Episodio 3: Odría y el Ochenio: Cómo las dictaduras nos venden «orden» a cambio de libertad.

Serie: «Café en la Catedral».

Pide otra ronda de café, hermano, porque entrar en el Episodio 3: Odría y el Ochenio es como meterse en el corazón de las tinieblas de nuestra historia republicana. Si ya hablamos de la pregunta de Zavalita y del encuentro en la perrera, ahora toca hablar del «aire» que respiraban esos personajes: esa mezcla de asfalto fresco de las obras públicas y el olor a rancio de los calabozos.

Fíjate en lo curioso: Manuel A. Odría, el Generalísimo, es el «Destinador» de toda la tragedia en la novela, pero Mario Vargas Llosa lo mantiene como una sombra. Aparece solo una vez físicamente, pero su presencia es omnímoda; es como un dios padre autoritario que no necesita estar en la sala para que todos en la casa caminen de puntitas por miedo a que se despierte de mal humor. Ese periodo, que va de 1948 a 1956, es lo que llamamos el Ochenio, y en la novela es la «materia prima» de la podredumbre moral que Santiago Zavala tanto desprecia.

Hablemos de cómo empezó todo, porque la historia se repite como un disco rayado en este país. Odría dio el golpe en 1948 contra Bustamante y Rivero bajo la excusa de «salvar a la democracia» y «restablecer el imperio de la Constitución». ¿Te suena familiar? Es la clásica movida peruana: romper la mesa para decir que la vas a arreglar. Detrás de él no solo estaban los tanques, sino la Alianza Nacional, la oligarquía de exportadores que quería orden para hacer sus negocios sin que los apristas o los comunistas les «malograran el almuerzo». En la novela, el padre de Santiago, Don Fermín, representa perfectamente a esa élite que se arrima al dictador por intereses económicos, buscando contratos de carreteras o productos farmacéuticos.

Lo más irónico del Ochenio fue la famosa «bajada al llano» de 1950. Como la Constitución prohibía que el presidente en funciones postulara, Odría renunció tres meses antes, dejó a un general de confianza cuidando el asiento y se lanzó como candidato único. ¡Candidato único! Metió preso al rival, el general Montagne, lo acusó de conspirar con el APRA y listo: ganó con una cédula que solo tenía su nombre. Es el arte peruano de la «sacada de vuelta» a la ley, algo que hoy vemos en el Congreso cada vez que interpretan la Constitución como si fuera un manual de instrucciones de un mueble barato.

Pero, ¿por qué la gente lo quería? Aquí entra el lema de Odría: «Hechos y no palabras». Gracias a la Guerra de Corea, las exportaciones peruanas subieron como espuma y entró plata como cancha. Odría llenó Lima de cemento: el Estadio Nacional, las Grandes Unidades Escolares, el Hospital del Empleado (hoy el Rebagliati). Fue un populismo astuto, muy parecido al de Perón en Argentina, donde incluso su esposa, María Delgado, jugaba un papel asistencialista con los más pobres.

Aquí viene la comparación ácida con el Perú de hoy. Seguimos siendo el país que perdona la corrupción si ve «obras». Hoy no tenemos un Ochenio, pero tenemos una clase política que intenta vendernos la misma idea: «no importa que el sistema esté podrido, mira este puente o este bono». En la novela, ese cemento servía para tapar la boca de la gente. Mientras Odría inauguraba colegios, en las calles patrullaba el «rocha-bús» (el carro rompe-manifestaciones bautizado por el ministro Temístocles Rocha) y la Ley de Seguridad Interior suspendía todas las garantías individuales. Si eras aprista o comunista, tu destino era El Frontón o el destierro.

En el libro, esta atmósfera crea lo que Vargas Llosa llama una «sociedad embotellada». La gente se volvió cínica, apática. Los intelectuales como Zavalita se sentían asfixiados porque sabían que el «progreso» era una farsa moral. Mientras la economía brillaba, los lazos humanos se corrompían. Cayo Bermúdez —la mano derecha de Odría basada en el real Alejandro Esparza Zañartu— era el encargado de meter las manos en la basura para que el General siguiera pareciendo un abuelito bonachón.

¿Qué pasaría si se repitiera hoy? Bueno, ya vivimos en una especie de «Ochenio fragmentado». Tenemos la corrupción generalizada, pero sin el liderazgo fuerte ni el Estadio Nacional nuevo para compensar. Si un Odría despertara hoy, no necesitaría la Ley de Seguridad Interior; le bastaría con un ejército de trolls en redes sociales y un par de decretos legislativos para declarar «terrorista» a cualquiera que le estorbe el negocio. El «Pacto de Monterrico» que Odría hizo con su sucesor para que no investigaran sus delitos sigue siendo el manual de funciones de nuestra clase política actual: «tú no me tocas, yo no te toco y todos nos vamos felices con la plata de las obras públicas».

Lo trágico de este episodio de nuestra historia, tanto en el libro como en la realidad, es que nos acostumbró a la idea de que la libertad es un lujo y el orden es una imposición militar. Santiago Zavala odiaba a Odría no solo por la represión, sino porque el dictador le robó la autenticidad a su generación. Los convirtió en seres inauténticos que tenían que vivir una doble vida, como su propio padre Don Fermín.

Así que, hermano, la próxima vez que pases por el Hospital Rebagliati, míralo bien. Es un monumento al Ochenio: sólido por fuera, pero construido sobre los escombros de la moral de un país que aprendió a «joderse» aceptando el pan a cambio del silencio.

¿Vamos por el cuarto café? En el próximo episodio te voy a hablar de Cayo Bermúdez, el tipo que de verdad hacía el trabajo sucio, el «Siniestro» que nos enseñó que en el Perú, a veces, la sombra es más poderosa que el que lleva la banda presidencial.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com