Episodio 09: Hortensia y el poder: El uso de las personas como objetos de desecho.

Serie: «Café en la Catedral».

Sirve un poco más de azúcar, hermano, que para hablar de Hortensia, «La Musa», y de cómo el poder la devoró hasta no dejar de ella sino un cadáver «tremendista», hace falta endulzar un poco el ánimo. En este Episodio 9, vamos a dejar los pasillos del Palacio de Gobierno y las asambleas de San Marcos para entrar en los dormitorios de San Miguel, donde el destino del Perú se decidía entre sábanas de seda y secretos inconfesables.

Hortensia no es un personaje cualquiera; es la representación de la persona-objeto. En la novela, ella es una mujer que fue prostituta y cantante de cabaret antes de convertirse en la amante oficial de Cayo Bermúdez, el siniestro brazo ejecutor de la dictadura. Bermúdez la colmó de lujos, la instaló en una casa elegante y la convirtió en su «Musa», pero no por amor —Bermúdez no sabe qué es eso—, sino por una necesidad patológica de dominio y exhibición. Para Cayo, Hortensia era un trofeo, una forma de demostrarle a esa burguesía que lo despreciaba que él también podía tener su propia «corte».

Fíjate en la perversión del sistema, amigo. Las fuentes nos dicen que en la casa de Hortensia se organizaban fiestas orgiásticas donde iban ministros, embajadores y empresarios como Don Fermín Zavala. Era el «retrete del poder», como dice el análisis: el lugar donde la élite descargaba sus vicios mientras el país vivía bajo la bota de la represión. Hortensia creía que era poderosa porque se rodeaba de gente importante, pero en realidad no era más que un objeto de desecho. En el momento en que Cayo Bermúdez cae en desgracia y huye del país, Hortensia pasa de ser «la segunda dama del Perú» a ser una paria, una mujer que se hunde en la miseria y el olvido.

Lo trágico —y aquí es donde la trama se vuelve un nudo ciego— es lo que pasa cuando el objeto de desecho intenta rebelarse. Hortensia descubrió el secreto más sucio de la élite: la relación homosexual entre el «gran señor» Don Fermín y su chofer Ambrosio. En su desesperación por recuperar algo de la vida lujosa que perdió, intentó chantajear a Don Fermín. Y ahí es donde el sistema le recordó su lugar: en el Perú de la dictadura, una «Musa» caída no tiene derecho a tener secretos de los de arriba.

La comparación con el Perú de hoy es, para variar, un espejo deformante. ¿Cuántas veces hemos visto hoy a personajes que son usados por «argollas» políticas como herramientas para el trabajo sucio, para el lobby o para ocultar vicios, y que cuando dejan de ser útiles son lanzados a los leones? Hoy no tenemos casas en San Miguel custodiadas por el Servicio de Inteligencia, pero tenemos redes de corrupción donde las personas siguen siendo tratadas como mercancía. Hortensia es la antepasada de todos esos «colaboradores» que creen estar en el círculo del poder y terminan siendo las primeras víctimas cuando el pacto de impunidad necesita un sacrificio para seguir funcionando.

¿Qué pasaría si esto se repitiera hoy? Bueno, ya lo estamos viendo con el uso mediático de la vida privada para destruir reputaciones. Si Hortensia viviera hoy, su chantaje no sería una carta enviada por debajo de la puerta, sino un hilo de Twitter o un audio filtrado. Pero el resultado sería el mismo: el sistema se encargaría de «desecharla» digital o judicialmente. La dictadura de Odría usaba el plomo y el silencio; hoy usamos el algoritmo y la cancelación, pero la lógica de usar a la gente como si fueran Kleenex sigue intacta.

El final de Hortensia es la parte más cruda de la «materia prima» de la novela. Su asesinato a puñaladas es descrito por Vargas Llosa con un tremendismo que te revuelve el estómago: «un hueco en el hueco», dicen los forenses en una escena que Santiago Zavala nunca podrá olvidar. Ese crimen no fue solo una venganza; fue una limpieza social. Ambrosio mató a Hortensia —presuntamente por orden o para proteger a Don Fermín— porque ella ya no era una persona, era una «mancha» que había que borrar para que el honor de la familia burguesa quedara intacto.

Lo más irónico de todo es que, al final, Hortensia termina unida para siempre a la hija de Ambrosio, quien lleva su nombre: Amalita Hortensia. Es la forma en que la novela nos dice que la tragedia de las mujeres en este sistema se hereda como una marca de nacimiento, uniendo la servidumbre y la prostitución en un solo destino.

Así que, hermano, cuando escuches hablar de «lealtad» en la política peruana, acuérdate de la Musa. En este país, la lealtad dura lo que dura la utilidad. Una vez que dejas de servir, pasas de la sala del Palacio al «hueco en el hueco» de la historia.

¿Te pido otro café? Porque en el próximo episodio vamos a hablar de la lealtad de Ambrosio, y de cómo ese chofer decidió hundirse en el fango por un patrón que nunca lo consideró un igual.

¿Te queda aliento o el caso de Hortensia te dejó con el nudo en la garganta?.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Episodio 1: ¿En qué momento se jodió el Perú? (La pregunta que cada generación hereda).

Serie: «Café en la Catedral”

Toma asiento, hermano. Quédate tranquilo, que este café está caliente y la tarde en Lima, como siempre, nos regala ese gris panza de burro que parece sacado de las primeras páginas de la novela. Vamos a hablar de lo que nos convoca: esa pregunta que Santiago Zavala se hace frente a la Avenida Tacna y que, más de cincuenta años después de que Mario Vargas Llosa publicara Conversación en La Catedral en 1969, nos sigue quemando la lengua como este primer sorbo de café: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”.

Fíjate en el cuadro: Santiago, o «Zavalita» para los amigos, tiene treinta años, trabaja en un diario de poca monta como La Crónica y camina con las manos en los bolsillos, cabizbajo, escoltado por una ciudad que parece un esqueleto de avisos luminosos flotando en la neblina. Esa imagen es demoledora porque Zavalita no solo mira la avenida sin amor, sino que se mira a sí mismo y se da cuenta de que él es como el Perú: se había jodido en algún momento. En las fuentes se menciona que la novela es un retrato del desmoronamiento moral y social durante la dictadura de Manuel A. Odría, el famoso «Ochenio». Pero, ¿sabes qué es lo más irónico? Que hoy, en pleno siglo XXI, nos hacemos la misma pregunta desde un celular de alta gama o atrapados en el tráfico de la Vía Expresa,.

Hablemos de ese «momento». En la novela, el Perú se siente como una «sociedad embotellada», un clima de cinismo, apatía y resignación donde la podredumbre moral era la materia prima de la vida diaria. Zavalita, este «héroe degradado», intentó rebelarse ingresando a la Universidad de San Marcos —esa «cueva de resentidos», como diría su padre— y metiéndose en la célula comunista «Cahuide», pero al final terminó convertido en un periodista escéptico que solo quiere que no le molesten mucho. Es la tragedia de la inautenticidad: renunciar a tus ideales porque el sistema es más fuerte que tú,.

La comparación con la realidad actual es, francamente, para reírse por no llorar. En la época de Odría, la corrupción se movía entre decretos leyes y la Ley de Seguridad Interior que ponía fuera de la ley a apristas y comunistas. Hoy no necesitamos una ley así; nos jodemos solitos con una inestabilidad que nos ha dado ocho presidentes en diez años. Si Zavalita viera nuestro Congreso actual, probablemente pensaría que Cayo Bermúdez —ese siniestro brazo ejecutor de Odría basado en el real Alejandro Esparza Zañartu— era un aprendiz de primaria frente a las «argollas» y los intereses que hoy manejan el país bajo la mesa. Antes el miedo era al «rocha-bús» o a terminar en El Frontón; hoy el miedo es a que el país simplemente deje de funcionar mientras los que mandan se reparten la torta, tal como hacían el Buitre y sus secuaces en Chincha.

Lo que Vargas Llosa nos muestra es que el poder corrompe todos los estratos, desde la élite hasta los más humildes. En la novela, el Perú se «jode» cuando permite que la corrupción política y moral coarte la libertad para dibujar un destino propio. Zavalita se siente jodido porque no fue capaz de arriesgarse por lo que amaba —como su camarada Aída— y prefirió el refugio de una vida gris. ¿No nos pasa lo mismo hoy? Somos un país que vive en el escepticismo, donde la pregunta de Zavalita ya no es una búsqueda de respuesta, sino un suspiro de derrota,.

¿Qué pasaría si se repitiera? Si mañana despertáramos en 1948 con un nuevo golpe militar, la única diferencia sería tecnológica. En lugar de la «Policía Secreta» de Esparza Zañartu operando en las sombras de Lima, tendríamos servicios de inteligencia monitoreando nuestras redes sociales y bots atacando a cualquier «Zavalita» que se atreviera a cuestionar el orden. Si el Ochenio regresara, veríamos de nuevo esa bonanza económica artificial —como la que hubo por la Guerra de Corea— que sirve para tapar la falta de libertades con obras públicas monumentales. Veríamos otra vez pactos como el de Monterrico, donde los que salen se aseguran de que los que entran no investiguen sus delitos.

La mala noticia, amigo, es que el Perú no se jodió en un solo momento épico y lejano. Se jode cada vez que aceptamos que «el poder da lo que a otros la cama», como dice la novela, o que la única forma de hacer negocios es mediante la corrupción. Zavalita es el espejo de nuestra clase media: culta pero paralizada, consciente de la mugre pero con miedo de ensuciarse las manos para limpiarla.

Santiago Zavala termina su conversación con Ambrosio en ese bar de mala muerte con más dudas que antes. Al final, lo único cierto es el fracaso que los acompaña a ambos. Y nosotros, aquí sentados, nos damos cuenta de que la pregunta «¿En qué momento se había jodido el Perú?» sigue vigente porque el Perú no es un lugar, sino una circunstancia que se repite en bucle. Es una «enfermedad nacional» hecha de resentimientos y complejos sociales que infestan todos los estratos.

Pero bueno, no dejemos que se nos enfríe el café del todo. En el próximo episodio, te contaré sobre ese encuentro en la perrera, donde el olor a perro muerto se mezcla con el olor a derrota de un hijo que se encuentra con el fantasma de su padre en el rostro de un chofer envejecido.

¿Te pido otro café o ya sientes que te estás «jodiendo» un poco tú también?.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
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