Cuando no decidir también es una decisión
Pilato no odiaba a Jesús.
Eso es lo inquietante.
No lo consideraba un enemigo.
No lo veía como una amenaza real.
Sabía —y lo dijo— que no encontraba culpa en Él.
Y aun así… lo entregó.
Del juicio religioso al poder político
El juicio religioso ya había cumplido su función.
No había verdad.
No había legalidad.
Ahora hacía falta algo distinto:
el respaldo del poder.
Jesús es llevado ante Pilato, representante de Roma, encargado de mantener el orden.
La religión necesita al imperio.
Y el imperio quiere evitar problemas.
Aquí ya no se discute fe.
Se discute estabilidad.
Pilato: el hombre que no quiere complicarse
Pilato interroga a Jesús.
Escucha.
Pregunta.
Evalúa.
No ve rebelión.
No ve violencia.
No ve amenaza política.
Y eso lo incomoda.
Porque cuando no hay culpa clara, decidir se vuelve más difícil.
Pilato intenta evitar el conflicto:
• lo envía a Herodes,
• propone castigos menores,
• busca soluciones intermedias.
Nada funciona.
Porque la injusticia no se resuelve con medias tintas.
La multitud aparece
Pilato recurre a una costumbre:
liberar a un preso en Pascua.
Dos nombres.
Dos opciones.
Barrabás o Jesús.
Uno es violento.
El otro incómodo.
La multitud no duda.
No porque haya reflexionado, sino porque ha sido dirigida.
Las multitudes no suelen pensar.
Suelen repetir.
El grito que sustituye al argumento
Pilato insiste:
“¿Qué mal ha hecho?”
No recibe razones.
Recibe un grito.
“¡Crucifícalo!”
Más fuerte.
Más insistente.
Cuando el ruido sube, la razón baja.
Y Pilato empieza a entender que hacer lo correcto le costará demasiado.
Lavarse las manos
Pilato toma agua.
Se lava las manos.
Dice:
“Soy inocente de la sangre de este justo.”
El gesto es simbólico.
La decisión es real.
El agua no borra responsabilidades.
La neutralidad no elimina consecuencias.
Lavarse las manos no es quedar limpio.
Es renunciar.
El precio de agradar a todos
Pilato elige la paz momentánea.
Evita disturbios.
Evita conflictos.
Evita perder poder.
Y para lograrlo, entrega a un inocente.
No por convicción.
Por comodidad.
El espejo colectivo
Aquí la historia deja de ser individual.
Ya no es Judas.
Ya no es Pedro.
Ahora somos muchos.
No gritamos “crucifícalo”.
Pero callamos.
No firmamos sentencias.
Pero miramos a otro lado.
La injusticia no siempre avanza por maldad abierta.
A veces avanza porque nadie quiso incomodarse.
Para detenerse
Pilato quiso quedar bien con todos y terminó quedando mal con la historia.
La multitud creyó decidir, pero solo obedeció.
Y la pregunta queda flotando,
sin acusar,
sin suavizar:
Cuando la injusticia ocurre frente a nosotros,
¿decidimos algo… o esperamos que pase?
Porque no decidir también es una forma de elegir.
Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com




