Dicen que a la fuerza ni los zapatos entran.
Y con la gratitud pasa algo parecido: no se puede imponer, no se puede fingir, no se puede fabricar por obligación. La gratitud nace… o no nace.
Y justamente por eso vale la pena hablar de ella.
O, más bien, de su ausencia.
Porque si algo nos caracteriza como seres humanos —y también como cristianos— es que somos profundamente olvidadizos. Olvidamos rápido. Sobre todo las cosas difíciles. Las deudas, esas sí las recordamos todos los días. Pero los favores, las misericordias, las veces que Dios nos sostuvo sin que nos diéramos cuenta… esas se nos borran con facilidad.
La Biblia está llena de ejemplos de este olvido constante. El pueblo recordaba el pasado solo para culpar a alguien más, o para idealizarlo, o para escapar de su responsabilidad presente. Y nosotros no somos tan distintos.
Diez sanados, uno agradecido
Quiero que vayamos al Evangelio de Lucas, capítulo 17. Es un pasaje conocido, pero que siempre nos confronta. Jesús iba camino a Jerusalén y pasaba entre Samaria y Galilea. Al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos. Se pararon de lejos y gritaron:
“Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros”.
La lepra, en esos tiempos, no era solo una enfermedad. Era una sentencia social. Los leprosos eran expulsados de la ciudad, vivían aislados y, por ley, debían gritar “¡Inmundo!” cuando alguien se acercaba, para advertir del peligro. Pero estos diez hombres hicieron algo distinto. No gritaron “inmundo”. Gritaron “Jesús, Maestro”. Sabían quién era. Sabían de sus milagros. Sabían que, si había una mínima esperanza, estaba en Él.
Jesús no los tocó. No oró por ellos. No les dijo: “ya están sanos”.
Solo les dijo:
“Id y mostraos a los sacerdotes”.
Para obedecer esa orden, tenían que creer. Porque cuando comenzaron a caminar, todavía estaban enfermos. Sin embargo, fueron. Y mientras iban, fueron limpiados. Aquí aparece el detalle que duele.
Uno de ellos, al darse cuenta de que había sido sanado, volvió. Glorificó a Dios en alta voz, se postró a los pies de Jesús y le dio gracias. Y Lucas se encarga de subrayarlo: era samaritano.
El que regresó fue el despreciado.
El extranjero.
El que no conocía la Ley como los demás.
Los otros nueve —judíos, conocedores de la Escritura— siguieron su camino. Tal vez hicieron lo correcto según la norma. Tal vez llegaron al sacerdote. Pero no regresaron a dar gracias.
Y Jesús hace una pregunta que sigue resonando hoy:
“¿No eran diez los que fueron limpiados? ¿Dónde están los otros nueve?”
La gratitud como memoria espiritual
Ser agradecido no es solo decir “gracias”.
Es recordar.
Por eso el salmista escribe en el Salmo 103:
“Bendice, alma mía, a Jehová… y no olvides ninguno de sus beneficios”.
No olvides.
Solo hoy, abriste los ojos. Respiraste. Caminaste. Tuviste alimento. Tuviste un lugar donde estar. Y quizás ni siquiera lo notaste.
Él perdona nuestras faltas.
Sana nuestras dolencias.
Rescata nuestra vida del hoyo.
Nos corona de misericordia.
Nos da trabajo, sustento, protección.
¿Cuántas veces Dios nos libró de algo que ni siquiera llegamos a ver? Pequeños detalles que pudieron cambiar nuestra historia, pero no lo hicieron porque su mano estuvo ahí.
No olvidar… ni dejar de enseñar
En Deuteronomio 4, Dios es claro:
“Guárdate… para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto… y las enseñarás a tus hijos y a los hijos de tus hijos”.
Olvidar no es inocente.
Olvidar debilita la fe.
Hemos visto milagros. En nuestras congregaciones, en nuestras familias, en personas cercanas. Sanidades, provisión, protección. Y también hemos visto dolor, enfermedad, necesidad. Por eso mismo no podemos permitirnos olvidar.
Más adelante, el mismo pasaje dice:
“Guardaos, no os olvidéis del pacto de Jehová vuestro Dios”.
Dios no se ha olvidado de nosotros.
Nunca lo ha hecho.
Jesús fue claro:
“Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin”.
Una gratitud que se practica
Si somos maestros, debemos prepararnos.
Si servimos, debemos crecer.
Si nuestra familia está bien, demos gracias.
Y si alguien está pasando por un mal momento, no miremos a otro lado: oremos, acompañemos, sostengamos.
La gratitud se cultiva orando, leyendo, estudiando, recordando.
No es un sentimiento pasajero.
Es una disciplina del alma.
Y quizá, en este tiempo de Navidad, más que pedir cosas nuevas, nos toque hacer algo más difícil: recordar todo lo que ya hemos recibido.
Vick
Conversando con una taza de café
-Vick-yoopino
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