El día de la menudencia

Me contaron esta historia hace muchos años. O quizás la leí en algún libro viejo olvidado en una biblioteca húmeda de esas donde hasta los fantasmas estornudan polvo.

La verdad… ya no recuerdo.

Pero dicen que ocurrió en tiempos antiguos, cuando en mi país todavía no existían computadoras, tomografías ni máquinas modernas capaces de ver hasta los pensamientos. Eran épocas en las que la medicina dependía más del pulso, la suerte y la cara del enfermo que de los estudios clínicos.

Y también dependía del bolsillo. Porque si uno tenía dinero, el médico te llamaba “paciente”. Y si no lo tenía… te llamaban “práctica”.

Por aquellos tiempos estudiar cirugía era complicado. No había laboratorios modernos ni muñecos de plástico para aprender anatomía. Así que muchos estudiantes de medicina terminaban rondando hospitales, cárceles y morgues como gallinazos académicos buscando cadáveres frescos sobre los cuales practicar.

Y allí comenzaba el negocio. Porque el muerto… valía. Algunas familias, viendo la pobreza sentada en la mesa de la cocina y las deudas golpeando la puerta, descubrían que un difunto podía ser más rentable muerto que vivo. Entonces empezaban las negociaciones.

Que cuánto por el pulmón. Que cuánto por el hígado. Que el riñón ya estaba separado. Que el estómago iba con descuento si se llevaban intestinos.

Y no faltaba la viuda práctica que preguntaba cuánto daban por “todo completo”, como quien vende una vaca vieja en el mercado. Dicen que algunas hasta celebraban el fallecimiento como fiesta patronal. Medio barrio terminaba invitado, no tanto por tristeza sino porque el muerto había dejado “algo útil”.

Y si la viuda todavía estaba bien conservada… entonces empezaba otro tipo de subasta entre los vecinos “solidarios” que querían ayudarla a superar el dolor. Porque la miseria siempre viene acompañada de oportunistas.

Pero lo peor ocurría cuando nadie reclamaba el cadáver. Entonces el pobre difunto terminaba convertido en mercadería. Lo cortaban, lo envolvían en periódicos o bolsas y lo guardaban en congeladoras viejas mientras esperaban compradores.

Había tarifa para todo. Pulmones por un lado. Cabeza por otro. Riñones en promoción. Y el intestino casi por centímetros, como tela barata en tienda de barrio.

Llegó un momento en que la oferta era tan grande que, según cuentan, en cierta cárcel inventaron algo llamado “El Día de la Menudencia”.

Y no, no era un festival gastronómico precisamente. Era el día en que remataban los cuerpos antiguos porque ya no había espacio en las neveras. Allí aparecían estudiantes pobres, carniceros sospechosos y vendedores ambulantes buscando “material fresco” para sobrevivir.

Y uno mejor no preguntaba de qué estaba hecho el mondonguito.

Por salud mental.

Cierta vez, un preso enfermísimo llevaba días agonizando mientras varios estudiantes rondaban su cama como buitres educados. Lo observaban respirar con la misma ansiedad con que otros esperan el resultado de la lotería.

—Mi hermano, te veo mejor… ya casi sales —le decía uno.

Y sí salió. Pero rumbo a la morgue. Lo terrible es que varias partes de su cuerpo ya estaban vendidas antes de que muriera. Algunos estudiantes discutían órganos como quien reparte puestos en un partido de fútbol.

Uno quería las piernas. Otro necesitaba pulmones.

Y una estudiante demasiado entusiasta se quedó con “cierta parte anatómica” porque, según ella, estaba realizando investigaciones científicas muy importantes relacionadas con enfermedades venéreas.

La ciencia siempre encuentra excusas elegantes. Incluso para el horror.

Pero la historia más absurda fue la del negro moribundo. Dicen que era tan feo que hasta los perros dudaban antes de ladrarle. Sin embargo, una gringa medio loca juraba que el hombre tenía “algo bonito”, aunque nadie jamás se atrevió a preguntarle exactamente qué.

Como ya tenían vendido prácticamente todo el cadáver, decidieron llamar a un cura para darle los santos óleos y aparentar algo de dignidad cristiana antes de empezar el despiece oficial. El sacerdote llegó, observó al pobre hombre de arriba abajo y guardó silencio unos segundos.

Después suspiró profundamente y dijo:

—Hijo mío… tan feo eres que ni de ángel te veo futuro. Y cuentan que se fue sin confesarlo. Eso sí… Antes de marcharse se llevó un pulmón y las dos orejas. Porque hasta los hombres de Dios, cuando la pobreza aprieta, aprenden rápido anatomía.

Esa es la historia mis amigos y si usted va a un hospital, mire con detenimiento a algunos doctores que ya crecen canas, de cuando en cuando, se cuenta, que vuelven a la prisión, por aquello de los recuerdos. Y porque hay parrillada el domingo en casa.

Vick
Conversando con una Taza de Café
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