Serie: ”Café en la Catedral»
Toma asiento, hermano, y pide un café bien cargado, porque hoy nos toca entrar al corazón mismo de la novela, a ese lugar que le da nombre y que es, en buena cuenta, el resumen de todas nuestras derrotas: el bar ‘La Catedral’. Si en los episodios anteriores hemos rastreado la mugre de la perrera y los pasillos siniestros del poder, aquí es donde todo se decanta, donde el tiempo se detiene y se estira en una conversación de cuatro horas que intenta, inútilmente, responder por qué este país se nos deshace entre las manos.
Imagina el sitio, que Vargas Llosa nos lo pinta con una crudeza que casi puedes oler: un bar de mala reputación, sucio y apestoso, ubicado cerca del río Rímac, en esa zona gris del centro de Lima. No busques aquí la elegancia del Club Nacional donde Don Fermín tomaba su whisky; La Catedral es un canchón con techo de calamina, mesas toscas y una «muchedumbre voraz» que se apiña para beber cerveza barata. Es lo que Ambrosio llama con sencillez «uno de pobres», pero para Santiago Zavala es mucho más: es el escenario de su «descenso a los infiernos» para buscar la verdad sobre su padre y sobre el asesinato de La Musa.
Lo primero que salta a la vista es la ironía del nombre, hermano. Llamar «Catedral» a un bar de mala muerte con «suelo chancroso» es la metáfora perfecta de lo que ha sido la historia peruana: pomposa en las etiquetas, pero ruinosa en la práctica. En las fuentes se nos dice que este lugar funciona como una sinécdoque de la perrera o de la cárcel; es un espacio desacralizado donde el «corpulento río de olores» a tabaco, piel humana y restos de comida se mezcla con lo que Santiago identifica como el «olor de la derrota». Ese es nuestro aroma nacional, ¿no te parece?.
Hablemos de la conversación, que es el eje narrativo de todo el libro. Santiago y Ambrosio se sientan ahí no para disfrutar, sino para desenterrar recuerdos y secretos familiares que han marcado al Perú. Santiago, este héroe degradado que busca desesperadamente una «purificación» que nunca llega, intenta sacarle la verdad al viejo chofer. Pero fíjate en el contraste: mientras Zavalita busca la pureza de la verdad, Ambrosio —el «no-sujeto» animalizado por el sistema— prefiere eludir el pasado, mentir o callar para proteger la imagen de ese «gran señor» que fue Don Fermín. Es un diálogo de sordos donde la incomunicación aparece como una barrera insuperable, tal como nos pasa hoy cuando intentamos hablar de política en cualquier mesa.
La comparación con el Perú actual es para reírse por no llorar, porque hoy nuestras «Catedrales» han mutado, pero la dinámica es la misma. Ya no necesitamos ir a un bar de Alfonso Ugarte para ahogarnos en el pesimismo; ahora nuestras Catedrales son las redes sociales o los grupos de WhatsApp donde la verdad se fragmenta en mil pedazos y nadie cree en nada. Si Santiago Zavala se preguntaba en qué momento se jodió el Perú mirando el gris de la Avenida Tacna, hoy nos hacemos la misma pregunta mientras scrolleamos un hilo de Twitter sobre el último escándalo de corrupción del Congreso.
Lo irónico es que seguimos atrapados en esa «sociedad embotellada» que describe la fuente. El bar La Catedral era el refugio de los que no tenían voz, pero también el lugar donde se confirmaba que «no hay solución». Hoy, nuestras instituciones parecen ese mismo bar: techos de calamina moral que dejan filtrar la lluvia de la impunidad mientras los Cayos Bermúdez modernos —esos asesores en la sombra que nunca se han ido— siguen manejando el archivo de nuestras debilidades. Seguimos siendo un país de «vivos y tontos», donde la «viveza criolla» es la única ley que no necesita ser aprobada por el pleno.
¿Qué pasaría si se repitiera hoy una conversación así? Bueno, hermano, ya está pasando. En cada café o bar donde un joven profesional desencantado se sienta con alguien que «estuvo ahí» en los años de los grandes escándalos (ya sea el Ochenio, los 90 o los últimos cinco años), se repite el mismo drama: la búsqueda de un culpable para nuestra propia frustración. Si despertáramos otra vez en 1950, en ese bar, la única diferencia es que Santiago tendría un podcast y Ambrosio se negaría a declarar alegando que es un «perseguido político», tal como hacen hoy todos los que caen en desgracia.
La Catedral es, en última instancia, el símbolo de la «institucionalización de la traición». En ese bar, Santiago comprende que no puede escapar de la sombra de su padre ni del sistema de «argollas» que tanto desprecia. Se da cuenta de que él también está «jodido», atrapado en una perrera de la que nadie vendrá a sacarlo. ¿No nos sentimos todos un poco así hoy? Atrapados en una conversación circular donde los nombres de los presidentes cambian pero el «tufo» a corrupción sigue siendo el mismo aire macizo que respiramos.
Santiago termina su charla en La Catedral con la certeza de que el Perú es una enfermedad nacional hecha de resentimientos y complejos. Y nosotros, aquí sentados con este último sorbo de café, nos damos cuenta de que el bar sigue abierto. No es un lugar físico, es un estado mental donde el optimismo es visto como una «huachafería» y el cinismo es nuestra única defensa. Al final, hermano, como dice la novela, a ti nadie vendrá a sacarte nunca de la perrera, Zavalita; y a nosotros, parece que nadie vendrá a sacarnos nunca de esta Catedral de mentiras.
Pero bueno, no te me pongas melancólico, que todavía nos quedan un par de rondas más para terminar este repaso. En el próximo episodio vamos a hablar de la tragedia de los padres e hijos, de por qué el intento de Santiago de no parecerse al viejo terminó convirtiéndolo en su sombra más patética.
¿Pedimos la cuenta o te animas a otro cafecito para pasar el trago amargo de La Catedral?.
Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

