El clamor del cuervo

Esta noche el café está más oscuro que de costumbre.

Tal vez porque hoy pensaba en algo que, si no se mira con atención, parece insignificante: un cuervo.
El Salmo dice que Dios da alimento “a los hijos de los cuervos que claman”.

Cuervos.

No palomas blancas.
No águilas majestuosas.
Cuervos.

Aves negras, carroñeras, asociadas a lo lúgubre. Sin embargo, la Escritura insiste en que Dios escucha su graznido.
Y ahí me quedé en silencio.

Dicen que cuando nacen, los cuervos no tienen plumas. Solo un sonido áspero que no cesa. Un clamor por hambre. No saben buscar alimento. No saben volar. Solo saben abrir el pico y gritar.

Y el Creador los escucha.

Luego viene el momento duro: cuando ya tienen alas, la madre los empuja fuera del nido. El vacío. El miedo. El aire frío bajo el cuerpo que aún no sabe sostenerse.
En ese instante, el graznido ya no es rutina. Es desesperación.
Y Dios escucha también ese sonido.

Entonces me pregunto —mientras doy otro sorbo de café—:

¿cómo oramos nosotros?

A veces nuestras oraciones parecen listas de supermercado.
Pedidos educados.
Rituales bien estructurados.
Pero el clamor del cuervo no es elegante.

Es necesidad pura.

“No puedo solo.”
Y quizá esa sea la parte que más nos cuesta pronunciar.

Recuerdo una vez, en Palo Alto, cuando me pidieron enseñar en una pequeña reunión. Llegó una señora casi sin poder caminar, casi sin poder oír. Su dolor era visible. Y esa noche mi oración no fue académica ni preparada. Fue torpe, casi quebrada.

Porque cuando el dolor del otro se vuelve tuyo, la oración deja de ser discurso y se convierte en clamor.
No fue mi elocuencia. Fue la misericordia de Dios. Aquella mujer salió caminando mejor de lo que había entrado.
Eso me enseñó algo: el milagro no es espectáculo. Es compasión compartida.

Pero también aprendí algo más incómodo.
Muchas veces buscamos el milagro… y olvidamos al Dador.
Como aquellos diez leprosos donde solo uno regresó agradecido.
La fe no es solo pedir pan. Es reconocer quién lo da.

Si Dios alimenta a un cuervo, que no siembra ni cosecha, ¿cuánto más no cuidará de nosotros? Pero cuidado: confiar no es cruzarse de brazos. El cuervo clama. Nosotros también debemos hacerlo.

No con soberbia espiritual.
No creyéndonos más santos que otros.
Sino como quien reconoce que está aprendiendo a volar.

Porque esta vida —aunque a veces lo olvidemos— es entrenamiento. Es el curso donde aprendemos dependencia, humildad, servicio.

Buscar el Reino.
Formar discípulos.
Aceptar que a veces la respuesta es “espera”.

Mientras termino esta taza, pienso que todos, en algún momento, somos ese polluelo lanzado fuera del nido.

La pregunta no es si caeremos.
La pregunta es si clamaremos.
Y si Dios escucha el graznido de un ave negra en medio del campo…
ten la seguridad de que escucha tu oración cuando nace del corazón.

Aunque sea imperfecta.
Aunque sea desesperada.
Aunque no tenga palabras bonitas.

Clama.

Y aprende a volar.
Nos vemos en la próxima conversación.

Vick.
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino
-MiVivienda.com

Por y para adoradores – Aleluya

«Mis prisiones se han hecho patentes en Cristo en todo el pretorio, y a todos los demás» (Filipenses 1:13).

El apóstol Pablo siempre se consideró un preso por la causa de Cristo; nunca por un delito. Estaba encadenado porque creía en Cristo, lo predicaba y lo representaba.

Desde el punto de vista de Roma, Pablo era un preso encadenado a un guarda romano. Pero desde la perspectiva de Pablo, los guardas romanos eran esclavos cautivos encadenados a él. El resultado de tal confinamiento fue que la causa de Cristo se había llegado a conocer «en todo el pretorio». Lejos de ser una condición opresiva, a Pablo se le había dado la oportunidad de dar testimonio de Cristo a cada guardia asignado a él, cada seis horas.

¿Qué veían los soldados? Veían el carácter santo de Pablo, su misericoordia, su paciencia, su amor, su sabiduria y su convicción. Al convertirse los miembros de la guardia del palacio, se difundía la salvación má allá de ellos hasta «los de la casa del César» (Filipenses 4:22). Por muy díficil que pueda parecer a primera vista, nadie es demasiado díficil de evangelizar.

Bendiciones y seguimos, les subó aqui una canción del grupo de alabanza de la iglesia en que nos venimos congregando «Manantial de vida», bendiciones y empiece a adorar.

Nos vemos muy pronto, solamente alabe y adore a nuestro creador.

¿Tiene una regla a la mano?

Bueno mi amigo vamos a hablar de medidas, por lo tanto, busque en su armario, un centímetro, o una regla, o un metro, si no hay nada, busque entre las mochilas de sus hijos, me imagino que encontrará una reglita, necesitamos ello, para el tema de hoy, le aseguro que le va a dejar pensando, por lo cual primero para empezar, un buen café, si ya tomó demasiados por hoy, empiece con un Jamba Juice y si encuentra un pastelito, invite, porque volvi de cabeza mi cocina y no encontré ni siquiera una galletita, en fin con hambre seguimos.

«Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó» (Efesios 2:4)

La mejor vara de medir el amor en la vida de un cristiano puede ser el perdón. Es porque Dios nos demostró su amor desde el punto de vista del perdón. La Biblia pudo habernos enseñado que de tal manera amó Dios al mundo que ha hecho flores o árboles o montañas. Pero ella enseña que «de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3:16). El dio a su Hijo para perdonarnos. Eso muestra sin dudas el amor de Dios más que las flores, los árboles o las montañas.

Entonces mi amigo, si usted cree, ya la hizo, pero tengo una pregunta ¿qué significa creer? porque hasta los demonios creen, entonces, el creer viene con algo más, todo aquel que cree en Jesús, está haciendo su voluntad (ojo la voluntad de Jesús), allí es la diferencia, muchos creen, pero no todos son sus discípulos, muchos dicen creer, y van los domingos al templo, pero de allí no pasan, cuando ven el costo, cuando sacan cuentas, cuando ven el compromiso, prefieren seguir siendo visitantes y pertenecer a la multitud, pero no convertirse en discípulos. El discípulo, cree, entiende lo que significa que el Padre haya dado a su unico Hijo para el perdón de nuestros pecados, y eso se llama amor.

Ahora si, saque su reglita de juguete, o su metro, o simplemente su Biblia, y mida su amor. Pregúntese; ¿Amo? Si no ama, no es de Dios, porque los hijos de Dios aman a los demás (1 Juan 4:7-8). ¿Cómo puede saber si usted se caracteriza por el amor? Pregúntese: ¿Estoy enojado con alguien por algo que me hizo? ¿A menudo  me enojo con los demás, ya sea que exprese o no mi enojo? ¿Hablo de los demás lo que no debo hablar? ¿Si alguien no piensa igual que yo, me enojo y no escucho? ¿Siempre quiero hacer lo que yo pienso, sin pensar que otros tienen opiniones diferentes? ¿Verdaderamente he dejado todo aquello que digo que he dejado, o me molesto cuando alguien me reclama mi proceder?, Esas son las características de su antigua manera de vivir; características de las que debe librarse a fin de amar y perdonar a los demás.

Bueno amigos, los dejo pensando, ya regresamos, pero, en su lugar secreto, en ese sitio en donde usted y Dios se encuentran solos, hagase las preguntas y tiene dos opciones, seguir como hasta hoy o cambiar, arrepentirse, pedir perdón a Dios y levantarse y seguir adelante convertido en un discípulo de Jesucristo, bendiciones y nos seguimos viendo. Lo espero.