Episodio 2: El encuentro en la perrera

Serie: «Café en la Catedral».

Acomódate, hermano, que este segundo café viene con un aroma más denso, casi como el aire de aquel depósito municipal de perros donde todo vuelve a empezar. Si en el primer episodio nos preguntábamos en qué momento se jodió este país, El encuentro en la perrera, es donde esa pregunta deja de ser una abstracción para oler a barro y a derrota. Santiago Zavala, nuestro «Zavalita», camina hacia ese canchón cerca del río Rímac no por una gran causa política, sino por algo tan doméstico como recuperar a Batuque, el perro de su esposa. Y ahí, entre el ladrido de los animales condenados y ese muro de adobes «color caca» que Santiago identifica como el color de Lima y del Perú entero, se produce el choque con el pasado: la figura encorvada de Ambrosio.

Fíjate en la ironía de la escena, que es profunda y dolorosa. Santiago ve a un hombre envejecido, embrutecido, con unos zapatones enormes y «jodidos por el tiempo». Es Ambrosio, el antiguo chofer de su padre, el hombre que alguna vez manejó los autos lujosos de Don Fermín y que ahora se gana la vida matando perros a palos. Es un encuentro de dos náufragos: un periodista escéptico que escribe editoriales que nadie recuerda y un exchofer que ha terminado en el escalón más bajo de la escala social. Santiago lo mira y piensa que Ambrosio está «mil veces más jodido» que él, y en ese reconocimiento hay una mezcla de asco, piedad y un terror existencial por verse reflejado en esa ruina humana.

Lo que hace este episodio realmente potente para una charla de café es la alegoría de la perrera. En la novela, se menciona que Ambrosio está ahí matando perros precisamente como resultado de una campaña periodística contra la rabia en la que Santiago participó. ¿Ves el nivel de perversión? El intelectual (Santiago) da la orden desde su escritorio y el brazo ejecutor (Ambrosio) es quien se ensucia las manos con la sangre y los aullidos. Es la representación perfecta de cómo funciona el poder: los de arriba diseñan la represión y los de abajo se canibalizan entre ellos.

Si comparamos esto con el Perú actual, la figura de la perrera es casi un meme trágico. Hoy no tenemos perreras municipales matando perros a palos con la misma frecuencia, pero tenemos un sistema que «perreriza» a los ciudadanos. Mira nuestras instituciones, hermano; ese muro ruin de adobes color excremento del que habla Vargas Llosa sigue rodeando nuestras oficinas públicas y nuestros hospitales. Si Zavalita fuera a un hospital del Estado hoy, encontraría el mismo «olor a derrota» que sintió en la perrera. Lo irónico es que hoy los «Ambrosios» modernos no manejan autos de ministros, sino que quizás son conductores de aplicaciones o repartidores explotados por un sistema que los prefiere invisibles y serviles.

¿Qué pasaría si este encuentro se repitiera hoy? Imagina a un joven profesional de clase media, desencantado del sistema, encontrándose con el chofer que trabajó para su padre (quien quizás estuvo metido en algún escándalo de corrupción de los últimos años) en una fila del seguro social o en un paradero informal. Sería la misma incomodidad. El Perú actual sigue siendo ese lugar donde el «desclasamiento» es una forma de protesta silenciosa, pero que al final te deja igual de solo. Santiago rechaza el dinero de su padre para no ser cómplice, pero termina siendo cómplice de la mugre de la ciudad al no tener la fuerza para cambiar nada.

Esa perrera ubicada cerca del Puente del Ejército no es casualidad en la geografía de la novela. Ese puente simboliza la entrada de los militares a la vida civil, el «puente» que llevó al país a la degradación moral del Ochenio. Hoy, aunque no tengamos tanques en cada esquina, el «puente» sigue ahí en forma de leyes que favorecen la impunidad y pactos bajo la mesa que nos hacen sentir a todos que estamos atrapados en ese canchón municipal, esperando que alguien venga a sacarnos, aunque sepamos que, como dice Santiago, «a ti nadie vendrá a sacarte nunca de la perrera, Zavalita».

Toma otro sorbo, que esto se pone más amargo. Santiago, al ver a Ambrosio, no solo ve a un viejo conocido; ve el fantasma de su padre, Don Fermín, y todos los secretos sucios que ese hombre custodia. El encuentro en la perrera es el chispazo que obliga a Santiago a buscar la verdad, aunque esa verdad sea un «hueco en el hueco», un infierno que preferiría no haber abierto. Es el momento en que el olor a perro muerto se mezcla con el olor a pasado que Santiago ha intentado evitar, pero que lo persigue por toda la Avenida Tacna.

Al final, este episodio nos dice que nadie escapa de su origen. Puedes irte a vivir a una pensión miserable para no oler el perfume de la burguesía, pero el sistema te encontrará y te pondrá frente a frente con tus demonios. Santiago y Ambrosio deciden salir de ese lugar infecto para irse a beber a la Catedral, pensando que el alcohol podrá lavar el barro de los zapatones de Ambrosio, pero en el Perú, hermano, el barro nunca se quita del todo; solo se seca y se vuelve polvo que todos respiramos.

¿Vamos por la siguiente ronda? Porque en el próximo episodio entraremos de lleno en Odría y el Ochenio, para ver cómo el «orden» que nos prometen los dictadores siempre termina oliendo a la misma perrera de la que acabamos de salir.

Nos encontramos en el siguiente episodio, no en la Catedral, pero si en cualquier cafetín de mala muerte.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Episodio 1: ¿En qué momento se jodió el Perú? (La pregunta que cada generación hereda).

Serie: «Café en la Catedral”

Toma asiento, hermano. Quédate tranquilo, que este café está caliente y la tarde en Lima, como siempre, nos regala ese gris panza de burro que parece sacado de las primeras páginas de la novela. Vamos a hablar de lo que nos convoca: esa pregunta que Santiago Zavala se hace frente a la Avenida Tacna y que, más de cincuenta años después de que Mario Vargas Llosa publicara Conversación en La Catedral en 1969, nos sigue quemando la lengua como este primer sorbo de café: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”.

Fíjate en el cuadro: Santiago, o «Zavalita» para los amigos, tiene treinta años, trabaja en un diario de poca monta como La Crónica y camina con las manos en los bolsillos, cabizbajo, escoltado por una ciudad que parece un esqueleto de avisos luminosos flotando en la neblina. Esa imagen es demoledora porque Zavalita no solo mira la avenida sin amor, sino que se mira a sí mismo y se da cuenta de que él es como el Perú: se había jodido en algún momento. En las fuentes se menciona que la novela es un retrato del desmoronamiento moral y social durante la dictadura de Manuel A. Odría, el famoso «Ochenio». Pero, ¿sabes qué es lo más irónico? Que hoy, en pleno siglo XXI, nos hacemos la misma pregunta desde un celular de alta gama o atrapados en el tráfico de la Vía Expresa,.

Hablemos de ese «momento». En la novela, el Perú se siente como una «sociedad embotellada», un clima de cinismo, apatía y resignación donde la podredumbre moral era la materia prima de la vida diaria. Zavalita, este «héroe degradado», intentó rebelarse ingresando a la Universidad de San Marcos —esa «cueva de resentidos», como diría su padre— y metiéndose en la célula comunista «Cahuide», pero al final terminó convertido en un periodista escéptico que solo quiere que no le molesten mucho. Es la tragedia de la inautenticidad: renunciar a tus ideales porque el sistema es más fuerte que tú,.

La comparación con la realidad actual es, francamente, para reírse por no llorar. En la época de Odría, la corrupción se movía entre decretos leyes y la Ley de Seguridad Interior que ponía fuera de la ley a apristas y comunistas. Hoy no necesitamos una ley así; nos jodemos solitos con una inestabilidad que nos ha dado ocho presidentes en diez años. Si Zavalita viera nuestro Congreso actual, probablemente pensaría que Cayo Bermúdez —ese siniestro brazo ejecutor de Odría basado en el real Alejandro Esparza Zañartu— era un aprendiz de primaria frente a las «argollas» y los intereses que hoy manejan el país bajo la mesa. Antes el miedo era al «rocha-bús» o a terminar en El Frontón; hoy el miedo es a que el país simplemente deje de funcionar mientras los que mandan se reparten la torta, tal como hacían el Buitre y sus secuaces en Chincha.

Lo que Vargas Llosa nos muestra es que el poder corrompe todos los estratos, desde la élite hasta los más humildes. En la novela, el Perú se «jode» cuando permite que la corrupción política y moral coarte la libertad para dibujar un destino propio. Zavalita se siente jodido porque no fue capaz de arriesgarse por lo que amaba —como su camarada Aída— y prefirió el refugio de una vida gris. ¿No nos pasa lo mismo hoy? Somos un país que vive en el escepticismo, donde la pregunta de Zavalita ya no es una búsqueda de respuesta, sino un suspiro de derrota,.

¿Qué pasaría si se repitiera? Si mañana despertáramos en 1948 con un nuevo golpe militar, la única diferencia sería tecnológica. En lugar de la «Policía Secreta» de Esparza Zañartu operando en las sombras de Lima, tendríamos servicios de inteligencia monitoreando nuestras redes sociales y bots atacando a cualquier «Zavalita» que se atreviera a cuestionar el orden. Si el Ochenio regresara, veríamos de nuevo esa bonanza económica artificial —como la que hubo por la Guerra de Corea— que sirve para tapar la falta de libertades con obras públicas monumentales. Veríamos otra vez pactos como el de Monterrico, donde los que salen se aseguran de que los que entran no investiguen sus delitos.

La mala noticia, amigo, es que el Perú no se jodió en un solo momento épico y lejano. Se jode cada vez que aceptamos que «el poder da lo que a otros la cama», como dice la novela, o que la única forma de hacer negocios es mediante la corrupción. Zavalita es el espejo de nuestra clase media: culta pero paralizada, consciente de la mugre pero con miedo de ensuciarse las manos para limpiarla.

Santiago Zavala termina su conversación con Ambrosio en ese bar de mala muerte con más dudas que antes. Al final, lo único cierto es el fracaso que los acompaña a ambos. Y nosotros, aquí sentados, nos damos cuenta de que la pregunta «¿En qué momento se había jodido el Perú?» sigue vigente porque el Perú no es un lugar, sino una circunstancia que se repite en bucle. Es una «enfermedad nacional» hecha de resentimientos y complejos sociales que infestan todos los estratos.

Pero bueno, no dejemos que se nos enfríe el café del todo. En el próximo episodio, te contaré sobre ese encuentro en la perrera, donde el olor a perro muerto se mezcla con el olor a derrota de un hijo que se encuentra con el fantasma de su padre en el rostro de un chofer envejecido.

¿Te pido otro café o ya sientes que te estás «jodiendo» un poco tú también?.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino
-Mivivencia.com

Presentación: ¿En qué momento se jodió el Perú? (O el arte de girar en círculos)

Serie: Conversación en la Catedral, con una Taza de Café.

Tómate un sorbo de ese café, hermano, porque hablar de esto siempre deja un sabor amargo. La fuente nos dice que el libro tiene ya más de medio siglo, pero si sales ahorita al Jirón de la Unión y le preguntas a cualquiera: «¿En qué momento se jodió el Perú?», te van a dar una lista que empieza en el Virreinato y termina en el último «flash» de noticias de esta mañana.

En la novela, Santiago Zavala —»Zavalita»— se hace esa pregunta mirando la ciudad gris, derrotado. Lo irónico es que hoy, en el 2026, nos hacemos la misma pregunta desde un Starbucks o mientras scrolleamos TikTok. Si Zavalita viera que hemos tenido ocho presidentes en los últimos diez años, probablemente pediría otra ronda de cervezas en ‘La Catedral’ y no se levantaría nunca.

La comparación con hoy es casi un chiste de mal gusto. En la obra, el Perú se «jode» por una dictadura militar que se mete en las casas y en las conciencias; hoy, parece que nos «jodemos» por una democracia que no sabe qué hacer consigo misma. Santiago era un periodista frustrado porque no podía decir la verdad; hoy tenemos tanta «verdad» en redes sociales que ya nadie cree en nada. Es la misma parálisis, pero con mejor conexión a internet.

¿Qué pasaría si se repitiera? Bueno, la mala noticia es que ya se está repitiendo. El Perú de Vargas Llosa era un país de «argollas», de favores bajo la mesa y de una élite que despreciaba al resto mientras se llenaba los bolsillos. Si volviéramos exactamente a ese esquema de los años 50, creo que la única diferencia sería que Cayo Bermúdez tendría una cuenta de Twitter para filtrar sus audios y Ambrosio sería un chofer de aplicativo tratando de sobrevivir a la inflación. No hemos salido de la Catedral; solo le hemos cambiado la decoración.

Si te gustó está introducción, prepárate, porque venimos con un paquete de episodios que solo tienes que buscar una buena taza de café para pasar un buen tiempo.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino