«Tupac Yupanqui, El Resplandeciente»

Reseña de la Serie de dos libros: «Tupac Yupanqui, El Resplandeciente» de José Antonio del Busto Duthurburu

«Tupac Yupanqui, El Resplandeciente» es una obra maestra que narra la vida y hazañas de Túpac Yupanqui, uno de los incas más destacados de la historia peruana. La obra, dividida en dos tomos, «El Conquistador» y «El Gobernante», es un estudio exhaustivo y detallado de la vida y el legado de Túpac Yupanqui.

Tomo I: El Conquistador

El primer tomo, «El Conquistador», se centra en la vida de Túpac Yupanqui desde su nacimiento hasta su ascenso al trono inca. La obra describe su infancia, su educación, su participación en las campañas militares de su padre, Pachacuti, y su conquista de nuevos territorios. Del Busto Duthurburu narra con detalle la expansión del Imperio Inca bajo el liderazgo de Túpac Yupanqui, destacando su habilidad militar y su capacidad para unificar a los pueblos conquistados.

Tomo II: El Gobernante

El segundo tomo, «El Gobernante», se centra en la vida de Túpac Yupanqui como gobernante del Imperio Inca. La obra describe su política de gobierno, su administración, su economía y su relación con los pueblos conquistados. Del Busto Duthurburu analiza la personalidad de Túpac Yupanqui, destacando su sabiduría, su justicia y su capacidad para mantener la unidad del imperio.

Aspectos Destacados

– Investigación rigurosa: La obra se basa en una minuciosa selección de fuentes históricas, lo que garantiza la veracidad y precisión de los hechos narrados.

– Narrativa apasionante: Del Busto Duthurburu logra transmitir la pasión y la emoción de la conquista y la expansión del Imperio Inca.

– Análisis profundo: La obra ofrece un análisis profundo de la personalidad y el liderazgo de Túpac Yupanqui, lo que permite al lector comprender mejor su importancia en la historia peruana.

– Estilo literario: El estilo literario de Del Busto Duthurburu es claro, conciso y elegante, lo que hace que la lectura sea amena y placentera.

Recomendación

«Tupac Yupanqui, El Resplandeciente» es una obra imprescindible para cualquier persona interesada en la historia del Perú y la cultura inca. La investigación rigurosa, la narrativa apasionante y el análisis profundo hacen de esta obra una lectura obligatoria para historiadores, estudiantes y cualquier persona que desee conocer más sobre la vida y el legado de Túpac Yupanqui.

La obra es una contribución valiosa a la historiografía peruana y un ejemplo de la excelencia en la investigación y la narrativa histórica.

Vick
Conversando con una Taza de Café
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Mijaíl Shólojov (1905-1984)

En una de mis caminatas, entre librerías y calles oscuras, encontré un nuevo escritor, por lo que comenzamos a averiguar algo más de:

Mijaíl Shólojov fue un escritor ruso ganador del Premio Nobel de Literatura en 1965. Nació el 24 de mayo de 1905 en el pueblo de Kruzhilín, en la región de Rostov, Rusia, en una familia de campesinos cosacos. Su infancia y juventud estuvieron marcadas por la pobreza y la lucha por la supervivencia, lo que más tarde influiría en su obra literaria.

Shólojov se unió al Partido Comunista en 1932 y se convirtió en uno de los escritores más destacados de la Unión Soviética. Durante la Segunda Guerra Mundial, trabajó como corresponsal de guerra y escribió artículos y ensayos sobre la lucha contra el nazismo. Su experiencia en la guerra y su compromiso con la ideología comunista se reflejan en su obra, que a menudo explora temas como la lucha de clases, la revolución y la construcción del socialismo.

A lo largo de su carrera, Shólojov recibió numerosos premios y reconocimientos, incluyendo el Premio Nobel de Literatura en 1965, el Premio Lenin en 1960 y el Premio Stalin en 1941. Murió el 21 de febrero de 1984 en Vióshenskaya, Rusia, a los 78 años.

Reseña de «El Don apacible»

«El Don apacible» es una novela monumental que te sumerge en la vida de los cosacos del Don durante la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa. La novela sigue la vida de Grigori Mélejov, un cosaco que se ve envuelto en la turbulencia de la guerra y la revolución. A través de la historia de Grigori, Shólojov explora temas como la lealtad, el amor, la guerra y la búsqueda de la identidad.

La prosa de Shólojov es poderosa y emotiva, y su descripción de la vida en el Don es vívida y auténtica. La novela es un fresco de la vida rural rusa, con sus tradiciones, costumbres y paisajes. Shólojov describe la vida de los cosacos con un realismo crudo y sin sentimentalismo, lo que da a la novela una sensación de autenticidad y veracidad.

La estructura de la novela es épica, con una narrativa que abarca varios años y sigue a Grigori a través de la guerra, la revolución y la lucha por la supervivencia. La novela es un viaje emocional y psicológico, que explora las complejidades de la naturaleza humana y la lucha por encontrar sentido en un mundo en caos.

Uno de los aspectos más destacados de la novela es la caracterización de Grigori Mélejov, un personaje complejo y multifacético que se debate entre la lealtad a su familia y su tierra, y su deseo de encontrar su propio camino en el mundo. Grigori es un personaje con defectos y virtudes, que comete errores y aprende de ellos, lo que lo hace creíble y humano.

«El Don apacible» es una novela que te deja con una sensación de asombro y admiración por la habilidad de Shólojov para crear un mundo tan vívido y real. Es una obra maestra de la literatura rusa, que explora temas universales como la guerra, la paz, el amor y la búsqueda de la identidad.

Su obra es una ventana a la historia y la cultura rusa, y «El Don apacible» es una de las novelas más importantes del siglo XX. Te recomiendo explorar más de su obra, como «Campos roturados» o «Siete cuentos del Don».

Vick
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La Cita Perpetua

Nos estamos volviendo olvido. Es un proceso lento, casi químico: cada recuerdo compartido pierde un átomo de nitidez, cada anécdota su tono exacto. Pronto seremos dos desconocidos con un pasado en común, un dato curioso en la biografía del otro. Una ironía amable: para dejar de ser extraños, primero tuvimos que compartirlo todo; para volver a serlo, solo hace falta el silencio.

Pero sé, con una certeza que contradice a toda lógica, que una mañana cualquiera —de esas que no se planifican ni se anotan en ningún calendario— te despertará un vacío sin forma. Y sin saber bien por qué, llegarás a un café. No a nuestro café, porque esos lugares ya no existen, sino a uno que tenga la misma luz filtrándose por la ventana, o el mismo sonido metálico de la cucharilla. La sintaxis de ese momento estará pulida por la nostalgia, y sin quererlo del todo, me buscarás con la mirada.

Sabrás, por supuesto, que no me encontrarás. No importará. La búsqueda no será por la persona, sino por el fantasma. Y en ese instante preciso, cuando tu corazón se contraiga no con dolor, sino con el reconocimiento de una ausencia, el recuerdo volverá a nacer. Tendrá la duración de un suspiro, apenas el tiempo de que el barista ponga tu taza sobre el mármol. En esa fracción de segundo, lo sabremos todo otra vez. Todo lo que vivimos, con su peso y su levedad.

Quizás, en otro giro del azar, yo llegue al mismo café en otro día. Me sentaré en la mesa que da a la ventana, la que usábamos para ver llegar al otro. Miraré la calle y buscaré, entre la gente anónima, esa caminata apurada que era solo tuya —esa que tenía la urgencia torpe de quien teme hacer esperar al amor—. Marcharé, al final, sin que hayas llegado. Pero la decepción tendrá un regusto dulce, y pensaré, como un mantra de consuelo: «Mañana, quizás».

Y saldré a la calle con una sonrisa. No de felicidad, sino de gratitud por el recuerdo puro que aún guardo: la imagen de un día en el que no había nada en el mundo más importante que apurar tus pasos para llegar a mi.

Un día, lo sé, volverá a suceder. No en esta realidad de persianas bajadas y tazas frías, sino en otra. En la geografía paralela de los sueños, donde el tiempo es circular y las pérdidas son solo temporales. Allí, en tus sueños y en los míos, seguiremos llegando siempre, puntuales y sin aliento, a nuestra cita perpetua. Dos fantasmas con prisa, condenados a encontrarse para recordar, una y otra vez, el sabor de lo que significa perderse.

Vick
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Un vago al que llaman bohemio

Saben, les cuento una historia que me ocurrió hace muy poco. No pensaba narrarla al principio, pero se fue convirtiendo, sin darme cuenta, en una pequeña crónica digna de quedar escrita. Tal vez para que no se pierda. Tal vez para recordarme que incluso en los días más comunes, la vida decide sorprendernos.

Era uno de esos días en los que uno se encuentra, como siempre, en la penumbra de un café. Mi cappuccino de fiel compañero, un croissant que hacía de almuerzo improvisado, servilletas por todos lados, el iPad encendido, cables por aquí y por allá, los AirPods en las orejas para olvidarme un rato de que existe un mundo afuera.

Entonces se acercó una pequeña mujer y, sin rodeos, me preguntó:
—¿Qué es ser un bohemio?
Me le quedé mirando, quitándome un audífono, y le respondí con otra pregunta:
—¿Y qué te han dicho que es un bohemio?
Ella suspiró y me dijo:

—Bueno… me han dicho que son vagos sin oficio ni beneficio. Personas que quieren huir del sistema, que no encajan en la forma de vida que los rodea. Algunos dicen que son gente que lucha por hacer de la vida un santuario… pero que nunca lo logran.

La observé un instante. Y pensé.
Luego le respondí:
—Mucha gente piensa así… pero yo creo algo muy distinto.

La invité un cappuccino y un croissant, y nos sentamos en una mesa vieja, despintada por el tiempo. El cafetín olía a café recién tostado y a pan recién horneado. Era como pertenecer, por un momento, a una logia secreta en la que solo se entra cuando uno decide conversar de verdad.

Le dije:

—Mira… el bohemio es aquel que vive de sueños e ilusiones, y que va, uno a uno, tratando de convertirlos en realidad. No tiene prisa. Camina despacio, pero deja huella. A veces feliz, a veces no. A veces haciendo ruido, otras pasando desapercibido. Sabe de todo y no conoce nada. Puede hablarte de historia y luego contarte una fábula. Puede resolver —en teoría— la economía del mundo, aunque sabe que jamás le harán caso.

—El bohemio lee como ratón de biblioteca —seguí—. Siempre lleva un libro en la mochila, junto con papeles y caramelos para engañar al estómago, y lápices para escribir con mezcla de café y pan dulce. Mezcla de sueños y tristezas. Come cuando puede y, aunque lo llamen vago, tiene gustos exquisitos. Es conocido en cafetines, en lugares donde pueda soñar, donde su musa —esa que revolotea sin permiso— le susurra que escriba versos, poemas, historias, canciones… o epitafios de otros bohemios que se adelantaron en cruzar el río de la desesperanza.

—El bohemio vive creyendo —continué— que a la vuelta de cualquier esquina la vida puede cambiar. Que aún quedan sorpresas dignas de vivirse. Y que quizá, con un poco de suerte, encuentre lo que busca, recupere lo que perdió y decida quedarse a vivir allí, donde alguno de sus sueños —soñado por tantos años— se cumplió al fin.

Ella escuchaba sin pestañear.

—El bohemio no se afana —le dije—. No claudica. Puede dejarse matar por una flor, por un poema o por un dibujo de un niño que sueña con ser pintor. Recuerda a su propio niño interior, ese que también soñó con crear mundos, diseñar historias y creer en la magia. Se enternece al ver a su perro Kiba dormir en sus brazos, como cuando acunaba a sus hijos cantándoles la gallina turuleca o la de la mochila azul, con la esperanza ingenua de que jamás crecieran.

—El bohemio lucha, aun cuando sabe que a veces pelea batallas perdidas —proseguí—. Sonríe si las cosas van mal, sufre cuando pierde, se calla o grita cuando se enoja. Siente celos de lo que cree suyo. Camina con la mochila al hombro, cargando todas sus pertenencias e ilusiones: caramelos y chocolates para endulzar el camino, la computadora donde guarda su memoria, hojas escritas, fotos, historias. Siempre lleva, inseparable, un lápiz, compañero fiel de poemas mal escritos, y servilletas que se vuelven cuadernos improvisados cuando la musa decide bailar entre cafeteras y saleros.

—Cada pequeño triunfo le arranca una sonrisa —dije, casi para mí mismo—. Cada derrota le roba una lágrima. Y aun así sigue caminando, buscando el siguiente obstáculo. Todo lo aprendido lo comparte sin esperar nada a cambio, salvo quizás una sonrisa, un “nos vemos” o un simple “adiós”.

—Porque el bohemio —le dije finalmente— es un soñador en proceso de extinción. Ve pasar la vida y en cada surco que aparece por la mañana alrededor de sus ojos —ojos que van perdiendo el brillo de la juventud— descubre las huellas de su lucha. Eso que muchos llaman vejez, él le llama experiencia. Sabiduría. Años bien puestos, no años encima.

Ella no dijo nada. Solo escuchaba.

—Esto —concluí— es ser un bohemio. Un tipo sin oficio ni beneficio que camina arrastrando los pies por entre las penumbras de la vida. Que se acerca a Dios en cada noche fría, en cada invierno de escarcha. Que avanza con lo único que tiene: sus sueños.

La mujer, en un silencio casi sagrado, con el croissant a medio comer y el café ya frío, se levantó despacio. Me dio un beso en la mejilla y me dijo:

—Te dejo, bohemio. No pierdas tu lápiz ni tu servilleta. Escríbeme un poema, una pequeña oda… o cuéntame una historia. Porque quizá, cuando tu tiempo haya pasado y tu nombre sea solo un recuerdo, yo vuelva a este cafetín para escribir canciones y poemas… y contar tu historia, la que dejaste sin terminar.

Y se fue.

Y me quedé allí frente al café vacío, sintiendo que sí… tal vez ser bohemio es, al final, una forma de seguir vivo.

Vick
Conversando con una Taza de Café
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La historia oculta del cristianismo – ¿Por qué contar esta historia?

Por Vick-yoopino

Hace algunos años, durante el tiempo de la pandemia, realicé cerca de cien videos sobre la Biblia. Eran reflexiones que buscaban algo más que respuestas: buscaban preguntas.

Preguntas incómodas, necesarias. Preguntas que nos hicieran pensar si el camino que hemos seguido como creyentes, como iglesias, como cultura, era realmente el correcto.

Esa experiencia me dejó con un deseo más profundo: crear una serie que no fuera solo predicación o estudio bíblico tradicional, sino una especie de aula abierta. Un espacio de conversación, aprendizaje y reflexión sobre la historia del cristianismo —desde los apóstoles hasta el día de hoy.

Porque sí, se nos habla de fe, de amor, de salvación… pero ¿cuánto se dice sobre las persecuciones? ¿Sobre el rol de Constantino? ¿Sobre los Padres de la Iglesia y sus profundas diferencias teológicas? ¿Sobre las divisiones, las guerras, los concilios, el papado, la Reforma y todas las pequeñas y grandes grietas que convirtieron a una fe unificada en miles de denominaciones fragmentadas?

Y entonces aparece la gran paradoja:

Muchos líderes religiosos consideran que enseñar historia es innecesario.
Dicen que “a los hermanos no les interesa”, o incluso preguntan “¿para qué sirve?”.

Pero el resultado está a la vista:

Nuestra gente lee poco, estudia menos, y vive encerrada en un ciclo de creencias donde la única consigna es “solo la Biblia” —sin contexto, sin historia, sin contraste.
Y así, como dice el texto bíblico: “Mi pueblo perece por falta de conocimiento”.
Eso me llevó a abandonar la idea de enseñar en un aula. Pero no el deseo de compartir.

Así nace esta serie: La historia oculta del cristianismo.

Una serie que no pretende imponer, sino invitar.
No pretende tener todas las respuestas, pero sí provocar las preguntas correctas.
Una serie que incomoda, que indaga, que se atreve a decir lo que a veces desde los púlpitos se prefiere callar.

Costó más de lo previsto.

La vida, los tiempos, las circunstancias.
Los vecinos que vienen taladrando hasta el infierno y mi madre que desea almorzar a media noche.

Pero aquí estamos.

Y no nos detendremos, porque ya se están trabajando nuevas series que vendrán después.
Solo acompáñanos, comparte, y prepárate para mirar con otros ojos eso que creías conocer.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

Cerrando tras de sí la puerta

Era una mañana cualquiera. Salió de casa como quien no quiere decir adónde va, con su vieja mochila al hombro. Dentro, lo de siempre: la laptop, los audífonos, algo de música… y esta vez también llevaba algo más pesado: las ilusiones, los nervios, el miedo, la esperanza. Esa mezcla inexplicable que lo había mantenido despierto toda la noche.

Ese día no hubo café en Starbucks, ni croissant con queso crema. Nada de rutinas. Iba con el corazón latiendo más fuerte de lo habitual, como si supiera que el encuentro que se avecinaba no era uno cualquiera. Parecía que el tráfico conspiraba contra él. Todo iba más lento. Pero no importaba. Él avanzaba igual, impulsado por algo más fuerte que la costumbre.

Ya rondaba los cincuenta, pero algo en él se sentía joven otra vez. ¿Era amor? ¿Ilusión? ¿Un último intento por creer? No lo sabía. Solo sabía que llevaba demasiado tiempo acompañado por una fiel y silenciosa compañera: la soledad. A veces la comprendía, otras no. Pero siempre estaba allí, sentada frente a él en cada café, mirándolo mientras escribía historias de desamor y de esperanza. Soledad que hoy, por primera vez en años, parecía desvanecerse.

No recordaba exactamente cuándo empezó todo. Solo sabía que un día ella dejó de ser solo una amiga. Al principio, sus conversaciones eran largas, intensas, llenas de ideas. Ella hablaba de teorías, de invenciones, de mañanas frías y tardes soleadas. Él la escuchaba fascinado. Y su corazón, sin pedir permiso, empezó a moverse. Pero calló. Porque era una dama. Porque tenía pareja. Porque él también tenía un hogar al que regresaba cada noche, aunque no con muchas ganas.

Así pasó el tiempo. Semanas, meses. La miraba en silencio, deseando que sus ojos pudieran decirle todo. Pero no. El miedo a perder lo poco que tenía lo hacía mudo. Entonces, enterró sus sentimientos. O al menos, eso creyó. Pero cada vez que la veía, su amor volvía, indomable, intacto.

Hasta que un día, ella también empezó a escribir. Al principio con timidez. Después, con emoción. Entre miedos y mensajes borrados, los textos comenzaron a decir lo que los labios no podían. Y cuando él recibió ese primer mensaje, algo explotó en su pecho. El viejo amor que creía olvidado se encendió de nuevo. Y esta vez, parecía que era correspondido.

Ella tenía miedo. Él también. Pero empezaron a quererse. A reconocerse. A imaginar que, quizás, aún quedaba tiempo. Que la vida aún podía ofrecer algo más que rutina y resignación.

Hoy, él va camino a verla. A encontrarse con ella a solas por primera vez en mucho tiempo. La emoción lo desborda. Lo invade una tristeza dulce, una alegría contenida, una esperanza nueva. Sabe que es complicado. Que hay heridos en el camino. Que hay reglas no escritas que están a punto de romper. Pero también sabe que esta vez no quiere callar más.

Estaciona. Ella le pregunta por mensaje dónde está. Él responde: “En la esquina, ya llegué”. Ella baja, camina unos pasos delante de él sin decir palabra. Suben al ascensor como dos desconocidos. Cuando llegan, ella abre la puerta, entra… y la deja entreabierta.

Él se queda quieto un instante. Toma aire. Guarda el teléfono como si acabara de escribir el mensaje más importante de su vida. Y entonces cruza el umbral, temblando de emoción, de miedo, de amor.

La ve, la abraza…
y cerrando tras de sí la puerta, empieza una nueva historia.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino

El sueño de un mañana incierto

No supieron cuánto tiempo habían estado conversando. Solo recordaban que la charla empezó con los primeros rayos del sol asomando en el horizonte, mientras un café recién hecho y un croissant con queso crema se convertían en excusa para compartir palabras. Las horas se deslizaron rápidas, casi invisibles, y cuando el día se apagó, fue la noche —oscura y fría— la que los sorprendió aún sentados frente a frente, reacios a detener ese diálogo interminable.

Él escuchaba, ella respondía; luego ella preguntaba, y él contestaba. Una danza de palabras que fluía sin pausas, demasiado interesante como para cederle espacio al silencio. Ni siquiera su fiel amigo canino interrumpió la escena: se acomodó en la almohada de siempre, a los pies de la cama, como si entendiera que lo esencial ocurría allí, entre dos voces que se buscaban.

Hablaron de recuerdos de infancia y de juegos antiguos; de miedos y tristezas; de adolescencias con frustraciones y lágrimas; de pequeñas victorias y derrotas de fútbol. Entre cada confesión, él volvía a preparar café, y ella, con prisa torpe y alegre, ponía de nuevo croissants al horno, midiendo con exactitud los siete minutos de espera a 375 grados. Rieron luchando con los croissants demasiado calientes, se sacudieron las manos cubiertas de migas, y la charla pasó del comedor a la sala, como si el espacio mismo quisiera acompañar la travesía de sus recuerdos.

La conversación se fue tiñendo de confesiones íntimas y palabras atropelladas. Los verbos y sustantivos se enlazaban con pronombres cargados de cercanía: tú, yo, nosotros. Adjetivos se posaban sobre sus vidas como etiquetas dulces o amargas, y de ese torrente de frases entrecortadas emergía la sensación de estar escribiendo juntos una nueva historia.

La noche llegó como siempre llegan las cosas inevitables. Una caminata breve hasta la puerta, un beso cargado de, difícil describirlo, y una despedida atravesada por la tristeza de lo inconcluso. Él salió como había entrado: con un cuaderno en la mano, esta vez lleno de palabras y recuerdos que ahora pesaban distinto. Ella cerró la puerta despacio, se dejó caer en el sofá y tomó el último sorbo de un café ya frío. En la canastilla quedaba apenas un trozo de croissant, que terminó con gesto distraído, mientras la mente se le llenaba de anhelos.

Soñó con el siguiente encuentro, con el día que empezara de nuevo entre lápices, libretas y tazas de café. Porque aún había demasiado por contar, por recordar, por confesar. Porque todo había nacido de algo tan simple como cruzar palabras, un café compartido, un croissant caliente… y la necesidad profunda de ser escuchados.

Vick
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Reseña de «Las legiones malditas» de Santiago Posteguillo

Las legiones malditas (2008), segunda entrega de la trilogía de Escipión el Africano de Santiago Posteguillo, es una novela histórica que te sumerge de cabeza en el torbellino de la Segunda Guerra Púnica (209-206 a.C.), donde Roma y Cartago libran una lucha a muerte por la supremacía del Mediterráneo. Si buscas una obra que combine épica, intriga política, personajes inolvidables y un rigor histórico que hace palpable el polvo de las batallas, esta novela te atrapará desde la primera página y te hará correr a tu librería o biblioteca más cercana.

La premisa: un héroe contra el destino

En Las legiones malditas, Publio Cornelio Escipión, el joven general romano que ya destacó en Africanus: El hijo del cónsul, enfrenta su mayor desafío. Roma está al borde del colapso tras las devastadoras victorias de Aníbal, el genio militar cartaginés, que ha arrasado ejércitos romanos en batallas como Cannas. Escipión, con apenas 26 años, recibe el mando de las “legiones malditas”, los restos de los ejércitos derrotados, exiliados a Sicilia como castigo por su fracaso. Su misión imposible: llevar la guerra al corazón de Hispania, territorio controlado por Cartago, y derrotar a tres ejércitos enemigos liderados por los hermanos de Aníbal. Pero no solo lucha contra ejércitos: en Roma, los senadores envidiosos y las intrigas políticas amenazan con sabotear su campaña. ¿Podrá un hombre tan joven, con un ejército desprestigiado, cambiar el rumbo de la historia?

Por qué te enganchará

Posteguillo teje una narrativa que es un torrente de emociones y acción, pero con una profundidad que eleva la novela por encima del entretenimiento puro. Aquí van las razones por las que no podrás soltar Las legiones malditas:

1. Un héroe carismático y humano: Escipión no es un héroe de mármol; es un líder brillante pero vulnerable, acosado por dudas, la presión de su legado familiar y la hostilidad de sus rivales en el Senado. Posteguillo lo retrata con una mezcla de audacia y humanidad que te hace admirarlo y temer por él. Su evolución de joven idealista a estratega implacable es fascinante, y sus discursos (inspirados en fuentes históricas como Polibio y Livio) te erizarán la piel.

2. Batallas que te hacen sudar: Las escenas de combate, como el asedio de Carthago Nova o la batalla de Ilipa, son de una intensidad cinematográfica. Posteguillo describe las tácticas militares con un detalle que te hace sentir en el campo de batalla: el clangor de las espadas, el polvo asfixiante, las formaciones romanas contra las falanges cartaginesas. Pero no es solo acción; cada batalla revela la mente estratégica de Escipión, que innova con maniobras que aún se estudian en academias militares.

3. Intriga política que corta como un gladius: Roma no es solo un escenario de gloria; es un nido de víboras. Posteguillo recrea el Senado como un campo de batalla tan peligroso como Hispania, con figuras como Fabio Máximo conspirando contra Escipión. Las traiciones y alianzas te mantienen en vilo, preguntándote si el héroe sobrevivirá a sus propios compatriotas.

4. Personajes secundarios que brillan: Desde Emilia, la esposa de Escipión, cuya inteligencia y lealtad sostienen a la familia, hasta el fiel Cayo Lelio, su lugarteniente, cada personaje aporta matices. Incluso Aníbal, aunque menos presente, es un antagonista formidable, cuya sombra planea sobre cada decisión. Posteguillo da voz a mujeres, soldados rasos y enemigos, creando un tapiz humano que enriquece la historia.

5. Un viaje a la Hispania antigua: La novela te lleva a la Iberia del siglo III a.C., con sus tribus celtas, ciudades fortificadas y paisajes salvajes. Posteguillo revive lugares como Tarraco (Tarragona) o Carthago Nova (Cartagena) con un realismo que te hace oler el mar y sentir el calor del sol mediterráneo.

6. Rigor histórico que no abruma: Posteguillo, doctor en filología, basa su relato en fuentes clásicas, pero su prosa es accesible y vibrante. Los detalles históricos (armas, costumbres, política romana) están tejidos en la narrativa sin sentirte en una clase magistral. Incluye un glosario y mapas que ayudan a seguir la acción, pero la historia fluye como un río.

Momentos que te dejarán sin aliento

Sin spoilers, hay escenas que te marcarán: un discurso de Escipión que galvaniza a sus tropas desmoralizadas; un asedio donde la estrategia y el coraje se enfrentan a lo imposible; y un enfrentamiento personal que revela el costo humano de la guerra. Posteguillo sabe dosificar la tensión, alternando batallas épicas con momentos de introspección que te hacen conectar con los personajes.

Por qué leerla ahora

Las legiones malditas es perfecta si buscas una novela que combine la grandiosidad de Gladiator con la intriga de Juego de Tronos, pero anclada en hechos reales. Es el corazón de la trilogía de Escipión, donde el protagonista alcanza su apogeo como estratega y líder, y la narrativa de Posteguillo brilla por su ritmo y profundidad. A sus 860 páginas, es una inversión (unas 25-30 horas de lectura), pero cada capítulo te empuja al siguiente. Además, al ser la segunda parte, puedes empezar con Africanus: El hijo del cónsul para conocer a Escipión, pero Las legiones malditas es autoconclusiva en su arco y aún más emocionante.

Un último empujón

Imagina liderar un ejército de desterrados contra un enemigo invencible, mientras tus aliados en Roma afilan puñales a tus espaldas. Las legiones malditas no es solo una novela; es una experiencia que te hace vibrar con cada victoria y sufrir con cada revés. Posteguillo te lleva al corazón de una Roma que lucha por sobrevivir, con un héroe que no solo combate a Cartago, sino al destino mismo. Si quieres una historia que te mantenga despierto hasta la madrugada, esta es tu novela. ¡Corre a empezarla, porque Escipión y sus legiones te están esperando!

El vuelo de la paloma

Primera historia de la Serie: Historias Desesperadas.

Esta no es la historia de una paloma cualquiera.
Es la historia de lo que sucede cuando alguien quiere poseer, en lugar de amar.
De cómo la libertad puede sobrevivir incluso en el encierro.
Y cómo, a veces, un hogar no se construye con barrotes… sino con pan duro, café caliente y un poco de ternura.

Hubo una vez un hombre que viajó a un lugar lejano y compró una jaula. No era cualquier jaula: era hermosa, de altas paredes, con barrotes de oro y marfil, puertas y ventanas talladas en madera fuerte, diseñada para resistir el tiempo, los golpes… y la libertad.

También compró una cadena de oro macizo, para colgarla en lo más alto de su palacio, a la vista de todos, como símbolo de su orgullo. Y entonces, al verla vacía, buscó por varios lugares hasta encontrarla: una palomita pequeña, de lindos colores, que cantaba como un ruiseñor entre flores de néctar dulce.

La paloma, al principio, se sintió feliz. Aunque fue comprada sin saberlo y llevada en una caja sin entender, pensó que tendría un hogar. Creyó en los cantos del hombre que la había elegido, creyó que sería admirada, querida, libre dentro del amor.

Pero no fue así.

Cuando llegaron al palacio, el hombre la encerró.
La puso en su jaula de oro y marfil.
Y le ordenó que cantara.
Solo para él.
Solo cuando él quisiera.
Solo cuando él la mirara.

Con el tiempo, su canto se volvió triste, hueco, sombrío.
El amor se convirtió en rencor.
El orgullo, en jaula.
Y la belleza, en cárcel.

Mal alimentada con las sobras del afecto, obligada a repetir la misma melodía, la paloma se marchitó. Ya no cantaba, apenas sobrevivía. Golpeó los barrotes una y otra vez, hiriéndose las alas, su plumaje, su cuerpo… y su esperanza.

Un día, sin saber cómo, sin un motivo claro, la puerta de la jaula quedó abierta.
Y la paloma voló.
Voló lejos. No buscando cielo, ni gloria. Solo quería paz.
Voló hasta el cansancio.

Y en el camino, encontró a un hombre viejo.
El viejo caminaba lento.
Cargaba una mochila al hombro, llena de sueños gastados.

Y colgando de su lado, llevaba una jaulita vieja, oxidada, de alambres torcidos y color deslavado.
Dentro de ella, una casita hecha de cartón, de restos de vasos, de cajas rotas, de basura, de ilusión.

El anciano vio a la paloma débil, herida, y la recogió con sus manos temblorosas, como quien levanta un pedazo de cielo. La acarició. La alimentó. Curó sus alas. La colocó en su jaulita.

La paloma lloró.
Lloró desconsolada.
Creyó que todo se repetiría.
Que el encierro volvía, que su vuelo había sido en vano.

Pero entonces, el viejo le habló con una ternura que dolía:
—Perdóname por tenerte en esta jaula —le dijo—. No tengo un lugar mejor. Sé que está vieja, oxidada, a punto de caerse. Pero he caminado tanto por la vida que ya no me queda fuerza para construir otra.

Mi jaula no tiene puerta. Jamás se la puse.
Si quieres irte, solo tienes que volar.
Pero si decides quedarte…
Te prometo que aquí solo estarás si quieres.
Te daré pan duro, agua de lluvia y café con leche por las mañanas.
Pero también te daré todo mi amor.
Te cuidaré.
Te escucharé cantar, solo si tú quieres.
Y no por obligación, sino por alegría.

La paloma, con el tiempo, comprendió que no estaba atrapada.
Que era libre.
Y que ese hombre no quería tenerla, sino merecerla.
Volvió a cantar.
Volvió a volar.
Volvió a amar.

Y eligió quedarse.
Hoy, la jaula sigue siendo de alambre viejo y cartón remendado.
Pero está hecha con ramas de amor y hojas de esperanza.
La paloma, que fue diosa oculta y flor maltratada, ahora es feliz.
Porque ha encontrado al hombre que la ve.

Al que no compra ni encierra.
Al que cuida.
Al que dice “te amo” y lo demuestra con pan duro y café caliente.
Al que le construyó, no una jaula… sino un hogar.
Porque, como dijo el poeta:

“Te encontré detrás de tanto sufrimiento, te encontré tan lejos en la vida… pero al fin te encontré.”

Vick, el que aprendió que hay jaulas que no encierran, y manos que liberan.
Conversando con una Taza de Café.
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¿O quizás conociste a alguien que solo quiso verte volar?
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Gertrudis y su odio jarocho: Crónica de una enemiga eterna

🌪️ Todo empezó bien…

Pasado el año 2000 empecé a trabajar en un hotel en Santa Clara, California. Todo andaba de maravillas. Buenos compañeros, risas, trabajo fluido. Pero como en toda buena historia, siempre aparece el personaje oscuro. En mi caso, una señora a quien llamaremos… Gertrudis.

Pasaron tres o cuatro años hasta que noté que su actitud hacia mí era… digamos, hostil con sabor a chile y cizaña. Sin mayor explicación, empezó a contar cosas sobre mí. Algunas probablemente exageradas, otras quizás verdad, y otras francamente salidas del guion de una telenovela con brujas.

🧂 Inventario de difamaciones y otras joyas

Gertrudis me acusó de todo, menos de ser feliz:
• Vivía debajo de un puente.
• Era ilegal.
• Me gustaba que las mujeres me mantuvieran (lo cual, si fuera cierto, habría sido un sueño hecho realidad: sin trabajo y con pensión emocional).
• Y muchas más… que iré soltando como se desgrana el choclo.
Decía que yo tenía “gloriosas cualidades”, y tenía razón… solo que ella las presentaba con veneno.

💔 ¿Amor u obsesión?

En una de esas noches de conversación con amigas, surgió la teoría: ”¿y si está enamorada de ti y te odia porque no le haces caso y encima saliste con su mejor amiga?”.

Y sí. Salí con su mejor amiga. A cenar, a pasear, a trabajar hasta el amanecer viendo cómo se escondía la luna. ¿Lo demás? Reservado bajo amenaza de doble balazo.

Pero volvamos a ella. ¿Enamorada de mí?

Pues… mi gusto va por mujeres delgadas, simpáticas, con algo de estilo. Gertrudis, en cambio, tenía el cuerpo de una momia que se resiste a ser momia, y una cintura más parecida a un salvavidas de tractor. Su ombligo parecía una válvula que en cualquier momento podría empezar a desinflarse.

Yo soy feo, sí, pero en hombre se acepta. En mujer… bueno, digamos que nuestros hijos habrían terminado en el zoológico y no en el colegio.

🥩 La leyenda de la pierna de vaca

Un día, el jefe máximo del hotel (mi amigo) me llama a su oficina. Cara seria. Me dice:
“Una compañera ha hecho una denuncia formal contra ti.”

¿La acusación?

“Dice que en la última función del hotel, te llevaste una pierna de vaca cocinada, en tu mochila, a tu casa.”
Yo lo miré, y él, al ver mi cara, no pudo más. Se empezó a reír. Su secretaria casi se atraganta de la risa. Me contó que igual tuvo que investigarlo. Habló con el chef.
“Congelada, pesa más de 20 kilos. Cocinada, imposible de cargar sin dejar un charco de jugo hasta el estacionamiento. Y menos en una mochila.”
Así que sí. Me imaginó con la mochila al hombro, dejando una estela de grasa, y 20 perros siguiéndome como escolta. Solo faltaba el mariachi y los mariachis.

📢 Rumores al por mayor

Cada semana, una nueva historia. Aquí algunas joyitas de la producción “Gertrudis Films”:
• Que yo vivía debajo de un puente decorado con grafitis de Machu Picchu.
• Que tenía antecedentes penales por falsificación.
• Que vendía basura en Facebook tras mi divorcio.
• Que me escondía en el baño para no trabajar (¿cómo sabía? ¿tenía cámaras? ¿el famoso huequito en la pared?).

Y claro, la más peligrosa: que no sabía hacer mi trabajo. Aunque eso sí, nunca entendió por qué todos me escuchaban. Tal vez porque yo leía, pensaba, tenía temas. Ella solo hablaba de “su vida en París”, aunque luego descubrí que se refería a una colonia pobre llamada así en los alrededores de Tepito.

🤷‍♂️ ¿Por qué tanto odio?

Tal vez porque sus amigas se convirtieron en mis amigas. Tal vez porque enfermó y, durante su ausencia, la gente escuchó la otra versión. Tal vez por rencor puro. O tal vez… porque no aceptaba que yo no caí en su juego.

Ella se preguntaba:

“¿Qué les da este, para que lo escuchen en todo?”
Yo no daba nada. Solo era yo mismo. Lo que parece que para ella era demasiado.

💡 Brillante como bombilla quemada

Gertrudis tenía frases inolvidables como:
“Hay niveles” (sí, y tú ibas en subsuelo).
O aquel famoso “wi wi”, dicho con tono afrancesado, sin saber qué significaba.
Una vez completó la tabla del 9, leyéndola, y pidió un diploma con ceremonia incluida. Eso sí, exigía que lo firmara el gerente general.
Y que si ella hablaba, el promedio del IQ de todo el hotel bajaba hasta rayar con el del Homo sapiens.

📆 Dos años después…

Me retiré del trabajo en 2023. No he vuelto. Y ella sigue hablando de mí. Dice que no regreso porque no puedo entrar a EE.UU. (aunque tengo más entradas que concierto de Luis Miguel).

Me han dicho que está demacrada, ansiosa, sola… y cada día más gordita (eso sí, sus piernas siempre fueron flaquitas, flaquitas: un misterio de la ingeniería corporal).

🔚 Cierre y advertencia

Todavía me guardo algunas historias para una segunda parte.
Y usted, lector querido, ¿qué cree?
¿Fue odio, celos, envidia… o una mezcla con pan con chicharrón?

He generado con IA una imagen de este esperpen… perdón, señora. No es igual, pero se le parece. Si usted me conoce, tal vez conozca a mi tormento.
No, no la voy a sacar a cenar. Ni al cine. Tal vez… al zoológico. Pero ni eso.
El nombre ha sido cambiado para fingir que no sé que leerá esto. Pero que lo leerá… lo va a leer.
Y si quieren segunda parte, pídala en los comentarios.

Victor.
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino