Episodio 7 – Prensa y censura: De ‘La Crónica’ a los grupos de WhatsApp de hoy.

Serie: Conversanción en La Catedral

Pide otro café, hermano, y asegúrate de que esté bien cargado, porque lo que vamos a comentar hoy es el alma misma de la frustración de Zavalita. En este Episodio 7, vamos a meternos en las redacciones olorosas a tinta y cigarrillo de los años 50 para hablar de Prensa y censura: De ‘La Crónica’ a los grupos de WhatsApp de hoy.

Si te fijas bien, la novela no empieza en una biblioteca ni en un palacio, sino en la puerta de un diario: La Crónica. Ahí está Santiago Zavala, mirando la Avenida Tacna «sin amor», viendo los edificios descoloridos y los «esqueletos de avisos luminosos» flotando en la neblina. Trabaja en lo que el narrador llama un «diario de poca monta», escribiendo editoriales que no cambiarán el mundo, habiendo renunciado a todas las aspiraciones políticas de su juventud. Es la imagen perfecta del intelectual derrotado que usa el periodismo no como una espada, sino como un escudo para esconderse de su propia clase social.

En la época del Ochenio de Odría, la prensa era un campo de batalla minado. Las fuentes nos cuentan que Cayo Bermúdez (el siniestro brazo derecho del General) se encargaba personalmente de vigilar que nadie sacara los pies del plato. No solo se valía de la represión física; usaba la censura en la prensa y las radios, detenciones, torturas y deportaciones para acallar a los «pillos», como llamaban a los apristas y comunistas.

Fíjate en lo irónico y doloroso del asunto: el diario donde trabaja Santiago es parte de ese engranaje que mantiene al país en una «atmósfera de desesperanza». Se menciona que el periodismo de la época estaba inmerso en un clima de «cinismo, apatía, resignación y podredumbre moral». Santiago, que intentó ser el «sartresillo valiente» en San Marcos, termina siendo un engranaje más de la «sociedad embotellada». Incluso se dice que su labor en el diario es lo que, indirectamente, lleva a que maten perros en la perrera municipal, porque el diario hizo una campaña contra la rabia. El intelectual da la orden desde su escritorio y el «cholo» (Ambrosio) ejecuta el palo.

La comparación con el Perú de hoy es para que se nos caiga la taza de la mano. En los años 50, la censura era directa: clausuraban el diario La Prensa, metían preso a su director Pedro G. Beltrán o asesinaban a Francisco Graña Garland. Hoy, la censura es mucho más sofisticada y sutil. Ya no necesitamos a un Cayo Bermúdez cerrando redacciones; hoy tenemos la manipulación de los algoritmos y los «grupos de WhatsApp».

Si Zavalita viviera hoy, no miraría la Avenida Tacna desde la puerta de La Crónica; estaría mirando su celular, abrumado por una «verdad» fragmentada donde cada bando tiene su propia realidad. La censura de hoy no te quita la palabra, te ahoga con el ruido de mil mentiras compartidas por tíos y primos en grupos familiares. Las «argollas» que describe Vargas Llosa han mutado en redes de trolls y en intereses corporativos que deciden qué es noticia y qué no. Antes, el miedo era el «rocha-bús» en las calles; hoy es el linchamiento digital que te deja civilmente muerto antes de que puedas defenderte.

¿Qué pasaría si se repitiera hoy el control de prensa del Ochenio? Bueno, amigo, creo que ya lo estamos viendo en cámara lenta. Si despertáramos otra vez bajo un régimen como el de Odría, el control de la información sería total. No necesitarían la Ley de Seguridad Interior para silenciarnos; les bastaría con comprar a tres o cuatro dueños de canales y dejar que los algoritmos hagan el resto del trabajo sucio. Veríamos de nuevo lo que dice la fuente: una prensa que es «un telón de fondo de la decadencia».

Lo más triste es que el periodismo de Santiago Zavala es el periodismo del escepticismo. Él sabe que el sistema está podrido, pero prefiere el «desclasamiento voluntario» y escribir sobre perros rabiosos antes que enfrentar la verdad sobre su padre o sobre el país. Hoy tenemos muchos «Zavalitas» en los medios: gente con talento que escribe lo que le piden para no perder el sueldo, mientras el Perú se sigue «jodiendo» en cada titular manipulado o en cada audio filtrado que nadie se atreve a investigar a fondo.

Al final de la jornada, la prensa en la novela es el espejo de la «enfermedad nacional»: el resentimiento y los complejos sociales que envenenan todo. Santiago Zavala termina su turno en el diario y se va a la Catedral a beber con Ambrosio, buscando una «purificación» que nunca llega. Nosotros, aquí en este café, hacemos lo mismo: criticamos a la prensa, nos quejamos de la censura de las redes sociales, pero seguimos consumiendo la misma «materia prima» de cinismo y apatía.

¿Pedimos otra ronda? Porque en el próximo episodio te voy a contar sobre San Marcos como termómetro. Vamos a hablar de lo que era tirar piedras en los 50 y cómo eso se compara con las marchas y los radicalismos de este siglo. Porque si La Crónica era donde Santiago se escondía, San Marcos fue donde intentó, por única vez, ser alguien de verdad.

¿Todavía tienes aliento o ya te mareó el olor a tinta vieja de La Crónica?.

Nos vemos en el próximo episodio, no olvides el café.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Episodio 6: La doble vida de Don Fermín: Cuando la moral pública se cae a pedazos.

Serie: “Café en la Catedral”

Tómate otro sorbo de ese café, hermano, y prepárate porque lo que te voy a contar hoy es el nudo que aprieta la garganta de toda la novela. En este Episodio 6, vamos a entrar en los salones elegantes y en los rincones más oscuros de la conciencia de Don Fermín Zavala: el hombre de éxito, el pilar de la sociedad, pero también el ser que vive una doble vida que termina por desmoronar la moral de toda una familia y, por extensión, de un país entero.

Fíjate en el cuadro que nos pintan las fuentes. Don Fermín es un tipo que en la Lima de los años 50 lo tiene todo. Es un empresario exitoso, dueño de laboratorios farmacéuticos y empresas constructoras. Para el resto del mundo, es un «gran señor», un hombre con «estampa de emperador» que camina con la seguridad de quien sabe que el poder le pertenece. Se vincula al régimen de Odría no por ideología, sino por puro y duro interés económico: busca contratos de carreteras y medicinas, aprovechando su cercanía con la dictadura. Es la representación perfecta de esa élite peruana que, mientras se persigue a apristas y comunistas en las calles, se toma un whisky en la sala de su casa o en el Club Nacional, mirando hacia otro lado.

Pero aquí viene lo que nos quema la lengua, como este café bien cargado. Don Fermín tiene un sobrenombre en los bajos fondos que es una bofetada a su imagen pública: «Bola de Oro». Detrás de ese empresario impecable, se esconde un hombre que vive en la «inautenticidad» sartreana, como dicen los análisis. Don Fermín mantiene una relación homosexual clandestina con su propio chofer, el negro Ambrosio.

Imagina el nivel de desgarro moral, hermano. En la pacata sociedad limeña de esa época, donde la moral se medía por la asistencia a misa y la limpieza del apellido, Don Fermín tiene que fingir cada minuto de su día. Lo irónico es que él, que desprecia a los «cholos» y a los «resentidos», termina refugiándose en la marginalidad para poder ser él mismo. Su doble vida no es solo un secreto sexual; es la metáfora de un país donde lo que se dice en el balcón no tiene nada que ver con lo que se hace en el sótano.

La comparación con el Perú actual es tan precisa que asusta. ¿Cuántas veces hemos visto hoy a personajes que se llenan la boca hablando de «valores», de «familia» y de «honestidad», mientras por debajo de la mesa están negociando una licitación o escondiendo escándalos que harían palidecer a Don Fermín?. Hoy ya no tenemos «Bolas de Oro» escondidos en Ancón, pero tenemos «argollas» políticas y económicas que funcionan bajo la misma lógica: la moral pública es un disfraz que solo sirve para asegurar el próximo contrato con el Estado. Don Fermín es el tatarabuelo de todos esos «lobistas» modernos que se acomodan con cualquier gobierno —sea de derecha o de izquierda— con tal de que sus negocios no se detengan.

Lo más triste es el efecto que esto tiene en su hijo, Santiago. Zavalita sospecha que su padre no solo es «inauténtico», sino que está involucrado en algo mucho más turbio: el asesinato de Hortensia, «La Musa». Santiago intuye que Ambrosio mató a la mujer por orden de su padre —o para protegerlo de un chantaje— y esa duda es el motor que lo lleva a la Catedral a beber cerveza con el exchofer. Santiago siente piedad por su padre al saberlo un hombre que sufre, pero al mismo tiempo lo desprecia porque Don Fermín es la encarnación de la «enfermedad nacional»: ese resentimiento y esos complejos sociales que envenenan todo.

¿Qué pasaría si esto se repitiera hoy? Bueno, amigo, ya está pasando, pero con esteroides. Si Don Fermín viviera hoy, su doble vida no sería un secreto guardado por un chofer leal; sería un audio filtrado, un video de seguridad en redes sociales o una tendencia en Twitter. Pero lo más cínico es que, incluso con la verdad afuera, probablemente seguiría teniendo contratos. En el Perú de hoy, como en el de Odría, parece que hemos aceptado que la moral es un lujo que los poderosos no necesitan costear.

En la novela, la moral pública se cae a pedazos porque está construida sobre la mentira y la represión. Don Fermín es un «héroe degradado» que prefiere que su hijo sea un fracasado antes que verlo descubrir la verdad sobre quién es él realmente. Es la tragedia de una generación que creció viendo a sus padres ser cómplices de la corrupción y el autoritarismo, y que terminó sintiéndose «jodida» por la falta de fe en cualquier cosa.

Don Fermín Zavala nos enseña que el poder en el Perú no solo corrompe las instituciones; corrompe el alma. Al final de la charla, Santiago se da cuenta de que su padre fue un «verdadero señor» para el mundo, pero una ruina moral para su propio hijo. Y nosotros, aquí sentados, nos damos cuenta de que mientras sigamos valorando el éxito económico por encima de la autenticidad, seguiremos viviendo en la Catedral de las mentiras.

Pero no te pongas tan serio, que el café ya se acabó y la tarde sigue igual de gris. En el próximo episodio, te voy a contar sobre la prensa y la censura, y cómo de los diarios de los 50 pasamos a los grupos de WhatsApp de hoy. Porque si Don Fermín era la cara del poder, los periodistas de la época eran los que tenían que decidir si contaban la verdad o se unían a la comparsa de «La Crónica».

¿Pedimos la cuenta o te animas a otro cafecito para pasar el trago amargo de Don Fermín?,.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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