Episodio 10: Guerra civil, no nacional: La lucha de americanos contra americanos.

Serie: «La Independencia en el Perú: Las Palabras y los Hechos»

—Quédate para un café más, hermano, porque lo que vamos a desgranar hoy es, quizás, la mayor de las «verdades incómodas» que este libro de Bonilla y Spalding nos lanza a la cara. ¿Ves a esos soldados que desfilan en las paradas militares, siempre con esa imagen de los peruanos unidos contra el invasor español? Bueno, si nos ceñimos a los hechos —a los de verdad, no a los del mito—, esa imagen es una ficción total. El Episodio de nuestra charla tiene que titularse así: Guerra civil, no nacional, porque lo que ocurrió aquí fue una lucha sangrienta de americanos contra americanos, y de peruanos contra peruanos.

—Toma un sorbo de café y piénsalo: la historia oficial nos vende que 1821 fue el choque de dos naciones. Pero los autores son tajantes: en ese momento no había una «nación peruana» con una conciencia colectiva. Lo que había era un territorio fracturado donde la mayor parte de las tropas que defendían la bandera del Rey de España no eran españoles venidos de la península, sino gente nacida aquí.

—Mira este dato que es demoledor y que el libro subraya para que no queden dudas: en la Batalla de Ayacucho, que es el altar de nuestra libertad, el ejército realista tenía unos 9,000 hombres. ¿Sabes cuántos de ellos eran españoles oriundos de la metrópoli? ¡Apenas 500!. El resto, la inmensa mayoría de esos soldados que peleaban por mantener el virreinato, eran americanos y, en gran parte, peruanos reclutados en la sierra. Entonces, ¿qué clase de «guerra de independencia contra el extranjero» es esa donde el 95% de los «enemigos» son tus propios vecinos o gente de tu misma tierra?.

—Es aquí donde la conversación se pone profunda, porque nos obliga a preguntarnos: ¿por qué tantos peruanos pelearon por el Rey? La respuesta de Bonilla y Spalding es que el «fidelismo» no era una cuestión de amor a España, sino una lógica de supervivencia de las élites locales y de una estructura social que no quería cambiar. La élite criolla de Lima, por ejemplo, fue el bastión más sólido de la defensa del orden colonial. Preferían la seguridad de la corona española antes que el salto al vacío de una república que no sabían quién iba a controlar.

—Y del otro lado, en el bando patriota, la cosa no era más «nacional». Ya hemos hablado de que la independencia fue concedida y traída desde afuera por San Martín y Bolívar. En 1823, el ejército libertador estaba formado por 3,000 colombianos, 1,000 argentinos y solo 1,000 peruanos. Es decir, mientras los «extranjeros» venían a darnos la libertad porque la necesitaban para asegurar la suya propia, la mayoría de los cuadros militares que defendían al Rey eran locales. Fue una guerra de América contra ella misma, un conflicto civil donde los criollos daban las órdenes en ambos bandos y las clases populares ponían los muertos.

—Pero hablemos del «gran silencio» de las masas, que es lo que más me duele de este análisis. Los autores explican que los indios, los negros y los mestizos no tenían un proyecto nacional por el cual luchar. No se sentían identificados con la «patria» de los criollos porque esa patria no incluía sus intereses. Por eso, cuando los veías en los ejércitos, era porque habían sido reclutados por la fuerza, por el engaño o con promesas vacías de libertad o tierras que casi nunca se cumplían. Los indios desertaban por miles, huían a las montañas para evitar ser carne de cañón en una guerra que no entendían y que sentían que no les pertenecía.

—Lo que nos dice el capítulo es que la independencia fue un hecho militar y político que ocurrió por encima de la cabeza del pueblo. Las masas populares no fueron el actor de la historia; fueron el espectador pasivo o la víctima forzada. No hubo una «toma de conciencia» que uniera a los peruanos contra España; lo que hubo fue una élite criolla temerosa que se acomodó al resultado final solo cuando vio que el ejército español ya no podía proteger sus privilegios.

—Entonces, hermano, cuando celebramos las batallas, en realidad estamos celebrando el final de una guerra civil. Una guerra donde el virrey Abascal y luego La Serna usaron a peruanos para reprimir los intentos rebeldes de otros americanos en La Paz o Quito. Es una paradoja brutal: el Perú fue el centro de la contrarrevolución en Sudamérica, y su independencia tuvo que ser impuesta por la fuerza de ejércitos vecinos porque nuestra propia clase dirigente estaba amarrada a la metrópoli por intereses económicos y por un miedo atroz a una rebelión social.

—Al final, la ruptura con España dejó intactas las bases de la sociedad colonial. Cambiamos los nombres, cambiamos los uniformes, pero el abismo entre los que mandaban y las masas populares siguió ahí, igual de profundo. El surgimiento del caudillismo militar después de la guerra no fue otra cosa que el resultado de esa debilidad de la élite civil y de la falta de una nación real que respaldara al nuevo Estado. Los militares, que habían aprendido a mandar en esta guerra civil, se quedaron con el poder porque eran los únicos que tenían la fuerza en una sociedad que no había logrado ponerse de acuerdo sobre qué significaba ser «peruano».

—¿No te parece que eso explica por qué, incluso hoy, nos cuesta tanto sentirnos una unidad? Nacimos de una pelea entre nosotros mismos, impulsada por generales extranjeros, mientras las mayorías guardaban un silencio que todavía hoy, en muchos sentidos, no hemos sabido escuchar. Pero bueno, pide otro café, que ya nos pusimos muy serios, y todavía nos queda hablar de cómo el vapor y las telas de Inglaterra terminaron de conquistar lo que los sables no pudieron.

Nos vemos en el siguiente episodio, no olvide el café.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

Episodio 7: El Atlántico en disputa: La independencia como carambola europea. 

Serie: «La Independencia en el Perú: La Palabra y los Hechos»

—Quédate un momento más, que este café está en su punto y lo que viene ahora es, quizás, lo más provocador de todo lo que hemos conversado. ¿Sabes? Mientras caminaba hacia aquí, veía a unos turistas tomándose fotos frente a la estatua de un libertador y no pude evitar sonreír. Si esos turistas leyeran a Pierre Chaunu, el historiador francés que escribe el tercer capítulo de nuestro libro, entenderían que esa estatua, en cierto sentido, es el monumento a una «carambola» histórica.

—Suena fuerte, ¿verdad? Pero Chaunu no anda con rodeos. Él dice que la independencia de América Latina es un tema que nos apasiona —representa casi un tercio de toda la bibliografía histórica sobre el continente— porque es la base de nuestra identidad, pero que esa misma pasión ha creado un mito triplemente nocivo. Nos dice que ese mito nos impide ver que la ruptura con España no fue una «liberación» heroica y planificada, sino un accidente catastrófico del cual todavía estamos tratando de recoger los pedazos.

—Imagina la escena: estamos en un tablero de billar gigante. El taco es Napoleón Bonaparte, la bola blanca es España, y nosotros, las colonias americanas, somos las bolas de color que salieron disparadas no porque quisiéramos movernos, sino porque la bola blanca recibió un golpe seco en 1808. Por eso titulamos esta charla como «el Atlántico en disputa». Chaunu sostiene que la independencia fue, ante todo, una guerra civil del Atlántico español, comandada por eventos europeos y no por una madurez política americana.

—Mira, hermano, Chaunu empieza por demoler lo que él llama el «esquema tradicional». Ese que nos dice que estábamos hartos del monopolio comercial. ¡Pura fantasía!. Él demuestra con cifras que, en el siglo XVIII, el monopolio español era más una palabra que una realidad. América estaba de hecho abierta al comercio con todo el mundo a través del contrabando y de licencias, y ese tráfico beneficiaba principalmente a los ricos capitalistas criollos, los famosos «peruleros», y no solo a los comerciantes de Cádiz. Si la independencia hubiera sido por el monopolio, dice Chaunu con sarcasmo, nos habríamos rebelado en 1580, cuando el control era realmente estricto, y no en 1810, cuando el sistema ya era de lo más poroso.

—¿Y qué hay de las ideas de la Ilustración? Otro mito que nos gusta repetir para sentirnos intelectuales. Chaunu nos recuerda que América era una provincia de la España ilustrada. Las «Luces» llegaron aquí tarde y de forma ambigua, filtradas por una España que también estaba en transición. La mayoría de la población era impermeable a esas ideas; solo una ínfima minoría de criollos leía a los filósofos franceses. La independencia no se «inventó» en las universidades de Chuquisaca o Lima por puro idealismo; se recibió como una consecuencia de que la metrópoli se quedó sin cabeza.

—Aquí es donde la cosa se pone profunda. Chaunu plantea una cronología paradójica. Él dice que el Imperio español debería haber muerto en 1700, cuando España estaba en su punto más bajo de debilidad, o haber esperado hasta 1860, cuando la Revolución Industrial hubiera creado un vínculo económico real y moderno. Pero no. El imperio se rompió justo cuando España estaba intentando recuperarse con las reformas borbónicas, en el momento en que estaba tratando de ser más eficiente.

—Esa «reacción imperial» de finales del siglo XVIII fue lo que irritó a los criollos. De pronto, España enviaba más burócratas, más «gachupines» y «chapetones» para controlar la caja. Se creó lo que Chaunu llama el complejo criollo de frustración. Los criollos eran los dueños de la tierra y las minas, pero se sentían invadidos por esta nueva ola de inmigrantes peninsulares que venían a ocupar los cargos administrativos.

—Y aquí hay un toque de psicología social fascinante: los criollos, que no eran «blancos puros» debido al escaso flujo de mujeres al inicio de la colonia, se obsesionaron con la «pureza de sangre». Para diferenciarse de los indios y negros que dominaban, construyeron una escala social donde el «blanco europeo» estaba arriba. ¡Pero esa misma escala que ellos inventaron terminó colocando al peninsular por encima de ellos!. La independencia fue, en gran parte, el intento de la élite criolla de quitarle la cima a los europeos para quedarse ellos solos mandando en una sociedad que seguía siendo opresiva para el resto.

—Por eso, amigo, Chaunu dice que no debemos hablar de la «independencia de América», sino de la «catastrófica independencia de España». España perdió su imperio no porque América estuviera lista para ser una nación, sino porque España fue invadida por Napoleón en 1808 y se quedó sin comunicaciones con sus colonias durante casi quince años. Ese «vacío de poder» fue lo que obligó a los criollos a tomar las riendas, a menudo con miedo y sin un plan claro.

—Y mira qué dato para cerrar esta parte: en lugares como el Perú, los criollos fueron los más fieles al Rey. ¿Por qué? Porque aquí, los criollos sabían que si se rompía el orden colonial, las masas indígenas —que todavía recordaban a Túpac Amaru— se les vendrían encima. La independencia en el Perú fue un «fidelismo por miedo». Tuvieron que venir ejércitos de fuera, del Norte y del Sur, para forzarnos a una libertad que la mayoría de la élite consciente no quería porque sabía que no sabrían cómo manejar el país sin el paraguas de la corona.

—Así que, la próxima vez que veas una bandera peruana en julio, recuerda que, según Chaunu, somos hijos de una carambola europea. Nacimos de un desorden atlántico que nos empujó a la mayoría de edad cuando todavía éramos adolescentes políticos. Y quizás por eso, hermano, todavía nos cuesta tanto entendernos entre nosotros. Pero bueno, ya se nos acabó el café. En la siguiente nos metemos con el contrabando y cómo los ingleses se frotaban las manos mientras nosotros nos dábamos de balazos. ¿Te parece?.

Nos encontramos en un par de días, en el próximo episodio, no te olvides del café.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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