Episodio 12: La nueva dependencia: De los galeones de Cádiz a las deudas de Londres.

Serie: «La Independencia en el Perú: Las Palabras y los Hechos»

—Toma el último sorbo de este café, hermano, porque hoy cerramos el círculo de nuestras charlas. Es casi poético que terminemos así, con el sol de julio bajando sobre Lima, mientras afuera siguen los ecos de la celebración. Pero lo que nos queda por desgranar, basándonos en el cierre magistral de Heraclio Bonilla, Karen Spalding y las reflexiones de Hobsbawm en el último capítulo de este libro, es quizás la verdad más amarga de todas. Hemos hablado de mitos, de miedos y de batallas, pero ahora nos toca hablar de la cuenta por pagar. Este episodio lo hemos titulado «La nueva dependencia: De los galeones de Cádiz a las deudas de Londres», porque lo que realmente ocurrió en 1824 no fue el fin de nuestra subordinación, sino un cambio de dueño.

—¿Sabes qué es lo que más me golpea de la conclusión de los autores? Es esa idea de que la independencia fue un «hecho militar y político» que dejó las bases de la sociedad colonial absolutamente intactas. Nos lo dicen sin anestesia: se rompió el lazo político con España, sí, pero la estructura económica y social que se había cristalizado durante trescientos años no se movió ni un milímetro. Fue, como dicen ellos, una «revolución inconclusa». Cambiamos la bandera y el himno, pero seguimos viviendo en una casa con los mismos cimientos coloniales: la jerarquía social estamental y una economía volcada hacia afuera para satisfacer a una nueva metrópoli.

—Y aquí es donde entra Inglaterra en escena. Es fascinante y cruel a la vez. Mientras nosotros nos dábamos de balazos en Junín y Ayacucho, Gran Bretaña estaba confirmando que necesitaba nuestro espacio como un mercado indispensable para su expansión industrial. Lo que cambió no fue nuestra libertad, sino la naturaleza de nuestra dependencia. España, en su decadencia, necesitaba gobernarnos políticamente para explotarnos; Inglaterra, en cambio, por su inmensa superioridad económica, no requería de un virrey ni de una ocupación formal. Le bastaba con la «fuerza propia de su dinámica económica» para controlarnos. Pasamos de la dominación política de una potencia débil a la dominación económica de una potencia hegemónica casi de forma automática.

—Mira estos números, porque aquí es donde la historia deja de ser retórica y se vuelve contabilidad fría. El libro nos muestra cómo crecieron las exportaciones británicas al Perú en esos años críticos. En 1818, apenas nos mandaban mercancías por valor de unas 3,000 libras esterlinas. Para 1821, ya eran 86,000. Pero en 1825, justo después de Ayacucho, ¡la cifra saltó a más de 602,000 libras!. Es impresionante. Mientras el nuevo Estado peruano nacía desprovisto de bancos y de capital, las casas comerciales británicas se instalaban con una fuerza arrolladora. Hacia 1824, ya había 20 casas británicas en Lima y 16 en Arequipa manejando el mercado.

—Pero no solo nos vendían telas; también nos prestaban el dinero para comprarlas y para sostener nuestras guerras. Los autores señalan que los préstamos británicos fueron los primeros eslabones de un encadenamiento financiero que nos perseguiría por décadas. El Perú independiente nació arruinado, con una élite criolla que se había debilitado por las guerras y que, en lugar de invertir en producir, se acomodó a la nueva situación. Fue esa debilidad de la élite civil la que permitió el surgimiento del caudillismo militar, ese «bandidismo medio institucionalizado» que dominó el siglo XIX y que usó el poder para expoliar a la población y pagar sus propios intereses.

—Y hablemos de lo social, porque es lo que más duele mientras vemos los desfiles afuera. Bonilla y Spalding son clarísimos: el concepto de «patria» que nació con la república era una exclusión disfrazada. Esa nueva patria se fundó sobre el modelo de la sociedad criolla, ligada a la cultura y lengua españolas, lo que automáticamente dejó fuera a la inmensa mayoría de la población: los indios. El indio, que en la colonia era al menos una «república» con sus leyes, en la nueva república pasó a ser simplemente ignorado o tratado como un obstáculo para el progreso de la élite. Se mantuvo esa visión medieval de estamentos jerarquizados donde la igualdad era considerada por los periódicos de la época como una «quimera de la ficción» que solo llevaría a la «anarquía homicida».

—Lo que nos dice este análisis final es que nuestra independencia no fue el resultado de una madurez nacional, sino de una «carambola» de intereses internacionales. La élite peruana no luchó por la independencia; se conformó con ella cuando ya no le quedó de otra. Y como no hubo una clase con conciencia de nación, no se planteó nunca la creación de un mercado interno o la inclusión de las masas. Nos quedamos con una independencia que acentuó nuestra desorganización interna y reforzó nuestra articulación asimétrica con las potencias del mundo.

—Así que aquí estamos, 200 años después de aquel 1821 que el libro analiza, preguntándonos cuántas de esas «palabras» de libertad siguen ocultando los «hechos» de nuestra dependencia. Seguimos siendo un país fragmentado, con una economía que a menudo parece seguir las mismas rutas de exportación primaria que dictaban Londres o Manchester en el siglo XIX. La independencia política fue un paso, claro, pero fue un paso que nos dejó con la tarea pendiente de construir una verdadera nación donde el silencio de las masas populares sea finalmente escuchado.

—¿No te parece, hermano, que la mejor manera de honrar este mes de julio es dejar de mirar los bustos de bronce y empezar a mirar esas estructuras coloniales que todavía cargamos en la espalda? Porque, como dicen los autores, discutir la independencia en los términos románticos de siempre solo sirve para impedirnos analizar críticamente las raíces de nuestra situación presente.

—Vámonos, que ya es tarde. Pero llévate esa idea: la libertad es mucho más que no tener un Rey; es tener la capacidad de decidir tu propio destino económico y de reconocer a todos tus compatriotas como iguales. Y esa es una batalla que todavía no terminamos de pelear en este café, ni en este país.

Nos encontramos en el siguiente episodio, el café viene en camino.

Vick
Conversando con una Taza de Café
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Episodio 6: La orfandad de los criollos: Cuando España dejó de ser el centro.

Serie: “La Independencia en el Perú: La Palabras y los Hechos”.

—Sirve otro poco de café, hermano. Lo que hemos hablado hasta ahora nos deja en una posición bien incómoda, ¿no? Hemos visto cómo la estructura se caía y cómo el miedo paralizaba a la élite limeña. Pero hoy quiero que nos metamos en la piel de esos criollos de principios del siglo XIX. Imagínate despertar un día y darte cuenta de que el centro del universo, que para ellos era Madrid, simplemente ha dejado de existir. No es solo que España esté lejos; es que está en llamas, invadida y sin rey. Es lo que Tulio Halperín Donghi llama la «disolución del edificio colonial», y te digo que ese sentimiento de orfandad es la clave para entender por qué terminamos como terminamos.

—Lo primero que hay que entender es que ese edificio no se cayó por un soplido. Halperín explica que la crisis fue un desenlace rapidísimo de algo que ya venía degradándose desde finales del siglo XVIII. Las famosas reformas borbónicas, que supuestamente debían modernizar el imperio, terminaron siendo el veneno que aceleró la muerte. ¿Por qué? Porque al hacer la administración más «eficaz», la volvieron más pesada y más visible. A los criollos les gustaba la ineficacia antigua porque les permitía negociar, sobornar o simplemente ignorar las leyes que no les convenían; pero una administración que «gobierna de veras» es una administración que estorba.

—Pero el verdadero problema, el que generaba esa bilis negra entre los criollos, era la preferencia de la Corona por los funcionarios peninsulares. No era solo una cuestión de orgullo o de puestos de trabajo; era que la Corona enviaba a estos «testigos molestos» de fuera precisamente para romper el cerco de complicidades que los criollos habían construido localmente. Entonces, cuando hablamos de la «enemistad contra los peninsulares», no estamos hablando de un odio abstracto a España, sino de una lucha por ver quién maneja la caja y quién manda en casa.

—Ahora, fíjate en este dato que es fundamental para nuestra charla: la crisis de independencia empieza cuando el poder se hace lejano. Desde 1795, con las guerras contra Gran Bretaña, el Atlántico se vuelve un muro. España, que domina el papel pero no el mar, ya no puede mandar soldados ni gobernantes, y mucho menos mantener el monopolio comercial. De pronto, los puertos americanos se ven obligados a abrirse al comercio con neutrales y a navegar por su cuenta. Y aquí ocurre algo mágico y peligroso: los criollos se dan cuenta de que no necesitan a la metrópoli para respirar. Empiezan a mirar a Baltimore, a Hamburgo, incluso a Estambul, y España empieza a borrarse del mapa mental.

—Es una conciencia de la divergencia de destinos. Mientras en España se apilaban las derrotas, en Buenos Aires o Montevideo se apilaban los cueros sin vender porque el sistema comercial estaba perturbado. Esa frustración de los productores y comerciantes, que veían cómo la política metropolitana los privaba de sus mercados, hizo que el lazo colonial empezara a verse como una «pura desventaja». La libertad ya no era un ideal romántico francés; era una necesidad económica urgente.

—Y entonces llega el año 1808. El golpe de gracia. Napoleón se lleva preso a Fernando VII y pone a su hermano en el trono. Es un drama de corte que ocurre a miles de kilómetros, pero que deja a América en la absoluta orfandad política. ¿A quién obedecer si el Rey es un cautivo y el que ocupa su lugar es un usurpador francés?. Lo que ocurre entonces no es una revolución separatista inmediata, sino un intento desesperado por reemplazar a la monarquía derrotada. Los criollos no se sienten rebeldes, hermano; se sienten los herederos legítimos de un poder que ha caído.

—Aquí es donde entra la famosa «máscara de Fernando VII». En Caracas, en Bogotá, en Buenos Aires, se forman Juntas que juran lealtad al rey cautivo, pero que en la práctica usan esa legitimidad para exponer sus propias reivindicaciones. Es un juego maestro de ambigüedad. Bajo la apariencia de lealtad, los criollos camuflan sus anhelos de poder largamente reprimidos. Dicen «gobernamos por el Rey», pero lo que están diciendo es «ahora gobernamos nosotros».

—Sin embargo, esa orfandad no se vivió igual en todos lados. Mientras en las regiones marginales del imperio se lanzaban a formar Juntas, en el Perú la situación fue diametralmente opuesta. Aquí, la élite limeña estaba tan integrada al sistema colonial, tan amarrada a los cargos y al prestigio que España todavía representaba, que prefirieron reprimir los ensayos de libertad de los vecinos. Fue una guerra de América contra ella misma. Los criollos del Perú, en su mayoría, sostuvieron al Virrey hasta que fue evidente que las tropas españolas ya no podían defenderlos de la realidad.

—Es fascinante cómo Halperín Donghi describe que, para 1810, la revolución estalla porque la metrópoli parece estar en ruinas inevitables. La pérdida de Andalucía y la disolución de la Junta de Sevilla dejaron a América con la sensación de estar totalmente sola. Y en ese vacío, mientras los criollos dudaban entre la tradición de lealtad y la novedad ideológica, apareció la verdadera potencia que estaba esperando en las sombras: Gran Bretaña.

—Inglaterra no necesitaba ser dueña política de América; le bastaba con ser su dueña económica. Mientras España se desangraba, los comerciantes británicos confirmaban que necesitaban el mercado americano para expandir su economía industrial. Así que, en esencia, la independencia fue el breve episodio que nos trasladó de la esfera de dominio de una potencia decadente que ya no podía ni mandarnos una carta, a la de una potencia hegemónica que controlaba el mundo con la fuerza de su dinámica económica.

—Al final, hermano, esa «orfandad» de la que hablamos fue el trauma de nacimiento de nuestras repúblicas. Nacimos porque el padre (España) se murió en la guerra y no dejó testamento claro, y porque el vecino rico (Inglaterra) estaba listo para prestarnos dinero a cambio de abrir las puertas de la casa. Por eso hoy, cuando vemos los desfiles, deberíamos recordar que más que una conquista heroica de la libertad, lo que vivimos fue el colapso de un mundo y la necesidad urgente de inventarnos uno nuevo antes de que otros lo hicieran por nosotros.

—¿Qué te parece? La próxima vez que hablemos, tenemos que ver cómo esa libertad que «llegó de fuera» terminó de romper los pocos lazos que quedaban y cómo los militares tomaron el control de esta casa que los criollos no sabían cómo administrar. Pero por ahora, terminemos este café, que la historia, cuando se cuenta así, deja un sabor amargo pero necesario.

Nos encontraremos en el siguiente episodio. No olvides el café.

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