¡Qué tal, amigos! Qué gusto volver a encontrarnos en este espacio de conversación tranquila, de café caliente y de esas reflexiones que muchas veces incomodan más de lo que quisiéramos. Porque hay temas que no solamente nos hacen pensar; también nos obligan a mirarnos por dentro y preguntarnos si realmente estamos caminando como creemos hacerlo.
Hace poco alguien comentaba algo que le había llamado muchísimo la atención en redes sociales. Uno de esos predicadores modernos, a quienes muchos siguen como si fueran celebridades espirituales, había inventado algo que llamó “la unción de la harina”. Sí, así como suena. El hombre lanzaba puñados de harina sobre la gente mientras aseguraba que aquello traería prosperidad económica, bendiciones financieras y apertura de puertas. Y lo más sorprendente no era él, sino las personas extendiendo las manos, las billeteras y hasta las carteras para recibir un poco de polvo blanco como si aquello fuera la solución milagrosa a todos sus problemas.
Y entonces surge una pregunta incómoda: ¿en qué momento dejamos de estudiar la Palabra para reemplazarla por rituales vacíos? Porque el verdadero problema no es solamente que existan personas manipulando emocionalmente desde un púlpito; el problema es que mucha gente ya no conoce la Biblia y, al no conocerla, pierde completamente el discernimiento. Simplemente escuchan algo que suena bonito, emocional o prometedor, y se dejan llevar. A veces resulta más fácil esperar un milagro instantáneo que sentarse a leer las Escrituras y permitir que ellas confronten y transformen nuestro carácter.
Allí es donde aparece Jeremías como una figura completamente opuesta a tantos “profetas modernos”. Jeremías no fue llamado para entretener personas ni para repartir prosperidad instantánea. Fue llamado para anunciar juicio, confrontar pecado y hablar una verdad que muchas veces nadie quería escuchar. Y seamos sinceros: a casi nadie le gusta que lo confronten. Todos queremos palabras de ánimo, bendiciones y promesas bonitas, pero muy pocos desean escuchar aquello que desnuda el corazón.
En Jeremías 1:5 encontramos una de las frases más impresionantes de toda la Escritura: “Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué; te di por profeta a las naciones”. Imaginen por un momento lo profundo de eso. Antes de existir físicamente, ya había un propósito establecido por Dios. Antes de respirar por primera vez, Dios ya sabía quién eras y para qué ibas a vivir.
Pero Jeremías respondió exactamente como respondemos nosotros muchas veces cuando Dios nos llama a algo incómodo: “¡Ah! ¡Ah, Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño”. Y allí nos vemos reflejados todos. Siempre existe una excusa perfecta. Decimos que somos muy jóvenes, muy viejos, que no tenemos tiempo, que no sabemos suficiente o que estamos demasiado ocupados. Queremos servir a Dios siempre y cuando no altere demasiado nuestra comodidad ni interfiera con nuestros planes personales.
Vivimos en tiempos donde la comodidad se ha convertido casi en doctrina. Nos preocupamos más por si el aire acondicionado de la iglesia funciona bien o si el culto se está alargando demasiado, que por la necesidad espiritual de las personas que nos rodean. Buscamos bendiciones, mejores trabajos, carros nuevos y prosperidad, pero muchas veces evitamos el verdadero compromiso que implica seguir al Señor.
Sin embargo, Dios fue claro con Jeremías: “No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande”. Eso significa obediencia. No hablar lo que se nos ocurra, no inventar mensajes para agradar a la gente, sino decir lo que Dios manda, aun cuando resulte incómodo o impopular.
Y aquí aparece una palabra que hoy casi nadie quiere escuchar: siervo. Nos gusta mucho decir que somos hijos del Rey, herederos y bendecidos, pero evitamos la idea de servir. En nuestra sociedad, ser siervo parece algo humillante, cuando en realidad fue exactamente el ejemplo que Cristo dejó. Muchos llegan felices cuando hay actividades sociales, comidas o celebraciones, pero cuando toca visitar enfermos, ayudar silenciosamente o limpiar algo que nadie quiere limpiar, entonces aparecen las excusas y los “estoy ocupado”.
Por eso el mensaje de Jeremías sigue siendo tan actual. En Jeremías 2:13, Dios dice algo devastador: “Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua”. Qué imagen tan poderosa. La humanidad sigue teniendo sed espiritual, pero insiste en intentar llenarse con cosas vacías. Buscamos satisfacción en emociones pasajeras, en espectáculos religiosos, en promesas humanas o en experiencias superficiales que duran apenas unas horas.
Muchas veces preferimos las “cisternas rotas” porque requieren menos compromiso. Nos gusta más escuchar aquello que acaricia el ego que aquello que confronta el pecado. Buscamos lugares donde nos prometan riquezas, milagros rápidos y éxito personal, mientras descuidamos completamente la relación profunda con Dios. Salimos emocionados emocionalmente, pero seguimos vacíos espiritualmente.
Y lo más fuerte es que la Palabra de Dios no vino solamente para consolar; vino también para arrancar, destruir y derribar todo aquello que está mal dentro de nosotros. Dios le dijo a Jeremías: “Te he puesto… para arrancar y destruir, para arruinar y derribar, para edificar y plantar”. Primero tiene que destruirse el orgullo, la idolatría y las falsas seguridades antes de que algo nuevo pueda crecer.
Pero eso ya no resulta popular. Hoy muchos prefieren suavizar el Evangelio para no incomodar a nadie. Se habla mucho de “creer”, pero poco de arrepentimiento. Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas. Incluso el diablo cree en Dios, pero eso no lo transforma. La verdadera conversión implica cambio, implica lucha interior, implica reconocer que hay cosas dentro de nosotros que deben morir para que Cristo realmente gobierne la vida.
Al final, todo termina reduciéndose a una decisión personal, exactamente como dijo Josué: “Escoged hoy a quién sirváis… pero yo y mi casa serviremos a Jehová”. Solemos colocar ese versículo como decoración en la sala de nuestras casas, pero pocas veces nos detenemos a pensar qué significa realmente servir al Señor. Porque servirlo no es solamente asistir a una iglesia o decir que creemos en Él; es obedecer aun cuando incomoda, es permanecer aun cuando cuesta y es entender que no hay nada más importante que Su voluntad.
Quizás por eso esta reflexión sigue siendo tan necesaria hoy. Porque vivimos rodeados de ruido espiritual, de mensajes rápidos y de emociones instantáneas, pero cada vez hay menos profundidad. Nos estamos acostumbrando a buscar harina cayendo desde una plataforma, mientras olvidamos buscar la fuente de agua viva que nunca se agota.
Y esa es quizás la pregunta más importante de esta noche: ¿qué estamos buscando realmente? ¿La comodidad emocional de un espectáculo religioso o la verdad transformadora de Dios, aunque duela? Porque la decisión, como siempre, sigue estando en nuestras manos.
Nos vemos en la próxima conversación, con otra taza de café.
Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com


