Episodio 6: La orfandad de los criollos: Cuando España dejó de ser el centro.

Serie: “La Independencia en el Perú: La Palabras y los Hechos”.

—Sirve otro poco de café, hermano. Lo que hemos hablado hasta ahora nos deja en una posición bien incómoda, ¿no? Hemos visto cómo la estructura se caía y cómo el miedo paralizaba a la élite limeña. Pero hoy quiero que nos metamos en la piel de esos criollos de principios del siglo XIX. Imagínate despertar un día y darte cuenta de que el centro del universo, que para ellos era Madrid, simplemente ha dejado de existir. No es solo que España esté lejos; es que está en llamas, invadida y sin rey. Es lo que Tulio Halperín Donghi llama la «disolución del edificio colonial», y te digo que ese sentimiento de orfandad es la clave para entender por qué terminamos como terminamos.

—Lo primero que hay que entender es que ese edificio no se cayó por un soplido. Halperín explica que la crisis fue un desenlace rapidísimo de algo que ya venía degradándose desde finales del siglo XVIII. Las famosas reformas borbónicas, que supuestamente debían modernizar el imperio, terminaron siendo el veneno que aceleró la muerte. ¿Por qué? Porque al hacer la administración más «eficaz», la volvieron más pesada y más visible. A los criollos les gustaba la ineficacia antigua porque les permitía negociar, sobornar o simplemente ignorar las leyes que no les convenían; pero una administración que «gobierna de veras» es una administración que estorba.

—Pero el verdadero problema, el que generaba esa bilis negra entre los criollos, era la preferencia de la Corona por los funcionarios peninsulares. No era solo una cuestión de orgullo o de puestos de trabajo; era que la Corona enviaba a estos «testigos molestos» de fuera precisamente para romper el cerco de complicidades que los criollos habían construido localmente. Entonces, cuando hablamos de la «enemistad contra los peninsulares», no estamos hablando de un odio abstracto a España, sino de una lucha por ver quién maneja la caja y quién manda en casa.

—Ahora, fíjate en este dato que es fundamental para nuestra charla: la crisis de independencia empieza cuando el poder se hace lejano. Desde 1795, con las guerras contra Gran Bretaña, el Atlántico se vuelve un muro. España, que domina el papel pero no el mar, ya no puede mandar soldados ni gobernantes, y mucho menos mantener el monopolio comercial. De pronto, los puertos americanos se ven obligados a abrirse al comercio con neutrales y a navegar por su cuenta. Y aquí ocurre algo mágico y peligroso: los criollos se dan cuenta de que no necesitan a la metrópoli para respirar. Empiezan a mirar a Baltimore, a Hamburgo, incluso a Estambul, y España empieza a borrarse del mapa mental.

—Es una conciencia de la divergencia de destinos. Mientras en España se apilaban las derrotas, en Buenos Aires o Montevideo se apilaban los cueros sin vender porque el sistema comercial estaba perturbado. Esa frustración de los productores y comerciantes, que veían cómo la política metropolitana los privaba de sus mercados, hizo que el lazo colonial empezara a verse como una «pura desventaja». La libertad ya no era un ideal romántico francés; era una necesidad económica urgente.

—Y entonces llega el año 1808. El golpe de gracia. Napoleón se lleva preso a Fernando VII y pone a su hermano en el trono. Es un drama de corte que ocurre a miles de kilómetros, pero que deja a América en la absoluta orfandad política. ¿A quién obedecer si el Rey es un cautivo y el que ocupa su lugar es un usurpador francés?. Lo que ocurre entonces no es una revolución separatista inmediata, sino un intento desesperado por reemplazar a la monarquía derrotada. Los criollos no se sienten rebeldes, hermano; se sienten los herederos legítimos de un poder que ha caído.

—Aquí es donde entra la famosa «máscara de Fernando VII». En Caracas, en Bogotá, en Buenos Aires, se forman Juntas que juran lealtad al rey cautivo, pero que en la práctica usan esa legitimidad para exponer sus propias reivindicaciones. Es un juego maestro de ambigüedad. Bajo la apariencia de lealtad, los criollos camuflan sus anhelos de poder largamente reprimidos. Dicen «gobernamos por el Rey», pero lo que están diciendo es «ahora gobernamos nosotros».

—Sin embargo, esa orfandad no se vivió igual en todos lados. Mientras en las regiones marginales del imperio se lanzaban a formar Juntas, en el Perú la situación fue diametralmente opuesta. Aquí, la élite limeña estaba tan integrada al sistema colonial, tan amarrada a los cargos y al prestigio que España todavía representaba, que prefirieron reprimir los ensayos de libertad de los vecinos. Fue una guerra de América contra ella misma. Los criollos del Perú, en su mayoría, sostuvieron al Virrey hasta que fue evidente que las tropas españolas ya no podían defenderlos de la realidad.

—Es fascinante cómo Halperín Donghi describe que, para 1810, la revolución estalla porque la metrópoli parece estar en ruinas inevitables. La pérdida de Andalucía y la disolución de la Junta de Sevilla dejaron a América con la sensación de estar totalmente sola. Y en ese vacío, mientras los criollos dudaban entre la tradición de lealtad y la novedad ideológica, apareció la verdadera potencia que estaba esperando en las sombras: Gran Bretaña.

—Inglaterra no necesitaba ser dueña política de América; le bastaba con ser su dueña económica. Mientras España se desangraba, los comerciantes británicos confirmaban que necesitaban el mercado americano para expandir su economía industrial. Así que, en esencia, la independencia fue el breve episodio que nos trasladó de la esfera de dominio de una potencia decadente que ya no podía ni mandarnos una carta, a la de una potencia hegemónica que controlaba el mundo con la fuerza de su dinámica económica.

—Al final, hermano, esa «orfandad» de la que hablamos fue el trauma de nacimiento de nuestras repúblicas. Nacimos porque el padre (España) se murió en la guerra y no dejó testamento claro, y porque el vecino rico (Inglaterra) estaba listo para prestarnos dinero a cambio de abrir las puertas de la casa. Por eso hoy, cuando vemos los desfiles, deberíamos recordar que más que una conquista heroica de la libertad, lo que vivimos fue el colapso de un mundo y la necesidad urgente de inventarnos uno nuevo antes de que otros lo hicieran por nosotros.

—¿Qué te parece? La próxima vez que hablemos, tenemos que ver cómo esa libertad que «llegó de fuera» terminó de romper los pocos lazos que quedaban y cómo los militares tomaron el control de esta casa que los criollos no sabían cómo administrar. Pero por ahora, terminemos este café, que la historia, cuando se cuenta así, deja un sabor amargo pero necesario.

Nos encontraremos en el siguiente episodio. No olvides el café.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino
MiVivencia.com

Episodio 5: Un imperio en llamas: El colapso de la metrópoli española. 

Serie: «La Independencia en el Perú: Las Palabras y los Hechos»

—Mira, pide otro café, que este tema de hoy es de los que te cambian la perspectiva de todo lo que vemos en los desfiles. Siempre nos contaron que la Independencia fue esta lucha épica de David contra Goliat, ¿no? Nosotros, los oprimidos, contra el «monstruo» español. Pero si te pones a leer lo que Tulio Halperín Donghi y Heraclio Bonilla explican sobre el colapso de la metrópoli, te das cuenta de que para 1821 ya no estábamos peleando contra un imperio poderoso, sino contra un cadáver que no terminaba de caer.

—Lo que pasa, hermano, es que para entender por qué se rompió el juguete, hay que ver cómo lo estaban forzando. Halperín explica algo genial: esa famosa «reforma» de los Borbones a fines del siglo XVIII. Querían modernizar el pacto colonial, hacerlo más «eficiente». Pero esa misma eficiencia fue su perdición. ¿Por qué? Porque al intentar que el imperio funcionara mejor, la corona se volvió más pesada y más presente, y a los colonos les gusta tener una administración ineficaz porque así pueden hacer de las suyas. Al intentar gobernar «de veras», España se volvió insoportable para las élites locales.

—Pero aquí viene lo verdaderamente loco: la independencia no empezó por un grito de libertad aquí, sino por un incendio allá. España se metió en guerras tras guerras desde mediados del siglo XVIII que la fueron dejando anémica. En 1795, España se alió con la Francia revolucionaria y, ¡pum!, se volvió enemiga de Gran Bretaña. Eso fue el principio del fin. Los ingleses, que eran los dueños del mar, cortaron el cordón umbilical. España dejó de ser ese puente entre América y el mundo; el poder se volvió «lejano».

—Imagina la escena: los puertos americanos, desde Buenos Aires hasta La Habana, de pronto se ven solos. Los cueros se amontonan, el azúcar no sale. Y entonces, por pura necesidad, empiezan a comerciar con otros. Se dan cuenta de que no necesitan a Madrid para nada. Esa fue la verdadera independencia mental. Como dice Halperín, surgió una conciencia de que los destinos de España y sus Indias eran divergentes. Se empezó a sentir que el lazo colonial era una pura desventaja.

—Y el golpe de gracia, el que realmente le prende fuego a la casa, es 1808. Napoleón invade España, se lleva preso a Fernando VII y pone a su hermano José Bonaparte. ¡Un francés en el trono de los Reyes Católicos!. Eso creó un vacío de poder absoluto. En América no sabían a quién obedecer. ¿Al francés? Ni hablar. ¿A las juntas que se formaban en España en nombre del «Rey Cautivo»?.

—Es fascinante porque, al principio, las famosas «revoluciones» de 1810 no decían «queremos ser una república», sino «queremos gobernarnos nosotros mientras nuestro rey vuelve». Los revolucionarios no se sentían rebeldes, se sentían los herederos de un poder caído. Usaron las instituciones españolas, como los Cabildos, para quitarle el mando a los funcionarios españoles que, a sus ojos, ya no representaban a nadie. Fue una guerra civil entre españoles americanos y españoles peninsulares por ver quién se quedaba con las llaves de la casa vacía.

—Por eso Bonilla insiste tanto en que la independencia en el Perú fue un proceso «concedido» y condicionado por el contexto internacional. No fue que de pronto todos nos despertamos queriendo una bandera nueva; fue que la metrópoli colapsó y nos dejó en la orfandad. Mientras España se desangraba peleando contra Napoleón, aquí las élites dudaban porque tenían miedo de que, si soltaban la mano de España, las masas —los indios y negros— se levantaran.

—Fíjate en la ironía: España estaba tan débil que para 1820, cuando el ejército de Riego se levantó en la península contra el absolutismo de Fernando VII, los criollos más conservadores de aquí, los que más amaban al Rey, decidieron que era mejor independizarse que seguir pegados a una España que se estaba volviendo liberal. La independencia fue, en muchos casos, el refugio de los que no querían cambiar nada.

—Al final, lo que pasó es que España desapareció de la escena y dejó el espacio abierto para que Gran Bretaña confirmara lo que ya venía haciendo: ser la nueva potencia hegemónica. Los ingleses no necesitaron enviarnos un virrey; les bastó con su superioridad económica para dominarnos. Pasamos de un imperio que se quemaba a otro que funcionaba con máquinas de vapor y barcos de guerra, casi sin darnos cuenta.

—Así que, cuando veas la parada militar este mes, piensa en eso. Celebramos la victoria sobre un imperio que, en realidad, se suicidó en las guerras europeas y en sus propias crisis internas. Lo que quedó aquí fue el intento de las élites de salvar lo que pudieran del naufragio. ¿No te parece que esa «ruptura incompleta» es lo que todavía estamos tratando de arreglar hoy, sentados en este café?.

—Tómate el café, hermano, que en el próximo episodio tenemos que hablar de lo que realmente hacían los criollos mientras Lima seguía siendo el último refugio de ese imperio en llamas.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com