El trono que nunca queda vacío: cuando dejamos de buscar a Dios y empezamos a buscarnos a nosotros mismos

Qué alegría que podamos sentarnos un momento a conversar con una buena taza de café entre las manos. En medio del ruido de la vida, de las noticias, de las obligaciones y de las preocupaciones diarias, a veces olvidamos algo tan sencillo como detenernos a reflexionar. Nos movemos de una actividad a otra, de una preocupación a la siguiente, sin preguntarnos realmente hacia dónde vamos ni, mucho menos, ante quién estamos viviendo.

Mientras pensaba en todo esto, una idea comenzó a dar vueltas en mi cabeza: muchas veces decimos que buscamos a Dios, pero en realidad lo que buscamos es una versión de Dios adaptada a nuestras preferencias. Queremos un dios que nos tranquilice, que nos bendiga, que respalde nuestros planes y que, sobre todo, no nos contradiga demasiado. Un dios que nos haga sentir cómodos, pero no necesariamente el Dios que encontramos en las páginas de la Biblia.

Cuando los tronos humanos se tambalean

Para entender esta diferencia, vale la pena regresar por un momento al relato de Isaías. El profeta comienza diciendo: “En el año que murió el rey Uzías”. Puede parecer un simple dato histórico, pero detrás de esa frase hay una nación entera enfrentando incertidumbre. Uzías había sido un rey importante, alguien que representaba estabilidad y seguridad para el pueblo. Su muerte dejó un vacío y, como suele ocurrir cuando desaparecen las figuras en las que hemos depositado nuestra confianza, surgieron el temor y la incertidumbre.

No es muy distinto a lo que vivimos hoy. Cambian los gobiernos, caen instituciones, fracasan proyectos y desaparecen personas en las que habíamos depositado nuestras esperanzas. Entonces llegan las preguntas, los temores y la sensación de que todo está fuera de control. Pero justo en ese momento crítico, Isaías recibe una visión extraordinaria.

“Vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime”. Mientras el rey terrenal había muerto, el Rey celestial seguía reinando. Y esa es una verdad que muchas veces olvidamos. Nos desgastamos discutiendo sobre política, ideologías, líderes o acontecimientos mundiales, como si el futuro dependiera exclusivamente de ellos. Sin embargo, la visión de Isaías nos recuerda que, por encima de todos los tronos humanos, existe uno que jamás ha quedado vacío.

La pregunta es inevitable: ¿en qué trono hemos colocado nuestra confianza?

El dios que cumple deseos

Vivimos en una cultura obsesionada con el bienestar personal. Todo gira alrededor de nuestros deseos, nuestras necesidades y nuestras expectativas. Queremos resultados inmediatos, respuestas rápidas y soluciones cómodas. Lo preocupante es que esa mentalidad también ha entrado en nuestra vida espiritual.

Poco a poco hemos transformado a Dios en una especie de asistente celestial encargado de resolver nuestros problemas. Nos acercamos a Él con largas listas de peticiones, esperando que apruebe nuestros planes y bendiga nuestras decisiones. Y aunque pedir no tiene nada de malo, muchas veces nuestras oraciones terminan pareciéndose más a una lista de compras que a una conversación con el Creador del universo.

Nos cuesta aceptar que Dios pueda responder “no”. Nos incomoda pensar que Su voluntad pueda ser diferente de la nuestra. Por eso solemos decir: “si es tu voluntad”, aunque en el fondo esperamos exactamente lo contrario.

Queremos un Dios que sea amor, pero no santidad. Queremos gracia, pero sin corrección. Queremos bendición, pero sin transformación. Y así terminamos construyendo una imagen de Dios más parecida a nuestros deseos que a la realidad que revelan las Escrituras.

La santidad que nos hace pequeños

La visión de Isaías destruye por completo esa imagen cómoda y domesticada de Dios. Cuando el profeta contempla al Señor, no encuentra una figura diseñada para satisfacer necesidades humanas. Encuentra a un Dios tan glorioso que las faldas de Su manto llenan el templo. Encuentra una santidad tan inmensa que incluso los serafines cubren sus rostros y sus pies delante de Él.

Es una escena impresionante. Estos seres celestiales repiten constantemente: “Santo, santo, santo es Jehová de los ejércitos”. No dicen “amor, amor, amor” ni “poder, poder, poder”. Aunque Dios es amoroso y poderoso, la característica que sobresale en esta visión es Su santidad.

Y aquí aparece una reflexión importante. Cuando pronunciamos palabras como “Padre nuestro, santificado sea tu nombre”, ¿realmente entendemos lo que estamos diciendo? ¿Somos conscientes de la grandeza de Aquel a quien nos dirigimos? A veces hablamos de Dios con una familiaridad tan exagerada que terminamos perdiendo de vista quién es realmente. Utilizamos frases como “Dios me dijo” o “el Señor me mostró” con una ligereza que habría sorprendido profundamente a los profetas.

Cuando Dios habló en la visión de Isaías, los cimientos del templo se estremecieron. Nosotros, en cambio, a veces utilizamos Su nombre para respaldar opiniones personales, proyectos propios o simples ocurrencias.

El momento del “¡Ay de mí!”

Lo más interesante es que Isaías no reacciona con euforia. No empieza a celebrar ni a presumir que ha tenido una experiencia espiritual extraordinaria. Su reacción es exactamente la contraria.

“¡Ay de mí, que soy muerto!”

Al contemplar la santidad de Dios, Isaías ve por primera vez con claridad su propia condición. La luz divina ilumina aquello que normalmente permanece oculto. El problema ya no son los errores de los demás ni las fallas de la sociedad. El problema está en él mismo. Y quizá aquí encontramos una de las diferencias más grandes entre la espiritualidad moderna y la experiencia bíblica. Hoy queremos acercarnos a Dios para sentirnos mejor. Isaías se acercó a Dios y terminó reconociendo cuán necesitado estaba.

La verdadera experiencia espiritual no comienza cuando descubrimos lo buenos que somos, sino cuando comprendemos cuánto necesitamos la gracia de Dios.

El carbón encendido

Pero la historia no termina con la culpa. Uno de los serafines toma un carbón encendido del altar y toca los labios del profeta.

“He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado”.

Qué imagen tan poderosa. Isaías no puede limpiarse a sí mismo. La purificación viene de Dios. Y para nosotros, ese carbón encendido encuentra su cumplimiento definitivo en la cruz de Cristo. Allí fue resuelto el problema que ninguno de nosotros podía resolver por sus propios medios. No nos acercamos a Dios porque seamos dignos. Nos acercamos porque hemos sido limpiados por Su gracia.

Ese es el corazón del evangelio.

El propósito del perdón

Sin embargo, hay algo que solemos olvidar. Dios no perdona simplemente para que nos sintamos bien. Después de la limpieza viene el llamado.

“¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?”

Y entonces Isaías responde: “Heme aquí, envíame a mí”. Esa es la consecuencia natural de haber entendido la gracia. Quien ha sido perdonado comprende que su vida ya no gira exclusivamente alrededor de sí mismo.

No fuimos salvados para vivir persiguiendo comodidad, prosperidad o reconocimiento espiritual. Fuimos salvados para servir, para representar a Cristo y para llevar Su verdad a un mundo que la necesita desesperadamente.

Y muchas veces esa verdad no será popular. El mensaje que recibió Isaías no era un discurso motivacional diseñado para agradar a las multitudes. Era un mensaje de confrontación, de arrepentimiento y de regreso a Dios. A veces olvidamos que la misión del creyente no es entretener, sino anunciar la verdad.

Mientras el café se termina

Y ahora que esta conversación llega a su fin, quiero dejarte algunas preguntas para acompañar los últimos sorbos de tu café. Cuando oras, ¿buscas realmente la voluntad de Dios o solo esperas que Dios confirme la tuya? Cuando el mundo parece tambalearse, ¿te domina la ansiedad o recuerdas que el Señor sigue sentado en Su trono?

¿Has tenido alguna vez tu propio momento de “¡Ay de mí!”, ese instante en que reconociste cuánto necesitabas la gracia de Dios?

Y, finalmente, ¿estás dispuesto a responder como Isaías: “Heme aquí, envíame a mí”?

Vivimos en una época donde abundan las opiniones, los expertos y las promesas fáciles. Pero cuanto más contemplo la visión de Isaías, más convencido estoy de que nuestra necesidad más profunda no es sentirnos mejor, sino ver a Dios tal como es. Porque cuando contemplamos Su santidad, todo cambia de perspectiva. Las discusiones que parecían enormes se vuelven pequeñas. Las ambiciones que parecían imprescindibles pierden importancia. Y descubrimos que el centro de la historia nunca fuimos nosotros.

Así que no busquemos un dios diseñado para nuestro confort. Busquemos al Dios Santo que transforma corazones, limpia pecados y llama personas comunes para cumplir propósitos eternos. Y si alguna vez olvidas todo lo demás, recuerda esta imagen: los reyes humanos van y vienen, los sistemas cambian y las crisis aparecen sin pedir permiso. Pero el trono de Dios sigue ocupado.

Y eso, amigo mío, cambia absolutamente todo.

Gracias por compartir este café conmigo. Espero que esta conversación te acompañe durante la semana y te anime a mirar un poco más hacia arriba y un poco menos hacia ti mismo.

Que el Señor bendiga tu vida, tu familia y te conceda la sabiduría para caminar siempre bajo la luz de Su presencia.

Nos encontramos en unos días y nuevamente Conversando con una Taza de Café.

Vick
Conversando con una Taza de Café
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Episodio 6: La doble vida de Don Fermín: Cuando la moral pública se cae a pedazos.

Serie: “Café en la Catedral”

Tómate otro sorbo de ese café, hermano, y prepárate porque lo que te voy a contar hoy es el nudo que aprieta la garganta de toda la novela. En este Episodio 6, vamos a entrar en los salones elegantes y en los rincones más oscuros de la conciencia de Don Fermín Zavala: el hombre de éxito, el pilar de la sociedad, pero también el ser que vive una doble vida que termina por desmoronar la moral de toda una familia y, por extensión, de un país entero.

Fíjate en el cuadro que nos pintan las fuentes. Don Fermín es un tipo que en la Lima de los años 50 lo tiene todo. Es un empresario exitoso, dueño de laboratorios farmacéuticos y empresas constructoras. Para el resto del mundo, es un «gran señor», un hombre con «estampa de emperador» que camina con la seguridad de quien sabe que el poder le pertenece. Se vincula al régimen de Odría no por ideología, sino por puro y duro interés económico: busca contratos de carreteras y medicinas, aprovechando su cercanía con la dictadura. Es la representación perfecta de esa élite peruana que, mientras se persigue a apristas y comunistas en las calles, se toma un whisky en la sala de su casa o en el Club Nacional, mirando hacia otro lado.

Pero aquí viene lo que nos quema la lengua, como este café bien cargado. Don Fermín tiene un sobrenombre en los bajos fondos que es una bofetada a su imagen pública: «Bola de Oro». Detrás de ese empresario impecable, se esconde un hombre que vive en la «inautenticidad» sartreana, como dicen los análisis. Don Fermín mantiene una relación homosexual clandestina con su propio chofer, el negro Ambrosio.

Imagina el nivel de desgarro moral, hermano. En la pacata sociedad limeña de esa época, donde la moral se medía por la asistencia a misa y la limpieza del apellido, Don Fermín tiene que fingir cada minuto de su día. Lo irónico es que él, que desprecia a los «cholos» y a los «resentidos», termina refugiándose en la marginalidad para poder ser él mismo. Su doble vida no es solo un secreto sexual; es la metáfora de un país donde lo que se dice en el balcón no tiene nada que ver con lo que se hace en el sótano.

La comparación con el Perú actual es tan precisa que asusta. ¿Cuántas veces hemos visto hoy a personajes que se llenan la boca hablando de «valores», de «familia» y de «honestidad», mientras por debajo de la mesa están negociando una licitación o escondiendo escándalos que harían palidecer a Don Fermín?. Hoy ya no tenemos «Bolas de Oro» escondidos en Ancón, pero tenemos «argollas» políticas y económicas que funcionan bajo la misma lógica: la moral pública es un disfraz que solo sirve para asegurar el próximo contrato con el Estado. Don Fermín es el tatarabuelo de todos esos «lobistas» modernos que se acomodan con cualquier gobierno —sea de derecha o de izquierda— con tal de que sus negocios no se detengan.

Lo más triste es el efecto que esto tiene en su hijo, Santiago. Zavalita sospecha que su padre no solo es «inauténtico», sino que está involucrado en algo mucho más turbio: el asesinato de Hortensia, «La Musa». Santiago intuye que Ambrosio mató a la mujer por orden de su padre —o para protegerlo de un chantaje— y esa duda es el motor que lo lleva a la Catedral a beber cerveza con el exchofer. Santiago siente piedad por su padre al saberlo un hombre que sufre, pero al mismo tiempo lo desprecia porque Don Fermín es la encarnación de la «enfermedad nacional»: ese resentimiento y esos complejos sociales que envenenan todo.

¿Qué pasaría si esto se repitiera hoy? Bueno, amigo, ya está pasando, pero con esteroides. Si Don Fermín viviera hoy, su doble vida no sería un secreto guardado por un chofer leal; sería un audio filtrado, un video de seguridad en redes sociales o una tendencia en Twitter. Pero lo más cínico es que, incluso con la verdad afuera, probablemente seguiría teniendo contratos. En el Perú de hoy, como en el de Odría, parece que hemos aceptado que la moral es un lujo que los poderosos no necesitan costear.

En la novela, la moral pública se cae a pedazos porque está construida sobre la mentira y la represión. Don Fermín es un «héroe degradado» que prefiere que su hijo sea un fracasado antes que verlo descubrir la verdad sobre quién es él realmente. Es la tragedia de una generación que creció viendo a sus padres ser cómplices de la corrupción y el autoritarismo, y que terminó sintiéndose «jodida» por la falta de fe en cualquier cosa.

Don Fermín Zavala nos enseña que el poder en el Perú no solo corrompe las instituciones; corrompe el alma. Al final de la charla, Santiago se da cuenta de que su padre fue un «verdadero señor» para el mundo, pero una ruina moral para su propio hijo. Y nosotros, aquí sentados, nos damos cuenta de que mientras sigamos valorando el éxito económico por encima de la autenticidad, seguiremos viviendo en la Catedral de las mentiras.

Pero no te pongas tan serio, que el café ya se acabó y la tarde sigue igual de gris. En el próximo episodio, te voy a contar sobre la prensa y la censura, y cómo de los diarios de los 50 pasamos a los grupos de WhatsApp de hoy. Porque si Don Fermín era la cara del poder, los periodistas de la época eran los que tenían que decidir si contaban la verdad o se unían a la comparsa de «La Crónica».

¿Pedimos la cuenta o te animas a otro cafecito para pasar el trago amargo de Don Fermín?,.

Vick
Conversando con una Taza de Café
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La silla de atrás: el arte de romper el orgullo con un café helado

Ponte cómodo. Si hace falta, busca una manta porque hoy el frío parece haberse instalado con ganas. Yo tengo una taza de café frente a mí, aunque, para ser sincero, se está enfriando más rápido de lo que quisiera mientras intento ordenar algunas ideas que llevan días dando vueltas en mi cabeza. Y quizás todo comenzó con una observación sencilla: nunca estamos completamente satisfechos. Cuando hace calor queremos frío; cuando llega el frío extrañamos el sol. Siempre parece faltarnos algo.

Pero mientras perseguimos lo que no tenemos, muchas veces ignoramos aquello que realmente nos roba la paz: el orgullo.

Hoy no quiero darte una enseñanza ni presentarme como alguien que tiene todas las respuestas. Más bien imagina que estamos sentados frente a frente, compartiendo este café y conversando con honestidad. Quiero proponerte un pequeño ejercicio. Mira mentalmente a tu alrededor. Piensa en tu comunidad, en tu iglesia, en tu grupo de amigos, en aquellas personas con las que compartes la vida y la fe.

Y ahora pregúntate algo incómodo: ¿cuánto de la unidad que proclamamos es real y cuánto es simplemente convivencia?

El inventario silencioso del corazón

Si somos sinceros, todos clasificamos a las personas, aunque rara vez lo admitamos. Está ese primer grupo formado por quienes apreciamos de manera natural. Son los amigos cercanos, aquellos con quienes compartimos conversaciones, risas y momentos importantes. Amar a esas personas resulta sencillo porque existe afinidad, historia y afecto mutuo.

Luego aparece un segundo grupo: los conocidos cordiales. Los saludamos, intercambiamos algunas palabras y mantenemos una relación respetuosa, pero fuera de determinados espacios sabemos muy poco de sus vidas. Después viene el grupo más peligroso, precisamente porque pasa desapercibido. Son aquellas personas cuya presencia o ausencia apenas notamos. Están ahí, forman parte de la comunidad, pero emocionalmente ocupan un lugar neutro en nuestro corazón.

Y finalmente está el grupo que preferiríamos evitar. Aquellos con quienes hemos tenido desacuerdos, heridas, malentendidos o simples diferencias de personalidad. Personas que, sin saber muy bien por qué, nos incomodan.

Lo curioso es que hablamos constantemente de amor, unidad e inclusión, pero muchas veces vivimos rodeados de pequeñas fronteras invisibles. Construimos bandos, alimentamos comentarios innecesarios y permitimos que la indiferencia haga un trabajo que ningún enemigo externo podría lograr tan fácilmente.

La historia del trípode

Déjame contarte algo personal. Hubo una época en la que me alejé de la iglesia. No porque hubiera dejado de creer, sino porque existía un conflicto importante entre un pastor y yo. Era una de esas situaciones donde el orgullo encuentra argumentos para justificarse y donde cada parte está convencida de tener razón. Allá por el 2012 si mal no recuerdo.

Después de mucha insistencia, de alguien muy querido por mi, decidí regresar un día. Pero lo hice a mi manera. Llegué con mi cámara, mi trípode y me instalé en la última fila. Quería estar presente sin involucrarme demasiado. Estaba allí físicamente, pero había construido una barrera emocional que me mantenía a distancia. Era mi forma de protegerme.

Durante la reunión observé todo desde atrás. Pensé que pasaría desapercibido. Sin embargo, en un momento determinado ocurrió algo que no esperaba. Llegó la celebración de la Santa Cena. Todos conocemos aquellas palabras que hablan de reconciliación, de dejar la ofrenda y buscar primero al hermano con quien existe algún conflicto. Son versículos que solemos leer con facilidad, aunque a veces nos cuesta mucho más ponerlos en práctica.

Entonces sucedió algo que todavía recuerdo con claridad. El pastor dejó su lugar, descendió del púlpito y caminó hasta donde yo estaba. No vino a reclamar, ni a justificar posiciones, ni a demostrar quién tenía razón. Simplemente vino como un hermano. Y en ese momento comprendí algo importante: alguien había decidido que la unidad valía más que el orgullo. Aquella caminata desde el frente hasta la última fila hizo más por restaurar una relación que cientos de argumentos. Aquel 2014.

Los títulos que alimentan el ego

Vivimos en una época fascinada por los títulos. Parece que ya nadie quiere ser simplemente un servidor. Necesitamos nombres más grandes, cargos más importantes y posiciones que suenen impresionantes. Es como cuando al encargado de limpiar el edificio lo rebautizan con un nombre sofisticado para que parezca algo distinto.

Dentro de muchos ambientes cristianos ocurre algo parecido. Buscamos reconocimiento, influencia y visibilidad. Nos preocupamos por quién ocupa determinada posición o quién tiene mayor autoridad. Sin embargo, olvidamos que la palabra “ministro” originalmente hablaba de servicio, no de prestigio.

Jesús nunca presentó el liderazgo como una escalera para subir por encima de los demás, sino como una oportunidad para descender y servir. Pero nuestro ego suele preferir los reflectores antes que la toalla y el lavatorio.

Papitas con salsa y alimento verdadero

Quizás parte del problema es que nos hemos acostumbrado a consumir mensajes que entretienen más de lo que transforman. Nos gustan las enseñanzas rápidas, fáciles de digerir y llenas de frases motivadoras. Son como esas papitas con salsa que saben muy bien pero no alimentan demasiado.

La Palabra de Dios, en cambio, muchas veces funciona como un alimento más sólido. Nos confronta, nos corrige y nos obliga a revisar aspectos de nuestra vida que preferiríamos mantener ocultos. Por eso tantas personas buscan métodos, fórmulas o estrategias para crecer espiritualmente sin pasar por el incómodo proceso de morir al ego.

Queremos crecer sin descender. Queremos autoridad sin servicio. Queremos prosperidad sin transformación. Y la realidad es que el camino del evangelio suele recorrer la dirección opuesta.

El café amargo de la reconciliación

Hay una verdad que cuesta aceptar: amar no siempre se siente bien. Nos gusta hablar del amor como una emoción agradable, una sensación cálida que experimentamos cuando todo marcha correctamente. Pero el amor bíblico suele ser mucho más exigente.

Amar es decidir acercarse cuando sería más fácil alejarse. Amar es perdonar cuando todavía duele. Amar es escuchar cuando preferiríamos responder. Amar es buscar la reconciliación aun cuando creemos tener la razón.

Y ahí aparece el verdadero enemigo: el orgullo. Ese orgullo que nos convence de que el otro debería dar el primer paso. Que nos hace creer que ciertas personas no merecen nuestra atención. Que nos susurra que proteger nuestro prestigio es más importante que restaurar una relación.

Mientras ese orgullo gobierne nuestras decisiones, seguiremos siendo un grupo de personas compartiendo espacios, pero no necesariamente una comunidad unida.

La silla de atrás

Mi café ya está frío. Quizás incluso un poco amargo. Pero tal vez esa sea una buena imagen para terminar esta conversación. Porque el corazón también puede enfriarse. Lo hace lentamente, casi sin que lo notemos. Se enfría por la indiferencia, por los resentimientos acumulados, por los conflictos nunca resueltos y por la costumbre de pensar siempre primero en nosotros mismos.

La unidad no aparece por accidente. No desciende mágicamente sobre una comunidad mientras cada persona sigue defendiendo su territorio. La unidad comienza cuando alguien decide dar el primer paso.

Cuando alguien abandona el orgullo. Cuando alguien camina desde el púlpito hasta la última fila. Cuando alguien deja de preguntarse quién tiene razón y empieza a preguntarse qué necesita el amor. Por eso, la próxima vez que estés en una reunión, abre bien los ojos. Mira a las personas que te rodean. Observa especialmente a quienes suelen pasar desapercibidos. Aquel que siempre se sienta atrás. Aquel con quien has tenido diferencias. Aquel que evitas saludar porque la historia entre ustedes todavía no está resuelta.

Y entonces pregúntate algo sencillo: ¿Vale realmente más mi orgullo que el amor que digo defender? Espero que esta conversación te haya incomodado un poco. Las mejores tazas de café suelen hacerlo. Nos obligan a detenernos, a pensar y a revisar aquello que normalmente dejamos pasar.

Nos veremos en la próxima charla. Y mientras tanto, abrígate del frío que viene de afuera, pero cuida aún más el que puede instalarse dentro del corazón.

Porque cuando el orgullo ocupa demasiado espacio, incluso la fe termina sentándose sola en la última fila. Y al encontrar a la persona, invítale un café y vuelvan a sonreír de nuevo.

Vick
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