Episodio 13: El Oncenio de Leguía. La modernización de la “grava»

Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»

Toma un sorbo largo, porque ahora vamos a saltar a 1919. Aquí entra en escena Augusto B. Leguía, un hombre que prometió la «Patria Nueva» y terminó quedándose once años en el poder. Leguía era el prototipo del modernizador: hablaba inglés fluido, tenía experiencia en seguros y era un admirador de los métodos de los grandes magnates estadounidenses. Pero bajo su fachada de eficiencia tecnocrática, montó el régimen más corrupto que el Perú había visto hasta ese entonces.

¿Cómo lo hizo? Primero, destruyó todo contrapeso. Leguía llegó al poder mediante un golpe de Estado en 1919 para asegurar su victoria electoral, cambió la Constitución, amordazó a la prensa, encarceló a sus opositores en la isla San Lorenzo y creó un sistema de espionaje telefónico que nada envidiaría a las dictaduras modernas. Con el control total, se lanzó a un festín de endeudamiento externo masivo con bancos de Estados Unidos para financiar obras públicas espectaculares: avenidas, irrigaciones y palacios.

Aquí es donde entra la parte indignante. Quiroz nos cuenta que en este periodo la corrupción se volvió institucionalizada. El costo de la corrupción durante el Oncenio alcanzó un nivel asombroso: representó el 72% del gasto gubernamental. Es decir, de cada sol que gastaba el Estado, la mayor parte se perdía en manejos turbios o ineficiencias.

El símbolo máximo de esta era fue Juan Leguía, el hijo del presidente. Juan no tenía un cargo oficial que justificara su fortuna, pero actuaba como el gran intermediario. Solo por facilitar préstamos de bancos de Nueva York como el J. & W. Seligman, Juan recibió «comisiones» que sumaron más de un millón de dólares de la época. Llevaba una vida de lujos en hoteles de Nueva York gastando hasta 300,000 dólares anuales mientras el Perú se hipotecaba de nuevo.

Pero no solo eran préstamos. Quiroz documenta que empresas como la Electric Boat Company pagaban sobornos directos para vendernos submarinos, y esas «comisiones» terminaban en los bolsillos de Juan Leguía y otros oficiales. Lo más triste es que Leguía justificaba todo este desvío de fondos como parte del progreso nacional.

Al final, cuando llegó la Gran Depresión en 1930, el castillo de naipes se derrumbó. Leguía terminó sus días en una celda, y aunque se creó un tribunal especial para castigar su enriquecimiento ilícito, la mayoría de los cómplices salieron libres o con penas mínimas.

¿Te das cuenta del patrón? Leguía nos modernizó, sí, pero lo hizo inyectando tanta «grava» de corrupción en los engranajes del Estado que, cuando la bonanza acabó, nos quedamos con monumentos de cemento y una moral pública totalmente resquebrajada.

En nuestro próximo encuentro, veremos qué pasó cuando los militares decidieron que ellos eran los únicos que podían «limpiar» este desastre. ¡No te lo pierdas!, y el café, ahora mejor en una jarra.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino