Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»
Toma otro sorbo de café, porque ahora vamos a 1869. El guano sigue siendo el motor, pero el gasto militar y las obras públicas tienen al país al borde del abismo. Aquí aparece en escena un joven de 30 años, inteligente y muy ambicioso: Nicolás de Piérola. El presidente José Balta lo nombra ministro de Hacienda por recomendación de —adivina quién— el mismísimo Echenique.
Piérola decidió que la única forma de salvar al fisco era quitarles el negocio del guano a los «consignatarios nacionales» (la élite limeña) y dárselo a un solo postor extranjero que nos diera dinero rápido para pagar deudas y construir ferrocarriles. Así nació el Contrato Dreyfus con la casa francesa Dreyfus Frères et Cie.
Quiroz nos revela que la licitación fue una farsa total. Piérola ya estaba negociando con Auguste Dreyfus meses antes de abrir el concurso público. Para asegurar que nadie se opusiera, Dreyfus hizo algo «maestro»: repartió acciones del negocio entre gente influyente en Lima y París. Periodistas, abogados como Fernando Casós, diplomáticos como Francisco de Rivero y hasta el hijo de Echenique recibieron participaciones. Era una red de intereses que hacía que, si criticabas el contrato, estabas yendo contra el bolsillo de media Lima «respetable».
Lo que siguió fue un frenesí de préstamos. Dreyfus nos prestó millones, pero a cambio de comisiones leoninas y el control total de nuestra riqueza. Con ese dinero, Balta y Piérola se lanzaron a la «avalancha de obras públicas». Entró en escena Henry Meiggs, el «Pizarro yanqui», quien construyó ferrocarriles «hacia la luna», vías carísimas que cruzaban los Andes pero que no tenían ni carga ni pasajeros suficientes para ser rentables.
¿Cómo lograba Meiggs que le aprobaran todo? Quiroz cuenta que Meiggs tenía unos «cuadernos verdes» donde anotaba los sobornos. Gastó más de 11 millones de soles en coimas, que representaban el 10% del costo de las obras. Simplemente añadía el soborno al presupuesto final y el Estado peruano terminaba pagando el pato.
La Corte Suprema y el Congreso intentaron declarar ilegal el contrato Dreyfus. Dijeron que Piérola se había saltado todas las reglas. Pero el Ejecutivo simplemente los ignoró y usó el dinero de Dreyfus para comprar voluntades. Fue el inicio de una «sociedad de mercaderes» donde todo tenía precio.
Al final, este festín nos llevó a la bancarrota de 1876. Cuando se acabó el crédito, el Perú se quedó sin dinero, con deudas impagables y una defensa militar debilitada porque todo el dinero del guano se había ido en corrupción y obras inútiles. Quiroz es enfático: la década de 1870 tuvo los costos de corrupción más altos de todo el siglo XIX. Y lo peor es que esa debilidad fue la que nos dejó expuestos y desarmados cuando Chile nos declaró la guerra en 1879.
¿Te das cuenta de la tragedia? Tuvimos la riqueza para ser una potencia, pero preferimos el festín de los vales y los cuadernos de Meiggs. La próxima vez hablaremos de cómo, después de la guerra, tuvimos que hipotecar lo poco que nos quedaba para volver a empezar. ¡Nos vemos en el próximo café!
Vick
Conversando con una Taza de café
-Vick-yoopino
