Serie: ”El Púlpito no es el Techo»
El camarero nos deja las tazas con un asentimiento silencioso. El café de hoy tiene un aroma terroso, denso, perfecto para acompañar el peso de lo que estuve anotando en mis cuadernos anoche. Dale un sorbo largo y mira esto conmigo, porque hoy tenemos que hablar de una de las trampas más sutiles y peligrosas en las que caemos cuando abrimos la Biblia: el analfabetismo espiritual funcional.
Seguro has escuchado ese término en el mundo de la educación. Se refiere a la persona que sabe leer perfectamente las palabras, puede pronunciarlas en voz alta y conoce las letras, pero al terminar el párrafo, es incapaz de explicar el significado profundo de lo que acaba de leer. Lamentablemente, nuestras iglesias están llenas de creyentes que sufren de esto en su vida espiritual. Leen los capítulos, repiten los versículos de memoria en los cultos, pero su discernimiento es tan plano que solo repiten la interpretación automática que escucharon el domingo desde la plataforma.
Si caminamos por los Evangelios, hay un momento fascinante en Mateo 22:29 donde Jesús se enfrenta a los saduceos, un grupo religioso sumamente educado que pasaba la vida entera memorizando y transcribiendo los textos sagrados. Jesús los mira a los ojos y les suelta una frase durísima: «Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios».
Y si avanzamos un poco más hacia el libro de Hechos 8:30, encontramos al evangelista Felipe acercándose al carruaje de un alto funcionario etíope que venía leyendo al profeta Isaías en el desierto. Felipe se para al lado, lo escucha leer en voz alta y le lanza una pregunta directa al corazón: «Pero ¿entiendes lo que lees?».
Al detenernos a explicar estos pasajes, la lección nos sacude. Fíjate que Jesús no acusa a los religiosos de no leer la Biblia. Ellos la leían todos los días. Sin embargo, estaban «errando e ignorando» el texto real porque lo leían a través del filtro de sus propios dogmas, de sus tradiciones humanas y de la interpretación prefabricada que su círculo teológico validaba. Leían la letra, pero ignoraban el Espíritu de la Escritura.
Por otro lado, la escena del etíope en Hechos nos demuestra que tener el texto en las manos y tener la disposición de leer no es suficiente si no hay un ejercicio consciente de comprensión profunda. La pregunta de Felipe, «¿entiendes lo que lees?», apela directamente a la necesidad de no quedarse en la superficie de la lectura mecánica.
Si discernimos el fondo de esto, entendemos por qué el discernimiento en las bancas es tan pobre hoy en día. Nos hemos vuelto analfabetos funcionales porque cuando abrimos la Biblia en casa, no estamos buscando que el Espíritu de Dios nos confronte directamente a través del texto; estamos buscando los versículos que justifiquen lo que el pastor ya nos dijo desde el púlpito. Si el pastor usó un versículo fuera de contexto para exigir obediencia ciega, el hermano va a su casa, lee ese mismo versículo y, en lugar de analizar el contexto histórico, literario y teológico de la carta, simplemente asiente con la cabeza y dice: «Es verdad, el ungido tiene razón”.
Dejamos de rumiar la Palabra por nuestra cuenta. Rumiar implica masticar despacio, dudar con respeto, hacerle preguntas al texto: ¿A quién le estaba escribiendo el autor? ¿Por qué usó esa palabra? ¿Qué significaba esto en el siglo primero?Cuando eliminamos ese proceso por miedo a contradecir la versión oficial de la iglesia, atrofiamos nuestra musculatura espiritual. Nos convertimos en loros teológicos que repiten frases hechas, incapaces de sostener una verdad bíblica si no tenemos al líder al lado que nos diga qué pensar.
El Espíritu Santo no inspiró la Biblia para que sea un libro de consignas o un manual de obediencia corporativa. La inspiró para que sea un espejo vivo donde cada creyente, de forma individual, pueda examinar su alma y conocer el carácter de Dios directamente de la fuente, sin intermediarios que le mastiquen la comida espiritual.
Por eso estamos teniendo esta charla. El incentivo para leer no debe ser cumplir con un plan de lectura anual para rellenar una casilla de control eclesiástico. El verdadero incentivo es recuperar tu autonomía espiritual. Es sentarte en tu mesa, abrir el libro y tener la valentía de decirle a Dios: «Háblame tú, directamente a mí, y dame el discernimiento para entender tu diseño original por encima de cualquier voz humana».
Termina tu taza antes de que se enfríe del todo. En nuestro próximo encuentro quiero que nos metamos con el obstáculo más grande que nos impide hacer esto: el precio de evitar el conflicto. Vamos a analizar por qué preferimos la comodidad de asentir a todo en silencio antes que asumir el esfuerzo y el supuesto «riesgo espiritual» de estudiar la Palabra por nosotros mismos.
Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
–MiVivencia.com

