Episodio 6: El suicidio de la libertad (O por qué no puedes levantarte solo)

Serie: Agustín para el Siglo XXI

He estado rumiando lo que empezamos a hablar sobre el Enquiridión. Pero hoy vengo con ganas de pelear un poco. He leído el capítulo 30, y Agustín suelta una frase que me ha dejado helado. Dice que el hombre, al usar mal su libre albedrío, se perdió a sí mismo y también a su libre albedrío. A ver, en pleno siglo XXI, donde nos venden que somos los «arquitectos de nuestro propio destino» y que «el límite es el cielo» si te esfuerzas lo suficiente, esto suena a un pesimismo antropológico insoportable. ¿Me estás diciendo que este genio de la inteligencia terminó creyendo que básicamente somos esclavos sin remedio?

Suena demoledor. Pero fijémonos bien en la comparación que usa Agustín, porque es una de las más potentes de toda su obra. Él utiliza la analogía del suicidio. Dice que mientras una persona vive, tiene la libertad de matarse; pero una vez que se ha quitado la vida, ya no tiene la libertad de volver a vivir por su cuenta. Para Agustín, el pecado original no fue solo un error de cálculo; fue un acto de soberbia que rompió nuestra brújula interna. Al elegir apartarnos del Bien Supremo, nuestra voluntad quedó «muerta» para el bien, aunque sigamos siendo muy «libres» para seguir equivocándonos.

O sea, que somos libres para tirarnos al pozo, pero no para salir de él. Es una imagen bastante gráfica, lo reconozco. Pero entonces, ¿qué queda de la dignidad humana? Si no puedo elegir el bien, ¿soy solo un autómata del mal?

No, y ahí es donde Agustín es más fino de lo que parece. Él distingue entre lo que llama el «libre albedrío» y la «libertad». El libre albedrío es la capacidad de elegir, y esa, aunque herida, sigue ahí; de hecho, dice irónicamente que somos «libres para pecar» porque lo hacemos con gusto. Pero la verdadera libertad, para el Agustín maduro, no es simplemente «tener opciones», sino tener la capacidad y la alegría de obrar el bien. Él sostiene que esa capacidad se perdió. Somos como un esclavo que ha sido vencido en combate: el vencedor (el pecado) es ahora nuestro dueño. Agustín cita aquí a Pedro: «cada cual es esclavo de quien triunfó de él».

Eso me recuerda mucho a lo que vemos hoy con las adicciones o los patrones de conducta tóxicos. Todo el mundo te dice «deja de hacerlo, eres libre», pero por dentro sientes que hay una fuerza que te arrastra y que tu voluntad es de papel. Agustín está siendo un psicólogo realista, ¿no?

Totalmente. Agustín es el antídoto contra el voluntarismo barato de los libros de autoayuda. Él te diría que no puedes levantarte tirando de los cordones de tus propios zapatos. Por eso, un hombre inteligente como él elige creer en la Gracia. Si estamos en un pozo y no podemos resucitarnos a nosotros mismos, necesitamos a alguien que nos eche una cuerda desde fuera. Es lo que él llama el rescate del Hijo: «Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres». Agustín no desprecia la inteligencia; lo que hace es reconocer que la inteligencia sola no puede sanar la voluntad. Puedes saber qué es lo correcto y, aun así, no tener la fuerza para amarlo y hacerlo.

Me llama la atención que en el capítulo 32 diga que incluso la voluntad misma es preparada por Dios. ¿Significa que ni siquiera el deseo de ser bueno es nuestro?

Es el punto más profundo de su teología de la gracia. Agustín cita a Pablo para decir que es Dios quien obra en nosotros tanto el querer como el obrar. Y remata con esa frase famosa de Romanos 9: «No es del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia». Para un intelectual orgulloso como era el joven Agustín, esto debió ser una bofetada. Admitir que hasta tu deseo de buscar a Dios es un regalo previo de Dios. Pero, piénsalo bien: ¿no es eso un descanso inmenso? Significa que la salvación no es una carrera de obstáculos donde el más fuerte o el más inteligente gana, sino que es un abrazo que te alcanza cuando admites que estás perdido.

O sea, que para ser verdaderamente inteligente hay que admitir que uno es un inválido espiritual.

Es la humildad de la que hablábamos en los primeros episodios. Agustín dice que la misericordia de Dios nos «previene» para que queramos, y luego nos «acompaña» para que no queramos en vano. Es un sistema de apoyo constante. Rogamos incluso por nuestros enemigos, que no quieren vivir piadosamente, precisamente para que Dios obre en ellos ese «querer» que les falta. Agustín nos está diciendo que la fe es el reconocimiento honesto de nuestra limitación. No es que dejes de pensar; es que usas tu pensamiento para reconocer dónde termina tu poder y dónde empieza el de Dios.

Me quedo con la idea del suicidio y la resurrección. Es fuerte, pero muy lógica. Si rompimos nuestra capacidad de amar lo bueno, solo quien nos creó puede reconstruirla. Me gustaría que bajáramos esto a la tierra. He visto que el libro habla de Cristo como el «Mediador» y de por qué tuvo que nacer de una virgen y morir en una cruz. Si ya admitimos que necesitamos ayuda, ¿por qué esa ayuda tuvo que ser tan dramática y sangrienta?

Es el siguiente paso lógico. Una vez que aceptas que estás muerto, necesitas entender cómo funciona la medicina. Y en Agustín, la medicina tiene forma humana. En el próximo episodio hablamos del «Mediador divino» y de por qué Dios no nos salvó simplemente con un chasquido de dedos desde su nube.

Pero esta vez, no dejes que el café se enfríe. Después de enterarme de que soy un «esclavo redimido», lo menos que puedo hacer es ejercer mi libertad para invitarte.

«Ama y haz lo que quieras». Nos vemos, en el siguiente episodio de nuestra serie, y no olvides el café.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

El vuelo de la paloma

Primera historia de la Serie: Historias Desesperadas.

Esta no es la historia de una paloma cualquiera.
Es la historia de lo que sucede cuando alguien quiere poseer, en lugar de amar.
De cómo la libertad puede sobrevivir incluso en el encierro.
Y cómo, a veces, un hogar no se construye con barrotes… sino con pan duro, café caliente y un poco de ternura.

Hubo una vez un hombre que viajó a un lugar lejano y compró una jaula. No era cualquier jaula: era hermosa, de altas paredes, con barrotes de oro y marfil, puertas y ventanas talladas en madera fuerte, diseñada para resistir el tiempo, los golpes… y la libertad.

También compró una cadena de oro macizo, para colgarla en lo más alto de su palacio, a la vista de todos, como símbolo de su orgullo. Y entonces, al verla vacía, buscó por varios lugares hasta encontrarla: una palomita pequeña, de lindos colores, que cantaba como un ruiseñor entre flores de néctar dulce.

La paloma, al principio, se sintió feliz. Aunque fue comprada sin saberlo y llevada en una caja sin entender, pensó que tendría un hogar. Creyó en los cantos del hombre que la había elegido, creyó que sería admirada, querida, libre dentro del amor.

Pero no fue así.

Cuando llegaron al palacio, el hombre la encerró.
La puso en su jaula de oro y marfil.
Y le ordenó que cantara.
Solo para él.
Solo cuando él quisiera.
Solo cuando él la mirara.

Con el tiempo, su canto se volvió triste, hueco, sombrío.
El amor se convirtió en rencor.
El orgullo, en jaula.
Y la belleza, en cárcel.

Mal alimentada con las sobras del afecto, obligada a repetir la misma melodía, la paloma se marchitó. Ya no cantaba, apenas sobrevivía. Golpeó los barrotes una y otra vez, hiriéndose las alas, su plumaje, su cuerpo… y su esperanza.

Un día, sin saber cómo, sin un motivo claro, la puerta de la jaula quedó abierta.
Y la paloma voló.
Voló lejos. No buscando cielo, ni gloria. Solo quería paz.
Voló hasta el cansancio.

Y en el camino, encontró a un hombre viejo.
El viejo caminaba lento.
Cargaba una mochila al hombro, llena de sueños gastados.

Y colgando de su lado, llevaba una jaulita vieja, oxidada, de alambres torcidos y color deslavado.
Dentro de ella, una casita hecha de cartón, de restos de vasos, de cajas rotas, de basura, de ilusión.

El anciano vio a la paloma débil, herida, y la recogió con sus manos temblorosas, como quien levanta un pedazo de cielo. La acarició. La alimentó. Curó sus alas. La colocó en su jaulita.

La paloma lloró.
Lloró desconsolada.
Creyó que todo se repetiría.
Que el encierro volvía, que su vuelo había sido en vano.

Pero entonces, el viejo le habló con una ternura que dolía:
—Perdóname por tenerte en esta jaula —le dijo—. No tengo un lugar mejor. Sé que está vieja, oxidada, a punto de caerse. Pero he caminado tanto por la vida que ya no me queda fuerza para construir otra.

Mi jaula no tiene puerta. Jamás se la puse.
Si quieres irte, solo tienes que volar.
Pero si decides quedarte…
Te prometo que aquí solo estarás si quieres.
Te daré pan duro, agua de lluvia y café con leche por las mañanas.
Pero también te daré todo mi amor.
Te cuidaré.
Te escucharé cantar, solo si tú quieres.
Y no por obligación, sino por alegría.

La paloma, con el tiempo, comprendió que no estaba atrapada.
Que era libre.
Y que ese hombre no quería tenerla, sino merecerla.
Volvió a cantar.
Volvió a volar.
Volvió a amar.

Y eligió quedarse.
Hoy, la jaula sigue siendo de alambre viejo y cartón remendado.
Pero está hecha con ramas de amor y hojas de esperanza.
La paloma, que fue diosa oculta y flor maltratada, ahora es feliz.
Porque ha encontrado al hombre que la ve.

Al que no compra ni encierra.
Al que cuida.
Al que dice “te amo” y lo demuestra con pan duro y café caliente.
Al que le construyó, no una jaula… sino un hogar.
Porque, como dijo el poeta:

“Te encontré detrás de tanto sufrimiento, te encontré tan lejos en la vida… pero al fin te encontré.”

Vick, el que aprendió que hay jaulas que no encierran, y manos que liberan.
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino.
MiVivencia.com.

¿Alguna vez fuiste una paloma encerrada en una jaula ajena?
¿O quizás conociste a alguien que solo quiso verte volar?
Cuéntame tu historia. Te leo en los comentarios.

Alabanza: Libertad – Así lo quiero hacer

Queridos hermanos para que ustedes mientras llega el próximo post sobre lo que Dios tiene u ordena a su iglesia, les dejo una alabanza de nuestra congregación Manantial de vida del domingo pasado Octubre 14 de 2012, con ella usted puede adorar y alabar a nuestro creador, luego de lo cual le ruego que en oración pida al altísimo que los pastores obtengan de Dios la sabiduria necesaria para poder guiar al pueblo de Dios a buenos pastos y por el único camino que lleva al Padre.

Que Dios los bendiga y en un rato, por la noche regresamos, bendiciones y nos seguimos comunicando.

El discipulado es algo serio

Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos…? (Lucas 14:28).

No se puede pagar nada para ganar la salvación; pero vivir para Cristo es un asunto serio del discípulado. Ser cristiano significa confiar en el poder de Cristo y no en el suyo propio, y estar dispuesto a dejar su propio camino por el suyo. Ser cristiano puede resultar en sufrir persecución, burlas y tribulación. Jesús advirtió a los discípulos; «Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán» (Juan 15:20).

Pero con su advertencia acerca del costo del discípulado, el Señor prometió que usted se regocijará «y nadie [le] quitará [su gozo]» (Juan 16:22). Y también les dijo a sus discípulos: «pero confiad, yo he vencido al mundo» (Juan 16:33). Usted no escapará de las dificultades del discípulado, pero Cristo lo capacitará para que las resuelva.

John Macarthur «La verdad para hoy»

Igualmente mis amigos les traigo una alabanza de nuestro grupo de música y nuestro grupo de danza con panderos, que sigamos todos en el crecimiento del conocimiento de nuestro creador, bendiciones y nos seguimos viendo.