Episodio 12: La «limpieza» social: De los perros callejeros a la estigmatización del otro.

Serie: «Café en la Catedral«

Tómate un respiro, hermano, y deja que este café asiente un poco, porque este Episodio 12 nos lleva a las zonas más pantanosas de la novela: la «limpieza» social. Vamos a hablar de cómo el sistema intenta esconder su propia podredumbre eliminando aquello que le estorba, ya sean perros callejeros o seres humanos considerados «desechables», como si el jabón de La Tina pudiera realmente lavar la sangre de las manos del poder.

Para entender este episodio de nuestra charla, hay que volver al punto de partida de la novela: la perrera municipal cerca del río Rímac. Fíjate en la imagen que nos da Vargas Llosa: un canchón rodeado de un muro ruin de adobes «color caca» que Santiago identifica como el color de Lima y del Perú entero. Es ahí donde Santiago Zavala se encuentra con un Ambrosio envejecido y embrutecido que se gana la vida matando perros a palos. Lo que parece una labor sanitaria de rutina es, en realidad, la alegoría más cruda de la represión en el Perú.

Lo irónico y doloroso, como te comenté antes, es que Ambrosio está matando esos perros como consecuencia directa de una campaña periodística en la que Santiago participó escribiendo editoriales contra la rabia. Es el retrato perfecto de la complicidad del intelectual con el brazo ejecutor: el de arriba da la orden higiénica desde su escritorio y el de abajo se ensucia las manos con la sangre y los aullidos. En la novela, esta «limpieza» animal es solo el preludio de una limpieza mucho más profunda y sistemática: la de los opositores políticos.

Durante el Ochenio de Odría, la «limpieza» social se llamó Ley de Seguridad Interior. Bajo el pretexto de poner «orden» y asegurar el «progreso», el régimen se dedicó a limpiar el país de lo que llamaban «pillos»: apristas y comunistas. El instrumento para esta higiene política era Cayo Bermúdez, quien montó una red de delatores en universidades y sindicatos para que nadie «sacara los pies del plato». Si no encajabas en el orden del General, el sistema te «limpiaba» enviándote al destierro o al calabozo de la cárcel «La Cuarenta», donde el olor a excremento y orines te recordaba que, para el Estado, ya no eras un ciudadano, sino un desperdicio.

La comparación con el Perú de hoy es para que se nos caiga la taza de la mano, hermano. ¿No te suena familiar ese afán de «limpieza»? Hoy ya no tenemos campañas contra perros rabiosos con la misma saña, pero tenemos una sociedad que busca «limpiar» las calles de vendedores ambulantes, de inmigrantes o de manifestantes, tratándolos con el mismo desprecio con el que Ambrosio trataba a los perros en el canchón. En nuestra política actual, el «terruqueo» es la versión moderna de la Ley de Seguridad Interior: una etiqueta que sirve para deshumanizar al otro y justificar cualquier atropello en nombre de la «limpieza» de la democracia. Seguimos siendo un país que prefiere esconder la basura debajo de la alfombra —o enviarla a los márgenes de la ciudad— antes que enfrentar las causas de nuestra propia rabia social.

¿Qué pasaría si esto se repitiera hoy? Bueno, amigo, es que nunca dejó de pasar, solo se ha vuelto más sofisticado. Si despertáramos hoy en un régimen calcado al de Odría, la «limpieza» social ya no necesitaría solo del «rocha-bús» o de los golpes en la perrera. Tendríamos algoritmos «limpiando» nuestras redes sociales de disidencias y una justicia que, bajo el mando de nuevos «esbirros de Cayo Bermúdez», usaría la burocracia para asfixiar a cualquiera que estorbe los negocios de la élite. Sería una «limpieza» higiénica, digital y silenciosa, pero con el mismo resultado: convertir al ciudadano en un paria que, como Zavalita, siente que nadie vendrá a sacarlo nunca de la perrera.

Lo más triste de este concepto de «limpieza» en la novela es que también se aplica a las personas más cercanas. Don Fermín —el «gran señor»— trata de «limpiar» su reputación y su doble vida a costa de Ambrosio, convirtiéndolo en su matón y su secreto. El poder en el Perú, nos dice Vargas Llosa, funciona como un sistema de alcantarillado moral: los de arriba descargan sus desperdicios en los de abajo. El asesinato de Hortensia, «La Musa», fue la «limpieza» definitiva de una mancha que amenazaba el honor de una familia burguesa.

Al final de este episodio, nos damos cuenta de que el Perú se ha pasado décadas intentando «limpiarse» de su diversidad, de su informalidad y de sus contradicciones, tratándolas como una enfermedad que hay que erradicar. Pero, como bien sabe Santiago frente a la Avenida Tacna, la mancha no está afuera, sino en la mirada de quien cree que puede joder a los demás para mantenerse puro. La «limpieza» social en nuestra historia ha sido, la mayoría de las veces, solo una forma elegante de llamar a la exclusión y al desprecio por el otro.

Sirve un poco más de azúcar, hermano, que este tema de la perrera siempre me deja un regusto amargo en la garganta. En el próximo episodio, te voy a contar sobre el bar ‘La Catedral’, ese lugar donde los secretos se ahogan en alcohol y donde Santiago y Ambrosio intentaron, inútilmente, lavar sus conciencias con cerveza barata.

¿Te queda aliento para otro sorbo o ya sientes que el «olor a derrota» de la perrera te está mareando?.

Vick
Conversando con una Taza de Café
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