales y que el mercurio se desviaba ilegalmente hacia el contrabando de plata.

Ulloa se puso manos a la obra. Encarceló a los supervisores principales, como José Campuzano y Juan Afino, por permitir la explotación riesgosa. También sancionó a sacerdotes corruptos, como Juan José de Aguirre, quien cobraba derechos de entierro excesivos y maltrataba a los indígenas. Ulloa incluso intentó crear la «Minería del Rey», una operación financiada por el Estado para eliminar los vicios del gremio privado de mineros.

¿Y qué crees que pasó? Los intereses afectados se unieron como una jauría. El gremio de mineros, burócratas de Lima y clérigos influyentes formaron una red de defensa que apeló directamente al Virrey Manuel Amat y Junyent. Amat era un militar autoritario que, según Quiroz, personificaba lo peor del sistema colonial. Estaba furioso con Ulloa no porque fuera ineficiente, sino porque el honesto administrador se había negado a pagarle el «soborno acostumbrado» de 10,000 pesos por el nombramiento del cargo de gobernador.

Aquí es donde la historia se vuelve indignante. En lugar de apoyar las reformas técnicas, Amat y su asesor legal, José Perfecto de Salas, enviaron «visitadores» para investigar a Ulloa. Estos jueces, amigos de los corruptos, liberaron a los mineros que Ulloa había encarcelado y terminaron abriéndole un juicio de residencia al propio Ulloa, acusándolo de los mismos delitos que él estaba combatiendo. Las redes de patronazgo de Salas y Amat en Lima eran tan fuertes que lograron paralizar cualquier intento de justicia.

Ulloa terminó aislado. En sus cartas a Madrid, describía cómo los oficiales reales retrasaban el cobro de deudas a propósito para compartir las ganancias con los mineros. Al final, el hombre de ciencia fue derrotado por la red de intereses creados. Tuvo que salir del Perú en 1764 con la salud quebrada y el corazón amargo, rumbo a una nueva misión en Luisiana. Su salida fue la victoria de la «vieja corrupción» sobre la eficiencia ilustrada.

¿Qué nos enseña el purgatorio de Ulloa? Primero, que la corrupción colonial tuvo un costo económico real: el abandono técnico de las minas y el encarecimiento de la producción de plata que sostenía al país. Segundo, que en un sistema patrimonial como el nuestro, ser honesto solía ser castigado con la persecución judicial. Y tercero, que las redes de corrupción siempre han sabido saltar desde el nivel local (Huancavelica) hasta la cima del poder (el Palacio de Gobierno en Lima) para protegerse.

Huancavelica nunca se recuperó del todo y su producción siguió decayendo hasta la independencia. La próxima vez que pases por esa hermosa tierra andina, recuerda que fue el escenario de una batalla épica donde la razón perdió frente al cohecho.

Toma el último sorbo de tu café, porque en la próxima charla dejaremos atrás los trajes de seda de los virreyes para ver cómo los libertadores y caudillos republicanos también metieron la mano en el cajón bajo la excusa de la «causa patriota». ¡Nos vemos pronto!. Algo así como en una semana.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

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