Un amigo mío, el doctor Perico de los Palotes, que trabaja en la muy respetable Universidad Teológica de San “Marcos”, tuvo la gentileza —o quizás la maldad— de mostrarme algunos exámenes rendidos por los futuros pastores, apóstoles, profetas y demás iluminados que aspiran a dirigir espiritualmente a este sufrido país.
Y debo confesar algo:
Después de leerlos, comprendí por qué el Apocalipsis empieza con trompetas.
Ahora los exámenes son modernos. Todo electrónico. Todo reducido a marcar “Sí” o “No”, como si el conocimiento humano fuese una apuesta entre cara o sello. El postulante ya no necesita pensar demasiado; solamente debe adivinar correctamente antes de que la computadora decida si es un futuro ministro… o vendedor de raspadilla y tacos de moronga.
Aunque, siendo sinceros, todavía existen especímenes irrepetibles.
Uno de los exámenes preguntaba:
—¿El concepto “Sí” constituye una idea afirmativa?
Responda: Sí o No.
Y un muchacho respondió:
—No.
Incurable.
Pero los verdaderos tiempos gloriosos fueron los antiguos, cuando los exámenes eran orales y cada postulante tenía libertad absoluta para demostrar hasta dónde podía llegar la ignorancia humana sin necesidad de ayuda tecnológica.
Allí aparecían las auténticas leyendas. Cuentan que un profesor de Historia estuvo varios días sin dormir después de escuchar a un postulante afirmar con absoluta seguridad que Julio César había sido asesinado… “por estúpido”.
—¿Y Bruto? —preguntó el profesor, ya temblando.
—También —respondió el animalito.
La ignorancia de aquellos años era más pura, más honesta. Hoy los brutos se esconden detrás de términos modernos, gráficos de colores y palabras como “liderazgo ministerial”. Antes no. Antes el burro rebuznaba de frente y sin vergüenza académica.
Quizás por eso mi generación salió perjudicada. Nos llenaron la cabeza de literatura, filosofía, historia y valores humanos, cuando debieron enseñarnos algo verdaderamente útil, como vender emoliente, preparar hot dogs o administrar una pollería evangélica con visión apostólica y revelación financiera.
Pero ya es tarde. Nos desasnaron demasiado. Y ahora nos toca sufrir viendo cómo ciertos iluminados llegan a las universidades teológicas empujados no por talento, sino por recomendaciones familiares capaces de resucitar hasta un diploma.
Todavía resuena en los pasillos de San “Marcos” aquella legendaria escena del examen oral:
—A ver, alumno Imbecilio Brutález… dígame, ¿qué sabe sobre los catorce Incas del Imperio?
El muchacho pensó unos segundos y respondió muy seguro:
—Que fueron ocho, doctor.
Cuentan que tuvieron que sostener al jurado entre varios porteros para evitar que estrangularan al postulante con el cable del micrófono. Al profesor más anciano hubo que darle agua de azahar porque casi entrega el alma allí mismo.
Pero el caso más memorable fue el de cierto postulante recomendado por dos ministros, un apóstol, un profeta y medio directorio eclesiástico. El muchacho era tan intelectualmente hermético que parecía haber sido ensamblado sin materia gris.
Lo tuvieron cuatro horas sentado esperando una respuesta remotamente emparentada con la inteligencia.
Nada. Ni una chispa. Ni siquiera humo.
Finalmente, el presidente del jurado se puso de pie lentamente y habló con la solemnidad de quien sabe que está firmando su sentencia laboral:
—Señores… soy padre de familia. Tengo mujer, seis hijos y me faltan pocos años para jubilarme. Sé perfectamente que si no apruebo a este postulante mañana mismo me botan de la Universidad Teológica, porque su padre es presbítero, su tío es ministro, profeta, evangelista y hasta dueño del estacionamiento de la iglesia…
Hizo una pausa. Respiró profundamente. Y luego golpeó la mesa.
—¡Pero señores… yo no puedo aprobar a este animal! ¡Es la bestia más bestia que he visto en veintidós años enseñando en San “Marcos”! ¡Que me boten si quieren, pero este engendro no entra… y no entra! ¡He dicho!
La sala quedó en silencio. Algunos lloraron. Otros aplaudieron. Y varios comenzaron discretamente a buscar trabajo.
Al día siguiente, efectivamente, expulsaron al profesor.
Pero respecto al postulante… el hombre se equivocó.
Porque el resto del jurado sí aprobó su ingreso por mayoría de votos.
Y, siendo justos, hicieron bien.
Hoy aquel muchacho es un distinguido ministro que anda por el mundo predicando prosperidad, pidiendo diezmos y hablando de revelaciones divinas cada domingo desde un púlpito cualquiera.
¡Qué país!
Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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