Episodio 15: El Ochenio de Odría. La «recompensa» militar y el control electoral

Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»

Termina ese café y pide otro, porque ahora entramos al Ochenio de Manuel Odría (1948-1956), una época donde la corrupción se vistió de uniforme y cemento. Odría llegó con un golpe de Estado contra Bustamante y Rivero, quien era un hombre honesto pero que no pudo contra la marea de intereses creados.

Quiroz define el régimen de Odría como una dictadura donde la «recompensa militar» fue la prioridad. Para mantener a los generales contentos y evitar golpes, Odría subió los salarios militares en un 25% y aumentó el presupuesto de defensa casi en un 50% en un solo año. Pero el gran negocio estaba en las compras de armas y equipos en el extranjero. Los oficiales viajaban a Washington a negociar submarinos y aviones, trayendo de vuelta jugosas «comisiones» ilegales.

En Lima, la corrupción se veía en las grandes obras públicas de cemento. Odría gastaba fortunas en estadios y hospitales «suntuosos», pero los contratos se daban a dedo a cambio de participaciones y regalos. El propio expresidente Bustamante denunció desde el exilio que Odría había recibido casas y joyas como «regalos» de contratistas agradecidos. Hay un dato que Quiroz resalta: un asistente cercano a Odría, el capitán Ipinza, compró propiedades en Washington D.C. por sumas astronómicas que superaban los 300,000 dólares de la época, actuando probablemente como el cajero secreto del dictador.

Pero lo más cínico del Ochenio fue el control electoral. En 1950, Odría organizó una farsa donde él era el único candidato con posibilidades, tras encarcelar y perseguir a cualquier opositor serio. Y cuando llegó 1956 y el régimen se agotaba, Odría hizo el pacto definitivo: el «Pacto de Monterrico».

Este fue un acuerdo secreto con Manuel Prado (quien regresaba para un segundo mandato) y el APRA. A cambio del apoyo electoral para Prado, este le prometió a Odría inmunidad total. Quiroz documenta con amargura cómo, una vez en el poder, la mayoría parlamentaria de Prado bloqueó todas las investigaciones contra Odría en el Senado y la Cámara de Diputados. Los políticos argumentaron que investigar el pasado era «falta de espíritu cristiano» y que era mejor el «borrón y cuenta nueva».

Incluso el historiador Jorge Basadre, que fue ministro de Educación en esa época, intentó limpiar su sector y terminó renunciando asqueado por las presiones de los políticos para favorecer a contratistas amigos en la construcción de escuelas.

¿Te das cuenta del patrón, amigo? Odría nos dejó grandes estadios, pero también institucionalizó la idea de que robar sale gratis si sabes con quién pactar. En nuestra próxima charla, veremos cómo estos «asaltos a la democracia» prepararon el camino para la explosión de la corrupción en los años 70 y 80. ¡Nos vemos en el próximo café!

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

Episodio 1: ¿En qué momento se jodió el Perú? (La pregunta que cada generación hereda).

Serie: «Café en la Catedral”

Toma asiento, hermano. Quédate tranquilo, que este café está caliente y la tarde en Lima, como siempre, nos regala ese gris panza de burro que parece sacado de las primeras páginas de la novela. Vamos a hablar de lo que nos convoca: esa pregunta que Santiago Zavala se hace frente a la Avenida Tacna y que, más de cincuenta años después de que Mario Vargas Llosa publicara Conversación en La Catedral en 1969, nos sigue quemando la lengua como este primer sorbo de café: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”.

Fíjate en el cuadro: Santiago, o «Zavalita» para los amigos, tiene treinta años, trabaja en un diario de poca monta como La Crónica y camina con las manos en los bolsillos, cabizbajo, escoltado por una ciudad que parece un esqueleto de avisos luminosos flotando en la neblina. Esa imagen es demoledora porque Zavalita no solo mira la avenida sin amor, sino que se mira a sí mismo y se da cuenta de que él es como el Perú: se había jodido en algún momento. En las fuentes se menciona que la novela es un retrato del desmoronamiento moral y social durante la dictadura de Manuel A. Odría, el famoso «Ochenio». Pero, ¿sabes qué es lo más irónico? Que hoy, en pleno siglo XXI, nos hacemos la misma pregunta desde un celular de alta gama o atrapados en el tráfico de la Vía Expresa,.

Hablemos de ese «momento». En la novela, el Perú se siente como una «sociedad embotellada», un clima de cinismo, apatía y resignación donde la podredumbre moral era la materia prima de la vida diaria. Zavalita, este «héroe degradado», intentó rebelarse ingresando a la Universidad de San Marcos —esa «cueva de resentidos», como diría su padre— y metiéndose en la célula comunista «Cahuide», pero al final terminó convertido en un periodista escéptico que solo quiere que no le molesten mucho. Es la tragedia de la inautenticidad: renunciar a tus ideales porque el sistema es más fuerte que tú,.

La comparación con la realidad actual es, francamente, para reírse por no llorar. En la época de Odría, la corrupción se movía entre decretos leyes y la Ley de Seguridad Interior que ponía fuera de la ley a apristas y comunistas. Hoy no necesitamos una ley así; nos jodemos solitos con una inestabilidad que nos ha dado ocho presidentes en diez años. Si Zavalita viera nuestro Congreso actual, probablemente pensaría que Cayo Bermúdez —ese siniestro brazo ejecutor de Odría basado en el real Alejandro Esparza Zañartu— era un aprendiz de primaria frente a las «argollas» y los intereses que hoy manejan el país bajo la mesa. Antes el miedo era al «rocha-bús» o a terminar en El Frontón; hoy el miedo es a que el país simplemente deje de funcionar mientras los que mandan se reparten la torta, tal como hacían el Buitre y sus secuaces en Chincha.

Lo que Vargas Llosa nos muestra es que el poder corrompe todos los estratos, desde la élite hasta los más humildes. En la novela, el Perú se «jode» cuando permite que la corrupción política y moral coarte la libertad para dibujar un destino propio. Zavalita se siente jodido porque no fue capaz de arriesgarse por lo que amaba —como su camarada Aída— y prefirió el refugio de una vida gris. ¿No nos pasa lo mismo hoy? Somos un país que vive en el escepticismo, donde la pregunta de Zavalita ya no es una búsqueda de respuesta, sino un suspiro de derrota,.

¿Qué pasaría si se repitiera? Si mañana despertáramos en 1948 con un nuevo golpe militar, la única diferencia sería tecnológica. En lugar de la «Policía Secreta» de Esparza Zañartu operando en las sombras de Lima, tendríamos servicios de inteligencia monitoreando nuestras redes sociales y bots atacando a cualquier «Zavalita» que se atreviera a cuestionar el orden. Si el Ochenio regresara, veríamos de nuevo esa bonanza económica artificial —como la que hubo por la Guerra de Corea— que sirve para tapar la falta de libertades con obras públicas monumentales. Veríamos otra vez pactos como el de Monterrico, donde los que salen se aseguran de que los que entran no investiguen sus delitos.

La mala noticia, amigo, es que el Perú no se jodió en un solo momento épico y lejano. Se jode cada vez que aceptamos que «el poder da lo que a otros la cama», como dice la novela, o que la única forma de hacer negocios es mediante la corrupción. Zavalita es el espejo de nuestra clase media: culta pero paralizada, consciente de la mugre pero con miedo de ensuciarse las manos para limpiarla.

Santiago Zavala termina su conversación con Ambrosio en ese bar de mala muerte con más dudas que antes. Al final, lo único cierto es el fracaso que los acompaña a ambos. Y nosotros, aquí sentados, nos damos cuenta de que la pregunta «¿En qué momento se había jodido el Perú?» sigue vigente porque el Perú no es un lugar, sino una circunstancia que se repite en bucle. Es una «enfermedad nacional» hecha de resentimientos y complejos sociales que infestan todos los estratos.

Pero bueno, no dejemos que se nos enfríe el café del todo. En el próximo episodio, te contaré sobre ese encuentro en la perrera, donde el olor a perro muerto se mezcla con el olor a derrota de un hijo que se encuentra con el fantasma de su padre en el rostro de un chofer envejecido.

¿Te pido otro café o ya sientes que te estás «jodiendo» un poco tú también?.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino
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