Cuando la fe deja de escuchar
No fue un juicio para buscar la verdad.
Eso es lo primero que conviene decir, aunque incomode.
El veredicto estaba decidido antes de que comenzaran las preguntas.
La audiencia no buscaba comprender, sino confirmar una decisión ya tomada.
La fe, esa noche, no quiso escuchar.
Quiso justificarse.
De la oración a las cadenas
Getsemaní queda atrás. Todavía es de noche.
Jesús no huye. No se resiste. No se defiende.
Es llevado atado, no a un tribunal oficial, sino a una casa privada.
Antes de que amanezca, la legalidad ya ha sido abandonada.
Anás: el poder que no se ve
Jesús es llevado primero ante Anás.
Anás ya no es sumo sacerdote, pero sigue controlándolo todo.
El poder no siempre necesita un cargo.
A veces solo necesita influencia.
Anás no pregunta para escuchar.
Pregunta para atrapar.
Le interroga sobre sus discípulos, sobre su enseñanza.
Jesús responde con calma:
“Yo he hablado abiertamente al mundo…”
Decir la verdad, en un juicio corrupto, no protege.
Un guardia lo golpea.
Y nadie interviene.
Caifás y el juicio nocturno
Jesús es enviado a Caifás. Allí se reúne el Sanedrín.
Nada de esto debería ocurrir así:
• no de noche,
• no en vísperas de Pascua,
• no buscando testigos falsos.
Pero ocurre.
Porque cuando el resultado importa más que el proceso, las reglas se convierten en estorbo.
Testigos que no coinciden
Los testigos pasan uno tras otro.
Hablan.
Se contradicen.
Exageran.
Nada encaja.
Jesús guarda silencio.
No porque no tenga nada que decir, sino porque el juicio no está interesado en escuchar.
A veces, el silencio es la única respuesta digna ante una mentira organizada.
La pregunta que busca una condena
Caifás pierde la paciencia.
No quiere más rodeos.
Le dice:
“Te conjuro por el Dios viviente: dinos si tú eres el Cristo.”
No es una pregunta teológica. Es una trampa legal.
Jesús responde con claridad:
“Tú lo has dicho.”
Y añade algo más.
Habla del Hijo del Hombre.
Del juicio futuro.
De una autoridad que no depende de templos.
Blasfemia
Caifás rasga sus vestiduras.
Grita: “Blasfemia”.
El veredicto se pronuncia sin deliberación:
“Es reo de muerte.”
No se debate.
No se escucha defensa.
La fe ha dejado de escuchar y ha empezado a atacar.
Cuando la religión se siente amenazada
A partir de ahí, ya no hay formas.
Escupen.
Golpean.
Se burlan.
El que hablaba de amor es humillado en nombre de Dios.
La escena duele porque no es ajena a la historia.
Cada vez que la religión se siente amenazada, corre el riesgo de olvidar al Dios que dice defender.
El espejo
Este juicio no pertenece solo al pasado.
Sigue ocurriendo cada vez que se condena antes de escuchar, cada vez que se protege una estructura en lugar de buscar la verdad, cada vez que se usa a Dios para justificar violencia, exclusión o silencio.
Para detenerse
Jesús no fue condenado por falta de pruebas, sino por exceso de miedo.
Porque escuchar habría implicado cambiar.
Y cambiar era demasiado costoso.
La pregunta queda abierta:
Cuando la fe se siente cuestionada, ¿escucha… o acusa?
Vick
Conversando con una taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com




