Serie: «La Independencia en el Perú: Las Palabras y los Hechos»
—Mira, hermano, pide otro café y que sea cargado, porque hoy nos toca hablar de lo que realmente movía el mundo mientras nuestros abuelos se daban de sables en las pampas de Junín. ¿Te has fijado en la ropa que lleva la gente por la calle en este mes de julio? Esa tela, ese algodón… parece algo cotidiano, ¿verdad? Pero si leemos el ensayo de E.J. Hobsbawm en el libro del IEP, descubrimos que detrás de cada metro de tela que llegaba al puerto del Callao en esa época, había una fuerza invisible y brutal que cambió nuestra historia mucho más que cualquier proclama de libertad: el vapor y el algodón de Manchester.
—Es fascinante y a la vez aterrador. Hobsbawm dice que decir «Revolución Industrial» es, básicamente, decir algodón. Manchester pasó de ser un pueblito a una ciudad monstruosa en unas pocas décadas, llena de chimeneas que escupían carbón negro y fábricas de cinco pisos. Pero lo que a nosotros nos toca de cerca es que esa industria textil no nació para vestir a los ingleses; nació como una industria de exportación colonial. El 90% de lo que fabricaban se iba fuera, y ahí es donde entramos nosotros en el juego.
—Fíjate en la ironía de la historia que plantea el autor. Mientras nosotros celebrábamos que rompíamos las cadenas con España, nos convertíamos en el «salvavidas» de la economía británica. Hobsbawm es muy claro: en la primera mitad del siglo XIX, Latinoamérica fue el mercado que salvó a la industria textil inglesa. Para 1840, el 35% de sus exportaciones venían hacia nuestras tierras. Es decir, mientras los libertadores discutían constituciones, los barcos británicos inundaban nuestras costas con telas baratas que ninguna industria local podía igualar.
—Y aquí viene lo que Hobsbawm llama el impacto invisible. Siempre pensamos en la Revolución Industrial como un gran salto científico, pero él nos dice que fue algo mucho más «primitivo» y práctico. No se necesitaban grandes científicos, sino hombres de negocios con energía y mecánicos hábiles. Fue una revolución basada en ideas simples que ya se conocían hacía siglos, pero aplicadas con una lógica de mercado masivo. El resultado fue que el algodón británico era tan barato que terminó por destruir las artesanías y los obrajes que habían sobrevivido en el interior del Perú durante siglos.
—Esa es la verdadera «conquista» que no vemos en los cuadros de las batallas, amigo. El sistema de fábricas creó una nueva forma de sociedad, el capitalismo industrial, donde la gente pasó de ser artesana o campesina a ser una «mano» o un «operario». Hobsbawm describe la fábrica como un «autómata» donde los seres humanos eran solo órganos mecánicos subordinados al ritmo del vapor. En Inglaterra, esto generó una miseria espantosa; los obreros vivían en condiciones infrahumanas. Pero esa misma miseria era la que permitía que el algodón llegara tan barato a Lima o a Buenos Aires, que nos resultaba imposible no comprarlo.
—Hay un punto que me dejó pensando mucho sobre nuestra «independencia concedida». Bonilla y Matos Mar mencionan que Inglaterra no necesitó un virrey ni una dominación política formal para controlarnos; le bastó con la fuerza propia de su dinámica económica. Y Hobsbawm lo confirma al explicar que el éxito británico no se basó en una superioridad técnica insuperable, sino en el monopolio de los mercados coloniales y subdesarrollados que su marina le aseguraba. Pasamos de depender de los decretos de Madrid a depender de las fluctuaciones del mercado de Manchester y de los préstamos de los bancos de Londres.
—Es una locura si lo piensas. El centro más moderno de explotación —la fábrica de algodón inglesa— dependía y amplió la forma más primitiva de explotación: la esclavitud en las plantaciones de Estados Unidos y las Indias Occidentales para obtener su materia prima. Y nosotros, al abrir nuestros puertos al libre comercio, nos metimos de cabeza en ese engranaje. El libro dice que hacia 1824, cuando se silenciaron las armas en Ayacucho, ya había 20 casas comerciales británicas en Lima y 16 en Arequipa. La dominación económica fue casi automática e inmediata, sin necesidad de disparar un solo cañón británico.
—Por eso este mes de julio, cuando veamos los desfiles, deberíamos reflexionar sobre lo que dice Hobsbawm acerca de la inestabilidad de esa fase inicial del capitalismo. Entre 1780 y 1840, Inglaterra vivió una crisis social y económica profunda; había hambre, revueltas de ludistas que rompían máquinas y cartistas que pedían derechos. Pero ellos resolvieron su crisis expandiéndose hacia nosotros. Nosotros fuimos la válvula de escape de sus tensiones internas.
—Al final, hermano, el vapor y las telas fueron los verdaderos hilos que tejieron nuestra nueva forma de dependencia. Como dicen los autores en la presentación, la estructura colonial social se quedó intacta, pero nuestra economía se acondicionó a las exigencias de la nueva metrópoli inglesa. Cambiamos la plata de Potosí, que ya estaba en decadencia, por la necesidad de importar todo lo que el vapor producía allá lejos.
—¿Me sigues? Porque la próxima vez que hablemos, tenemos que ver cómo esa nueva dependencia se consolidó y por qué, a pesar de tener bandera e himno, nuestra economía siguió siendo tan colonial como en tiempos del Virrey, pero ahora bajo el mando de los caballeros de Londres. Pero por ahora, terminemos este café, que ya se siente el frío de julio y, curiosamente, este saco que llevo puesto probablemente tiene una historia que empieza en una hilandería de Lancashire.
Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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