Serie: Educación en Quiebra: Café, Verdades y el Perú que Queremos Recuperar
Hola, amigo. Qué bueno que pasaste por aquí. Ponte cómodo, pide lo tuyo, que yo ya pedí mi café bien cargado y un croissant, y hoy quiero hablar contigo de algo que, estoy seguro, también te ha estado dando vueltas en la cabeza últimamente. No sé si te ha pasado, pero hay días en que uno sale a la calle y siente que algo se rompió en algún momento y nadie se dio cuenta, o peor, nadie quiso darse cuenta. El respeto básico parece un recuerdo lejano, la gente estalla por cualquier cosa, y ese sentido de comunidad que antes nos sostenía como país se está evaporando poco a poco. Y si uno jala el hilo de todo esto, tarde o temprano llega al mismo lugar: la educación.
Yo no soy un experto en pedagogía, ni un analista político con estudios en la materia, ni tengo ningún doctorado colgado en la pared que me dé autoridad para hablarte de esto. Soy alguien como tú, un lector curioso que ha caminado por la calle, que ha pasado por las puertas de un colegio, que ha estado dentro de una universidad, que ve las noticias con el ceño fruncido y que, con el paso de los años, ha ido notando con una preocupación cada vez más pesada cómo nuestro país se ha ido hundiendo en un pozo en cuanto a educación y valores se refiere.
Y hace poco, ese malestar que uno arrastraba como una sospecha se convirtió en un golpe seco, en una cachetada con guante blanco: los resultados de la prueba PISA. Ya sabíamos, en el fondo, que algo andaba mal. Lo intuíamos en las conversaciones de sobremesa, en las quejas de los profesores que uno conoce, en esa sensación incómoda de que los chicos de hoy leen menos y entienden menos de lo que leían y entendían los chicos de hace unas décadas. Pero una cosa es intuirlo y otra muy distinta es verlo puesto en números fríos, comparado con decenas de países, y descubrir que estamos rezagados en matemáticas, en lectura, en comprensión. Ese informe no inventó el problema, hermano, simplemente le puso nombre y apellido a algo que todos, en el fondo, ya sabíamos.
Y aquí viene lo interesante, o más bien lo triste: apenas salió ese resultado, empezó el carnaval de las excusas. Todos culpables y a la vez todos inocentes. La más fácil, la más cómoda, la que no le exige a nadie mirarse al espejo, es echarle la culpa a las pantallas, a las redes sociales, a la Inteligencia Artificial que ahora le hace la tarea al chico en cinco segundos. Y mira, no te voy a decir que las pantallas no tengan nada que ver, porque sería mentirte, algo de responsabilidad cargan, eso es innegable. Pero yo creo que culpar solamente a la tecnología es la salida más barata que hemos encontrado como sociedad, porque nos permite señalar a un enemigo externo, casi abstracto, y no tener que preguntarnos qué hicimos nosotros, como padres, como maestros, como Estado, para llegar hasta aquí. La pantalla se convirtió en el chivo expiatorio perfecto, el villano que no puede defenderse ni contestar, y mientras tanto seguimos sin mirar de frente las otras heridas, que son varias y que están más cerca de casa de lo que quisiéramos admitir.
Porque si nos ponemos serios un momento, esto no es solamente que los chicos de hoy no saben sumar bien o no entienden lo que leen, eso sería quedarnos en la superficie del problema. Lo que a mí de verdad me inquieta es algo más de fondo, y es preguntarme en qué momento dejamos de razonar. Hoy pareciera que la escuela entera se ha convertido en una fábrica de memorización rápida para pasar el examen del viernes, uno entra en una especie de piloto automático, suelta la fecha, la fórmula, el dato, y el lunes ya se olvidó de todo. Y ese vacío no se queda ahí guardado esperando tranquilo, no, ese vacío camina con el estudiante, lo acompaña, y explota después con toda su fuerza cuando ese mismo chico llega a la universidad y se encuentra de frente con una realidad que no perdona: profesores que le piden redactar un párrafo coherente y no puede, que le piden debatir una idea con respeto y no sabe cómo, que le piden cuestionar un texto y se queda en blanco porque nunca nadie le enseñó a hacerlo, solamente le enseñaron a repetir.
Y hay otra crisis, hermano, todavía más silenciosa que esa, y para mí incluso más dolorosa, que es la crisis de los valores. Porque el conocimiento, al final del día, se puede recuperar, uno agarra un libro, un video, un curso, y con disciplina va rellenando esos huecos que dejó el colegio. Pero ¿y los valores? ¿Y el respeto al profesor, el respeto al compañero, la honestidad a la hora de rendir un examen, la humildad de reconocer que uno no sabe algo? Eso se está perdiendo a pasos agigantados, y no se recupera leyendo un libro de un fin de semana a otro, eso se reconstruye con años, con ejemplo, con paciencia, y hoy pareciera que nadie tiene tiempo ni ganas de invertir en eso.
Entonces yo me hago la pregunta que seguramente tú también te haces: ¿de quién es la culpa? Y aquí es donde la cosa se pone incómoda, porque es facilísimo apuntar con el dedo hacia afuera. Le echamos la culpa al Gobierno Central, que cambia de ministro cada seis meses y borra con el codo lo que escribió con la mano el anterior. Le echamos la culpa a los profesores, que muchas veces llegan desmotivados, mal pagados, sin vocación real. Y sí, ambos cargan responsabilidad, de eso no hay duda. Pero si somos honestos, si nos atrevemos a ser un poco autocríticos, ¿no empieza esto mucho antes, en la mesa de nuestra propia casa? ¿Qué estamos haciendo nosotros, como padres, como hermanos mayores, como simples ciudadanos que vemos todo esto pasar? Porque criticar desde la butaca es gratis, pero preguntarnos qué estamos aportando nosotros mismos al problema ya es otra conversación, más incómoda, más necesaria.
Y aquí quiero traer otra pregunta que me ha estado rondando bastante, y es la de mirar hacia atrás. ¿Cómo se compara lo que estamos viviendo hoy con lo que vivimos nosotros hace unas cuantas décadas, cuando el respeto casi funcionaba como una carta de presentación, cuando uno entraba a un salón y el solo hecho de pararse el profesor ya imponía un silencio automático? No te estoy diciendo que todo tiempo pasado fue mejor, sería una trampa fácil caer en esa nostalgia ciega, pero sí creo que hay verdades de esa época que valdría la pena rescatar, y me pregunto por qué esas verdades tan simples, tan de sentido común, parecen hoy olvidadas o hasta escondidas, tanto en nuestras propias casas como en las escuelas y universidades, y lo que es peor, con la aprobación silenciosa de las autoridades competentes, del ministro de turno o de la bancada política que gobierne en ese momento. Porque a veces da la impresión de que a nadie, ni arriba ni abajo, le conviene de verdad resolver esto de raíz.
Por eso quería abrir este espacio contigo, hermano, no para pararme aquí a darte cátedra de algo que no domino, sino para conversar, para pensar juntos, para ir desarmando esta cosa pieza por pieza como quien desarma un motor viejo para entender por qué ya no arranca. Vamos a hablar de la casa, del alumno, del profesor, de la universidad, de la infraestructura, del Gobierno, y hasta de esa trampa fácil de culpar a la pantalla y al algoritmo. Y al final de cada charla vamos a preguntarnos lo mismo: qué se puede hacer, en cuánto tiempo, y con qué voluntad, para que en unos años ver el futuro de la educación en este país no nos dé miedo, sino un poquito de orgullo.
Así que dime tú, que estás del otro lado escuchándome con tu café: cuando escuchaste los resultados de PISA, ¿sentiste sorpresa o más bien la confirmación de algo que ya sospechabas hace rato? Y esa costumbre de culpar a las pantallas y a la Inteligencia Artificial, ¿tú también sientes que a veces nos sirve de excusa para no mirarnos al espejo? Cuéntame, que aquí el café todavía está caliente y la conversación recién empieza.
Vick Conversando con una Taza de Café. -Vick-yoopino -MiVivencia.com

